Este domingo
paseo por La Fregeneda y el río Águeda.
La floración de los almendros ya había sido.
Menos mal que siempre hay alguno tardío.
Sus flores son preciosas
tanto en versión blanca como rosa.
Este domingo
paseo por La Fregeneda y el río Águeda.
La floración de los almendros ya había sido.
Menos mal que siempre hay alguno tardío.
Sus flores son preciosas
tanto en versión blanca como rosa.
Circulando con el coche
en un semáforo
coincidiendo con un autobús
una joven atrapó mi visión,
enganchada a sus auriculares
yo quise figurarme
en qué pensaría ella…
¿su cuerpo al compás de la música
inmóvil en el asiento
se sacudiría en el ritmo
de unas notas trepidantes?
¿estarían en su pensamiento
los preparativos de una fiesta,
el revoltoso paseo con las amigas,
el beso ardientemente deseado...?
Hay que ponerse en marcha,
el acelerador baja y suben las revoluciones
es mi mente
la que ahora eclosiona
en sus propios pensamientos.
Me gusta regresar a esos momentos
que han me aportado sentir la vida...
Las huellas en el barro reverdecido,
el ajustado estar del gato en la baranda,
la humedad de los olores en las plantas,
el inquebrantable cielo azul de Salamanca,
la lejana y profunda panorámica del horizonte,
el brindis entre compañeros al final de ruta...
Pero si algo me levanta siempre el ánimo
es esa explosión de ruido y colores
de las fiestas en la transformación
de la pólvora con el juego nocturno
de luces floreadas.
© José Luis
Hoy me ha venido a la memoria
un mural en la calle de un pueblo cacereño
en el que se resalta
el valor de la mujer.
Cada domingo la naturaleza lanza su llamada
subo al coche y dejo que me lleve la carretera
lejos de casa, huyendo de la monotonía semanal,
con alegría y la mochila de ilusión cargada.
Las fotografías recogen parte de lo que el ojo ve
y me sirven de memoria de ese tiempo ganado
al inevitable e ineludible transcurrir de los años
y se me suceden las imágenes con vivos colores.
Ahora es invierno, pero aun así mi visión es irisada
de diferentes ocres con fulgurantes amarillos,
de alargados negros con radiantes verdes…
el bosque, para mí, de fiesta se ha engalanado.
Sabia la naturaleza gusta de dar al hombre
la insospechada y lúcida respuesta que no espera,
la gran contradicción entre nuestra índole creadora
y la eventualidad destructiva de un momento loco.
Por eso salir al campo es mi agradecido tributo
a la Tierra que nos acoge y a la eternidad del espíritu.
© José Luis
La piedra de Villamayor da mucho juego,
tanto para arquitectura como escultura.
En este caso un bajorrelieve de motivo amoroso...
curvas, rugosidades, ondulaciones, tonalidades...
se entrelazan en apasionado encuentro.
Extendida la vista desde el Teso de las Zorreras,
el nublado horizonte nos siluetea los prominentes Arapiles
tras un continuo enmarcado verde.
El reflejo de las catedrales de Salamanca
en el río Tormes es siempre un ESPECTÁCULO.
Tomada en marzo del 2025
Esa tonalidad anaranjada de las flores
por encima de la roca irguiéndose
junto a mis ojos para contemplar el horizonte
donde quizá sean recuerdos las ondulaciones
de otras flores antepasadas...
me encanta.
Esos rayos de sol ocultos por las nubes
pero luminosamente rebeldes
son mis recuerdos también de hace 18 años,
furtivos entre las arrugas de mi piel
que anunciaban la plenitud venidera.
Y el grisáceo cielo
compitiendo con las blanquecinas nubes
me cedió la oportunidad de eternizar
aquel momento en lo que fue un presente
y ahora como regalo, evocación.
© José Luis
La naturaleza se tiñe de verde
en las ramas invernales de los robles,
en los secos roquedales montañosos,
en las pétreas cortinas musgosas,
en el interior de mi pupila
mientras permitían las brumosas mañanas
nuestro andar
y esas ocres hojas caídas
nos aromatizaban al unísono
de nuestros pasos.
Echar la vista atrás
y recordar ese verdor
nos acerca más a otro diferente caminar
entre paisajes reales e imaginarios,
entre risas y palabras suspendidas en el aire,
entre pedregosos senderos
y orillas fluviales rumorosas.
Salir al campo y disfrutar
de sus extraordinarios rincones
es esa atractiva manera
de sentirnos vivos
los que exploramos la naturaleza.
© José Luis
Tímidamente
despojadas de su alcurnia
fueron con el arisco aire
por el suelo depositadas,
sin posibilidad de escapatoria
en mis sentidos ancladas.
Rojas bolas de madroño
al tacto notoriamente rugosas
ambarinas en su esencial interior
levemente de lluvia lagrimosas
disipa su imperceptible amargor.
Sumergida en negro la tierra
ahora luce en gotas de sangre
la eventual sensibilidad huidiza,
asemejando herida de gloria
o lamento de arraigo perdido.
Así la circunstancia humana
relajada en los pasos otoñales
recoge de tu condición en mis ojos
el desvelo de un corazón absorto…
temporalidad en continuo trasiego.
© José Luis
Quisiera ser hoja verde de primavera
hoja suave y tierna
dejarme mecer por los vientos
y brillar con la luz del sol.
Quisiera ser hoja verde de primavera
sentir el aire fresco
ir creciendo en la rama
y rozar las alas de los pájaros
al caer la noche.
Quisiera ser hoja verde de primavera
rielar con los primeros fríos
sentir que mi interior cambia
y vestir un nuevo color.
Quisiera ser hoja dorada
hoja ocre, hoja marrón
saber que de mi tiempo he disfrutado
y verme rilar en las pupilas
admiradas de un otoñal mirar.
© José Luis
¿Dónde está la belleza?
¿En la mirada?
¿En lo que se ve?
¿En los colores?
¿En la imagen?
¿En la emoción?
¿En el recuerdo?
¿En lo que ve el corazón?
¿En quien mira?
……………………………………
¿Dónde?
Flotan la nubes, pareciera que suspendidas en la inmensidad azulada del horizonte. Consigue el sol sus glaucas pinceladas sobre la tierra, a la que, en ocasiones, acompaña su inseparable hierba. Noto el aire entre mis dedos, resbalando dulces pensamientos mientras los pasos, imparables, se quejan de la pesada marcha entre tórridos rayos.
A lo lejos me lleva la mirada, tan lejos que hace pequeñas las montañas. Qué arduo es saberse tan lejano y, a la vez, mantener presente los recuerdos de tantas piedras pisadas, de tanta sombra entre bosques o de tanta lluvia en la capa. No importa la distancia cuando allí me lleva la alegría.
Por senderos de Portugal se va extendiendo mi camino entre campos, ciudades amables, corrientes serpenteantes y aguerridos valles. Quizá alguna ojeada me reconozca tras sus vidrios... ese caminante, que de vez en cuando, le trae inexcusable su infancia.
Dejaré estar mi mente concentrada en el paisaje, la grabaré tal cual aparece en la imagen, para cuando me acuerde, vuelva a ella y sienta la quietud de aquel instante.
© José Luis
Pasear por el campo en estas fechas
tiene un atractivo especial:
el verde intenso de los prados,
el azul infinito del cielo...
y el colorido que los almendros
ceden a las panorámicas.
Así como la tierra
devuelve a su interior la esperanza,
el 2024 nos devuelve a la memoria
todos esos momentos
que nos han hecho dichosos.
Afianzamos nuestros deseos y pensamientos
con la realidad que día a día transformamos,
por eso para este 2025
busco las semillas
de la alegría, felicidad, salud, paz, compañía…
para seguir en el camino de la vida
compartiendo buenos momentos,
saludando a los días con amor
y sabiendo que, un año más,
podemos saborear las mieles
de la creación.
Brindemos por el 2025
© José Luis
Este frío inquieto anticipa el invierno...
Hace tiempo ya que las castañas no moran en el árbol.
Son las caídas hojas ocres y tejas las que en el suelo perduran,
con la lluvia penetran en mi mente con su olor a naturaleza.
Me gusta el otoño en sus cambiantes colores
porque irisan en mi pupila y embellecen el alma.
Ahora mi recuerdo es para esa castañera,
asidua en la orilla del Bernesga,
seria y concentrada en su quehacer,
fulgurante en su presencia,
bronceada en sus pliegues...
con mirada ausente quizá recuerde
mocedades de otras épocas otoñales...
© José Luis
Sonidos y palabras anegan la estancia
a esta hora imaginativa del reposo,
mis percepciones entrecruzan la música
entre imágenes y puntadas de ideas libres.
Rondan las cuerdas frágiles notas del violín
en el torrente de acústicas revelaciones,
las teclas apaciblemente pulsadas se hunden
en apacible paz y atrevidas impresiones.
Melodiosa voz femenina modula la luz,
se ha ido azuladamente apagando el día
dejando los anaranjados puntos de luz
en los bordes cristalinos de la ventana.
La noche no trae el frescor noctámbulo,
pesadamente el calor avasalla la estancia
blanquecina, aletargada, suspirosa…
en cada exhalar el pecho desahoga
los latidos, siento el temblar de la sangre
que reiteradamente vivifica mi cuerpo.
El compás marcado con el vaivén mis pies
me devuelve a la realidad del entorno,
despido a las letras del teclado, me oculto
en la tenue sombra alargada en la pared
alargando la placidez de este momento.
© José Luis