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Rastro de FreeWolf

Cubil Bucólico

A los pies de la tierra

A los pies de la tierra

Las briznas de hierba cercan al árbol
que en la soledad del prado se serena
del bullicioso clamar de los pájaros
cuando la noche y la bruma se acercan.
  
Son sus raíces exploradoras del viento
con el que sueñan desde la oscura tierra
que celosa guarda huesos y secretos
en el terminal aposento de la caverna.
  
Flanquean tus pies los pensamientos
que los jardineros olvidaron en el filo
circunstancial de la labor y el tiempo,
franjas azules y gualdas en perspectiva.
  
La reciedumbre contemplo de tu tronco
enramado a la estentórea cúpula del cielo
donde escuchas los sonidos entremezclados
con las rosetas ululantes del viento.
  
©  José Luis

Retazos del pensar

Retazos del pensar

El agua retiene el mirar
que juega con los reflejos
entre sus glaucas ondas
y en retazos descomponen
ensueños en el mar,
en las riberas sesgadas
de tu blanco cuerpo.
  
Despacio transitan los peces
entre brocales de plata
observando el pasar
de las hojas escritas
con mis versos
las noches que tú estás
aquietada en el pensamiento.
  
Las olas murmuran
y rumorean la alborada
en lo profundo del sueño
donde emergen las palabras
nacaradas de tus labios
y resbalan profundas
por la caracola del tiempo
hasta el fanal de tu regazo
donde reposa mi nombre.
  
©  José Luis

Viaje de ida, viaje de vuelta

Viaje de ida, viaje de vuelta

El tiempo resquebrajado en el espejo
es un sendero de misceláneos sentidos
donde cada paso vuelve sobre sí mismo
hasta el más crucial e íntimo nacimiento.
  
Miran los ojos detrás, de lado o de frente
los trescientos sesenta grados de expectación
tras los que se abstrae tentado el corazón
en los paseos por las muchas vidas que pretende.
  
Soy una mujer que va o un hombre que vuelve
entre los caminos del recuerdo o del propio olvido
mientras fluyen de sangre los ríos por un libro
o por las hojas de un cuaderno las letras rebeldes.
  
Sumerjo entre los campos de trigo un pensamiento
con las alas del deseo y de quebradizas crisálidas
entre los indelebles tesoros de rumores y alboradas
que buscará la incertidumbre en la noche de los tiempos.
  
©  José Luis

En otros zapatos

En otros zapatos

Has llegado al parque
donde dejas la realidad que te acompaña
y juegas.
  
Hoy querías sentir en el suelo
tal como piel inédita
el latido profundo de la tierra
aquel que te hizo sentir
la vida en su corriente,
latido de la inconsciencia.
  
Bulle la sangre,
es el mar que se dispersa
entre los intersticios de la tarde
y ves en tu abuela el mundo
naciente de los ocasos
cuando de las cenizas unas ascuas
iluminan carmesí la mirada
que cómplice te sonreía
mientras sus zapatos te enfundabas.
  
El aire trae en la grana
de tus abriles la primavera
y el reloj turquesa que en tus ojos
brota como feliz cosecha
ha madurado en tus pies el tiempo,
mas tus introspecciones brotan
de las ramas de la inocencia.
  
Contemplo tu contemplar
ensimismado
en aquiescentes momentos
olvidados en las penetrantes líneas
de la mano del horizonte
donde una vez
otros zapatos
fueron de un niño sus sueños…
  
©  José Luis

La arboleda del paraíso

La arboleda del paraíso

Suavemente
mis manos ondulan en tu piel
amuralladas en las breves caricias
del deseo
donde se erizan sensibles
las retamas del viento.
  
Tus ojos
mantienen ese brillo cómplice
ese bruñir de indudable quietud
mientras me sonríes
y miras con abundancia.
  
De tus labios
las palabras emergen
silenciosas a mis oídos
sabedoras de la inmensidad
que nos atraviesa
y baña de dulzura.
  
Siento el estremecer
rutilante de tus poros
y el rubor en tus mejillas
consentido
tras el roce con mi cuerpo.
  
Juntos presentimos
que descubriríamos la clave
en la arboleda del paraíso.
  
©  José Luis

Lengua pétrea

Lengua pétrea

Puente que de piedra naces tras tus pies
enclavados en surcos de légamo y agua,
de tus bocas surgen las márgenes del aire
y la senda del transitar por tus ojos profetiza.
  
Pétreas tus lenguas hablan con el sonido del río
y los murmullos de las aves que sombrean tus dorados
musgos por los que te rastrean leales mis manos
amantes de tus siglos y de las miradas al extravío.
  
Quizá en mis oídos dejaras de Unamuno los pasos
como se deja la flor en el reposado cáliz del tiempo
y de la fugacidad de los pétalos y las indomables espinas
mientras la inmortalidad por tus pretiles se encharca.
  
¡Cuántas huellas ocultas entre tus arcos
de silenciados pensamientos en la corriente!
  
©  José Luis

Los pétalos tridimensionales

Los pétalos tridimensionales

El jardín retiene en sus flores
una evidente y renovada galanura,
un aleteo de primavera y corolas
entre breves intervalos de frescura.
  
En cada pecíolo una irisación formula
de otros tenues ecos reminiscencias,
una reverberación ya preexistente
en todo capullo aunque no florezca.
  
Las hojas glaucas aparentan espejos
donde se refleja fúlgida la mañana
cuando amanecen el sol y tu mirada
tras la tiniebla transitoria de la noche.
  
He buscado tras un pámpano las estrellas
donde se ultiman las letras de tu nombre
y las hespérides perfilan en sus velos
impalpables pétalos tridimensionales.
  
©  José Luis

Flores nocturnas

Flores nocturnas

La oscuridad no es absoluta
arriba tras el muro
unos flores sobresalen
y quieren ver el panorama
que por la rúa transita.
  
La fugacidad del momento
la guardo en esta imagen
de pétalos sonrosados
e indefinidas márgenes.
  
Verdes los tallos me recuerdan
la pradera del horizonte
donde la eternidad es un instante,
una tarde que se cierne al monte
y a los rayos crepusculares.
  
La sombra sustenta el velo
tras el que tus ojos se esconden
para sin ser vistos mirarme.
  
¡Ay, niña de los fanales
que me cobija cuando es de noche!
¡Vaporosas alas tuviera
para rondarte entre los torzales
luminosos de la inocencia
y libar las mieles en tus palabras!
  
©  José Luis

Las hojas abanderadas

Las hojas abanderadas

Camino vagamente por las sombras
que proyecta el sol entre los árboles
y la tarde me acompaña intacta
como un regalo antiguo y nunca abierto.
  
Ondea el aire azaroso entre las copas
levantando el pensamiento y su mirada
con los ojos abotonados y extravagantes
mientras lágrimas áureas manan de las hojas.
  
Se entrevera en bruñidas franjas el cielo
transeúnte al compás de los celajes
y el río se esparce mientras suena
el susurro abanderado de los pámpanos.
  
Una muchacha delicadamente me sonríe
imagino que tal vez adivinara mi pensar
ensimismado en los espejos de la corriente
nadando entre los pejes de la reserva.
  
©  José Luis

Ajos a la barbacoa

Ajos a la barbacoa

La tierra extraña el agua que se oculta
en las nubes que van de paso y no descargan
las lágrimas que en su peregrinaje acumulan
de los ojos que acechan al cielo orantes.
  
Crepita la lumbre los sueños errantes,
pérdida de paraísos e inmarcesibles palabras
mientras murmuran sus ecos lejanas campanas
llamadores de almas, de lluvias y de recuerdos.
  
Una tarde de verano disuelve el campo
en rumores de madura paja, de espigas áureas
y el calor azuza las breas de la carretera
al compás ondulante del aire que se trastorna.
  
Unos ajos se secan abandonados en la barbacoa
donde ya no quedan brasas que alimenten el orco
ni devuelvan a las oraciones pertinaz la simiente
que recogieron de los desgranados agros mis ojos.
  
©  José Luis

Nubes áureas

Nubes áureas

El velo de la tarde se tiñe de luz áurea
entre los paños de la ventana y el ordenador
que busca la mirada más allá de los ojos
y atraviesa los reflujos espejados del río
con arcadas de sangre y viento, hinojo y bruma.
  
Pasean pacíficos los niños envueltos en su luna
mientras reposan en los bolsillos la inquietud
de una semana más de escuela, lápiz y letras
tras los muros desencadenados del silencio.
  
Hermosa la noche en su manto deambula,
es una enigmática y primorosa princesa
que se arquea entre los densos cañaverales
de la tiniebla donde nace amniótica la vida.
  
Miro la oscuridad que se ilumina en puntitos
y quinqués que no me miran pero que esperan
la llegada inevitable del alba, el rosáceo blancor
que les devuelva la negrura y la breve calma.
  
©  José Luis

Sin Hojas

Sin Hojas

No temen las ramas al desnudo
ni al candor pudoroso de la nada
mientras entienda el árbol que de él
penden los mitos o las miradas.
  
Se abre la claridad del día entre sus huecos
como fragmentos de aire o de aletadas
y cede al alfombrado blanco en sus pies
la armonía que sujeta de la tierra las pisadas.
  
No hay caminos sin huellas
ni senderos virginales de madrugadas
donde anden peregrinos con pensamientos
de un dios, una oscuridad o balbucidas palabras.
  
Levanta sus brazos la sombra
alargada entre los rostros del alba
y suavemente la bruma mece
las siluetas de la gente que pasa.
  
Los libros escriben sus hojas
y los cielos su plomada
tras los cristales del ayer
y los pinceles suspendidos de la mañana.
  
Volverán tus ojos a sorber
los sueños de la madrugada,
esos que traen el silencio,
mis labios y el calor entre las sábanas.
  
©  José Luis

Como sombras

Como sombras

La realidad de un momento
se pasea entre las sombras
que hundidas rasguñan la pared
como lunas que se incrustan
en la soledad de la noche.
  
¡Cuántas habrán sido las sombras
que una vez se proyectaron
y pasaron a formar parte espectral
adherida a las areniscas de la muralla!
  
A veces se oyen susurros huecos
que se diluyen en el transitar del río,
son ecos ensombrecidos en la ausencia
y el calor del cuerpo de la intrahistoria
donde confluyeron las vidas desconocidas
de los sueños que indefectiblemente se escapan.
  
Sé que alguna vez fui sombra
sombra introspectiva y velada
en los intersticios de tu piel.
  
¿Y yo me pregunto,
seré esa parte de los sueños
que de ti se escapan…?
  
©  José Luis

Relojes de cristal

Relojes de cristal

Ya no sabe la mirada
donde dejó la pupila
de tanto mirar el alba
y el encendido crepúsculo.
  
Todas las noches
recorre el sueño mi cuerpo
y toma posesión de las palabras
extraviadas que no alcanzaron ninguna lengua.
  
Una luz pide socorro a lo lejos
intermitente entre las sombras
y las rocas de los flaquezas
tras haber cruzado a nado
la distancia entre tus ojos.
  
Marcan las agujas el tiempo
y hasta lo clavan a las hojas
que no se dejan escribir
hasta que se desvanezca la niebla
que oculta tus labios y mi boca.
  
Cristalina el agua avanza
inescrutable con tus pasos
hasta la profundidad de mi voz
para entresacarme tu nombre.
  
©  José Luis

La niebla que nos envuelve

La niebla que nos envuelve

La espesura de las cumbres ha bajado hasta los cálices
donde los inmortales beben la sangre de los inmolados
en la tierra de las cáusticas promesas y los juicios
que pesan sobre las cabezas como yugos pertinaces.
  
He luchado contra mil dragones en lugares sin confines
y he dejado correr la sangre escarlata por mis brazos
porque en cada contienda en mis manos se iban dibujando
las líneas inexorables que de mi vida van formando parte.
  
El río bañaba mis venas prodigado como un amante
que en cada caricia deja una parte de sus manos
y en cada roce, los labios que marcan su destino
con las voces de las alboradas jubilosas y penetrantes.
  
Mis ojos, ahora cegados por las tinieblas y el ocaso,
recuerdan el galope de tus sienes al contacto con mi cuerpo
mientras de mí bebías el ardor del que era prisionero
como a uno de aquellos dragones a los que rumiaras las entrañas.
  
©  José Luis

Juego de velas

Juego de velas En torno a la mesa un círculo se extiende,
un círculo de manos y ojos neblinosos
que cruzan las llamas tras las frentes,
gráciles páramos tras los inquietos cortinajes.
   
El tapón ha salido por los aires
y las burbujas refrescan con su sonido
el cristal harmonioso de las copas
mientras da vueltas en el círculo
la corriente alegre de la fiesta.
  
Un gato con cara de juerga
retiene el móvil entre sus uñas
e impertérrito no lo deja sonar
por más toques que le demos.
  
Quizá sea esta hora de la aparición
la que induce el tránsito de efectos
entre los que aún estando despiertos
resistimos a los poderes oníricos.
  
Se van consumiendo las velas
con las caricias oscuras de los dedos...
el reloj ya no marca las horas
pues está dormido y quieto,
sssshhh no lo despertemos
que mañana trabaja…
ssssshhhhhh… besos.
  
©  José Luis

Un mundo onírico

Un mundo onírico

Has visto el cielo
y el fulgor del sol te recuerda
vidas fugaces entre los sueños del día
y las sombras gélidas del invierno.
 
Hace mil años eras una piedra
en lo alto del monte
donde el aire soplaba el rubor de las nubes
y el horizonte celaba un vasto y ladino misterio
donde se disipaba la arena de los atardeceres
mientras crecían los pensamientos
justo en la boca de los peces.
  
No sé si la nebulosa que ciñe las faros
reconocerá en su intermitente luz
los albores de la noche
cuando desde el interior de una piedra
manaban los pensamientos de un pez
que alumbraba el mundo por su boca.
  
©  José Luis

Bombilla fundida

Bombilla fundida

Un hilo resbala por la ladera oscura del abismo
y la noche no oculta su sueño ni su miedo
mientras el fulgor de un filamento se extingue
como un árbol cuyas raíces crecieron en el cielo.
  
No hay luna que no deje su brillo azul
recortada en la bóveda de algún templo
donde se invocan con susurros ancestrales
el origen de la vida y el aura del viento.
  
Crece damasquinada una flor entre las baldosas
verdemar de los alientos y reza en cada reclinatorio
un pétalo que nace las mañanas de domingo.
  
Vuela a mi alrededor una libélula de transparentes alas
dejando en mi semblante el rocío de sus lágrimas
por la complacencia de una vida breve pero colmada.
  
©  José Luis

Números pasajeros

Números pasajeros

De las manos se entrelazan cinco dedos
urdimbre de mimbres y molinos
que azuzan las nubes y corrientes
que por el mundo huyen sin destino.
  
Seis niños montan en la rueda que rueda
alrededor de los árboles y el cielo
con la cara en el infinito abandonada
en los sueños que despertaron una noche
del letargo de otras vidas olvidadas.
  
Ondular hacían tres patos
las aguas densas de la noche
entre los caladeros del silencio
cuando una rana descubrió
que era un príncipe hechizado.
  
Nueve campanas resuenan en el aire
de un lugar extraviado en la memoria
mientras se oculta el murmullo de la tarde
en los recuerdos de nueve aldeanos
que una vez fueron niños en su parque.
  
Uno solo es el tiempo de la vida,
de qué vida te estarás preguntando,
de aquella que dejamos entre números
creciendo con el barro de las manos…
  
©  José Luis

Cuatro jinetes

Cuatro jinetes

Vienen por el camino
cuatro jinetes
y los árboles les forman
el pasillo de la muerte.
  
Uno es la mañana
que amaneció de la sombra
de los pueblos inconscientes
que no tenían palabras
ni tampoco tierra en la que guarecerse.
  
El segundo es la tarde
que cabalgaba sobre el azul
sinuoso de las corrientes
y trae en los labios
el ocaso del sol
y acaso el reflejo de algún querubín.
  
El tercero es la noche,
la penumbra de los astros
que brotaron de la nada
y la eclosión de una idea
sin tiempo, sin miedo, sin condición…
  
Advertí del cuarto
que era un yo desconocido
desde que antaño se perdiera
entre las hojas de otoño
y la leyenda de un misterio
como el sentido de la vida.
  
©  José Luis