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Rastro de FreeWolf

Pupilas

Mirada sometida

Tras las órbitas del cielo los ojos
hacen las chiribitas y pavesas
en las que sucumben los ciclos
y las estaciones como humanos
corazones en la rueca del mundo.
  
Se aprietan en su redil las ovejas
a la lana compañera y a ley ciega
de la obediencia, muerte libre
del albedrío, entre alambres.
  
Miran el pasar por el camino
de los coches y caminantes
y su cuerpo teme y tiembla,
no sé si por el ladrido de los perros
o por no saberse en lo que ven reflejadas.
  
© José Luis

El guardaespaldas

Han compactado los copos tus manos
de niño, en la complexión de un bola
de nieve agigantada, en un muñeco.
  
Han sido los rastros del suelo
los que se han amontonado en tu espesura
y te has erguido firme como un recuerdo
de infancia, en la cartilla donde leíamos
las letras derretidas de tu nombre.
  
Ahora, solo, con el olvido de los años
y en las ocasiones especiales te retengo
yo también entre mis manos ateridas
por la memoria extraviada de un invierno
en el que protegiste mi mirada
de la sangrante pavura de los dominantes…
  
© José Luis

El atardecer de hoy

He sujetado en mis pupilas al tiempo
mientras el sol se alejaba, los colores
saturaban la pátina aromosa del cielo
y las alas de la tarde trasportaban
multitud de atardeceres en mis ojos.
  
En el crepúsculo se acrecientan las sombras
y las casas se reducen en estrellados haces de luz
que se desbordan por las ventanas, los reflejos
añiles se suceden por los púrpura y toronja
cuando acarician penetrante el horizonte…
y los pájaros volverán a sus nidos y a mi memoria.
  
Mirar el cielo en su transformación y quietud
es mirar al mismísimo alma despojada del bullicio
y de la prisa de la vida mientras del mundo se separa.
  
© José Luis

El río en sus paseos

Los reflejos de los edificios en el agua,
el lento pedaleo de voces y sonrisas
las ondas azogadas del remo que restalla,
el mudo ladrido de las sombras y la inercia
en la baranda del pretil me retienen al puente
con la vista del horizonte, más allá, perdida
donde algunas veces el pensamiento se oculta
cuando no encuentra dispuestas las palabras.
  
Mis pies rezuman la saciedad de tantos pasos
tras desconocidas huellas en las que busco sentido
y aproximación a los enigmas de esta vida exigua
mientras los sabores de la noche me engullen
en los sonidos del vientre onírico de los sueños
entre las estelas ambarinas en el río de tus dedos.
  
Por el paseo las miradas se cruzan e interrogan
como cantos al fulgor de una hoguera en la noche
y las voces, en la reserva, se conciertan con los visos
de las pupilas que sin verse en los espejos se miran
con azuladas dichas y pasiones, laten los corazones
desgarrados de las dudas mientras caen las gotas
robadas a la corriente por los suspiros del otoño
y del río en sus paseos por los bateles de mis ojos…
  
© José Luis

Nubarrones de lazarillo

Atormentado el cielo
se deja guiar por el lazarillo
que capitanea las noches y estrellas
por los mundo de la sombra.
  
Una mano arrecia en los hombros
las sinrazones de un camino
que lleva a los tropiezos,
a la ceguera de los sentidos
anubarrados en las grises multitudes
que interpretan la sinfonía del olvido.
  
Así es la historia de los mortales
un eco anestesiado de nubarrones
en los que los de la intrahistoria ululan
su derecho a la vida y a una paz lógica.
  
Nos guía el extravío de su mano
cada vez que interpretan las palabras
esos consabidos significados
de auténtica sosería y abandono.
  
© José Luis

Manchas de color solar

No es posible resistirse
a los colores del sol
cuando se abandona
y baja tras el horizonte
a la región del olvido.
  
Se expande toronja el reflejo
de los ríos de lava inquieta
y se doran las nubes
que degradan el crepúsculo
púrpura y anochecido
en las enrojecidas hebras de la tarde
e intuyen el planeo de las aves
que, diligentes, van a su encuentro.
  
Las casas, ensombrecidas desde el rubor
de mis ojos, espejan en sus ventanales
la sangre de la discordancia,
el temblor de la noche iniciática
en los juegos del anhelo
áureo de la luna que pare
sueños escabrosos y salvajes.
  
© José Luis

Helechos

Algunas tardes espaciadas

Algunas tardes espaciadas

De entre las nubes
un misterio amanece,
un crepitado crepúsculo
púrpura y revivido
como los mudos labios de oriente,
pero diáfanos y traslúcidos
en el reflejo de un río,
en el suspirar de un pecho
de amor henchido.
     
Es el aire
tupida transparencia
toronja y alucinante,
un espejo imantado
a las alas de algún ser divino,
un espejo atraído
por vuelo rutilante de la noche
entre las blancas hebras
de la luna herida
con las saetas del misterio.
  
El velo del atardecer
alivia en el fulgor de tus ojos
el horizonte
repentino donde un instante
esmera tus pupilas
con las lágrimas del olvido
espaciado de algunas tardes.
  
© José Luis

Reflectante de descendencias

Reflectante de descendencias

El árbol descendió sus hojas
hasta la corriente del río
y ahora fuertemente se comba
para acariciar sus huellas.
  
Siempre es el cielo azul un reflejo
en el fúlgido espejo de las hojas
caídas al otoño escindido
ingrávidamente desde la profundidad
de lo que no se quiere ser visto.
  
Se bifurcan los ramajes de las sombras
simulando las alas de figuras espectrales
allá entre los fondos del horizonte
y las oquedades subrepticias de los símbolos
cuando se disipa la corriente
discontinua en su inquietante transitar.
   
Una vez más descienden las nieblas
y expiden las pupilas a las nostalgias
de la contemplación de los tiempos
tras la baranda delicada de los años
donde el pretil se asemeja a esa piedra
esculpida con las uñas y la sangre
desde la incandescencia de la arboleda.
  
© José Luis

Amanecer irisado

Amanecer irisado

De la noche el rugido plasma en luz
el eslabón fragmentado del horizonte
azul entre los azures de límpidas lágrimas
con escarapelas en los frunces de esa pupila
escrutadora de mirillas y recónditas palabras
sobre las amanecidas atravesadas de líneas.
  
El sueño, todavía gotea entre los muros
de la inocencia y un rumor, martillea
tras los oídos volteados de mar y lluvia
mientras salpica el aire de cúmulos
y las farolas relegan su luminosa cabeza
en los litigios volátiles de los pájaros
posados en el arco del silencio anochecido.
  
Rasga caótica las huellas del destino
mi mano en la guitarra de la alborada
con las pulimentadas notas de un violín
que entran por la lejanía de la ventana
y en mis brazos una danza se ejecuta
como un filoso y punzante estertor
que trepanara el cielo en su bóveda
dejando al descubierto la inmortalidad.
  
© José Luis

Ojo de ámbar

Ojo de ámbar

Sobrevuelan dragones la inconsciencia
en el sueño y en la visual extraviada
entre los arrabales de la sombra
cuando el sol deja de clarear las visiones
y ya no ilumina palmo a palmo la mirada.
  
Se oscurece la celeridad del tiempo
y la retrospectiva de la memoria
alrededor del ojo áureo de algún coche
donde se miran tus ojos y los fanales
titilantes o perpetuados del horizonte.
  
El espejo no refleja enhiestas las siluetas
que se abrazan locamente entre los labios
del atardecer y las lenguas de fuego,
sólo deja que entre sus odas transite
el ululante cantar de la turbada luna
mientras sus rayos descienden los pies
desnudos de algún niño que pide en la calle
la paz y la palabra libre nacida del viento
o de la vitalidad expelida de tu talle.
  
© José Luis

El saltamontes

El saltamontes

Unas nubes permanecen en el cielo
y la pesadez de la mañana subyuga los rayos de sol
en volteos tras la calentura del aire
donde resuena el motor flotante de las gotas
que no llegaron a caer con los vahos de la noche.

Camino entre las curvaturas de la tierra
y las piedras me hablan de otras huellas,
de otros instantes lejos de la barahúnda
fugaz que todo tiempo destila en una botella
reservada para esa ocasión especial
en la que la alegría abandera el momento
mientras los ojos orbitan entre los redores de la mente
y el polvillo de las pisadas que elevan el suelo
entre las ramas fragantes de los pinos.

Ha brincado un saltamontes
en la superficie escarlata, bruñida
del acumulador de las distancias
y una inquebrantable mirada le sujeta
al capó reluciente del coche
donde en la perplejidad
se ha aislado…

© José Luis

Paisaje 310808

Paisaje 310808

Farola guardiana

Farola guardiana

Camino del camino

Camino del camino

Soplos de colores

Soplos de colores

Las aspas de los árboles fraguan el silencio
donde la noche oscurece las palabras
y un solo rayo de luz se pierde en el libro
reticular de los marineros que entonan
los jalones de la muerte soterrada en el mar,
en la profundidad musgosa de las ideas
que desaparecen en la verticalidad
de los puentes sin nombre o sin destino.
  
La lejanía del aire ocupa el horizonte
y la lengua de la tierra circunda los dedos
sin tacto ni yemas, una mujer sostiene
insaciable el vientre del abismo y la duda
como una apreciada cariátide del templo
mientras de mis ojos parten los sueños
de un molinete de viento embarcado
en los voluptuosos giros y danza
alrededor de los brazos del mundo.
  
©  José Luis

La pared que retomó las alas

La pared que retomó las alas

La tarde desciende por la luz del río
y los pájaros retornan a la algarabía
de sus raudos vuelos entre las ramas
de la sombra donde caen lentas las alas
y se olvidan de las nieves de enero
y de las férreas montañas invernales
mientras reciben los violetas rayos
en la gravedad última de su cuerpo.
  
Cálida la pared, que mira el poniente
de los deseos y la hierba que prospera
en las riberas fluviales, retiene la volada
de un gorrión entre los ásperos salientes
peñascosos de la refrescante sombra
donde con su pico busca insectívoro
el apetitoso refugio del hambre.
  
Mientras, entre las piedras, un rugido
abría el cráter de la inconsciencia,
multitud de imágenes haladas partieron
batiendo las alas de su destino
y explorando las posibilidades de la noche
se difuminaron en los brazos amantes
de dos jóvenes que en un beso se fundían.
  
©  José Luis

El escondite del sol

El escondite del sol

Son las nueve
y los árboles crecen la noche
en la espesura de la sombra
mientras toronja el sol se esconde
entre las frondas y opacas ramas.
  
Pareciera que un ojo se asomase
por la hendidura del silencio
y observara la intimidad asaltada
de la soledad.
  
Son los agujeros
para los ojos un imán
que se encienden
como faro de la nocturnidad
navegante de los sueños.
  
Viscosa maraña de edades,
la telaraña del tiempo,
atrae ígnea la bola
de los continuados y excitantes
ocultamientos.
  
© José Luis

Colmena Fontana

Colmena Fontana

Zumban
las nubes de las alturas
entre las flores de la mañana,
es una niebla impermeable
donde se celan los caminos
que llevan a todas y a ninguna parte.
  
Los manantiales
aclaran las piedras del destino
inalterables en los valles
y dejan impalpable el agua
en los surtidores de la colmena
donde liban el tiempo las abejas
entre platos elípticos y fugaces.
  
Resbalan los hilos
de espuma cóncava y armoniosa
por los senderos furtivos del aire
tras los rumores de las pisadas
tras las palabras que se escapan
húmedas por la boca
hasta los pies de la noche.
  
Una niña
voltea la fuente de las teselas
donde reposa modernista
la evocación azulejada de Gaudí
entre mieles y virginales ceras,
gentil ofrenda monolítica.
  
© José Luis

En contacto

En contacto

La bandada de patos anadea
azul el dilatado cielo de julio
donde el vacío de las nubes
invoca el batir de las alas
y la lejanía es el reto de la sombra
en la fresca corriente de agua
que aleja el vuelo de las plumas
con palmípedos esquíes improvisados,
chapoteo de espuma al contacto.

Estoy en una pequeña y coqueta pasarela
desde la que observo la versatilidad
consustancial de la naturaleza,
la majestuosidad con la que desciende
acrobático el ánsar de los cielos
y cómo el equilibrio mantiene
con sus remos extendidos,
una magnífica estampa
de emplumados alerones coloridos.

© José Luis