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Rastro de FreeWolf

Cielo y tierra

Panorámica

Hay lugares inmortales
lejanías de los espíritus
habitados por las corrientes de la inconsciencia
donde alguna vez nos llevan nuestros pasos,
esos que ya no saben cómo volver
al amanecer de las miradas
o a un enjuague de espejismo,
por el que navega mi pequeño barco
propulsado por los suspiros
y las teclas de algún piano.
  
Desplegadas las creencias al poniente
en los rayos últimos del sol se sustentan
y avalanzan sobre el cielo a dentelladas
de brumas y extendidas cumbres
en las que arraigan las mujeres sus partos,
ardides de extravíos y carne
de hijos que crecen desde el vientre,
revuelven la luna y las entrañas
los aullidos solitarios de los lobos,
una mezcla de adoración y encanto,
de intencional ternura.
  
Una ranura de fuego fragmenta el cielo
y la tierra se quema en sus nieblas,
yemas de fecundidad alivian en la lluvia
los paraísos de los sueños
donde los extintos de cada día
disponen lo que desmantelaron de sus cuerpos.
  
© José Luis

Los dos árboles

Los dos árboles

Frente a la desnudez del tiempo y los años,
impúdico un árbol hace del esplendor malabares
donde ahora la vida es verticalidad inerte
de la mañana en un desprovisto desamparo,
allí rezan los árboles en la hondura de la providencia.
  
Desde el verdor que respeta el invierno
el campo los heleros resuda de la noche
en el sitial devastado de apariencia y periódicos
donde resbalan las letras de las confidencias
por los ramales de lejanía y lasitud,
allí las palabras se convulsionan en la tierra.
  
Del aire la soledad se enreda entre los dedos
e inscribe con tornasol y sangre de suspiros
el porvenir entre las compactas curvas de mi piel,
que desoye los latidos bramantes de las sombras,
y cruza el desconocido surco del Estigia,
allí solamente se expatrían las almas prodigiosas.
  
Se aturden ensortijados los sonidos en los ecos
tras las desabrigadas ramas equinocciales,
los cantos llegan desde el mar con el rubor
afable y acallado de la lluvia, de las nubes
esculpidas en la corteza trasmutada del árbol,
allí quedó grabada la deflagración del averno.

© José Luis

Caras de hojas

Caras de hojas

Glaciar

Glaciar

Vasija de pétalos

Vasija de pétalos

Cráter fungido

Cráter fungido

Observo el caño y el manar de la corriente
y guío las burbujas por la envoltura del cosmos
ensimismado de quimeras y balandros de algas
desde la hendidura goteante de una piedra
envejecida con la sangre de sacrificios y linajes
acallados en el magma capitular del tiempo
donde el destino no perdura en sus vestigios.
  
El cráter del olvido, elevado en sugerente vorágine,
acumula el agua del destierro donde fluctúa lo imposible
y se revuelve en dosis de inquietud y transparencia
donde la profundidad atrae el devenir de las manos,
de las líneas y sombras del ocaso, huye el norte del silencio
hacia la estrella imantada de la noche, una prueba gravitatoria
y circunspecta, desde la que ronda el espía de la certidumbre
la barrera de la anarquía y el atrevimiento.
  
De lejos el frescor
de la juventud rocía el embargo de las almas
y penetra en el origen del trastorno,
donde llora el amor de una madre,
la pérdida del ojo de la bondad y la abundancia,
crece en el hombre la raíz del abandono
donde se sujetan las ventanas del desconocimiento
y el poniente, retirado de los reversos de inmanencia,
cruje en su alegoría con los estertores de las parcas,
desde el resquicio de la nada
se eleva la humareda de la muerte
y reaparece el caos entre sus brasas.
  
© José Luis

Ojo de girasol

Ojo de girasol

He devuelto a la vida
la vida en los ojos de los girasoles,
orean las aspas de la tormenta
el vacío de unas cuencas sin abrojos,
no dejaré que el viento
me entone al oído
sinfonías de la primavera
porque en el vuelo de la alondra
dejé tardes inacabadas de inocencia,
los campos se acopiaban con el torbellino
de mariposas y deseo volátil.
  
Accederé a que el viento
en las calandrias module la vida
y se enganche a la red de la esperanza
porque en los campos que abate la lluvia
se cargan las flores de aromas y lágrimas
en los que reflejarse el porvenir
y el embrujo perecedero de los instantes.
  
Un relámpago de cielo gorjea la luna
entre las musarañas de la sombra
donde la existencia como esa larva ardida
late con el corazón prestado de la noche
cuando con el cerrar de los párpados
camino desde la mente se abre
el ojo desentrañado del abismo.
   
© José Luis

Oteador

Oteador

He oído a la intemperie
crujir briznas de hierba
en la inexactitud de los recuerdos
donde me hundo
si mis manos rozan la tierra,
tiemblan las llagas del aire
con los muros de la indigencia
porque sólo es cuestión de dinero
a veces las vidas muertas…
  
Somos oteadores de perspectivas,
oteadores desde la inconsciencia
o quizá francotiradores de miedos
en los que disponemos mirillas de angustia
que sabemos que no se revuelven
y se anestesia la conciencia
y se inscribe el viento al señorío viciado,
¡cuántas evasivas esteriliza una hora!
  
La pureza no tiene espanto de altura
ni catacumbas sofisticadas ni viejas
sino lejanía y horizonte de montaña
con la fragancia de la mirada directa
como una loba de piedra en la campiña
cuyo mirar perfora la raíz de la duda
con los aretes romanos de una tinaja,
recuerda mortal que eres hombre…
  
© José Luis

Natillas de nubes

Natillas de nubes

Las nubes se entienden con el oro del universo,
la mañana encierra el aire en una tela de araña
y suspira con la armónica el tejón de los árboles.
  
Es la humedad una fina capa de trémulas notas
donde se deshoja el invierno de los robles
en haces inquebrantables de luz y piel desnuda
tras los cortejos de la fugacidad y el destiempo
como azulados interrogantes en el beso de la noche.
  
Cercenado el sueño del olvido, alrededor de una vela
titila el eco de los espectros nómadas y desleídos
de la aurora, huye la oscuridad de la corona del viento
mientras se desoyen las campanas del templo tardío
en el perímetro fermentado de la esfera impura.
  
Mascan las ramas el aire perfumado de las flores
en un susurro de pétalos y zozobras de rocío,
hasta la alondra muda en sus silbos las manchas
naturales de las montañas donde se requema el silencio
y un hombre aturde el áspid reverdecido de concupiscencia.
  
Negras las líneas en las palmas ascienden las horas
tras los planetas vulnerados y la adolescencia,
justa y salvaje rasgaba la fuerza el límite
del ocaso con las órbitas de la vía láctea
donde esperan yacentes los absurdos y las promesas.
  
© José Luis

El árbol del agua

El árbol del agua

La noche ha sido lluvia de oscuridad,
donde piso se levanta tierra embarrada
tras las huellas, permanecerán cruzadas
con otras tantas que se abruman entre los pedernales
las impresiones del sol y la sombra, pían los vientos
entre las ramas desprovistas de manos y agallas
con los que retener a la luna en el nido del silencio,
hay rayos que no cruzan las nubes y en el espacio rebotan
y se descomponen en ecos pedregosos y ladridos
de jauría azuzada en domingo de muchedumbre y plomo.
  
Huele a verde en el regato donde manan ondas azul cielo
y la mañana cristalina se defiende con espejismos de tiniebla
en el trastorno de un árbol subyugado y oro de delirio,
en el envés sumergido de un instante su reflejo
desarbola la desnudez del invierno en tientos de firmeza,
en raigones de rocío, impermeables al murmullo y la muerte
los filos de la voluptuosidad asaltan con sus desmembrados ojos
el sabor de la lejanía a modo de manjar de vidriera.
  
La asiduidad de la corriente entretiene el paso del tiempo
en los engranajes de la costumbre, con el fluctuar de la atracción
partículas de agua resbalan por el lomo cambiante del árbol
y arquean ígneas el rostro tenaz de las fortalezas indomables.
  
© José Luis

Lentes de cercanía

Lentes de cercanía

La mesa encierra las travesías
de la vista que exige en un callejón
el diezmo de la aurora,
paredes de madera entretejen lazos
de indivisibilidad ante el ojo acariciado
desde el árbol de la incertidumbre
donde se desprenden las imágenes
rigurosas de las ramas y ascienden
heliotrópicas por los hilos de los sueños,
parcas eternizadas en los jirones
del trasfondo ondeante de alforzas
y naufragios disonados de mentes.
  
Los cristales se atomizan
en el aire, viscoso y fragante,
de la lluvia que resonante se descarga
en los huecos de mis manos,
el cimbrado de mis dedos, en la mesa,
acompasa el fundido sombrío de la tarde
con la densidad de las horas, y la penumbra
de un instante acecha la noche en mis ojos.
  
Se doblan los rayos de la ventana,
en inmediatos e inadvertidos recuerdos
las lentes de la curiosidad y el descuido
se deslizan, como trompos zigzagueantes
por las líneas del suelo y nuestra cercanía.
  
© José Luis

La curva del camino

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Una copa de las últimas

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De gris pelaje

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Canaladuras de frialdad

Mano de hielo

Veladuras extractivas

Veladuras extractivas

Con un juego de pinzas

Juego de pinzas

Tentáculo de árboles

Árboles sin hojas

Palabras para consumar este día

La cruz del poniente

Extendidas las palabras sobre el velador
de las montañas, ondulan el aire y las neblinas
los susurros que del cielo esponjan los rincones
más íntimos y purificados transitados por un alma.
  
Nada se abstrae en la contemplación del horizonte
donde velados mantos se circunscriben en estratos
según van llegando los discursos nacidos del viento
y de los instantes únicos mientras forman un círculo
en el que los ecos danzan cuando el sol se oscurece.
  
Una cruz erguida desde la sombra mira al frente
y a la luz sosegada en el púrpura de las nubes,
recoge en su intercesión todas las alas sin morada,
todos los latidos impares encajados en las soledades
de los cementerios, las campanas de hoy no resuenan.
  
Los ojos se alargan en los surcos de la distancia
mientras mis labios se acercan como un rastreador
a las llagas del día y depositan en un beso el bálsamo
secreto de las lágrimas que se vierten desde la fuente
que fue manantial y paraíso desde la sangre del Hombre.
  
Impenetrables retienen mis manos el contorno de tu presencia
entretejida en las conexiones de los ciclos y el olaje de la noche,
forman otra cruz como los maderos perfumados del recuerdo
que nos abandona cuando imperceptibles levitan nuestros cuerpos
en los confines articulados de las nubes donde desaparecemos…
  
© José Luis

La laguna de los espejos

Amanecer en el lago

Azures los aires resplandecen la oscuridad
en la que se empapa el agua cristalina y las fuentes
allá donde las lágrimas son vaporosas demarcaciones
de sensualidad y mundanal espejo de las corrientes
volátiles de almas que no encubren sus sombras
con los rayos de la mañana ni con las súplicas atávicas
emanadas de los caliginosos tabernáculos de la razón
o del desvelo, azures aires de sienes transgresoras.
  
La inmensidad se refleja dilatada en las pupilas,
balaustradas de silencios, entretenida en la gravedad
suspensa de los árboles alejados de sus hojas,
volatineras raíces desaladas, propietarias de las voces
inaudibles desde el valle donde el hombre desterrado
arrojó la saliva y su lanza, no pudo haber vuelta atrás
ni el desandar libertario del paso de la muerte primera,
no sabré lo que la inmensidad mira en mi reflejo.
  
Hay verdades que se bañan en la superficie inmaculada
de ese espejo, lívidas en la línea del horizonte se despiden
de los anclajes de la tierra y zarpan como barco conjurado
a los islotes peregrinos donde sólo llegan las manos palpitantes,
aquellas que empuñan las estelas fugaces de los espejismos
mientras cruzan la distancia entre los labios y las palabras
emitidas en los sueños, cuando la realidad se hace crepúsculo
en el corazón de los versos y latido en la laguna espejada.
  
© José Luis