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Rastro de FreeWolf

Cubil Bucólico

La margarita de pie

La margarita de pie

Verticalidad la llamada del cielo
entre los tallos de la heredad,
tallos prolongados de escote
observador de plenilunios y lluvias
desde la contingencia de la oscuridad
donde emerge el vacío y la nada,
donde mana la creación y el universo
de la sencillez de las cosas,
de la confusión implícita
de ideas, razones y sentimientos
en el corazón mismo del hombre.
  
Deshojo las sinrazones de la muerte,
el pesar de las lágrimas en los ojos
y la ausencia lacerada en el alma
como un espíritu reciente
entre los cuerpos fríos y soterrados
en las marismas de la noche
y las estrellas mientras contemplan
el caer doliente de los pétalos
en la clepsidra de la sangre eterna
en las venas caniculares del rocío,
gotas por la faz del infinito
que resbalan desde el relumbrar
de otros ojos que me miran…
  
Nada poseo que esté fuera de mí,
acaso el marchitar de un cuerpo
que existe en la inmensidad profunda
de un sueño donde cree que vive
y mantiene la esperanza
inmortal de las margaritas
en su sí... no... de la duda.
  
© José Luis

Vivencia

Vivencia

Pasión en un momento, fragor,
laberintos de cuerpos abigarrados
en la penumbra, entre los aromas
del placer y los latidos desbordados,
desde la mismísima profundidad
se sucede equinoccial el éxtasis.
  
Van las hojas lentas disminuyendo
la distancia colgada de la gravedad,
racimos tostados de frágiles manos
de arrugas pasadas por el vendaval.
  
En mi piel son los años fragosas pecas,
armonizadas notas con los otoños
y las primaveras, con los crepúsculos
de miles de soles en las retinas,
de miles de hombres en la sangre
encadenada a la estirpe de los exilados
siempre en busca de su dicha, de su destino.
  
Reconozco las alas escurridizas del viento
y el roce sutilísimo de los seres celestiales
intrincados en los rubores de los pétalos
herméticos tras el discurrir de las páginas
de todo un instante, que es siempre la vida…
  
© José Luis

Instantes de soledad

Instantes de soledad

La pleamar trae suavemente las olas
hacia la playa donde descansan los pies
apoyados en la arena y el cosquilleo
recorre la piel como una dulce mano
que surcara indefectible las crestas
de las ráfagas de la luna y de los olvidos.
  
Mi mente surca el cielo inmenso y azul
entre las fungosas guatas de las nubes
mientras dejo en los oídos el rumor
serpenteante de las caliginosas espumas
y contemplo el pasar alado de los vuelos
rasantes de los irrepetibles universos
de gavinas que pululan ligeras entre los aires.
  
El mar acuna las barcas alineadas en la orilla
se diría que interpretan un pulcro y vaporoso vals
entre los surcos que rotura parsimoniosa la tarde
mientras la gente, sin mirar atrás, voluntaria se aleja.
  
Aguardo la soledad en su regreso a la playa
donde dispongo un ramillete irisado y aromoso
de delicadas palabras
con los que embelesar su atención
hasta que llegue, sin darnos cuenta, el alba…
  
© José Luis

Magma de sueños

Magma de sueños

El tiempo
ejecuta en la plenitud
las terminales del adviento
donde nace natural el río
y las montañas se ocultan en las piedras
como un gigante agazapado
a la indestructible sombra de un árbol.
  
El vientre de una madre
circunda también la plenitud finita
de los pensamientos emergentes del mundo
mientras titubean los pasos en el camino
de la hiedra hacia el techado de la noche.
  
Se despereza la vida
del sueño
y mana la garganta
guturales los sonidos del viento
entre los brazos del mar
y las vetustas rocas del silencio.
  
Una serpiente repta
por la espalda de la locura
y los estertores atraviesan los confines
de la irrealidad inexplorada
donde el magma de la creación es otro sueño
inmaculado entre los sueños de la inmanencia.
  
© José Luis

Composición 2

Composición 2

Deslío las nubes con el soplo rosáceo
de una auriga que se desboca en el espacio
y choca con las esquinas de la noche
donde urge en el anhelo la satisfacción
de un reto de madrugada, de una suerte
impúdica y sudorosa en la profundidad
del pecho mientras se respira la niebla
intangible de amanecer y oscuras copas
con la viscosidad granate de la sangre
latiente y perfumada en las venas heridas.
  
Se aíslan las tinieblas en una isla toronja,
en la intermitencia de un faro penumbroso
que aleja asalmonada la luz al espacio
cuando las cigüeñas suprimen sus alas
en la muralla que separa los dos mundos
tangenciales de la realidad y los sueños.
  
Queda en el cielo momentáneo el rubor
de las briznas nebulosas del ocaso
y las azuladas faringes de los albures
entonan sagrados los ecos de los caminos
por los que desaparecen espantados los niños
que traerán en sus caras la conquista
de la evanescencia de la vida
o de la mortal germinación del olvido.
  
©  José Luis

Seta pecosa

Seta pecosa

Líneas azures
flanquean la rugosidad de tu cuerpo
y las manchas pardas del dorso
que te abrazan
en la luz
consustancial de la mañana.
  
De la tierra
surgen la duda y el magma
como pinceladas de un cuadro
que poseen nuestras percepciones
y miradas.
  
Desde el cielo
las alas de los pájaros
atraen la levedad del aire
en la sombra perpetua
de la noche
y fugaz de nuestras palabras
mientras aspiramos el aroma
de jazmín y sándalo.
  
Pecosa
la piel de la seda
acaricia con lentitud
la caída de tu cuerpo
en la hondura del mundo,
en la sensación de sueño
que placentero trae el rumor
de la luz,
de la tierra,
del bálsamo fecundo de tus besos.
  
©  José Luis

Edad restablecida

Edad restablecida

Las rosas aroman la estancia
entre los árboles deshojados
en la profundidad del invierno
y las líneas onduladas del lienzo
entreverado por la luz del techado
en afines esmaltes con la alborada.
  
El talle de tu cuerpo fragancia
genuinos los recuerdos de la noche
mientras sube la niebla de mi boca
hasta los turbios confines de la luna,
se oculta la música de los corazones
y emergen los ecos desde la tierra,
largos gemidos de púrpura y pétalos.
  
Inocente la mocedad disimula de tus pómulos
el aterciopelado murmullo de los recuerdos
arcanos desde la inadvertida edad de los vestigios
cuando las cortezas de los árboles eran mensajes
desgranados por el viento y el sigilo de las almas
en lo profundo de todos los fluidos fecundos
que transitan con las lágrimas del destino
y los arcos de los indelebles violines del mundo.
  
Tu voz se confunde con el rumor del horizonte,
con las crestas de un mar embravecido y jadeante
que de cada época acumula las hojas del olvido
tras las velas que consumen su cera en el silencio
de una estancia breve y sutilmente iluminada
con los evanescentes frunces de las estaciones
con el fluir del tiempo…
  
©  José Luis

La sombra del reloj

La sombra del reloj

No es necesario mirar el reloj para saber la hora,
no es necesario ser origen de vida para venir al mundo
donde los sentidos acumulan terminales de impresiones
en el arcón de la inconsciencia, pozo sediento y ciego.
  
Espera la sombra desplazarse por el arco de hormigón
y el milimetrado de segundos para anunciar el paso
pertinaz de la bóveda celeste por los 360 grados
de la cabeza, de oreja a oreja en inaudibles sonidos
que conformarán algún día esos recuerdos evocados
por alguna magdalena y el té crepuscular de los sedientos.
  
El reloj extiende sus brazos en los que retiene la luz
en el baile cruento de espinas y rosas, el jardín del tiempo
arroja las manecillas de la tarde al lienzo de la noche
y las estrellas, que rilan en mis ojos, abrazan tu cuerpo
que la sombra del reloj oníricamente descubre, o cubre.
  
©  José Luis

Borbotón embocado

Borbotón embocado

Parten los rumores de la concha
rociados de la boca engalanada
turbulentos de sol y tenue grana,
en el fresco rincón de terracota.
  
Las palmeras asaetan el aire
huidizo del calor y las ramas
entre los paseos inhumados
de tierra y tumbas morales.
  
Borbotones parten en surcos
incoloros de inevitables rebordes
como un beso en la noche huidizo.
  
Suspira pétreo el rostro, en el corte
ovalado de su boca, tras los puntos
ciegos de los ojos inmersos en la noche.
 
© José Luis

Extrema palidez

Extrema palidez

otra vez
más
la muerteenlacara
no deja otra cosa
que una extrema palidez
  
has perdido las facciones
que mostraba tu alma
y ahora
abandonadoelcuerpo
no dice nada,
sólo posee
una extrema palidez
  
la no vida
es un reflejo turbio
una no mirada
un perderse en el infinito
yabandonarloquesequiere
sin quererlo
sin saberlo
sin aviso
así sobreviene
la extrema palidez
  
por qué lloran los ojos
porquéunnudoenelvientre
por qué la soledad
acongoja
cuando viene
esa extrema palidez
  
©  José Luis

Polinización

Polinización

Las margaritas iluminan el campo
con su corazón amarillo
y sus pétalos blancos.
  
Es la llamada de una flor
que con impertérritos monosílabos
establece en un sí o un no
la razón de toda una existencia.
  
Las dudas vienen volando
al abrigo del silencio
cuando la tarde se refresca
en las alas y su batimiento.
  
Larga es la lengua del deseo
y mayor la del olvido
mientras devore la tierra los huesos
circunstanciales de la existencia.
  
Liba la vida el polen hechicero
macerando los estertores de la muerte
hasta la infatigable sonrisa del miedo
y los olajes de un sudor palpitante
en las sienes de la noche
reviven los recuerdos
o los jugosos genes de la distancia.
  
Atrae la felicidad y el polen
de las flores la mirada
y de los hombres el anhelo.
     
©  José Luis

Fruto estriado

Fruto estriado

Las tardes caen del árbol
como maduras castañas
que abandonan en la gravedad
el peso del tiempo
o el paso de la calma.
  
Brillan los ojos del silencio
en los reflejos de las piedras
y en un momento los dedos
recorren pardas las estrías
descentradas del pensamiento
mientras un soplo devuelve
el polvo a la tierra,
los huesos a la carne
circunstancial de la primavera.
  
Las hojas reverdecen
el trinar de las ramas
cuando se recogen los gorriones
rasantes en sus vuelos
y en los ecos que trae la noche
enlunada y flotante.
  
Una voz zurea en el patio,
una voz alargada y espesa
como el sopor de un sueño
que agarrase las esquinas
inagotables de las montañas
y ondulasen en el agua
todas las caras del cielo,
todas las caras que se miraron
en el espejo del alma.
  
Sienten los dientes
jugoso del fruto el bocado
entre los dilatados instantes
de junio y sus días…
  
©  José Luis

Brasas azures

Brasas azures

El cielo se ha extractado en tu regazo
en pedacitos azules de caramelo
y cubos irregulares de inconsciencia.
  
En cada amanecer se cuartea la noche
entre las sombras de los trigales
cuando los amantes cierran los ojos
y sienten, sugieren, amada su presencia.
  
La madera abandonó el árbol
y se hizo cenizas,
se abrasó en los brazos del amor
donde se renuncian los cuerpos
al fragor tumultuoso del incienso,
del olor que del fuego se propaga
al aire, soberano de las ausencias
y conciliador de los arrebatos.
  
Retengo en una urna
el azur de tu mirada,
impenetrable en una urna
a la profundidad de la distancia,
mientras pasan los días
mi cuerpo todavía guarda
los arañazos del cielo
en la piel de la alborada…
  
©  José Luis

La mirada de un perro

La mirada de un perro

Un ladrido
y la cámara dispara
otro sonido al perro,
otro ladrido dispara
a la cabeza de su dueña
que con las gafas se agazapa.
  
La negrura de su pelo
relumbra en la claridad
y terrosa la mirada
mira y mira sin parar
preguntándome qué pasa
que si ya se puede bajar
de los brazos de su ama
e ir a oliscar
las piedras del destino
o simplemente pasear
entre los pasos del camino
entre los pasos de la mar.
  
Cuatro patas que se agitan
y la cola mucho más,
un suave roce en la pierna
es su natural despedida
con la mirada hacia atrás.
  
©  José Luis

Vista al frente

Vista al frente

En un chasquido en la distancia
donde no controlan los ojos
el aleteo brumoso de las nubes
se gira imparable la cabeza
en el torbellino de la inconsciencia.
  
Sigilosamente crece la hierba,
vuelca en la tierra la fronda
vigorosa del cielo y la lluvia,
allí se unen a la irrealidad
en las sombras del abismo
donde transitan mariposas
de la armonía y el deseo.
  
La vista que fuera al frente
se sesga en la nocturnidad
de los silencios y las horas
cuando la aurora bordea añil
los matices áureos de las siluetas
de las mariposas y los deseos
en el mar de las esencias,
retorna ancestral la mirada
a la furtiva hondura de la hierbaa.
  
©  José Luis

La ropa de la fachada

La ropa de la fachada

Hay fachadas aisladas,
sobre ellas la ropa se extiende
como estandarte de intimidad
expuesta al aire, al sol
y a la curiosa mirada de los paseantes.
  
Hay fachadas asentadas
sobre el azul celeste de un árbol
con las ramas extendidas
y con desnudas prendas colgando,
no hay interior más paradójico
que el de sentimientos acallado.
  
Hay fachadas encaradas
a las verjas del deseo
tras encarnadas y tenues sedas,
tras los herrajes que las separan
de los roces atrevidos y etéreos.
  
Hay fachadas encaladas
en las nubes y celajes
de ríos profundos y esquinados
a las afueras de los lugares
sobre puentes de juncos y amalgamas
de noches terciadas con la luna llena.
  
Hay fachadas acostadas
sobre las sábanas del olvido,
fachadas de antaño, de abuelas
sonrientes en los labios rociados
del tiempo extraído a la vida.
  
©  José Luis

La sombra del pájaro

La sombra del pájaro

Quisiera el hombre las alas del pájaro,
disponer de la libertad de revolverse
con esa misma facilidad que con la mente
por los lugares remotos e inalcanzables.
  
Volar,
arrancar los pies de la tierra
y merodear sin rumbo fijo
en la altura de las distancias inmediatas
con los ojos invisibles en el espacio
y saber de lo que era ignorado,
de los rumores sensibles de las montañas,
de la calidez del sol en las playas del olvido
o quizá de la contingente vorágine de las estrellas.
  
Volar
entre los arcos de la noche
y ver las luces del mundo
en los monumentos de las reminiscencias
con las irisaciones propias de la grandiosidad
de saberse imperceptible y delicado,
saborear cada detalle de luna en la mirada
caleidoscópica de los tiempos inciertos
cuando se extinguen las claridades
y sólo queda el sueño como clandestino
refugio de lo imposible.
  
Volar
en el interior de los pensamientos
tras la sombra de ese pájaro
que posa la mirada en los brazos
extendidos a la curvatura del horizonte
donde todo Peter Pan se sueña…
  
©  José Luis

Escisión en silueta

Escisión en silueta

Hay momentos en los que el cielo se cruza
tras las hélices abiertas de la introspección
en cigüeñas que planean diáfanas los vientos
y observan la quietud perpendicular del mundo.
  
A lo lejos la sombra vuela entre los nublos
cárdenos del silencio y azures los ojos
del firmamento se descuelgan tras la tarde
mientras replican los búhos a los relojes.
  
Unos segundos pasan en el insomnio de la mirada
y huidiza la silueta transmuta invisible el espacio
con su parpadeo de plumas en eternidad y distancia.
  
Se convierten tras la ventana los picos de las aves
en tijeras que inciertas rasgan del horizonte las telas
escindidas de la luz y la posesión longitudinal del alba.
  
©  José Luis

Constructor de vientos

Constructor de vientos

Quietud
en la noche
en los silencios del alba
cuando la claridad aparece
y ancestrales tonalidades
ocupan el horizonte
y las canículas del alma.
  
La inconsciencia no sueña
sueños de la mañana,
la inconsciencia penetra
en los contornos de la oscuridad
donde dejamos la calma
a un lado, al fondo del piélago
junto a las glaucas algas
en el vaivén de las norias
y los barcos que navegaban
por la dilatación de los espejismos.
  
Traen susurros las nubes,
susurros cárdenos al cielo
y dorados a tu cabello,
mientras titilan mis ojos
haces de odas silvestres
y repiten mis labios
el soplo de la creación
en los vitrales de tu cuerpo.
  
©  José Luis

Pared germinal

Pared germinal

Las nubes depositan en las paredes simientes
inquebrantables donde perpetuar hojas y fronda
entre haces de sombra y luces de las farolas
cuando armoniza la lluvia las danzas del hechizo.
  
Brotan flotantes los deseos en granados pétalos
que aroman el transitar diario de los paseos
mientras los pies de la tarde se desencaminan
en las travesías de páginas ojeadas al viento.
  
¡Cuántas veces se mecieron nuestros cuerpos
en el clandestino titilar de los apacibles crepúsculos
donde disponíamos nuestra juventud en los roces
cálidos del muro, las hojuelas y el silencio!
  
Guardarán nuestro secreto las murallas,
guardarán el paso imprescindible del tiempo
entre las glaucas oquedades y recuerdos
de dos jóvenes que con ellas custodiaban la noche.
  
©  José Luis