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Rastro de FreeWolf

Estelas

Amapolas de otoño

Amapolas de otoño

Los senderos atraen las flores
las amapolas, tus sentimientos
y los pasos de las horas,
el asombro y el misterio.
  
De rojo son el paño
de los pétalos y terciopelo
el sabor de los labios
cuando te beso el cabello.
  
Amapolas de otoño
en mis pupilas afloran
cuando miro en tus ojos
el amor y el deseo
y hasta el sonrojo.
  
Candelario en la ladera
capitular del monte
donde me perdieron unos pasos
un veintiséis de Octubre.
  
© José Luis

El paseo del gato

El paseo del gato

Acaece un lánguido atardecer
entre los cabos de la incertidumbre
y el conveniente transitar de los árboles
por las copas de la fecundidad y la dicha.
  
En la lasitud de la carretera un gato
no sabe que pasea entre las líneas
del abandono y el absurdo de la vida
mientras extensamente se despereza
de boca a cola con sus siete vidas.
  
El aire estancado entre las casas
parece absorto y huidizo,
encadenado a la aquiescencia del tiempo
tras la quebradiza torre de un suspiro
y tejuelos de marfil entre los labios
que serenan la infinitud en un silencio.
  
Un coche en la lejanía desprende el eco
de la precipitación de los instantes,
de la imposibilidad de estarse quieto
entre los pensamientos que pasean
por entre los maullidos de un gato…
  
© José Luis

Manantial de burbujas

Manantial de burbujas

De la montaña el agua resbala
entre los riscos milenarios
y aturdidos del tiempo
como una garganta sonora
que fuera atravesada por túneles
de voces y palabras,
de silencios cimentados
en las marismas del olvido.
  
Aturden los truenos que manan
de la boca de la noche
y que descienden lumínicos
entre las burbujas fantasmales
e inexistentes en el universo
de los milagros donde nada es
lo que parece ser sino un reflejo
de las propias ilusiones.
  
La superficie del pilón crepita
las espumas del amanecer
y aún la luna en su mirada
resplandece con el halo del rocío,
un manantial de esferas
lunáticas y errabundas.
  
© José Luis

Sombra ondulante

Sombra ondulante

El río
cambia en cada recodo
el fluir de las aguas
y la tierra lo empuja
en su camino por las piedras
donde cataratas modulan
la espuma del tiempo.
  
El otoño
cede de los árboles las hojas
acunándolas en la humedad
espejada del paraíso celeste
y ondulan en su recorrido
los sueños de la mañana
en la frescura del rocío.
  
Ya los pétalos aguardan
marchitos en la ribera
las sombras del invierno
y el día se duerme
en los auxilios de la nubes
mientras cambia los segundos
en consumadas eternidades.
  
Has enjuagado tus lágrimas
en los ojos de la tarde
donde la vida en los poros
resuda los recuerdos de una niña
en el corro de los silencios
mientras caen los copos
paulatinos de la asignación
temporal de la existencia…
  
© José Luis

La pisada del caballo

La pisada del caballo

Trotan los sonidos y los cascos
en un correteo sin cadenas,
sin distancias en el horizonte
sólo la inmensidad de la pradera
para recorrer
los confines de la tierra
y dejar en cada palmo
de silencio una huella,
de locura que es la vida
de los humanos más cuerdos.
  
Arcos como crines ondulan
la carrera del caballo,
el aire se vence a su paso
y vibraciones emite ajustadas
a la canción de la fuente
mientras le resbala el agua.
  
Cae que cae la noche
gota a gota en la frente
y los rayos de la luna
tejen por Penélope
el manto de la ausencia
y los recuerdos de su hombre.
  
Ya lejos está del cielo
el sol que calentara sus penas
quizá asoleando otras
u otros cantos de sirenas
en los oídos amados.
  
Veo mi rostro en el espejo
espejado del arroyo
y el papel del equino
que aguarda como yo
el paso del tiempo…
 
© José Luis

Desborde de órdenes

Desborde de órdenes

Las palabras abren sus puertas
y entran los sentidos en tropel
para desbordar fugaz la corriente
de los sueños sutilmente atesorados
durante la noche, la curvatura de la luna
sonríe entre los vaporosos árboles
que sujetan la humanidad de la tierra
y los pensamientos recorren la llanura
desnudos entre los vientos del piélago
conscientemente virtual y camaleónico.
  
Nuevamente llegan las olas espumosas
acariciando los reversos de la noche
y los pies acalorados de la eternidad
desde la que todo parece tan natural
como el llanto desvalido de un rorro
fuera del receptáculo irreversible y materno.
  
Los sonidos vagan desordenados por el espacio
donde el caos es una fragmento irremediable
de las melodías holistas de la naturaleza
y los ecos, irrealidad tumultuosa de los ensueños,
mientras somos poseídos por la verdad oculta
en el corazón creador de las luces y las sombras.
  
Camino por la pasarela de los vocablos
impronunciables desde la impúdica boca
que besa los ribetes acordonados al albedrío
en la persistente e inextinguible pasión
del juego en el libro de la vida.
  
© José Luis

Flor de pasión

Flor de pasión

En los brazos de la luna canta una flor,
una voz se hace rayo entre los cielos
y la tierra penumbrosa del corazón
donde cantan las cigarras al viento.
  
Inigualablemente se enciende una vela
purpúrea de deseo y concupiscencia,
de voluptuosa carnosidad errante
como la cera que derretida desciende.
  
Se han abierto los vértices boscosos
donde mana la savia y la lujuria,
donde la vida se hace presente
y se pierde el don de la palabra
o se hace grito la inconsciencia.
  
La vida en una lágrima se extiende
desde la virginidad de los velos
crepusculares del horizonte
en los pétalos jugosos de la noche
donde se confunde con el juego
de creencia e incertidumbre.
  
El olor de la pasión de dos cuerpos
es un veneno que mata
como también lo hace la muerte
pero tan dulcemente…
  
© José Luis

Aguas

Aguas

Es temprano
y el sol aterciopela escarlata las nubes
en los cristales de la ventana
donde mis dedos abanican la transparencia
de la distancia en las montañas
que vetustas otro amanecer contemplan.
  
En la mesa un vaso
ondula la humedad del agua
en recuerdos vaporosos y concéntricos
como una tarde de verano
ardida a la sombra de los árboles
volátiles entre los arroyuelos de la calma
mientras posa sus labios en el volar de las mariposas.
  
Flotantes los reflejos irisan las alas
del pensamiento que subrepticio huye
a la lejanía insondable con la mirada
cuando afinado un murmullo se acerca
desde la profundidad sombría del valle
que enmarca triangularmente tus piernas.
  
Vuelven las aguas del deseo
a arder en la juntura de la frente
tras los venerables pliegues del reluciente ocaso…
  
© José Luis

Rocas encaradas

Rocas encaradas

Carretillas

Carretillas

Desenredando

Desenredando

Atraviesa la red del mar la humedad
entre las espumas de nuestra alborada
y con sus hilos marisco errado enreda
en la marisma del olvido donde los escollos
son manos experimentadas de pescador
que deslía la mañana en el bancal del estío.
  
El torso desnudo de la noche ondea
en el abismo de la sombra y el silencio
donde lúcida la redondez de Selene
atrae el deseo de lobos y hombres
sobre la lujuria inherente de la vida,
transgredidos límites destronados.
  
Al borde del malecón vuelven a esperar
las redes a la barca y a la sombra marinera
para extenderse como una isla vaporosa
por los confines velados de la noche
por los inmortales confines de los sueños
en los que jaurías de peces me persiguen
con sus bocas insondables y abiertas,
parecieran las herméticas puertas del hades
dispuestas a engullir la futilidad en un beso.
  
Recogen las manos del suelo un cigarrillo
que apuran con el humo toronja de la tarde
los alalá entonados en la colindante lejanía
donde el mar y el horizonte se unifican…
  
©  José Luis

Jueves 24

Jueves 24

Los días entre semana tienen mucho en común,
son días con rutinas, con tareas continuadas
y las circunstancias sobrevienen sin decirlo,
sin anunciarse, inesperadas inferencias del pasado.
  
Hoy es jueves y el reloj sigue marcando el ritmo
de los instantes mientras se trueca el sol naciente
en un pulcro sacrificio toronja a los pies del horizonte
donde el calado de los ojos profundiza en el día
y la retina restituye la noche en el carro de fuego.
  
He paseado por el puente milenario que frecuenta el río
mientras recogían las aves sus vuelos en las ramas
aquellas que escuchan el susurro placentero del agua
aquellas que no desistieron nunca en la esperanza
de ser portadoras de las inmortales alas de Ícaro.
  
Ruge el sol furtivos los rayos de Zeus
en el paraninfo de las propensiones
de ser tan humanos hasta la muerte…
  
©  José Luis

El tejuelo de la bruja

El tejuelo de la bruja

Se asoma el sol
bajo los tropiezos de la sombra
mientras florece estival la nieve
y las añiles florituras de las olas
del malecón tras encaladas manos.

La mañana permanece muda
en los embates salobres del agua
a las rocas inmóviles y desgastadas
donde certeros llegan los rayos
como ojos que no parpadean
y dejan que resbalen las lágrimas
por el sendero rosáceo de tu imagen.

Paciente espera el tejuelo
la lluvia delicada de la dicha
o la platicadora vuelta del alba
para recoger íntimos los secretos
de las “brujas” que recorren el mundo
y frecuentan el corazón de los hombres.

© José Luis

Ingenuidad yugulada

Ingenuidad yugulada

Inocencia interrumpida
en la claridad del alma
donde gime la arboleda de la noche
en el corredor de la locura
y una pastilla, un valium
genera la ambigüedad de la calma
hasta la explosión de la risa
o la tormenta de las lágrimas.
  
Se ha perdido la razón
entre la oscuridad de las sábanas
y la libertad es una hojilla afilada
royendo las correas de la piel
mientras el mundo se para
y se manifiestan las voces
caídas desde la euforia
hasta la profundidad de esas cuencas
yuguladas de los ojos.
  
La arboleda oculta la ingenuidad
fucsia de las ramas
extendidas en el vacío, en la ausencia
donde la cordura luce intermitente
el collar irisado de la noche
con la hondura de las estrellas
y el ulular de las lechuzas
en los recovecos de la memoria.
  
Los rasgos del pensamiento
se afilan en las hojas
de papel y de los versos
donde muere la enfermedad
mental de los sentimientos…
  
©  José Luis

La fuente movediza

La fuente movediza

Pareciera que el agua no tuviera prisa
mansamente reflejando en su mirada
el cielo y las nubes que se cruzan
entre la condensación de las horas
y la luz que perpetúa un sol distante,
más allá de los átomos violetas
que pueblan las brumas de noches y letargos
donde se refleja todo ojo que no relega lo que mira.
  
Unas ondas arquean el pico de un gorrión
mientras se ondula el trino del firmamento
y la transparencia de la realidad absorbe
los ecos que de su garganta surcaron
las montañas del olvido y las cuencas del viento
donde las alas tornan invisible lo corpóreo,
la fragilidad perdurable de las formas.
  
Una fuente retiene en sus piedras
el vuelo de los pájaros y el fluir del agua
en un instante mágico y fugaz
en una pirueta de tempestades
tras el resbalar de los sueños
por la oquedad inconclusa
y movediza de los espectros.
  
©  José Luis

Menta libad

Menta libad

En la soledad de la mesa dos vasos brindan
por unas horas de charla en las hojas
extractadas de menta y agua avivada
con la lengua de las palabras que emergen
dilatadas como corrientes de aire
que acumulasen las nubes que se descargan
con el vuelo de una mosca
ante la indiferencia de la rana
que dejó de croar por una creencia.
  
Los restos en los posos hablan
de cuando nacieron de la tierra
y eran regueros de savia,
inarticulados fonemas en la boca
de una inmaculada montaña
que por primera vez conoce un amanecer.
  
Las manos dejaron de libar la consciencia
refrescada en la menta de los labios
lúbricos que olvidaron en el deseo
el sabor amargo de la muerte.
  
©  José Luis

Impresión uno

Impresión uno

Las pinturas gritan el abandono por la mesa
piden que la rosca diluya la prisión del tubo
tras las manchas saturadas en el ajustado paño
y anhelan creativas pupilas que el silencio rompan
en la vaguedad de imágenes e imposibles recuerdos.
  
Mirar en el interior de un cuadro
es ver los propios pensamientos
o las palabras ocultas de su autor
en la fragilidad de sus dedos
mientras se arrastra el pincel
por la superficie perpendicular del suelo
donde ponen de pie los sentidos
e incluso la extrañeza en el ojo.
  
Cárdenos atardeceres resplandecen
cuando el sol da al mundo la vuelta,
cuando mis manos rodean en tu piel
la piel de tus propias manos,
la piel esculpida por pinceladas
que se figuran tras la caricia
de mis labios en el cielo
cautivado de las rosas
y por los vientos que suspiran
olorosos pétalos, oleosas sombras
en la antesala de los sueños.
  
©  José Luis

El despacho

El despacho

Las ventanas filtran los rayos
que del sol se escapan como niños
que corren sin rumbo y se desbandan
e irradian en el aire esa claridad
que ensordece las noches heridas
por una luna de impalpables luciérnagas.
  
En el rincón una mesa se extiende
y refleja en su pátina el color
inmovilizado del viento, invita
al acomodo un asiento,
a depositar los brazos en la repisa
circunspecta de los recuerdos
y los dedos, tenuemente, pasean
las yemas del invierno
en la calidez del árbol
que forjara la gaveta con los escritos
de un bardo en su entraña retirado.
  
Son las horas un minuto
en las trencillas de los versos
mientras se  acercan las sombras
irreflexivas a los cristales
y se desliza la pluma por los pliegos
que anidan en el despacho.
  
©  José Luis

Lluvia en el coche

Lluvia en el coche

Mayo trae precipitaciones sin descanso,
no cejan las nubes en su empeño
de enjuagarnos la cara,
de volcar en la tierra lágrimas
tormentosas de opacidad y bravura.
  
Y en un momento
se humedece la tierra,
cala los huesos de asfalto y acera
formando veneros tumultuosos
que huyen espantados por la fiereza
de la caída por los sumideros
mientras danzan las gotas
su ceremonial de lluvia,
devotos chamanes de fosforescencia.
  
Las improvisadas gárgolas
manan canalillos de meditaciones,
delgados torrentes de mondaduras
confinadas en el abandono,
ríos de nombres y olvidos.
  
Un coche rueda entre los límites
de la humedad y paciencia
tras el parpadeo de las escobillas
que barren el agua del parabrisas
como nubes que paren inmensidades
de rostros velados y heridos.
  
©  José Luis

Montaña fluida

Montaña fluida

Se enrarece el ambiente y las sombras
se agolpan vaporosas en el subterfugio del aire.
  
Humeantes masas zigzean sus formas
entre azures y tupidas consistencias,
el polvo de la noche infinita se expande
en una perpendicular huida de asombros.
  
Túrbidas las penumbras celan en la noche
la boca sangrante de la inextinguible lluvia
que imperceptible bordea las montañas
sinuosas del olvido tras el céfiro amante.
  
Gotas que golpean los cristales conversan
con los ojos del desvelo, entre los sueños
que fraguan la madrugada y la inexistencia
dejan en el aire átomos de pasión y locura.
  
Se eleva una plegaria y el espíritu
se dispone sereno en la curvatura del universo.
  
©  José Luis