Pupilas
Algunas tardes espaciadas
De entre las nubes
un misterio amanece,
un crepitado crepúsculo
púrpura y revivido
como los mudos labios de oriente,
pero diáfanos y traslúcidos
en el reflejo de un río,
en el suspirar de un pecho
de amor henchido.
Es el aire
tupida transparencia
toronja y alucinante,
un espejo imantado
a las alas de algún ser divino,
un espejo atraído
por vuelo rutilante de la noche
entre las blancas hebras
de la luna herida
con las saetas del misterio.
El velo del atardecer
alivia en el fulgor de tus ojos
el horizonte
repentino donde un instante
esmera tus pupilas
con las lágrimas del olvido
espaciado de algunas tardes.
© José Luis
Reflectante de descendencias
El árbol descendió sus hojas
hasta la corriente del río
y ahora fuertemente se comba
para acariciar sus huellas.
Siempre es el cielo azul un reflejo
en el fúlgido espejo de las hojas
caídas al otoño escindido
ingrávidamente desde la profundidad
de lo que no se quiere ser visto.
Se bifurcan los ramajes de las sombras
simulando las alas de figuras espectrales
allá entre los fondos del horizonte
y las oquedades subrepticias de los símbolos
cuando se disipa la corriente
discontinua en su inquietante transitar.
Una vez más descienden las nieblas
y expiden las pupilas a las nostalgias
de la contemplación de los tiempos
tras la baranda delicada de los años
donde el pretil se asemeja a esa piedra
esculpida con las uñas y la sangre
desde la incandescencia de la arboleda.
© José Luis
Amanecer irisado
De la noche el rugido plasma en luz
el eslabón fragmentado del horizonte
azul entre los azures de límpidas lágrimas
con escarapelas en los frunces de esa pupila
escrutadora de mirillas y recónditas palabras
sobre las amanecidas atravesadas de líneas.
El sueño, todavía gotea entre los muros
de la inocencia y un rumor, martillea
tras los oídos volteados de mar y lluvia
mientras salpica el aire de cúmulos
y las farolas relegan su luminosa cabeza
en los litigios volátiles de los pájaros
posados en el arco del silencio anochecido.
Rasga caótica las huellas del destino
mi mano en la guitarra de la alborada
con las pulimentadas notas de un violín
que entran por la lejanía de la ventana
y en mis brazos una danza se ejecuta
como un filoso y punzante estertor
que trepanara el cielo en su bóveda
dejando al descubierto la inmortalidad.
© José Luis
Ojo de ámbar
Sobrevuelan dragones la inconsciencia
en el sueño y en la visual extraviada
entre los arrabales de la sombra
cuando el sol deja de clarear las visiones
y ya no ilumina palmo a palmo la mirada.
Se oscurece la celeridad del tiempo
y la retrospectiva de la memoria
alrededor del ojo áureo de algún coche
donde se miran tus ojos y los fanales
titilantes o perpetuados del horizonte.
El espejo no refleja enhiestas las siluetas
que se abrazan locamente entre los labios
del atardecer y las lenguas de fuego,
sólo deja que entre sus odas transite
el ululante cantar de la turbada luna
mientras sus rayos descienden los pies
desnudos de algún niño que pide en la calle
la paz y la palabra libre nacida del viento
o de la vitalidad expelida de tu talle.
© José Luis
El saltamontes
Unas nubes permanecen en el cielo
y la pesadez de la mañana subyuga los rayos de sol
en volteos tras la calentura del aire
donde resuena el motor flotante de las gotas
que no llegaron a caer con los vahos de la noche.
Camino entre las curvaturas de la tierra
y las piedras me hablan de otras huellas,
de otros instantes lejos de la barahúnda
fugaz que todo tiempo destila en una botella
reservada para esa ocasión especial
en la que la alegría abandera el momento
mientras los ojos orbitan entre los redores de la mente
y el polvillo de las pisadas que elevan el suelo
entre las ramas fragantes de los pinos.
Ha brincado un saltamontes
en la superficie escarlata, bruñida
del acumulador de las distancias
y una inquebrantable mirada le sujeta
al capó reluciente del coche
donde en la perplejidad
se ha aislado…
© José Luis
Paisaje 310808
Farola guardiana
Camino del camino
Soplos de colores
Las aspas de los árboles fraguan el silencio
donde la noche oscurece las palabras
y un solo rayo de luz se pierde en el libro
reticular de los marineros que entonan
los jalones de la muerte soterrada en el mar,
en la profundidad musgosa de las ideas
que desaparecen en la verticalidad
de los puentes sin nombre o sin destino.
La lejanía del aire ocupa el horizonte
y la lengua de la tierra circunda los dedos
sin tacto ni yemas, una mujer sostiene
insaciable el vientre del abismo y la duda
como una apreciada cariátide del templo
mientras de mis ojos parten los sueños
de un molinete de viento embarcado
en los voluptuosos giros y danza
alrededor de los brazos del mundo.
© José Luis
La pared que retomó las alas
La tarde desciende por la luz del río
y los pájaros retornan a la algarabía
de sus raudos vuelos entre las ramas
de la sombra donde caen lentas las alas
y se olvidan de las nieves de enero
y de las férreas montañas invernales
mientras reciben los violetas rayos
en la gravedad última de su cuerpo.
Cálida la pared, que mira el poniente
de los deseos y la hierba que prospera
en las riberas fluviales, retiene la volada
de un gorrión entre los ásperos salientes
peñascosos de la refrescante sombra
donde con su pico busca insectívoro
el apetitoso refugio del hambre.
Mientras, entre las piedras, un rugido
abría el cráter de la inconsciencia,
multitud de imágenes haladas partieron
batiendo las alas de su destino
y explorando las posibilidades de la noche
se difuminaron en los brazos amantes
de dos jóvenes que en un beso se fundían.
© José Luis
El escondite del sol
Son las nueve
y los árboles crecen la noche
en la espesura de la sombra
mientras toronja el sol se esconde
entre las frondas y opacas ramas.
Pareciera que un ojo se asomase
por la hendidura del silencio
y observara la intimidad asaltada
de la soledad.
Son los agujeros
para los ojos un imán
que se encienden
como faro de la nocturnidad
navegante de los sueños.
Viscosa maraña de edades,
la telaraña del tiempo,
atrae ígnea la bola
de los continuados y excitantes
ocultamientos.
© José Luis
Colmena Fontana
Zumban
las nubes de las alturas
entre las flores de la mañana,
es una niebla impermeable
donde se celan los caminos
que llevan a todas y a ninguna parte.
Los manantiales
aclaran las piedras del destino
inalterables en los valles
y dejan impalpable el agua
en los surtidores de la colmena
donde liban el tiempo las abejas
entre platos elípticos y fugaces.
Resbalan los hilos
de espuma cóncava y armoniosa
por los senderos furtivos del aire
tras los rumores de las pisadas
tras las palabras que se escapan
húmedas por la boca
hasta los pies de la noche.
Una niña
voltea la fuente de las teselas
donde reposa modernista
la evocación azulejada de Gaudí
entre mieles y virginales ceras,
gentil ofrenda monolítica.
© José Luis
En contacto
La bandada de patos anadea
azul el dilatado cielo de julio
donde el vacío de las nubes
invoca el batir de las alas
y la lejanía es el reto de la sombra
en la fresca corriente de agua
que aleja el vuelo de las plumas
con palmípedos esquíes improvisados,
chapoteo de espuma al contacto.
Estoy en una pequeña y coqueta pasarela
desde la que observo la versatilidad
consustancial de la naturaleza,
la majestuosidad con la que desciende
acrobático el ánsar de los cielos
y cómo el equilibrio mantiene
con sus remos extendidos,
una magnífica estampa
de emplumados alerones coloridos.
© José Luis
Ababola
Nace azur la luz en la oscuridad de la sombra
donde la hierba pierde glauco su aroma y color
en los átomos opacos de una agreste amapola
ajada por el tiempo y la lengua imperturbable
del viento entre la verticalidad de las espigas
y el vuelo furtivo y rasante de la noche.
Cuarteados los pétalos en los labios hiede
el beso de la muerte, reflejo del ocaso
consustancial al tiempo que se amorata
la médula de las palabras y los sonidos
en la lengua carmesí y ausente de la boca.
Prolongados tallos sobrepasan la levedad
suspendida del aire y las encapsulados hojas
que traerán los renuevos de la verdad
y los matices inextinguibles del recuerdo.
La tarde se adormece y las pupilas giran
alrededor de la camilla donde las letras
de la noche resbalan
hasta los tapices repujados con tu nombre.
© José Luis
En nombre de la rosa
Frente al espejo una rosa aroma
la entrada de la casa, en unos pétalos
blandamente se deshoja el tiempo,
fanales de penetrantes guiñadas
en la hora que deambulan los céfiros
entre las hojarascas de los arraclanes
o las riberas húmedas de los sueños.
Las espinas atemperan los vestigios
que la tarde descuida en las campiñas
subliminales de la infancia donde un deseo
era la mano profundizada en la tierra
para sentir el cosquilleo de las cavernas
inexploradas de los tesoros que no existen
mas que en el futuro inaccesible.
En nombre de la rosa el espejo
refleja la levedad
de las verdades que atavían
de extrañeza las cosas
tras las palabras que en los oídos
se quedan ancladas como espinas
que al pasado te atan
cuando escarbabas con las manos
la fortuna de la inocencia.
© José Luis
Esferas germinales
De la tierra los tallos surgen
de la nada crecen los pensamientos
de las cúspides en el jarrón
donde las esferas de los sueños
atraen pecíolos e inquietudes.
De tus ojos nacen miramientos,
fugaces estrellas surgidas
del aleteo de todos los versos
en mis labios meditados.
Como burbujas se han deshecho
los silencios tras la noche
en los estambres de la aurora
cuando los roces y la piel
despacio se encendían
y tramaban a nuestras espaldas
solos dejarnos.
La hierba susurra
a los lados del camino
a los pies del caminante
que dos globos flotantes,
toronja y gualda,
se bambolean
al compás de las estrellas
fugaces.
© José Luis
La licorera
Cercena la claridad su silueta
enjaezada brillante en la sombra
del acero acristalado en la copa
olorosa y rutilante tras el líquido
dorado en el paladar del silencio.
La ventana resplandece en un punto
estrellado en la bola que vela
el vacío pleno de un instante
que fue fuego en la garganta
y sonrisa en un beso.
La arena se esconde en la trasparencia
del tiempo o de una gota que resbala
por las láminas de un verso o por mi boca
mientras el sol en el ocaso se proclama
dador de vida, heredero de la esperanza
que toda noche fragua en el crisol
suspendido de la aurora y de la luna.
Proyecta su sombra la licorera
alargada en la orilla del riachuelo
de aguas ondulantes en la frente
como un pensamiento que extraña
el origen de los sueños…
© José Luis
Hojas sobre piedras
Baja el río entre las piedras
como tantas veces en su curso
y arrastra en sus descuidos
las hojas de los árboles
de la voluntad desposeídas.
Saben las hojas que algún día
harán realidad el vuelo
que les lleve a otra parte,
a otra forma de ser vida.
Puede que no sea su deseo
ni siquiera lleguen a entender
que el ciclo no espera
ni cuanta con ellas
más que para justificar
su significado.
Por eso el río en su recorrido
amortigua con el agua la caída,
siempre dolorosa en el olvido
de abandonar lo que se quería.
© José Luis
Granizo caótico
Dejaba el sonido del golpeteo
contra el alféizar
translúcidas y ateridas esferas
de hielo en el poniente
del ventanal formando una piña
inconexa de claridad gélida y humeante.
Se despereza la mañana del domingo
entre gruesos nubarrones de espanto
y la amenazadora serenidad del aire,
una turbadora posesión de los caminos,
de las calles que se cierran al paso
y las almas descobijadas se mezclan
monótonamente en las campanas
que repican con los badajos de los cristales.
Baja una fría sensación
por la espalda de la naturaleza,
un corrimiento de quebradizas piedras,
un lamento, un sollozo reprimido
y turbulento que se desata
dejando en el ambiente el temblor
amalgamado de pupilas y presencias.
© José Luis