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Rastro de FreeWolf

Pupilas

Palos de ciego en la punta de la lengua

Cruje la madera
cae el horizonte
entre las líneas
de una canción hechizada
y la luna sumerge sus rayos
en la profundidad verde de la tierra.
  
Los tallos de la noche crecen
entre los bramares de los ríos
en su deslizar la corriente
por los senderos ancestrales
donde la lluvia va depositando
el rilar de los días,
el despertar de las inocencias
como si de una nana se tratara.
  
Duerme el niño en la cuna
entre los barrotes lacados
de sueño y madera,
una nube vela en su sonrisa
los recuerdos de su madre
mientras pliega los ribetes de la falda
entre los despuntes y amaneceres.
  
Los años se sujetan en la hebilla
que no pudo refrenar con la belleza
el desgaste natural de la vida.
  
©  José Luis

Dúos de flor

Desde la mirada
pequeña
un racimo de flores
serpea el aire
como la mirada que furtiva
sin decir dice...
  
© José Luis

La sombra de la hormiga

La planta crece
verde desde el ocre
de la tierra hasta el azul
del cielo
donde una hormiga
se mantiene
en dificultoso equilibrio...
como la misma vida
  
© José Luis

Azures pétalos de la noche

¿Qué traes en las manos
flor de la noche,
luna clara,
para acunar los sueños
de mi niño adormecido?
  
Cantan madreselvas
en el jardín de la infancia
y un rayo de blancura
ilumina la ventana.
  
Azures
los pétalos de la noche
yacen
sobre el manto de la aurora
y tus pasos de puntillas
arrullan el silencio
que respira…
  
Han detenido las alondras
el vuelo de las palabras
y hasta tu oído acercan,
mi niño,
silente la trova
de tus añoranzas,
de tus recuerdos
del paraíso
allá por el nirvana.
  
No temas
flor halada
que mi niño
aún te aguarda…
  
© José Luis

Reflejo metalizado de una botella de cristal


Refleja el cristal sobre la mesa
láminas segadas y reverberos
de las propiedades metálicas
de la tarde y el refresco
que del aire huele a primavera.
  
Cae una hora en la tarde
como la fruta de las ramas
desprovista y madura
de los compromisos del mañana,
se incrusta el minuto sesenta
en el rincón preferido
por el extravío de la nada,
mirada que atraviesa el tiempo
y encuentra diluido el horizonte
en los recuerdos y la luna,
espejo de cristal orientado
a las vacuidades del alma.
  
De una botella el cristal
suspendió en tus labios granates
el reflejo de una matizada divergencia
entre los ojos cerrados de la inspiración
y el inconfundible aleteo de las alondras
en el balcón de la esperanza…
  
Con el atardecer
la mesa brinda el caer del día
como líquido reposado
en el fondo la vida...
siempre que tú vuelvas...
  
© José Luis

Mimosa, muy mimosa

Marzo abre las puertas del invierno,
de la primavera, de los árboles y rosas
que florecen con la calidez del sol
entre los patios en sombra
y los arraigos que de la tierra
en las brasas quedaron del tiempo.
  
Amarillos los reflejos en el aire
pistones puntuales de inconsciencia
líneas amarillas de orbes siderales
gránulos perpetrados en el limbo
de las quimeras, marcos del espejo
donde ondean las notas musicales
de un mar en expectante calma.
  
De ilustradas renuncias y potestades
el aromoso árbol entre ramas habla
con su corteza remozada en los dedos
que arañaron amorosamente su entraña
y, como el halo maternal de un niño,
en su sombra mis ojos se arrebujan
al arrullo de los pájaros y del solsticio
que desaparece colorido y entrañable.
  
© José Luis

Sueño sobre sueño

Se prolonga
la línea de la lejanía
sobre los pasos inmóviles
de los cardos mientras el sol
me diluye en el horizonte...
  
© José Luis

Metálicas

Se apilan las mesas en el patio
donde ya nadie espera las sillas
que den descanso a las piernas
y refresco o café a la tarde.
  
Sólo unos niños en el interior de la valla
pasan por su lado, ignorándolas,
qué pocas veces están sentados los niños,
salvo en la escuela,
con todos sus modales de punta en blanco,
disfrazados de carnaval juegan
y corren entre las voces de sus madres
que aguardan.
  
Subo la vista por los árboles de la plaza,
me atrapa la frondosidad de las ramas,
sus incipientes retoños clarean
las sombras acaloradas, bullen
los pájaros sus trinos
de atrápame si me agarras,
y si acaso me dejo coger
no me metas en una jaula.
  
Metálicas las mesas,
metálicas las jaulas,
metálica la frialdad
de escalofríos por la espalda
cuando me alejo de ti
y mi corazón te extraña…
  
© José Luis

Piedra y pluma

Culminación desde la atalaya,
la paloma en el borde
custodia las piedras
desde el reflejo de la ventana
y las líneas profundizan
el labrado de las manos,
interpretación pálida de un cielo
que protege Salamanca
de los diablillos pétreos.
  
Soleada se avecina la tarde
solaz del andariego
por las rutas subyugadas del viernes,
anticipo de un fin de semana
accesible a los encantos del ocio,
al deambular de las almas
por las plazas y calles
desconocidas de España.
  
Otra vez me envolverá mi cámara
con sus ojos de sorpresa
y captará lo que ya sabe
que en el tiempo se encuentra
mientras se desliza la vida
por los caminos del aprendizaje,
de las elecciones no elegidas
más que por la inconsciencia
y acaso por un sentido
inesperado de la existencia.
  
Me veo en la paloma
observando lo inobservable
torciendo el cuerpo
hasta encontrar
quién me mira
desde la sombra de un cristal
que opaco me refleja
en la peana y con plumas.

  
© José Luis

Pluma de Santa Teresa

Intimar con las flores es
alcanzar límites de belleza y perfección,
escabullirse entre las líneas
sutiles de tornasoles y caracteres
donde depositar el tiempo subyugado
en cada resquicio de humanidad,
de paroxismo e inexplorado regocijo
en la oscuridad y punto de fuga
tras la enajenación transitoria
de todo momento de contemplación.
  
El sol se proyecta intacto en la mesa
que junto a la ventana esconde la tarde
en las márgenes rosáceas del éxtasis
y, a través del horizonte, se hunde la mirada
en los pétalos alongados del invierno,
un gavilla de contornos distrae
nebulosa los perímetros de tus ojos
en los que infiltro mis miedos y zozobras
porque sé que desde la clepsidra de tu boca
surgirán las gotas de armonía
que aquieten mi alma…
  
© José Luis

Natillas de nubes

Las nubes se entienden con el oro del universo,
la mañana encierra el aire en una tela de araña
y suspira con la armónica el tejón de los árboles.
  
Es la humedad una fina capa de trémulas notas
donde se deshoja el invierno de los robles
en haces inquebrantables de luz y piel desnuda
tras los cortejos de la fugacidad y el destiempo
como azulados interrogantes en el beso de la noche.
  
Cercenado el sueño del olvido, alrededor de una vela
titila el eco de los espectros nómadas y desleídos
de la aurora, huye la oscuridad de la corona del viento
mientras se desoyen las campanas del templo tardío
en el perímetro fermentado de la esfera impura.
  
Mascan las ramas el aire perfumado de las flores
en un susurro de pétalos y zozobras de rocío,
hasta la alondra muda en sus silbos las manchas
naturales de las montañas donde se requema el silencio
y un hombre aturde el áspid reverdecido de concupiscencia.
  
Negras las líneas en las palmas ascienden las horas
tras los planetas vulnerados y la adolescencia,
justa y salvaje rasgaba la fuerza el límite
del ocaso con las órbitas de la vía láctea
donde esperan yacentes los absurdos y las promesas.
  
© José Luis

Con un juego de pinzas

Palabras para consumar este día

Extendidas las palabras sobre el velador
de las montañas, ondulan el aire y las neblinas
los susurros que del cielo esponjan los rincones
más íntimos y purificados transitados por un alma.
  
Nada se abstrae en la contemplación del horizonte
donde velados mantos se circunscriben en estratos
según van llegando los discursos nacidos del viento
y de los instantes únicos mientras forman un círculo
en el que los ecos danzan cuando el sol se oscurece.
  
Una cruz erguida desde la sombra mira al frente
y a la luz sosegada en el púrpura de las nubes,
recoge en su intercesión todas las alas sin morada,
todos los latidos impares encajados en las soledades
de los cementerios, las campanas de hoy no resuenan.
  
Los ojos se alargan en los surcos de la distancia
mientras mis labios se acercan como un rastreador
a las llagas del día y depositan en un beso el bálsamo
secreto de las lágrimas que se vierten desde la fuente
que fue manantial y paraíso desde la sangre del Hombre.
  
Impenetrables retienen mis manos el contorno de tu presencia
entretejida en las conexiones de los ciclos y el olaje de la noche,
forman otra cruz como los maderos perfumados del recuerdo
que nos abandona cuando imperceptibles levitan nuestros cuerpos
en los confines articulados de las nubes donde desaparecemos…
  
© José Luis

Molde y vaciado

El hierro se fija a la tierra y la envuelve
en un halo de imprecación y pureza
desde el que las miradas se interpretan
y hacen sonar la aldaba de las presencias
incorpóreas que sobrevuelan nuestro sueño.
  
Nos encontramos en una ciudad celeste
donde los perros hocican las sombras
y olvidan sus ladridos en los pliegues verdes
de los parques mientras encluecan los rayos
afilados de la luna y sus encriptaciones.
  
Sólidos los átomos contextuales de los árboles
se enraízan titilares en el paseo uterino y del canal
que inquebrantable custodia los reflejos del atardecer
donde el cielo es púrpura e indefinible entre las cimas
y las cúpulas que la gente han tomado por sus casas…
  
© José Luis

Mirada sometida

Tras las órbitas del cielo los ojos
hacen las chiribitas y pavesas
en las que sucumben los ciclos
y las estaciones como humanos
corazones en la rueca del mundo.
  
Se aprietan en su redil las ovejas
a la lana compañera y a ley ciega
de la obediencia, muerte libre
del albedrío, entre alambres.
  
Miran el pasar por el camino
de los coches y caminantes
y su cuerpo teme y tiembla,
no sé si por el ladrido de los perros
o por no saberse en lo que ven reflejadas.
  
© José Luis

El guardaespaldas

Han compactado los copos tus manos
de niño, en la complexión de un bola
de nieve agigantada, en un muñeco.
  
Han sido los rastros del suelo
los que se han amontonado en tu espesura
y te has erguido firme como un recuerdo
de infancia, en la cartilla donde leíamos
las letras derretidas de tu nombre.
  
Ahora, solo, con el olvido de los años
y en las ocasiones especiales te retengo
yo también entre mis manos ateridas
por la memoria extraviada de un invierno
en el que protegiste mi mirada
de la sangrante pavura de los dominantes…
  
© José Luis

El atardecer de hoy

He sujetado en mis pupilas al tiempo
mientras el sol se alejaba, los colores
saturaban la pátina aromosa del cielo
y las alas de la tarde trasportaban
multitud de atardeceres en mis ojos.
  
En el crepúsculo se acrecientan las sombras
y las casas se reducen en estrellados haces de luz
que se desbordan por las ventanas, los reflejos
añiles se suceden por los púrpura y toronja
cuando acarician penetrante el horizonte…
y los pájaros volverán a sus nidos y a mi memoria.
  
Mirar el cielo en su transformación y quietud
es mirar al mismísimo alma despojada del bullicio
y de la prisa de la vida mientras del mundo se separa.
  
© José Luis

El río en sus paseos

Los reflejos de los edificios en el agua,
el lento pedaleo de voces y sonrisas
las ondas azogadas del remo que restalla,
el mudo ladrido de las sombras y la inercia
en la baranda del pretil me retienen al puente
con la vista del horizonte, más allá, perdida
donde algunas veces el pensamiento se oculta
cuando no encuentra dispuestas las palabras.
  
Mis pies rezuman la saciedad de tantos pasos
tras desconocidas huellas en las que busco sentido
y aproximación a los enigmas de esta vida exigua
mientras los sabores de la noche me engullen
en los sonidos del vientre onírico de los sueños
entre las estelas ambarinas en el río de tus dedos.
  
Por el paseo las miradas se cruzan e interrogan
como cantos al fulgor de una hoguera en la noche
y las voces, en la reserva, se conciertan con los visos
de las pupilas que sin verse en los espejos se miran
con azuladas dichas y pasiones, laten los corazones
desgarrados de las dudas mientras caen las gotas
robadas a la corriente por los suspiros del otoño
y del río en sus paseos por los bateles de mis ojos…
  
© José Luis

Nubarrones de lazarillo

Atormentado el cielo
se deja guiar por el lazarillo
que capitanea las noches y estrellas
por los mundo de la sombra.
  
Una mano arrecia en los hombros
las sinrazones de un camino
que lleva a los tropiezos,
a la ceguera de los sentidos
anubarrados en las grises multitudes
que interpretan la sinfonía del olvido.
  
Así es la historia de los mortales
un eco anestesiado de nubarrones
en los que los de la intrahistoria ululan
su derecho a la vida y a una paz lógica.
  
Nos guía el extravío de su mano
cada vez que interpretan las palabras
esos consabidos significados
de auténtica sosería y abandono.
  
© José Luis

Manchas de color solar

No es posible resistirse
a los colores del sol
cuando se abandona
y baja tras el horizonte
a la región del olvido.
  
Se expande toronja el reflejo
de los ríos de lava inquieta
y se doran las nubes
que degradan el crepúsculo
púrpura y anochecido
en las enrojecidas hebras de la tarde
e intuyen el planeo de las aves
que, diligentes, van a su encuentro.
  
Las casas, ensombrecidas desde el rubor
de mis ojos, espejan en sus ventanales
la sangre de la discordancia,
el temblor de la noche iniciática
en los juegos del anhelo
áureo de la luna que pare
sueños escabrosos y salvajes.
  
© José Luis