Pluma de Santa Teresa
Intimar con las flores es
alcanzar límites de belleza y perfección,
escabullirse entre las líneas
sutiles de tornasoles y caracteres
donde depositar el tiempo subyugado
en cada resquicio de humanidad,
de paroxismo e inexplorado regocijo
en la oscuridad y punto de fuga
tras la enajenación transitoria
de todo momento de contemplación.
El sol se proyecta intacto en la mesa
que junto a la ventana esconde la tarde
en las márgenes rosáceas del éxtasis
y, a través del horizonte, se hunde la mirada
en los pétalos alongados del invierno,
un gavilla de contornos distrae
nebulosa los perímetros de tus ojos
en los que infiltro mis miedos y zozobras
porque sé que desde la clepsidra de tu boca
surgirán las gotas de armonía
que aquieten mi alma…
© José Luis
Co coro co
En los laberintos de la tierra hurgo
entre los huesos y las ausencias de la carne
y busco aquellas memorias desterradas
donde aún quedan inexplorados paraísos,
retazos de futuro con anticipo enterrados,
veredas entrelazadas con los pasos penetrantes
de siglos de pesquisas y evocaciones
en los que se celan amores y resentimientos,
cartas no escritas ni enviadas
pero muchas veces vivaces en la memoria;
nada se pierde en las arcas de esta heredad
bajo la llave de la recompensa y la costumbre.
El pico de la incertidumbre escarba las llagas
y exhuma los desiertos y los libros inéditos
de los extintos, anónimas muchedumbres
de sentimientos y deseos, en los que me reflejo,
azules tratados de defunciones desconcertantes
embebidas en las copas de las pitanzas efímeras
y los irracionales suspiros de la muerte, millones
de ideas que no sabemos qué hacer con ellas.
Desde las arrugas de las piedras, las baladas
y los labios del deseo, husmean moléculas de vida,
lugares donde invertir los réditos del tránsito
una vez que el cuerpo en olvidos se desmenuza.
© José Luis
Vengo de muy lejos
Aunque esté aquí ahora
vengo yo de muy lejos,
el amanecer y las montañas añiles
fueron testigos de mi parto
y pulverulento en las nubes
crecí entre los arcos de un cielo
que nada sabía de las lágrimas
acumuladas en los deseos
de inmortalidad de un deletéreo.
Mi idioma nace de los pétalos
delicados de la dueña del viento,
de las chispas de la fragua
de algún irreverente herrero
donde devoré sorbos de luz
y sombras de misterio,
balbuceo palabras del poniente
entre las lenguas de fuego
y en los ojos de la sombra
tiemblo cuando me acuesto.
Son los árboles la savia y sangre
que mana por mis venas
y por los veneros de las almas
aliviadas en el paraíso eternal
hasta que despierten sus cuerpos
aletargados en una muerte
emancipada y circunstancial,
entonces puede que regrese
al vientre del sol y a la vida
de la que ahora no me acuerdo…
© José Luis
La toma de posesión
Se deja el tronco encaramar por la noche
y sostiene profunda la negrura de la fosa
donde habitan inadmisibles sueños e irrealidades
enmarcados en las trincheras de un bosque invicto
y en el polvo fraccionado de las travesías del alma,
entrañables lugares de las conquistas irrevocables
en las silenciosas montañas de una soledad recóndita.
Enredo mis pensamientos en las ramas de la felicidad
junto a las lechuzas glaucas y ásperas de un olivo
mientras se derriten el hielo y la hiel de la inocencia
en los campos minados de la luna donde ríen los chiflados
y una bailarina despliega el tutú de los semblantes
con impulsos tenues de una mirada y remiendo de la melancolía.
Se arquean los músculos de la rosa en un soplo de bruma
y los estertores del invierno dejan la nieve en mis manos,
desde la lejanía llega el sonido desmantelado de los ríos
tras las pupilas del alba en la posesión naciente de este día.
© José Luis
Los ojos de un gato extraño
En los pueblos siempre hay casas abandonadas;
lugares que, cerrados, pudren el aire dentro
o tan abiertos que ya nada tiene de existencia;
de vez en cuando algún caminante detiene su paso
y curioso interpreta el silencio de las ventanas,
la cerrazón de una puerta o el vencido tejado.
Ranuras delimitan, renuentes, el espacio mirado
como ojos que escudriñen una única trayectoria
o que profundizan en su propio contrafuerte,
y esas mismas ranuras advierten que otros ojos,
a través de ellas, dirigen sus pupilas al caminante,
quisiera dedicarle el roce afable de su cola
en los recuerdos del hogar cálido e invariable.
Son los ojos de un gato extraño una pregunta
glauca entre los matorrales de la memoria
donde siempre existen ranuras indiscretas
que dejan sin sentido las razones del querer
o de la misma ausencia.
© José Luis
Sombras de agua
Briznas de rocío
Vista equina
Se clavan las miradas
se clavan desde el llamador de la puerta
como un repiqueteo en el aire cálido y denso,
hay miradas que alarman y desentumecen el cuerpo
de las miradas acostumbradas.
Si pudiera franquearía al interior
de la cabeza que mira,
ser parte implícita en una mirada
desde la que se ensambla el mundo externo
con los inconclusos puzzles del instinto
donde se desgajan las cédulas de la duda
en pequeños comentarios y silencios.
No se mira con los ojos cerrados
más que aquello que conocemos
o imaginamos,
submundos de los recuerdos
en los que las pinceladas de los días
encuadran los paisajes desorientados y nebulosos
que llegarán a ser otro sustento
heredado de los sueños.
Quizá no sepa el caballo
por qué le retengo en la incisión de los ojos
o quizá, como él, yo me retenga
en el reflejo velado de su trote
cuando se acerca parsimonioso
a la mano tendida del ocaso
que es todo hombre…
© José Luis
El tragaluz de las sombras
La plenitud de los objetos
se trasparenta en las sombras
desde las que se muestran,
perdidas de la luz,
en el registro onírico de la noche.
Tratan las nubes de pasar
desapercibidas por el azur del tiempo,
como las palabras que atrapan,
alocadas en el aire hueco de las hondas
que de los cáñamos mecen el horizonte.
Son las ventanas respiraderos del alma,
cristales o lupas enfocados en el devenir
vacilante de las mariposas por la naturaleza
quebradiza de los retratos y sonidos
en los que a solas nos abandonamos.
Contemplo desde la palma de mi mano
los maderos de los árboles cruzados
que se enraman con los ojales desiertos
y la bola de cristal de algún mago
que constante masca en la fórmula olvidada
la creación suspendida en un relámpago.
Florecen en mi lengua palabras primitivas,
veladas significaciones que no conozco
y en los que otro yo está reflejado
tras el tragaluz simultáneo de mis sombras.
© José Luis
Cielo y tierra
Hay lugares inmortales
lejanías de los espíritus
habitados por las corrientes de la inconsciencia
donde alguna vez nos llevan nuestros pasos,
esos que ya no saben cómo volver
al amanecer de las miradas
o a un enjuague de espejismo,
por el que navega mi pequeño barco
propulsado por los suspiros
y las teclas de algún piano.
Desplegadas las creencias al poniente
en los rayos últimos del sol se sustentan
y avalanzan sobre el cielo a dentelladas
de brumas y extendidas cumbres
en las que arraigan las mujeres sus partos,
ardides de extravíos y carne
de hijos que crecen desde el vientre,
revuelven la luna y las entrañas
los aullidos solitarios de los lobos,
una mezcla de adoración y encanto,
de intencional ternura.
Una ranura de fuego fragmenta el cielo
y la tierra se quema en sus nieblas,
yemas de fecundidad alivian en la lluvia
los paraísos de los sueños
donde los extintos de cada día
disponen lo que desmantelaron de sus cuerpos.
© José Luis
Los dos árboles
Frente a la desnudez del tiempo y los años,
impúdico un árbol hace del esplendor malabares
donde ahora la vida es verticalidad inerte
de la mañana en un desprovisto desamparo,
allí rezan los árboles en la hondura de la providencia.
Desde el verdor que respeta el invierno
el campo los heleros resuda de la noche
en el sitial devastado de apariencia y periódicos
donde resbalan las letras de las confidencias
por los ramales de lejanía y lasitud,
allí las palabras se convulsionan en la tierra.
Del aire la soledad se enreda entre los dedos
e inscribe con tornasol y sangre de suspiros
el porvenir entre las compactas curvas de mi piel,
que desoye los latidos bramantes de las sombras,
y cruza el desconocido surco del Estigia,
allí solamente se expatrían las almas prodigiosas.
Se aturden ensortijados los sonidos en los ecos
tras las desabrigadas ramas equinocciales,
los cantos llegan desde el mar con el rubor
afable y acallado de la lluvia, de las nubes
esculpidas en la corteza trasmutada del árbol,
allí quedó grabada la deflagración del averno.
© José Luis
Caras de hojas
Glaciar
Vasija de pétalos
Cráter fungido
Observo el caño y el manar de la corriente
y guío las burbujas por la envoltura del cosmos
ensimismado de quimeras y balandros de algas
desde la hendidura goteante de una piedra
envejecida con la sangre de sacrificios y linajes
acallados en el magma capitular del tiempo
donde el destino no perdura en sus vestigios.
El cráter del olvido, elevado en sugerente vorágine,
acumula el agua del destierro donde fluctúa lo imposible
y se revuelve en dosis de inquietud y transparencia
donde la profundidad atrae el devenir de las manos,
de las líneas y sombras del ocaso, huye el norte del silencio
hacia la estrella imantada de la noche, una prueba gravitatoria
y circunspecta, desde la que ronda el espía de la certidumbre
la barrera de la anarquía y el atrevimiento.
De lejos el frescor
de la juventud rocía el embargo de las almas
y penetra en el origen del trastorno,
donde llora el amor de una madre,
la pérdida del ojo de la bondad y la abundancia,
crece en el hombre la raíz del abandono
donde se sujetan las ventanas del desconocimiento
y el poniente, retirado de los reversos de inmanencia,
cruje en su alegoría con los estertores de las parcas,
desde el resquicio de la nada
se eleva la humareda de la muerte
y reaparece el caos entre sus brasas.
© José Luis
Ojo de girasol
He devuelto a la vida
la vida en los ojos de los girasoles,
orean las aspas de la tormenta
el vacío de unas cuencas sin abrojos,
no dejaré que el viento
me entone al oído
sinfonías de la primavera
porque en el vuelo de la alondra
dejé tardes inacabadas de inocencia,
los campos se acopiaban con el torbellino
de mariposas y deseo volátil.
Accederé a que el viento
en las calandrias module la vida
y se enganche a la red de la esperanza
porque en los campos que abate la lluvia
se cargan las flores de aromas y lágrimas
en los que reflejarse el porvenir
y el embrujo perecedero de los instantes.
Un relámpago de cielo gorjea la luna
entre las musarañas de la sombra
donde la existencia como esa larva ardida
late con el corazón prestado de la noche
cuando con el cerrar de los párpados
camino desde la mente se abre
el ojo desentrañado del abismo.
© José Luis
Oteador
He oído a la intemperie
crujir briznas de hierba
en la inexactitud de los recuerdos
donde me hundo
si mis manos rozan la tierra,
tiemblan las llagas del aire
con los muros de la indigencia
porque sólo es cuestión de dinero
a veces las vidas muertas…
Somos oteadores de perspectivas,
oteadores desde la inconsciencia
o quizá francotiradores de miedos
en los que disponemos mirillas de angustia
que sabemos que no se revuelven
y se anestesia la conciencia
y se inscribe el viento al señorío viciado,
¡cuántas evasivas esteriliza una hora!
La pureza no tiene espanto de altura
ni catacumbas sofisticadas ni viejas
sino lejanía y horizonte de montaña
con la fragancia de la mirada directa
como una loba de piedra en la campiña
cuyo mirar perfora la raíz de la duda
con los aretes romanos de una tinaja,
recuerda mortal que eres hombre…
© José Luis
Natillas de nubes
Las nubes se entienden con el oro del universo,
la mañana encierra el aire en una tela de araña
y suspira con la armónica el tejón de los árboles.
Es la humedad una fina capa de trémulas notas
donde se deshoja el invierno de los robles
en haces inquebrantables de luz y piel desnuda
tras los cortejos de la fugacidad y el destiempo
como azulados interrogantes en el beso de la noche.
Cercenado el sueño del olvido, alrededor de una vela
titila el eco de los espectros nómadas y desleídos
de la aurora, huye la oscuridad de la corona del viento
mientras se desoyen las campanas del templo tardío
en el perímetro fermentado de la esfera impura.
Mascan las ramas el aire perfumado de las flores
en un susurro de pétalos y zozobras de rocío,
hasta la alondra muda en sus silbos las manchas
naturales de las montañas donde se requema el silencio
y un hombre aturde el áspid reverdecido de concupiscencia.
Negras las líneas en las palmas ascienden las horas
tras los planetas vulnerados y la adolescencia,
justa y salvaje rasgaba la fuerza el límite
del ocaso con las órbitas de la vía láctea
donde esperan yacentes los absurdos y las promesas.
© José Luis
El árbol del agua
La noche ha sido lluvia de oscuridad,
donde piso se levanta tierra embarrada
tras las huellas, permanecerán cruzadas
con otras tantas que se abruman entre los pedernales
las impresiones del sol y la sombra, pían los vientos
entre las ramas desprovistas de manos y agallas
con los que retener a la luna en el nido del silencio,
hay rayos que no cruzan las nubes y en el espacio rebotan
y se descomponen en ecos pedregosos y ladridos
de jauría azuzada en domingo de muchedumbre y plomo.
Huele a verde en el regato donde manan ondas azul cielo
y la mañana cristalina se defiende con espejismos de tiniebla
en el trastorno de un árbol subyugado y oro de delirio,
en el envés sumergido de un instante su reflejo
desarbola la desnudez del invierno en tientos de firmeza,
en raigones de rocío, impermeables al murmullo y la muerte
los filos de la voluptuosidad asaltan con sus desmembrados ojos
el sabor de la lejanía a modo de manjar de vidriera.
La asiduidad de la corriente entretiene el paso del tiempo
en los engranajes de la costumbre, con el fluctuar de la atracción
partículas de agua resbalan por el lomo cambiante del árbol
y arquean ígneas el rostro tenaz de las fortalezas indomables.
© José Luis



















