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Rastro de FreeWolf

Pupilas

Nube espejada

Nube espejada El cielo está en el agua y acaricia su superficie,
es un amante azur y albo de musgosos brazos
tras los que la corriente insospechadamente agita
las varadas sirenas de la audacia y el encanto.
  
Pegaso se mira en el espejo de la inconsciencia,
deja en su vuelo corpúsculos reflectantes y briosos
mientras desnuda su imagen en el fondo de las sombras
reticulados ojos que se extienden desde el puente.
  
El jueves se diluye en los visos de la tarde
mientras vagan los sueños que desdibuja la noche
entre las riberas de la transparencia y el río Tormes,
manto desplegado en el recuerdo de las carnestolendas.
  
©  José Luis

Tandas de repentes

Tandas de repentes Sobre la sombra una silueta se recorta en haces de luz
mientras me inclino y capto pulida la superficie de un sueño
que despliega en mis ojos irisado el abanico de la noche
como si de una verbena de pueblo con farolillos se tratara.
  
La casta del toro embiste con la cornamenta el miedo
que le sujeta osado a la vida y le remite tenaz a la muerte
entre las franjas pululantes y susceptibles de la existencia
más allá de las barreras que retienen su empuje y su dominio.
  
Lucha tenazmente la distancia por romper sus barreras
desde el horizonte granulado del silencio y el eje de la vida
que nos cimbra en los espejos de la duda como maniquíes,
expuestos tras el cristal y la mirada en hieráticas urnas.
  
Una sombra oculta el sol tras las nubes que flotan mansas
descomponiendo en el crepúsculo lienzos de recuerdos
donde se destraban las lágrimas que fueron versos
una mañana de enero fría y neblinosa entre las sábanas.
  
©  José Luis

Una partida

Una partida

La oscuridad está ahí afuera esperando
quizá una gota de lluvia o un cortejo espectral
mientras se sujeta el horizonte a un barrote
fondeado en el mar de los inviernos eternos
donde el hielo preserva vestigios ambarinos
desde el origen propicio de la creación.

Las piezas que se revuelven en la tramoya
atraen las corrientes magnéticas de los iceberg
que flotan níveos e inmaculados en las playas
sin destino ni renuncia donde el aire flota
en la hondura de los días y el devenir de las palabras
que nunca fueran pronunciadas ni conocidas.
  
Sesenta y cuatro escaques bicolores se entablan
en lucha de espacios y dominios sin concordia ni tregua
hasta que las gotas rebeldes y pendulares del tiempo
formen parte del iceberg perpetuo y ambarino
donde hibernado un embrión ahonde palabras inciertas…
  
©  José Luis

Cuando el sol se va

Cuando el sol se va Muchas tardes frente a la ventana admiro el cielo
en el que se diluye el sol en su inextinguible viaje
por las luces y las sombras de los días y las estaciones
tras los que veo en mi piel las arrugas enredadas
de cientos y cientos de palpitantes hombres y alientos
que antecedieron cada inagotable noche y amanecer
como gotas salientes de un río a su intermitente paso
por laderas inquebrantables y resistentes de la vida.
  
De los ojos parten los sueños hacia el horizonte
mientras de la mirada escapan mis pupilas como rayos
tenaces que sobrevuelan la espesura porosa del aire
y se adentran en grutas que enlazan mundos subterráneos
con el florecer de límpidos diamantes y hermosos alhelíes
donde la fragancia de la noche pone el velo de la inconsciencia
y Selene, su entretejido manto blanco de almas fugaces.
  
Se hunde el firmamento en la concavidad de las manos
y las arrugas y líneas serpentean áureas entre mis dedos
para que aceleren el curso de la madrugada y los sueños
hasta que la aurora deje en mis labios el sabor de su presencia.
  
©  José Luis

Pestañeo de luz

Pestañeo de luz

Entre las nubes unos rayos aparecen
y desaparecen entre las sombras acuosas
que se proyectan en la delgada superficie
que el mar presenta a nuestros ojos
como esa mirada que se desvanece
en el vaho inhalado cuando niños.
  
Juega la tarde a los colores
espectrales de una roca cristalina
entre las yemas abrasivas de los dedos
como una pulpa fina y fría en su tacto
que sesgara abrasante el velo de los ojos
mientras cruza una lágrima su desierto.
  
La nada yace entre la distancia del horizonte
y el olvido despeñado de la mirada
cuando inciden los haces del crepúsculo
en la rosácea frescura de la carne
mientras dejo que los labios lancen
más allá del vértice del silencio
una pompa de luz aquietada y efervescente.
 
©  José Luis

Racha de viento huidizo

Racha de viento huidizo

Se doblan las ramas de los árboles
en la reverencia obligada al viento
en una noche sin hojas ni anatemas
donde los pájaros guarecen sus alas
muy pegadas a las silíceas rocas
y los acantilados monumentales
  
Espaciosamente aúlla la ventana
a la corriente penetrante e invisible
que tras las cortinas se esconde
como un fantasma en su castillo
ante la visita que no se espera.
  
Trajeron las montañas el aura
púrpura de los atardeceres
donde los pensamientos se abren
entrelazando sus vaporosos pétalos
a la cintura tersa del horizonte
que caía cuando los rayos del sol
se escondieron tras mi semblante.
  
©  José Luis

Otra cuenta hasta cero

Otra cuenta hasta cero

Has girado la cabeza y tus ojos
de nuevo la misma escena reproducen
en tu mente como un relámpago
en el que la luz te trasporta
a esa dimensión que añoras
y en la que sabes quién eres.
  
No habías vuelto a realizar ese viaje
desde niña cuando te gustaba jugar
a no saber quién eras entre las visiones
que recomponían la realidad oculta
donde los sueños permitían guardarla
para tomar el cuerpo de la luna
y subir y bajar por sus rayos
siendo el yo-yo de la aurora.
  
Una vez fuiste sirena
entre los cantos irrenunciables a Ulises
y los hilos endémicos de Penélope
mientras veías caminar a la muerte
con el revestimiento del horizonte
más abajo del mar y las olas
donde nadie sin permiso llega.
  
Fuiste niña en su momento
y lo amparaste en el germen de la noche
para que llegado el fiel instante
en que la cuenta atrás te arrastrara
cayeras como una hoja sobre el azul
dividido de los pensamientos…
  
©  José Luis

Cosa de colores

Cosa de colores

Cuando voy por la calle lo que más atrae mi atención,
aparte del movimiento, son los colores.
Los colores hacen que la visión se magnetice
como las mareas del mar a la luna
y fluctúen los sentimientos tras los que se atrinchera la razón.
  
Son momentos en los que la intuición se articula
y los hilos que entretejen el cerebro se electrizan
dejando que el vello se enerve en una sensación indivisa
tras los párpados abandonados en un descorrimiento sensual.
  
©  José Luis

Una carta devuelta

Una carta devuelta

No suele pasar
pero hay ocasiones en las que
se olvida ponerle el nombre a la carta,
no un nombre cualquiera
sino el nombre del destinatario
es como si en realidad no se quisiera mandar esa carta.
  
Las cartas son signos en papel,
signos que nos afectan
porque una palabra busca su realidad
y provoca una reacción en cadena
donde emergen mares y olas,
cantos de estrella o polvo de hechizo.
  
¿Cuántas de esas cartas no habrán llegado a destino?
  
Y no nos engañemos
no se nos olvida poner el nombre
sino que somos celadores de nuestra intimidad,
somos carteros de la noche
y nuestras palabras viajan siderales
por los mundos que soñamos,
por las órbitas cariátides de los ojos
mientras el aire nos devuelve su mirada.
   
©  José Luis

Cuerda poco cuerda

Cuerda poco cuerda

Las piedras bajan por la ladera
en una persecución excéntrica
de arenas y vueltas
es una abrupta noria
incesante de ritmo y tiniebla.
  
Al fondo el mar
blanquea el horizonte
infinito de espuma y olas
trepidante aullido
al romper con las piedras
en ritmo incesante de caracolas.
  
Una clara franja saludo del sol
me recuerda la sonrisa de la luna
verde entre las flores del vergel
que perdido en las ruinas de un templo
fuera la única puerta a un mundo
al que se le acaba la cuerda…

©  José Luis

Sábado por la tarde

Sábado por la tarde He alargado los minutos de la tarde
entre los relojes de la historia
y las nubes que cierran el cielo
como un globo que deja escapar el aire
para subir y subir los azules alcores del silencio.
  
La arboleda es una sombra entre el río
y el reflejo toronja de los pájaros
que arrojan al día su aleteo constante.
  
Deja la música ecos
sutiles entre los huecos de la pared
y las ramas mudas de los árboles
como cuando la lluvia empapa
la camisa y la calma
mientras los pies no reconozcan el camino
que me aleje de las arenas punzantes
y los repechos del anhelo.
  
Ahora encogeré las alas
y posaré la cabeza en el interior de la almohada
donde buscaré la corriente serena
que lleva lejos
a las estrellas…
  
©  José Luis

Un velo y el aire

Un velo y el aire

Un velo tapa los ojos que no se quieren dejar ver
mientras brillan sus retinas en la penumbra
donde un pájaro cruza la bóveda del puente
al que estoy sujeto por la noche y las estrellas.
  
Mi sombra se aleja en la orilla
como un reloj que se estirara en sus horas
y se dejara deslizar entre los cristales
de fuego con los que arde la tarde
cargada de pensamientos y bruma.
  
Hoy el aire se escapa
y me trae de oriente el rumor
de su música e insondables bailes
donde el cuerpo inscribe en su mover
los enigmas que se esconden
en la inmensidad recóndita del mar
mientras los peces tejen palabras
a las sirenas y sus seductores cantos.
  
Un velo tapa tus ojos
y me retiene entre los mares
con los enigmas del universo
y las sirenas de Ulises.
  
©  José Luis

Rombos concéntricos

Rombos concéntricos

Desde el mar una gaviota remonta el vuelo,
su cuerpo se había zambullido en picado
entre los espejos que traspasan el plano
recóndito y colindante de la irrealidad y el sueño
donde un pez parece una nube que recorre simas
y deja en las profundidades el recuerdo
de la irrupción del mundo.
  
Es el pez un rombo
donde depositamos los horizontes imaginados
como un pozo en el que saciamos la sed de los días
que se desgajan sucesivamente de la noche
y la cara que la luna oculta.
  
Son ensueños coloridos,
arco iris cuyas cintas nos enlazan al firmamento
mientras dejamos en el vuelo de la gaviota
olvidada la mirada…
   
©  José Luis

Bóveda ambiental

Bóveda ambiental

Puntos de luz
se pasean por la inmensidad
como si de una calle se tratara
cuando la multitud se amasa
entre el frenético movimiento
y el stop de un semáforo.
   
Caen las nubes en el agua
que refleja el contorno del río
y los árboles semejan montañas
que rozaran la infinitud del espacio
con una pelaje menudo y nebuloso.
  
Es el firmamento una esfera,
una bola de cristal encintada
y removida infatigable por el aura
de un dios que cada primavera renace
de las lágrimas vertidas por Pandora.
  
©  José Luis

En un fragmento apergaminado

En un fragmento apergaminado

Hace ya tiempo unas palabras
abandonadas en una cuartilla
formaron parte de algún pensamiento
en un cajón custodiado.
   
Y ahora cuarteadas por el olvido
son una aparición reclamante,
una columna de humo
que en el cielo se despliega
como un túmulo de voces
arropadas entre las nubes
y se pasean impúdicas
por las riberas de los sueños
mientras se desdibuja la noche.
  
Son una procesión de mariposas,
una manifestación penetrante
de aleteos y ecos de caracola
desde la profundidad inmediata,
desde el corazón sin pálpitos
que es la eternidad del alma.
  
Fueron palabras desprendidas
del árbol del anhelo
cuyos frutos tientan al hombre
como la manzana de la sabiduría
o el libidinoso goce del cuerpo.
  
Me recuerdan al silencio
que se escurre por la mañana
por una hoja destilada
en la esfera de una lágrima…
   
©  José Luis

En el interior de las alas

En el interior de las alas

Lejana en su surtidor una fuente sujeta
al ave que no consiguió aletear en el cielo
lluvioso una tarde oscura de noviembre
y recortada se yergue broncínea la silueta.
  
Ha pasado ya tiempo desde ese día
en una plaza nocturna de Copenhague
donde yo también me encontraba sujeto
a la inmovilidad de las alas y a su destino.
  
Allí estaba con la soledad desnuda
en una ciudad cegada y desconocida
bajo el ala de una grulla atrapado
entre la espuma sorda del agua.
  
©  José Luis

Paisaje en vertical

Paisaje en vertical No fijes la mirada en el mar
porque las aguas no reflejarán
las gaviotas encalladas en los arrecifes.
  
Sólo el faro de la inconsciencia
podrá alumbrar una nueva alborada
y bajarán las mañanas silenciosas
entre los pétalos de bruma humedecidos,
una flor que nació en las arenas del desierto
y de lágrimas entre las palmas de la noche.
      
El cielo deja que las nubes pasen
y lleven el viento a los caminos
donde el otoño le entrega las hojas
que retienen el sabor de la primavera
y del verano las frescas lisonjas.
  
Quién sabe
si remontando el vuelo
las alas del silencio
invoquen a tus gaviotas
y las libere
de la sombra del sauce
y la tristeza…
  
©  José Luis

Paseo tras la suerte

Paseo tras la suerte

Una casona
entre sus paseos
cierra las distancias de la tarde
y dos bolas blancas charlan
de las cosas menudas de la vida.
  
Es un momento de descanso
y me sosiego a los pies de los árboles
como una hoja madura
que intuye ceder su piel
a las entrañas de la tierra
tras el viento y los atardeceres.
  
El aire
trae los ecos
que han recogido las ramas
en las cumbres del cielo
y me encamino hacia la profundidad
frondosa del jardín
y del silencio.
  
Las manos notan en el frío
la proximidad del invierno
y recuerdan la calidez
de la arena del mar
en los pies y el paseo
solazado de la vista
y la mente…

©  José Luis

Fragancia púrpura

Fragancia púrpura

Has dejado tus manos en el aire
como hojas fruncidas y otoñales,
acariciando invisible y azul el mar
donde encubrimos nuestro barco
de los piratas del tiempo
y los tiburones del alma.
    
Recuerdo el aroma de tu cuerpo
una enfriada mañana de noviembre,
la calidez de tu piel entre mis dedos
y la eternidad sujeta a tu mirada.
     
Reencontramos el paraíso ancestral
en los brazos sinuosos de la noche
como una manzana prohibida y expuesta
en los labios de las sierpes y los sueños.
    
Ya no nos queda más tesoro
que la playa perdida en nuestra mente
y las olas púrpura de un piélago
que nos mece indefectiblemente.
  
©  José Luis

Relumbres de aurora

Relumbres de aurora

Hay veces que contemplo la aurora
rojiza entre tu cuerpo y sus pliegues
mientras descansan perdidos tus ojos
alabastrinos tras el alféizar de la ventana.
      
Son las madrugadas de otoño
las que nos desvelan entre las sábanas
con el deseo sinuoso en los labios
y la piel suavemente erizada.
   
No se precisan palabras
cuando nada hay que decir
mientras cruzamos nuestras miradas
desde lo más hondo
desde el brillo permanente de nuestras almas.
       
El sol rastrea en las nubes
los restos de la noche,
los matices escondidos de la sombra
de mi cuerpo en tus entrañas,
ese ardor fugaz y surtidor de vida.
   
Devuelves tu cabeza a mis hombros,
el olor de tu entrega entre mis brazos,
paño de cielo encendido,
cuadro de aurora relumbrante...
     
©  José Luis