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Rastro de FreeWolf

Estelas

Montaña fluida

Montaña fluida

Se enrarece el ambiente y las sombras
se agolpan vaporosas en el subterfugio del aire.
  
Humeantes masas zigzean sus formas
entre azures y tupidas consistencias,
el polvo de la noche infinita se expande
en una perpendicular huida de asombros.
  
Túrbidas las penumbras celan en la noche
la boca sangrante de la inextinguible lluvia
que imperceptible bordea las montañas
sinuosas del olvido tras el céfiro amante.
  
Gotas que golpean los cristales conversan
con los ojos del desvelo, entre los sueños
que fraguan la madrugada y la inexistencia
dejan en el aire átomos de pasión y locura.
  
Se eleva una plegaria y el espíritu
se dispone sereno en la curvatura del universo.
  
©  José Luis

La flor abierta

La flor abierta

Arrinconadas en la memoria las voces suenan,
voces que evocan sonidos sin palabras,
siseos ancestrales en la garganta
donde nacieran el conocimiento y la duda.
  
Navegan los silencios desde la hondura
en veleros vidriosos y espectrales
tras las brumas que invaden los mares
que fueran corrientes de conquista y fuga.
  
Bucaneros de la noche proyectan sus trofeos
entre inolvidables pétalos y cobrizas carabelas
que surcan en contornos suspendidas cataratas.
  
Inquebrantable la flor abre su tesoro al viento
donde absorbe los corpúsculos de la experiencia
y en la tierra con inmortal despedida se desgrana.
  
©  José Luis

Junto al poeta

Junto al poeta

El bronce te ha dado forma
en la escultura con tus poemas
tras los que tus ojos se asoman
frente al atardecer del río
con las nubes tenues y sonrosadas.

Quizá sentado concibes el cielo
o la eternidad que te pertenece
e indestructible trabas de las palabras
las entrañas a la tierra y a sus hijos.

Eres asiento en el rincón, poeta,
donde la calle te lleva esos amigos
que posan las manos en tu gorra
o siguen en tu mirar los versos
que son pared en la memoria.

La capa que de ti pende vuela
entre los pájaros de la noche
y los haces desgranados de luz
de las estrellas de Salamanca.

Hasta ti un chico se acerca
para dejar entre tus brazos
candente la estela de su alma
para que la hilvanes con tus poesías.

© José Luis

El surtidor inescrutable

El surtidor inescrutable

Son los días de sol sonrisas abiertas
y ojos selváticos que recorren distancias
impenetrables en las sombras que se esconden
tras los reflejos y colores de las formas.
  
Una fuente susurra en el surtidor de agua
las leyendas de un río que vaporoso humedece
tierras y paisajes tras el transito constante
y único por el devenir del tiempo y la historia.
  
Azures son los posos del cielo en el bronce
prieto por el linaje de los fugitivos de Selene,
hombres que elevan súplicas en los brillos
transgresores de obediencias y promesas.
  
Tenaces las ondas se dispersan concéntricas
salpicando los ecos de unos niños que retozan
iniciática su vida en vibrantes turbulencias,
indescifrable torrente de meditaciones.
  
©  José Luis

Motas reflejadas

Motas reflejadas

Lejano el sol sigue enviando cálidos rayos
que atraviesan la inmensidad porosa del universo
y llegan límpidos y transparentes a la Tierra
donde anidan azabaches alas y el azul del cielo.
  
Hoy no llueve pero el río lleva gotas de lluvia
inmersas en tus pupilas mientras me miras,
un torrente cobrizo en los arcos de la frente
donde anidan lilas y vaporosos pensamientos.
  
Sé que los pájaros se llevan lejos la mirada
tras los murmullos y los vientos de la noche
con el sabor dorado y toronja del crepúsculo
donde todavía está intacto y velado el paraíso.
  
Los sueños vuelan con los relojes del tiempo
entre los afilados espejos de nebulosa sangre
y retorna por la mañana entre las sábanas
donde nuestras almas anidan con sus cuerpos.
  
©  José Luis

El forjado de la verja

El forjado de la verja

Atardece
y el cielo se va inundando de sombras
en el azul celeste
donde se asoman las estrellas
y en la soledad del ocaso
me siento pequeño.
  
Camino entre tus calles errante
con la mirada aprisionada en la lejanía
mientras debilitadas permanecen las farolas
en sus reflectores, opacos haces paradójicos
en la bóveda enmascarada de los cerros.
  
De pronto
una verja detiene mi paso
entre los picos que apuntan al techo,
que es el escape del mundo
hacia lo desconocido e incierto,
como una pisada en la Luna
eterna
más allá de los recuerdos
tras los que se nos disipa cualquier existencia.
  
Pienso en el hierro
y en la trabazón de su permanencia
asentada tras los inamovibles años
en la soledad de su clausura
para la que fue forjada.
  
Siento en la piel extraño un sentimiento,
oscuras líneas en la rugosidad del horizonte
donde mis manos no alcanzan la distancia
que me aleja de la libertad y el deseo
de traspasar los límites de la consciencia.
  
©  José Luis

Limado de uñas

Limado de uñas

Estás distraída,
frente a ti el río
chisporrotea esta mañana de miércoles
mientras otras personas caminan
o simplemente están en la hierba.
  
No quieres fijarte en los pensamientos
y sin darte cuenta miras tus uñas
donde ves rugoso el reflejo del cielo,
sabes que tus dedos rozan el infinito
y no quieres arañarlo,
por eso sacas carmesí la lima
con la que friccionas las uñas
y tus pensamientos.
  
Hace mucho tiempo,
quizá en otra vida,
también estuvieras sentada
entre las briznas de yerba
con los ojos fijos
inmarcesibles en el cielo
donde el murmullo era un enigma
del que nacieron los sueños
y las estrellas.
  
Atenazan los dedos el aire
como el llanto de un niño
el corazón
sobresaltado de la madre
y la luna deja en tu frente
blanquecinos los rayos
en un beso
en una noche desmayada
cuando por los cristales de tus gafas
se fue la tarde.
  
©  José Luis

Salto a la sombra

Salto a la sombra

En el aire has dejado la gravedad de tu cuerpo
y la sombra con el suelo se aviene en el lance
mientras congelado tu movimiento se suspende
el torso desnudo en la piel y en el tiempo.
  
El granito espera en las ruedas un roce
que encadene de nuevo figura con su silueta
y revierta en sonido en solo un momento
el trueno caído en la espesura de una tormenta.
  
La tarde se viene poco a poco en las nubes
y el cielo suelta monopatines de plata
donde entonan los ladrillos de una vieja iglesia
la equilibrada ceremonia de sangre y liturgia.
  
©  José Luis

Roseta de corazones

Roseta de corazones

En la mano las cartas
juegan al póker
y un corazón en la manga
late turbulento
aguardando su jugada.
  
En la catedral
y por su entrada
se cuela la luz
y en el suelo deja
irisado un rosetón
y un beso
o un corazón engranado.
  
Los bordes del mantel
ocultan unas piernas
y unos pies que se mueven
y unas risas que vuelan
hasta el corazón de la tarde.
  
Alguien
alguna vez dijo
que el corazón tiene razones
que la razón no puede entender,
por eso
yo me inclino
a que dejemos al corazón
seguir su propio camino…
  
©  José Luis

El pueblo deshabitado

El pueblo deshabitado

Tus casas de piedra jalonan los muros
que retuvieron las lluvias y los semblantes
donde el cielo se transformó en montaña
y las tardes que yacen en el paño se zurcen.
  
Las manos sujetan en mechones el pelo
de crepúsculos de puertas y ventanas
mientras resbalan lentos por las lascas
tersos flujos de lejanía y espera.
  
Supuran los montes soledad
azul y carcomida
entre las calles por donde el viento
es el único habitante que transita,
soplo de abandono y muerte.
  
Las campanas de la tarde ululan
almas que turistas descienden
por las laderas de la inconsciencia
mientras en sus oraciones recitan
los ecos que fueron entonces.
  
©  José Luis

El árbol que resudaba oro

El árbol que resudaba oro La tierra desentierra su savia
entre los ecos de un árbol viejo
y los entramados de sus hojas
donde las verdades se proclaman.
  
La soledad que habita en sus ramas
frecuenta las herencias del mundo
que vagan solitarias y subterráneas
como alma rebelde por la existencia.
  
Acoge un nido el vacío de la tarde
palabras tenues e impronunciadas
que el pájaro de la oscuridad incuba
en el interior de una creencia confinada.
  
No saben los persistentes buscadores
del origen del oro ni de la verdad
que se encierra en la naturaleza
hasta que se la encuentran de frente.
  
©  José Luis

El deshilachado del estandarte

El deshilachado del estandarte

La plaza mana carmesí el linaje de su historia
tras las columnas que sostienen las costumbres
con el pasar de los batallones de gentes y modas
ante el cielo azul y raso de un lugar de Castilla.
  
Fueron las huestes sangre verde en la orilla
del río que se eternizara en distintiva primavera
donde mana fresca la hierba que fuera estirpe
de sonido de tambores y de espadas confluencia.
  
Inmortales son las heridas que se desgarran
en los corazones separados de las antífonas
a la sombra de los estandartes que ondulan
guerrera piel y acerado peto en sus leyendas.
  
Venden el olvido con exquisita lluvia de amnesia
para desenterrar las raíces de este pueblo inquieto
que se arremolinaba en su plaza como en una telaraña
de la que no se puede huir siquiera por un deshilachado.
  
©  José Luis

Recuentos de poder

Recuentos de poder

En el horizonte nadan peces de colores
y se zambullen con los tesoros en su pecera
entre ondulosas burbujas de tiempo y plata
mientras arrumban los barcos náufragos.
  
Buscan los piratas los raudales de los peces
y los cantos consagrados de las sirenas
donde las olas rompientes desgarran y reposan
el sordo fragor de los arrecifes y las ballenas.
  
La espuma son ojos donde se refleja el mundo
en las dimensiones variopintas de la magia
y la realidad tras los que se vela toda persona,
todo orbe que gira y desconoce sus causas.
  
La nada se expande inagotable en el silencio,
en las palabras con trascendencia y fuerza
que abren la finitud de nuestra mente
a los campos efímeros de trigo y amapola.

©  José Luis

Maleza reactiva

Maleza reactiva El laberinto enmaraña el camino
del paseo por el palacio
a los invitados de la reina
que regenta su baraja.
  
Alicia no se pierde
entre tantos pastelitos
pues cada uno presenta
su instrucción en cartelitos.
  
La tarde se revuelve
entre las nubes de plata
y los ramajes rebeldes.
  
El sueño avanza
como los árboles sagaces
que bajan de la montaña
y a las huestes acompañan
camuflados de sombrero
con un reloj en la frente
y se les oye decir
llego tarde, llego tarde.
  
Tened mucho cuidado
cuando paseéis por el parque
no sea que en un tic tac
la fantasía te sobresalte.
  
©  José Luis

Colorear impresiones

Colorear impresiones

Has abandonado en la mesa
los pigmentos de tus sueños
esos con los que impregnas
las telas con los colores
que son manchas y runas
en los ojos de la aurora.
  
Tu ausencia has dejado
estampada en la badana
con los pinceles del silencio
y los trazos de la mañana
en la tabla que fue patena
de las sombras tras tu marcha.
  
Aún aguardan otros lienzos
la textura de tu alma
y el recorrer de tus dedos
por las formas de la almohada
que reposan tras la noche
en la apariencia de tu cara.
  
Después
cuando tu silueta vuelva
a embeberse de batallas
la recortaré en mis impresiones
como azul fruto de romero.
  
©  José Luis

Una verdad a medias

Una verdad a medias

Se enrosca la serpiente en sí misma
a la espera de que se acerque Eva
y le entregue sinuosa la manzana
donde celada la sabiduría reposa.
  
Dicen que no todas las veracidades
poseen igual grado de exactitud
ni siquiera de propia autenticidad,
dependiendo de quién las esgrime.
  
No creer en nada no se puede
ni tampoco dudarlo todo,
una pizca de color en el ojo
todos desde el principio traemos.
  
No hay verdad que por infalible
no se incumpla algunas veces
pues como dice el dicho
hasta un reloj parado tiene la razón
dos veces al día…
  
©  José Luis

El discurrir de lo que no sucede

El discurrir de lo que no sucede

Es de noche, dirás que como siempre,
y ya están las calles llenas de la afonía
del esforzado viento que persistente llega
agolpándose pertinaz entre los cristales
y los reflejos de las familias en sus casas.
  
Un barco se esfuerza contra el temporal
que le impone el mar fragoso en su camino,
plomizo se debate y cruje el ambiente
como madera que se dobla contra su voluntad
y teme romperse.
  
Un libro se abre instintivo en alguna parte
y emergen originales las imágenes de lo escrito
una noche de invierno, una pantalla desnuda
ante la multitud de ojos que parpadean
la sensata irrealidad de sus sueños.
  
Se ha desgajado la luna en sus cuatro fases
en un único instante se ha trasmutado
la retina sensorial de los vocablos
en brillo y estremecimiento…
  
©  José Luis

Escenarios oblicuos

Escenarios oblicuos

Se curva la mirada en los reflejos de un coche
como una imagen que perdiera su rumbo
y deambulara entre los recuerdos arcanos de la noche.
  
Una llamarada da calor a las tinieblas rojas
donde el suelo no pertenece a nada ni a nadie
y las pisadas en las mareas del olvido se borran.
  
Acaso tus ojos distinguieran la luz del crepúsculo
entre las acogedoras y efímeras sábanas del tiempo
y un niño con su sonrisa paz en su voz fecundara.
  
No abandoné mi destino para hundirme en las ciénagas
que entonan los cánticos del vértigo y la sombra
sino para corroerme en tu carne como un deseo inaplazable.
  
Es en este momento, cuando nada tengo en mis manos,
que mi sombra como un espíritu planea en los trigales
donde una vez florecieron parejos la alondra y la rosa.
  
©  José Luis

Desde el interior de mi ventana

Desde el interior de mi ventana

La ventana es el mirador al mundo que sucede fuera de mí
y desde el que vienen señales y finas lluvias y ambiguas luces
como en un amanecer de invierno donde es opaca la luz
y la niebla desdibuja el firmamento bajo un velada tela
de gris entre las espesuras de un horizonte inmaculado
mientras nada sucede a mi alrededor, sólo un zumbido
de silencio y recuerdos inconexos en mitad de un sueño.
  
Apunto en un papel palabras que salen de mi boca en torrentes
de mañana y bruma como en una columna brillante y cincelada
donde las hendiduras del tiempo han desalojado su redondez
en oquedades que reflejan la sombra y los tejados ocres
de la bóveda y el eco del mar y sus ondas en las que los marineros
yacen musgosos en su fondo, piélago de savias y tránsitos
en los que la esperanza y la distancia sitúan sus umbrales.
  
Los cristales resbalan por las gotas condensadas de vida
mientras describen caminos ensortijados y penetrantes
entre la dorada negrura de las nubes y el azabache monte,
mis dedos se inclinan en el vidrio desvaneciendo en la noche
el rastro de las marismas en las que se zambulle el sol
tras las cortinas de la ventana flotante e impregnada.
  
©  José Luis

La denominación del ordenador

La denominación del ordenador

Las teclas sujetan mis huellas al orden simbólico de las letras
como un autómata que busque entre sus circuitos la razón
para no salirse de sus movimientos o de su previsto servicio.
  
Tecleo inconscientemente signos que danzan entre los dedos
y buscan su propio sentido dentro de las palabras
porque el lenguaje se esboza cada día como una tabla de surf
entre las crestas magnéticas de las montañas y las sinuosidades
que empujan los deseos al mismo interior de sus grutas ocultas
donde reposan la humedad creadora y el enmarañado silencio.
  
Lucho por no trastornar los hilos que mueven mis dedos
en la sinrazón de los automatismos y sus abstracciones
que perturban los ojos de motas o inherente fuego negro
tras el que arden las hordas de la noche y los diablillos
que aparecen en sueños como un hombre que toca la guitarra
a la entrada de cualquier cine o ciberbar entre amantes besos.
  
©  José Luis