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Rastro de FreeWolf

Pupilas

Verja cautiva

Verja cautiva

Las manos trabaron los dedos de la noche
en los cuadrados que al mar dividieron
en infiltración y emanación de nubes
tras los regios montes de la eventualidad
cuando las páginas que transcriben la vida
cayeron como lluvia en el olvido y en la selva.
  
La mirada traspasó los límites del recuerdo,
lágrimas de invisibilidad fueron los ríos
que lamieron curvos los labios de la duda
donde cada paso que se derriba en el abismo
renueva en el cielo las indómitas péndolas
de la luna entre las exhalaciones del deseo.
  
Fijos los ojos en la inmovilidad truenan en la arboleda
lumínicos haces de perplejidad y afectuoso viento,
los años dejados en los frunces de la existencia
enarbolaron ciclos de simiente y arrebatado desboco
ahora glaucos silencios en la lejana orilla del tiempo,
mientras un ininteligible sonido se desceñía del abandono.
  
©  José Luis

De zapatillas

De zapatillas

Transcurren los días al calor y la luz,
son momentos de paseo,
de caminar entre la gente
y observar
cómo la naturaleza se recrea
en sí misma
y se exhibe en cada cambio
mientras también nosotros afloramos
con cada estación reverdecida.
  
Unas zapatillas se llevan mis ojos
tras el intenso dorado de las rayas
que caminan y se interrumpen
en la pasarela que sujeta la corriente
a los pilares de la angostura
sugiriendo ondulantes recovecos
entre profundos y musgosos tornasoles.
  
Un instante flotando en el aire
la mirada hacia ese lugar
donde se vela el pensamiento
y de pronto vuelven los pasos
a llevarse las rayas y mi atención
ensimismada hacia el sendero
abismal del enajenamiento…
  
©  José Luis

La lata azul

La lata azul

En la tranquilidad del suelo reposa la lata
que antes fuera asida entre las manos
y ahora recibe del sol la intensidad
azur del abandono que le dieran unos dedos
en el vacío y la distancia hasta la tierra.
  
Las briznas crecen glaucas en el suelo
donde la simiente el devenir alfombra
desde la expansión furtiva del tiempo
y la multitud de partículas el aire disloca
en sube y baja tras turbadores vuelos.
  
Pasarán los días, serás parte del panorama
como las hojas que se descombran otoñales
a la sombra inmaterial de los tesos árboles
mientras desatiendes celeste la irisación
callada, herrumbroso cascote de la noche.
  
©  José Luis

El balcón de los atardeceres

El balcón de los atardeceres

Estoy en casa
ensimismado en los quehaceres
de una tarde de domingo.
  
Fuera siento el constante piar
que de los árboles emerge,
es el bullicio de los goznes
entrañables de la primavera.
  
Salgo al balcón
para mitigar la pesadez de la estancia
y de la oscuridad que se apodera
de los ojos y semblantes.
  
Observo cómo se oculta el sol
tras los edificios de enfrente
mientras se incendian las nubes
y bañan de dorado el aire.
  
Una vez más
me absorbe el crepúsculo
la consciencia y el anhelo
de mortal imperceptible
entre los abismos del universo.
  
©  José Luis

La golondrina en el crepúsculo

La golondrina en el crepúsculo

La arboleda escucha al aire entre las ramas
con las canciones longevas de las flores
arrullando las cálices extendidos al cielo
y al atardecer suspendido entre sus hojas.
  
Las golondrinas siguen con sus raudos vuelos
sorteando las esquinas del viento con sus alas
abiertas al incalculable horizonte y los planeos
tras la tangente perfección del movimiento.
  
Celestes en el espacio se cruzan las líneas
en la travesía de los balcones y las péndolas
en una revoltosa huida hacia todas y ninguna parte.
  
Invariable el sol baja la ladera de la tarde
y en cada sombra el instinto lame la oquedad
del día mientras se desvanece suave la mirada.
  
©  José Luis

Círculo carmesí

Círculo carmesí

Prenden las llamas
en el jardín de la fuente
y los sépalos tiernos
en su semblante esbozan
la tonalidad flamígera del fuego.
  
Arde una amapola
entre los brazos del crepúsculo
y se aleja en un suspiro
profundo
de los colores la luz
perezosamente por las calles
mientras se deshoja el silencio
abanderado en tu frente.
  
Las espigas ondean el aire,
rondan la garganta de la noche
donde enclavarán la simiente
con penetrante voz
y desde la gruta de los sueños
anunciarán que el campo dorado
y labrado de los recuerdos
extendiendo sus alas
tenuemente desvanecerá
ababoles y destinos.
  
©  José Luis

Aferrarse

Aferrarse

Pasa el tiempo
y el aire,
quizá todo lo que retienes
y a lo que te aferras
también termina pasando,
es una película
donde sucede lo inevitable
porque ya sabes cómo termina.
  
La tierra mana flores
en las que se deposita,
tal que en los hombres,
un punto de fugacidad
de naturaleza invertebrada y cíclica,
que tras el revoloteo y esplendor
sobreviene su ocaso.
  
No sé
si la luna mirará en mis ojos
el miedo y la oscuridad
como su propio miedo
o si atravesado por la claridad de sus rayos
interpondrá en mi mirada
la magnificencia de la noche,
y cada sombra,
cada breve instante de luz
me devuelva en pequeñas dosis humanidad.
  
©  José Luis

Perspectivas desmigajadas

Perspectivas desmigajadas

A través del aire
los ojos sus alas extienden
en los reflejos de un coche
y las exhalaciones del vacío.
  
Son las curvas un espejo
de realidad fragmentado
entre piedras protectoras
y parpadeantes surcos de colores.
  
Desmigajo tu mirada
en los haces de la noche
mientras paseo solitario
por la luna y los sueños
que a la orilla del río sorprenden
los peces salidos de la inconsciencia,
rutilantes fuegos artificiales
en la apartada bóveda de la quimera
donde un hilo de seda es el orbe
por el que se desplaza la tarántula
que tejió el sol y la madrugada
a los oscuros pliegues
de un todoterreno.
  
©  José Luis

Madre e hijo

Madre e hijo

A lo lejos distingo un puente que atraviesa el río

una ilusión azul en la nada, en el aire que etéreo

se insinúa entre nebulosas gasas y volubles vidrios

donde se crean ilusiones y espejismos seductores.

  

Cabalgan en la luz del día los hades de la noche

entre los estertores que balancean la orilla

pendular de la corriente y el asfalto flotante

enclavado entre dos cabezas, dos faros luminiscentes.

  

Sustentan la creación dos pechos,

dos pechos que amamantan el hambre y la esperanza

mientras crecen las dudas en la mente, en el tiempo

tras los pasos vacilantes de un hombre que no sueña

porque la alborada suspendió ingrávidos sus ojos

en el cenit de Damocles arropando su destino.

  

Esperan las farolas iluminar resplandecientes la noche

dejar en un círculo los haces luminarios tras las sombras

que ocultan al silencio entre las malezas del poniente

y los sueños de una madre en los brazos de su unigénito.

  

©  José Luis

Placeres de pensamientos

Placeres de pensamientos

A lo lejos
la mirada se pierde
en el amanecer de la alborada
cuando se olvidan los sueños.
  
En el corazón diáfano de la noche
han nacido las palabras
al amparo de la luna y tus ojos
en la profundidad inmaculada.
  
Pululas por la habitación
entre aromas de sándalo
y las páginas de un libro
(oscuras letras en fondo claro)
por los reversos del olvido
donde te imaginan mis versos.
  
Dorados
son los pétalos del viento
añiles
los labios de tus pensamientos
  
©  José Luis

Brillar en el ocaso

Brillar en el ocaso

He visto al sol brillar en el ocaso de la tarde
cuando el día recogía en su certera luz la mirada
de las sombras y cómo arrimaban oscuro su manto
al fulgor de las estrellas. Aurífero espectáculo.
  
Las manos envuelven los rayos en sueños de plata
mientras la frente detiene en su interior los ojos
que siderales llegaron cruzando los espacios libres
donde los susurros ancestrales depositaron la clave.
  
Buscan los hombres el jardín que fuera prohibido
cuando inverosímil el fruto parpadeó la sabiduría
y sobrevino imperecedera la fragilidad y la muerte
hasta que surja un nuevo espíritu de la ciencia.
  
Vienen a mí de otros momentos los recuerdos
donde el tiempo era un estadio sin prestezas,
caminos virginales de un renovado paraíso
entre las horas perdidas en la inconsciencia.
  
©  José Luis

Renuevos de primavera

Renuevos de primavera

Miro los árboles que a mi paso se arrancan
las pupilas hundidas de invierno en los tallos
mientras germinan las ramas y renuevos
que el viento cimbrado balancea solemne.
  
Sus hojas se recubren aún de terrosas pieles
que se rebelan en el confinamiento briosas,
glaucas y flotantes manos, nervudas teces,
que persistente el céfiro acariciar anhela.
  
Se dibujan los picos en las arbóreas moradas
y trinan los ecos cordiales de la primavera
bajo el cielo boscoso de abril y aguaceros
que barren la nostalgia y sombras invernales.
  
¡Quién no ha sentido ya en sus venas
el latido pícaro de Puck en su encanto
o el azulino y espumoso aro de Afrodita
que atraen los más intrínsecos deseos!
  
©  José Luis

Labio encalado

Labio encalado

Blancas las acanaladuras de tu labio
por la ventana reflejan la luz que entra
en las cristalinas vertientes del olvido
como un brebaje que aletargara mis venas
  
Suaves son las melodías del recuerdo
cuando se aclaran remotas las sombras
en un arco iris perfecto de voces sonoras
tras las inclinadas líneas del alejamiento.
  
Los ecos de la noche brillan con la luna,
se posan como murmullos en el tiempo
y manan versos salpicados de corazones
mientras las campanas tañen en el silencio.
  
En la soledad de las tinieblas sólo una cala
hipnotiza mi sueño y la nada, la aurora
desprevenida no alcanza a decir palabra,
la mudez la vistió púrpura y áurea.
  
©  José Luis

Canícula esclarecida

Canícula esclarecida

Retienes subrepticia mi voz entre tus labios
como un sol que ocultara sus silencios
en la oscuridad pétrea de un árbol y sus hojas
con los ecos que atronan las marismas
y los cometas muerden errantes
en los frunces por tu frente y su vereda.
  
Las sombras se proyectan tenaces
dejando la luz inconsciente y abandonada
en los reflejos oblicuos y penetrantes
donde irisadas membranas destejen los ojos
guardianes de la autenticidad y la entelequia
en los rostros de Jano, el futuro y el pasado.
  
©  José Luis

Volar desde un cielo negro

Volar desde un cielo negro

Suplica la noche el aleteo del pájaro de la luz
que entre su alones sujeta las columnas del cielo
y esgrime en su pico el maná de la paciencia,
fruto áspero al dolor y al forzado silencio.
  
Nada ven los ojos en las constantes tinieblas
donde la hondonada de la soledad es un camaleón
que se disimula entre las fauces de la omnipotencia
y tritura los embriones de la libertad y los sueños.
  
Negras nubes ciñen la rabia de la memoria
y la antorcha en lo subterráneo se va marchitando
entre vaporosas escamas de un dragón sin hombre
ni propósito que lo alumbrara, una demolida lágrima.
  
Esclarece la rosa sus pétalos en la oscuridad,
un caparazón de sangre y muérdago sustentado
en las estrellas negras de una luna desterrada,
deshojada huella de la humanidad en un recuerdo.
  
©  José Luis

Luna Media

Luna Media Mis ojos se elevan más allá de las nubes
donde muestra su esplendor la luna
en una forma de elástica media esfera
mientras encubre un paño blanquecino
el azulado aire de la estratosfera.
  
Caminan los pasos por la apariencia
donde no existe respiración ni llanto,
donde el camino es espacio sin custodia
para las palabras que no se forman de letras
sino de un único y sorprendente retumbo.
  
Forja tangencial el aire nuestro encuentro,
incidental y resplandeciente escondite
tras los labios ondulosos del silencio
y la idílica ensoñación de las sirenas
cantoras de los arrecifes y el letargo.
  
Sonrosados los aleteos del tiempo
imagínanse en el vacío turbulencias
mientras pausadamente los granos
descienden por el escote del reloj
hasta las mismas retinas de la tierra.
  
©  José Luis

Los ámbares del crepúsculo

Los ámbares del crepúsculo

El día había ocultado su luz
entre las grises espesuras de las nubes
mientras se aletargaba el tiempo
y mansamente transcurría.
  
Era uno de esos domingos de tránsito,
de dejar aparcadas las preocupaciones de la vida
y notar cómo las incidencias existían diluidas
en la distancia de la memoria.
  
Apenas perceptibles mis ojos
se adentran en la ventana
más allá de los frunces de las cortinas
donde las simetrías me relajan.
  
El cielo aparecía virado
con la aparición radiante de los rayos
y los celajes difundían ámbares en la mirada
tras el tesoro descubierto en el firmamento.
  
Este solo y leve acontecimiento
marcó la complacencia de esta jornada
de resurrección y espera.
  
©  José Luis

El descanso de la barca

El descanso de la barca

La lejanía es una lancha de nubes
donde arrumba y perturba el horizonte
de los limbos con las travesías y mares
mientras varada se encorva la barca.
  
La arena erige en sus perfilados granitos,
hasta en los pasos que se ciernen y ocultan,
la arcana estancia de los destinos
con la puerta que sólo en tu voz se abre.
  
¡Cuántas han sido las aguas en sus esloras
las que han arqueado muros de recogimiento
tras el hálito que se extingue en el polvo
como un laberinto de inextricable angostura!
  
El sol en sus rayos rememora tus gestas,
velas de plata para los arrecifes de tu frente
aquellos días con su gran soledad y tormentas
son el firme el timón que tu esperanza mantiene.
  
©  José Luis

Ladridos en la noche

Ladridos en la noche

Está la ventana abierta y entra fresco el aire
que la noche expele tras su excusada tristeza
y las sombras bambolean sutiles los tambores
que tañen flagelados las paradas del silencio.
  
Una corneta se ajusta a los labios de la elipse
donde la luna mira el transitar de los pasos
mientras las figuras inmanentes y quietas
contemplan oscuras el sonido que se desvanece.
  
En otra parte un perro presiente la agonía
del horizonte que marcha tras el crepúsculo
y deja sus ladridos verdes en la hierba serena.
  
Mucho tiempo atrás, otro día se oscurecía
entre los brazos de la muerte. Una rosa
desclavaba las espinas del corazón de la quimera.
  
©  José Luis

Al verdor de una farola

Al verdor de una farola

Glauca es la luz que abandona la farola
y se estrecha con los arbustos de la noche
como esa sombra huidiza e imprevista
que algunas veces atraviesa mis sueños.
  
Ahora trinan los pájaros su acomodo
cuando se ha bajado el sol de la montaña
y el aire refresca adormecidas las simientes
del jardín reservado de las flores.
  
Un aroma se expande en la tarde y en el aire
un albor de delirio y de silencio impregnado
tras los rayos que retienen la luna en mi frente
nacarada con nobles pétalos de pensamiento.
  
©  José Luis