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Rastro de FreeWolf

Pupilas

Farola guardiana

Farola guardiana

Camino del camino

Camino del camino

Soplos de colores

Soplos de colores

Las aspas de los árboles fraguan el silencio
donde la noche oscurece las palabras
y un solo rayo de luz se pierde en el libro
reticular de los marineros que entonan
los jalones de la muerte soterrada en el mar,
en la profundidad musgosa de las ideas
que desaparecen en la verticalidad
de los puentes sin nombre o sin destino.
  
La lejanía del aire ocupa el horizonte
y la lengua de la tierra circunda los dedos
sin tacto ni yemas, una mujer sostiene
insaciable el vientre del abismo y la duda
como una apreciada cariátide del templo
mientras de mis ojos parten los sueños
de un molinete de viento embarcado
en los voluptuosos giros y danza
alrededor de los brazos del mundo.
  
©  José Luis

La pared que retomó las alas

La pared que retomó las alas

La tarde desciende por la luz del río
y los pájaros retornan a la algarabía
de sus raudos vuelos entre las ramas
de la sombra donde caen lentas las alas
y se olvidan de las nieves de enero
y de las férreas montañas invernales
mientras reciben los violetas rayos
en la gravedad última de su cuerpo.
  
Cálida la pared, que mira el poniente
de los deseos y la hierba que prospera
en las riberas fluviales, retiene la volada
de un gorrión entre los ásperos salientes
peñascosos de la refrescante sombra
donde con su pico busca insectívoro
el apetitoso refugio del hambre.
  
Mientras, entre las piedras, un rugido
abría el cráter de la inconsciencia,
multitud de imágenes haladas partieron
batiendo las alas de su destino
y explorando las posibilidades de la noche
se difuminaron en los brazos amantes
de dos jóvenes que en un beso se fundían.
  
©  José Luis

El escondite del sol

El escondite del sol

Son las nueve
y los árboles crecen la noche
en la espesura de la sombra
mientras toronja el sol se esconde
entre las frondas y opacas ramas.
  
Pareciera que un ojo se asomase
por la hendidura del silencio
y observara la intimidad asaltada
de la soledad.
  
Son los agujeros
para los ojos un imán
que se encienden
como faro de la nocturnidad
navegante de los sueños.
  
Viscosa maraña de edades,
la telaraña del tiempo,
atrae ígnea la bola
de los continuados y excitantes
ocultamientos.
  
© José Luis

Colmena Fontana

Colmena Fontana

Zumban
las nubes de las alturas
entre las flores de la mañana,
es una niebla impermeable
donde se celan los caminos
que llevan a todas y a ninguna parte.
  
Los manantiales
aclaran las piedras del destino
inalterables en los valles
y dejan impalpable el agua
en los surtidores de la colmena
donde liban el tiempo las abejas
entre platos elípticos y fugaces.
  
Resbalan los hilos
de espuma cóncava y armoniosa
por los senderos furtivos del aire
tras los rumores de las pisadas
tras las palabras que se escapan
húmedas por la boca
hasta los pies de la noche.
  
Una niña
voltea la fuente de las teselas
donde reposa modernista
la evocación azulejada de Gaudí
entre mieles y virginales ceras,
gentil ofrenda monolítica.
  
© José Luis

En contacto

En contacto

La bandada de patos anadea
azul el dilatado cielo de julio
donde el vacío de las nubes
invoca el batir de las alas
y la lejanía es el reto de la sombra
en la fresca corriente de agua
que aleja el vuelo de las plumas
con palmípedos esquíes improvisados,
chapoteo de espuma al contacto.

Estoy en una pequeña y coqueta pasarela
desde la que observo la versatilidad
consustancial de la naturaleza,
la majestuosidad con la que desciende
acrobático el ánsar de los cielos
y cómo el equilibrio mantiene
con sus remos extendidos,
una magnífica estampa
de emplumados alerones coloridos.

© José Luis

Ababola

Ababola

Nace azur la luz en la oscuridad de la sombra
donde la hierba pierde glauco su aroma y color
en los átomos opacos de una agreste amapola
ajada por el tiempo y la lengua imperturbable
del viento entre la verticalidad de las espigas
y el vuelo furtivo y rasante de la noche.
  
Cuarteados los pétalos en los labios hiede
el beso de la muerte, reflejo del ocaso
consustancial al tiempo que se amorata
la médula de las palabras y los sonidos
en la lengua carmesí y ausente de la boca.
  
Prolongados tallos sobrepasan la levedad
suspendida del aire y las encapsulados hojas
que traerán los renuevos de la verdad
y los matices inextinguibles del recuerdo.
  
La tarde se adormece y las pupilas giran
alrededor de la camilla donde las letras
de la noche resbalan
hasta los tapices repujados con tu nombre.
  
©  José Luis

En nombre de la rosa

En nombre de la rosa

Frente al espejo una rosa aroma
la entrada de la casa, en unos pétalos
blandamente se deshoja el tiempo,
fanales de penetrantes guiñadas
en la hora que deambulan los céfiros
entre las hojarascas de los arraclanes
o las riberas húmedas de los sueños.
  
Las espinas atemperan los vestigios
que la tarde descuida en las campiñas
subliminales de la infancia donde un deseo
era la mano profundizada en la tierra
para sentir el cosquilleo de las cavernas
inexploradas de los tesoros que no existen
mas que en el futuro inaccesible.
  
En nombre de la rosa el espejo
refleja la levedad
de las verdades que atavían
de extrañeza las cosas
tras las palabras que en los oídos
se quedan ancladas como espinas
que al pasado te atan
cuando escarbabas con las manos
la fortuna de la inocencia.
  
©  José Luis

Esferas germinales

Esferas germinales

De la tierra los tallos surgen
de la nada crecen los pensamientos
de las cúspides en el jarrón
donde las esferas de los sueños
atraen pecíolos e inquietudes.
  
De tus ojos nacen miramientos,
fugaces estrellas surgidas
del aleteo de todos los versos
en mis labios meditados.
  
Como burbujas se han deshecho
los silencios tras la noche
en los estambres de la aurora
cuando los roces y la piel
despacio se encendían
y tramaban a nuestras espaldas
solos dejarnos.
  
La hierba susurra
a los lados del camino
a los pies del caminante
que dos globos flotantes,
toronja y gualda,
se bambolean
al compás de las estrellas
fugaces.
  
©  José Luis

La licorera

La licorera

Cercena la claridad su silueta
enjaezada brillante en la sombra
del acero acristalado en la copa
olorosa y rutilante tras el líquido
dorado en el paladar del silencio.
  
La ventana resplandece en un punto
estrellado en la bola que vela
el vacío pleno de un instante
que fue fuego en la garganta
y sonrisa en un beso.
  
La arena se esconde en la trasparencia
del tiempo o de una gota que resbala
por las láminas de un verso o por mi boca
mientras el sol en el ocaso se proclama
dador de vida, heredero de la esperanza
que toda noche fragua en el crisol
suspendido de la aurora y de la luna.
  
Proyecta su sombra la licorera
alargada en la orilla del riachuelo
de aguas ondulantes en la frente
como un pensamiento que extraña
el origen de los sueños…
  
©  José Luis

Hojas sobre piedras

Hojas sobre piedras

Baja el río entre las piedras
como tantas veces en su curso
y arrastra en sus descuidos
las hojas de los árboles
de la voluntad desposeídas.
  
Saben las hojas que algún día
harán realidad el vuelo
que les lleve a otra parte,
a otra forma de ser vida.
 
Puede que no sea su deseo
ni siquiera lleguen a entender
que el ciclo no espera
ni cuanta con ellas
más que para justificar
su significado.
  
Por eso el río en su recorrido
amortigua con el agua la caída,
siempre dolorosa en el olvido
de abandonar lo que se quería.
  
©  José Luis

Granizo caótico

Granizo caótico

Dejaba el sonido del golpeteo
contra el alféizar
translúcidas y ateridas esferas
de hielo en el poniente
del ventanal formando una piña
inconexa de claridad gélida y humeante.
  
Se despereza la mañana del domingo
entre gruesos nubarrones de espanto
y la amenazadora serenidad del aire,
una turbadora posesión de los caminos,
de las calles que se cierran al paso
y las almas descobijadas se mezclan
monótonamente en las campanas
que repican con los badajos de los cristales.
  
Baja una fría sensación
por la espalda de la naturaleza,
un corrimiento de quebradizas piedras,
un lamento, un sollozo reprimido
y turbulento que se desata
dejando en el ambiente el temblor
amalgamado de pupilas y presencias.
  
©  José Luis

Verja cautiva

Verja cautiva

Las manos trabaron los dedos de la noche
en los cuadrados que al mar dividieron
en infiltración y emanación de nubes
tras los regios montes de la eventualidad
cuando las páginas que transcriben la vida
cayeron como lluvia en el olvido y en la selva.
  
La mirada traspasó los límites del recuerdo,
lágrimas de invisibilidad fueron los ríos
que lamieron curvos los labios de la duda
donde cada paso que se derriba en el abismo
renueva en el cielo las indómitas péndolas
de la luna entre las exhalaciones del deseo.
  
Fijos los ojos en la inmovilidad truenan en la arboleda
lumínicos haces de perplejidad y afectuoso viento,
los años dejados en los frunces de la existencia
enarbolaron ciclos de simiente y arrebatado desboco
ahora glaucos silencios en la lejana orilla del tiempo,
mientras un ininteligible sonido se desceñía del abandono.
  
©  José Luis

De zapatillas

De zapatillas

Transcurren los días al calor y la luz,
son momentos de paseo,
de caminar entre la gente
y observar
cómo la naturaleza se recrea
en sí misma
y se exhibe en cada cambio
mientras también nosotros afloramos
con cada estación reverdecida.
  
Unas zapatillas se llevan mis ojos
tras el intenso dorado de las rayas
que caminan y se interrumpen
en la pasarela que sujeta la corriente
a los pilares de la angostura
sugiriendo ondulantes recovecos
entre profundos y musgosos tornasoles.
  
Un instante flotando en el aire
la mirada hacia ese lugar
donde se vela el pensamiento
y de pronto vuelven los pasos
a llevarse las rayas y mi atención
ensimismada hacia el sendero
abismal del enajenamiento…
  
©  José Luis

La lata azul

La lata azul

En la tranquilidad del suelo reposa la lata
que antes fuera asida entre las manos
y ahora recibe del sol la intensidad
azur del abandono que le dieran unos dedos
en el vacío y la distancia hasta la tierra.
  
Las briznas crecen glaucas en el suelo
donde la simiente el devenir alfombra
desde la expansión furtiva del tiempo
y la multitud de partículas el aire disloca
en sube y baja tras turbadores vuelos.
  
Pasarán los días, serás parte del panorama
como las hojas que se descombran otoñales
a la sombra inmaterial de los tesos árboles
mientras desatiendes celeste la irisación
callada, herrumbroso cascote de la noche.
  
©  José Luis

El balcón de los atardeceres

El balcón de los atardeceres

Estoy en casa
ensimismado en los quehaceres
de una tarde de domingo.
  
Fuera siento el constante piar
que de los árboles emerge,
es el bullicio de los goznes
entrañables de la primavera.
  
Salgo al balcón
para mitigar la pesadez de la estancia
y de la oscuridad que se apodera
de los ojos y semblantes.
  
Observo cómo se oculta el sol
tras los edificios de enfrente
mientras se incendian las nubes
y bañan de dorado el aire.
  
Una vez más
me absorbe el crepúsculo
la consciencia y el anhelo
de mortal imperceptible
entre los abismos del universo.
  
©  José Luis

La golondrina en el crepúsculo

La golondrina en el crepúsculo

La arboleda escucha al aire entre las ramas
con las canciones longevas de las flores
arrullando las cálices extendidos al cielo
y al atardecer suspendido entre sus hojas.
  
Las golondrinas siguen con sus raudos vuelos
sorteando las esquinas del viento con sus alas
abiertas al incalculable horizonte y los planeos
tras la tangente perfección del movimiento.
  
Celestes en el espacio se cruzan las líneas
en la travesía de los balcones y las péndolas
en una revoltosa huida hacia todas y ninguna parte.
  
Invariable el sol baja la ladera de la tarde
y en cada sombra el instinto lame la oquedad
del día mientras se desvanece suave la mirada.
  
©  José Luis

Círculo carmesí

Círculo carmesí

Prenden las llamas
en el jardín de la fuente
y los sépalos tiernos
en su semblante esbozan
la tonalidad flamígera del fuego.
  
Arde una amapola
entre los brazos del crepúsculo
y se aleja en un suspiro
profundo
de los colores la luz
perezosamente por las calles
mientras se deshoja el silencio
abanderado en tu frente.
  
Las espigas ondean el aire,
rondan la garganta de la noche
donde enclavarán la simiente
con penetrante voz
y desde la gruta de los sueños
anunciarán que el campo dorado
y labrado de los recuerdos
extendiendo sus alas
tenuemente desvanecerá
ababoles y destinos.
  
©  José Luis

Aferrarse

Aferrarse

Pasa el tiempo
y el aire,
quizá todo lo que retienes
y a lo que te aferras
también termina pasando,
es una película
donde sucede lo inevitable
porque ya sabes cómo termina.
  
La tierra mana flores
en las que se deposita,
tal que en los hombres,
un punto de fugacidad
de naturaleza invertebrada y cíclica,
que tras el revoloteo y esplendor
sobreviene su ocaso.
  
No sé
si la luna mirará en mis ojos
el miedo y la oscuridad
como su propio miedo
o si atravesado por la claridad de sus rayos
interpondrá en mi mirada
la magnificencia de la noche,
y cada sombra,
cada breve instante de luz
me devuelva en pequeñas dosis humanidad.
  
©  José Luis