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Rastro de FreeWolf

La tonalidad de unas matas

Matas purpúreas

Indecisa claridad en la confusión del pasadizo
donde inconscientes transitamos el amanecer,
tras las ofuscaciones de la noche y sus delirios
resuenan las ventanas del invierno en mis pupilas
y la neblina materializa en ramos los suspiros
impelidos desde las cuevas y los gráciles abismos
en los que me pierdo cuando inclino la cabeza
tras los vórtices de la soledad y el silencio.
  
Extraña sobreviene la mirada desde el interior
incoherente de las montañas donde las oquedades
asemejan palabras resbaladizas de articular
en la boca que esboza blanca la sonrisa de la locura
allí donde no cuaja la conjugación del verbo amar
pero que, sujeta al brazo de la densidad, sobrevive
como el canto de los pájaros una mañana incomprensible
y fría de enero entre las retamas de fuego calcinadas.
  
Se impregna huidiza la vestimenta de las sensaciones,
gasa que hilaron los deseos y el transitar de los sonidos
con letras de pasión e incandescencia, bordean los hombros
acariciados por las mil y una noches emboscadas de oriente
las nubes purpúreas y vibrantes enajenando los labios amantes
en la piel impalpable de las matas que inscriben en el cielo
las conquistas de tantos atardeceres caídos desde esa luna
que conoció errante la huella destilada de algún paraíso.
  
© José Luis

Los Reyes y la Dama de Honor

Manolo Valdés 5

Noche se hace noche sin ser del sol
noche multitudinaria en las calles
no hay coches entre los caramelos
sí niños y papás con ilusión procesional
suena música de cabalgata y ambulancias
todos invariablemente pedimos algún deseo
aunque nuestros zapatos no lleven nuestros pies
y los días nos hayan absorbido el tiempo
desde más allá del paraíso nos alumbraron
con las lágrimas y la interpretación simétrica
del cielo y la tierra donde franqueamos legislaturas
de oro incienso y mirra con los vestidos de diario
las manos que se agitan se vuelven hacia nosotros
con las mismas huellas de un acostumbrado destino
entre las sonrisas que se dilatan leales en la luz
de una o de miles de estrellas orbitales que anuncian
que todos soñamos un reino de fortunas y de damas
cuyo honor conquistan cada nuevo día que se inicia
como el camino que se transita una y otra vez
pero que mortalmente nos permite ser otro y distinto
al que fuéramos ayer en un remoto pasado sin fronteras
con los únicos límites de una noche sin sol desandado
donde envolver los regalos que retendremos siempre
en la memoria de un amanecer de adoración y recuerdo.
  
© José Luis

De paso...

Station

Brillan en la estación los pasos que se originan
tras el sueño o el desembozo de la noche
en los bolsos que ondulan el aire mientras cae
como la techumbre de las montañas invernales
desde los copos que merodean andares y siluetas
con la esperanza de retenerse en alguna estancia
cálida y sorpresiva en la que otear el deambule
de las sombras sin prisa ni cruces de palabras.
  
No hay enigmas que se detengan en el andén
para tomar el tren de las doce o para olvidar
el macuto de toda una vida adosado a la figura
que se queda atrás o a la que lleva sin percibirlo
el peso de nuestra vida, un lastre reservado
y oscuro desde el que se originan manantiales
convergentes a la duda innata y el deseo
que acarrea la existencia que se sabe efímera.
  
© José Luis

Molde y vaciado

Molde y vaciado

El hierro se fija a la tierra y la envuelve
en un halo de imprecación y pureza
desde el que las miradas se interpretan
y hacen sonar la aldaba de las presencias
incorpóreas que sobrevuelan nuestro sueño.
  
Nos encontramos en una ciudad celeste
donde los perros hocican las sombras
y olvidan sus ladridos en los pliegues verdes
de los parques mientras encluecan los rayos
afilados de la luna y sus encriptaciones.
  
Sólidos los átomos contextuales de los árboles
se enraízan titilares en el paseo uterino y del canal
que inquebrantable custodia los reflejos del atardecer
donde el cielo es púrpura e indefinible entre las cimas
y las cúpulas que la gente han tomado por sus casas…
  
© José Luis

El ramo y la sonrisa de la novia

Novia

He pensado que si alguna vez caminas
por la alfombra roja y el brazo extendido
de la duda y la audacia estaré contigo,
por esa vez seremos acompañantes mutuos.
  
Arquean los vestidos nuestros cuerpos,
nos enfundan en la tarima de los veraces
donde el corazón retiembla y se acelera
con los azogues de un compás mutante.
  
En la mano las flores su aroma extienden
las notas danzarinas alrededor nuestro
con pies deletéreos y tribales, el templo
en la cruzada impensada de destinos se deleita.
  
La novia novio quiere que la engalane y encante
con la miel tersa de los labios, pretendiente
aguarda en la belleza del alma el tránsito
en el que se sella celestial e inequívoca
la eternidad de la existencia.
  
© José Luis

El vuelo de la huida

Vuelo

Descuidada una garza en el agua
en sus plumas retiene el frescor
plácido de la mañana,
unos patos alrededor reviran
ondulosas las líneas del río
entre los aromas de la orilla ocre
y la sedosidad de las cañas
que sobresalen en el aire
del perezoso flujo de la corriente.
  
Cubren el cielo blanco las nubes
allá donde el azul fuera el techado
de otros días risueños,
los pies en la pasarela parados
sujetan al horizonte mis ojos
y al reflejo de otras casas
en el paso húmedo de los coches
por las transversales y convenientes
ondas del silencio.
  
Emprende elegante la huida
en la mirada fija de la ribera
y eleva su vuelo en el compás
avivado y extendido de sus alas
mientras también yo me alejo
desde el paseo de la mañana
por los acontecimientos fluviales
de este primer día de Enero.
  
© José Luis

Desde la identidad de corazones

Contemplación de la identidad

Hombre o mujer, dos contornos para conquistar el mundo,
dos congruencias paralelas del azar del universo y estrellas
donde cada especie circunda todo esa primitiva naturaleza
de ensueños y dudas desde las que emerger un nuevo paraíso
en el que lo íntimo y lo periférico sean divergencias nocturnas,
engranajes de los días donde elaboramos los ensueños y deseos
como una bola fecunda de lluvia y música ungida a nuestra piel.
  
La contemplación de los horizontes en los que dejar el mañana
es la respuesta instintiva de una madre desde la identidad
de su corazón unísono con los latidos de la propia sangre,
nace de las entrañas el origen mismo de la naturaleza,
siglos que perpetúan colectivo en el inconsciente la tradición
de una mesa alrededor cálido de los estigmas temblorosos
e impresionados por los vaivenes de la vida y la muerte.
  
Buscamos islas en las que depositar nuestras esperanzas,
en las que un faro nos prevenga de los arrecifes del mar,
de los cantos conspicuos y musgosos de la avidez azulada
que abotargan los poros de la piel y desligan de los sonidos
de las purpúreas auroras y los crepúsculos ambarinos
en los que cada amanecer, en los que cada anochecer
todo hombre y toda mujer entrelaza la danza de los sueños…
  
© José Luis

Torso

Torso

Desde mis labios baja el deseo
por los atajuelos releídos de tu piel
y mis manos reconocen en la suavidad
los caminos de las arrugas y los años
mirándonos los ojos y entrelazando
digitales nuestras huellas…
  
Contemplo en tu torso la vida y respiración
de todos nuestros sueños, de todos esos días
en los que envidábamos nuestras palabras
como amantes de la noche y sus albores
que nos sorprenden amalgamados entre las sábanas,
entretejidos nuestros cuerpos en el lienzo
donde acoplamos los aromas y aleteos
de los jazmines y alondras que alberga el jardín
en los invernales relumbres del hogar nuestro.
  
Acerco mi oído a tu pecho,
mis pestañas rozan tu vello y un cosquilleo
de risas y anhelos invade la estancia
mientras cómplices nuestras miradas,
llenas de luna y de fragante brezo,
se pasean por los contornos de la madrugada,
funámbulas de los lances de la existencia.
  
© José Luis

Minino

Minino

Dejaste la mirada absorta en pensamientos,
y esa cara me dice que te has ido
que no llame a tus labios con mis labios
pues seguro que tu alma, tu espíritu
estará vagando profundo en los entresijos
que inmanentes retraen el ayer,
el tiempo que una vez vivido se escapa
para revolver el llamador de los instantes
donde despojamos a los recuerdos de su sentido.
  
He cruzado sin pretextos el puente de la noche
y al volver la mirada ya no estaba el camino
que me devolviera a la calma, que diera tranquilidad
a los pasos que se pierden sin las migajas puntuales
que llevan al norte de la realidad donde amanece
todo sueño, es una audacia sin comentario ni retorno.
  
En esta evocación de mi presencia un gato recela
y no me mira, su ignorancia es la pertinente prueba
de que no existe lo que no se quiere para ser visto;
el desconocimiento, el vacío es una forma de olvido
que duele tanto al que lo usa como al que lo asiente.
  
© José Luis

Inocentes

Inocentes

Diciembre en su 28 trae inocente los santos
aquellos que tuvieron su momento con el muñeco
que de papel se ponía en la espalda de una broma
era una agudeza de sentido saberse embromado
o pegado a un muñeco que hablaba de descuido
entre las risas lacrimosas y los cortes de figura.
  
Un muñeco también éste de nieve ya derrita
proviene de otros inocentes, aquellos que pasan
por la vida como un cohete, efímeros pero explosivos,
seguro que hacer un muñeco es divertido altamente
porque mientras lo haces estás pensando en lo que
ocurrirá cuando esté terminado y cumplido.
  
Muchas podrían ser las clases…
  
En realidad me gusta pensar en los amigos de antes,
en ocasiones como las de hoy en las que las reuniones
eran una sorpresa… y… nosotros sí que éramos inocentes…
   
Cuando han pasado un cierto número de años
obtienes una visión de lo vivido desde otra óptica,
y dos sensaciones me asaltan: una, la de situar
cada evento en su justo aprecio, y dos, añorar
la vida que ya sólo queda en mis recuerdos…
  
© José Luis

Reflejos en la tela de araña

Ventana 1

La vista tras la ventana aguarda
otra mirada que devuelva en sus ojos
la inexactitud del camino, en el desafío
la noche bengalas rompe de silencio,
aquilatados reverberos de estrellas
motean la falda del horizonte
y en el aullido lejano el vaho
subyace marmóreo en la arboleda
como mutante estatua entre los ecos
equidistantes de la luna y mis labios.
  
Las paredes están tejidas con las almas
que habitaron los días y sus noches
tras el equinoccial olvido del atardecer
en los perfumados valles del frenesí
cuando rehervía la sangre en el deleite
y el ardor del espíritu era una hoguera
insaciable de contornos y espumas,
de sistemáticos e instintivos embates
que martillean en la piel atávicos deseos
de incitante y provocadora eternidad.
  
Enfrente de mi casa, otra casa respira
entre las líneas negras con los hilos
de la mirada mansa del recuerdo,
sujetan las parcas impredecibles al destino.
  
© José Luis

La orden de las damajuanas

Damajuanas

Las manos y el hálito de fuego
cristalizan naranja la burbuja
en los reflejos del amanecer
mientras los pulmones descargan
la lluvia de millones de años
en la intocable oquedad de la luna.
  
El día clarea en las sombras
sus resoles verdes y escarlatas
como ese rayo o viento invisible
que recorre los escalofríos
subterráneos de la tierra
para emerger límpido manantial
de salvación y vida.
  
Hubo una ocasión virgen
en todo nacimiento,
en toda interpretación de la existencia,
donde estuvo contenida la creación,
la reverberación del perfecto albedrío
en la orden vulnerable de la mujer
que pare el amor con su sangre propia.
  
© José Luis

Orbe de hielo

Orbe de hielo

En el suelo la noche un manto
destemplado de hielo, deja
el aire suspendido su vuelo
y la oscuridad ondea blanca
entre los coches indistintos.
  
Sobreviene la dureza del invierno,
el gélido aliento del norte
hocicando en nuestras bocas
las palabras que nunca pronunciamos
y sin embargo duelen en los pulmones
como una azulada e imborrable posesión.
  
Desde la tierra, adherida a su costra
se aglutinan cristalizados continentes
de lluvia que turbia se ofrece enramada
a los linajes pétreos del inconsciente
y en la levedad de un giro mil mundos
se encadenan al tiempo y sus mazmorras
donde envejecen los relojes sumisos.
  
La claridad abandera el firmamento,
es posible derretir una sonrisa.
  
© José Luis

Velas de Nochebuena

Velas de Nochebuena

La luz de las velas
crepitan en el albor de la casa
alrededor de las copas quizá vacías
donde los labios apuraron su tiempo
y las palabras, en su noche especial
las familias celebran esa sinfonía
de toda una existencia.
  
La mesa junta en su desvío las miradas
mientras la cera, implacable, derrite,
en el paso de las horas y los años, la cena
y trae el recuerdo de los que fueron
uña y carne, penetran en los sentidos
las melodías de otra época.
  
Accedo que las estrellas permanezcan
en el lugar asignado de los siglos
y de los dedos que ratonan los instantes
en los que otra noche se ilumina
junto al fulgor asombrado de unos ojos,
de un amor que hizo historia
entre las brozas de incienso y alcurnia.
  
Trato de ser quien contiene el origen
auspiciado tras las sombras del paraíso
y retengo en mis pupilas aquellos momentos
en los que el azur del cielo era el sino
íntegro y diversificado del linaje
de los que crean vida y titilan esperanza.
  
La Nochebuena me atraviesa las venas
como una pertinaz guillotina
que recorte los festones del pasado
y con ellos, deshilache de egocentrismos,
despunte la novedad de un mortal
que en sus párpados deja entrever
la plenitud de la vida.
  
© José Luis

Árboles entre árboles

Árboles entre árboles

La neblina se ha adueñado del horizonte
y encadena en sus tinieblas los árboles
que apuntan con sus ramas los azures
intocables del universo donde habitan
los sueños y las plegarias de los hombres.
  
La mañana sobrevuela las esperanzas del día
y un caminante descubre en el camino
el sentido del caminar como una alondra
descubre en su canto la infinitud de sus alas
mientras vuela rumorosa las distancias
yermas de las fragantes flores y los campos.
  
Vaticina la alborada un día fresco y diáfano
con la turbulencia ausente de las nubes
y el fragor intermitente de las yerbas
entre las rocas de la tierra, un tallo
apuntala toronja el próximo atardecer
en las pupilas humeantes del incienso
con los cenitales ardores del tránsito.
  
© José Luis

Rotura del hielo

Rotura del hielo

Las noches de invierno son noches
en las que el frío y la niebla se agrandan
y dominan la amplitud de las calles
por las que transitan grupos de gente
en alentados vahos de movimiento y sombras.
  
En el campo la más absoluta de las calmas
se deja poseer por ese blanco manto
que inmoviliza aun más lo estático,
donde se refugia la permanencia de la noche
y se deja envolver por los rayos de sol
mientras la humedad, vestimenta de musgo,
invade la soberanía de la naturaleza.
  
Grande es la fragilidad humana
entre las cristalizaciones de la razón
y de lo ambiguo, como ese hielo que se debate
entre la insensibilidad comprimida de lo impávido
o la rotura geofísica de su inmateria.
  
© José Luis

Mirada sometida

Mirada sometida

Tras las órbitas del cielo los ojos
hacen las chiribitas y pavesas
en las que sucumben los ciclos
y las estaciones como humanos
corazones en la rueca del mundo.
  
Se aprietan en su redil las ovejas
a la lana compañera y a ley ciega
de la obediencia, muerte libre
del albedrío, entre alambres.
  
Miran el pasar por el camino
de los coches y caminantes
y su cuerpo teme y tiembla,
no sé si por el ladrido de los perros
o por no saberse en lo que ven reflejadas.
  
© José Luis

Cielo en agua

Cielo en agua

Trastoco los retazos del puente entre los ojos,
el agua suavemente se ondula en su pureza
y la musgosidad del fondo se mira en el cielo
donde las nubes parten con las visiones
ardidas de la noche con los fuegos del sueño.
  
La humedad de la niebla envuelve al silencio
mientras la mañana aletea en las cumbres lejanas
y los peces, nadan aún entre los recuerdos
de Babilonia las voces expatriadas de los ángeles,
rompen la armonía de la superficie con sus lomos
enjabegados en la orilla espumosa de la zozobra.
  
En mis pies la fuerza de la corriente se intuye,
esa fuerza que esconde los trofeos náufragos
y que enraíza en los reflejos turbulentos
de una ciudad que acuna milenaria su memoria.
  
© José Luis

Seat 600

Seat 600

La carretera extrañaba de tus neumáticos
las huellas, de tantos y tantos viajes
alrededor de una sola vuelta, del pasado
entre los frunces de mis ojos palpitantes.
  
Han sido muchas las tardes en el campo
y los frotes del olvido entre tus puertas
con los goznes del motor encendido,
así delineaba tu nombre con mis yemas.
  
Ahora son las carreras en reminiscencias
las que te traen ajeno a mi memoria
y te veo con los ojos del recuerdo,
con los ojos alineados a tu historia.
  
Aun se iluminan los reflejos de la tarde
en tus extraordinarios cristales
y de nuevo en mis pupilas titila
esa mirada mía que tú retuviste.
  
© José Luis

Textura de parabrisas

Textura de parabrisas

Cerca de la felicidad perdida se urden los sueños
de los árboles, las raíces auscultan en la tierra
permanentes las lágrimas de Eva y su estirpe
en las muertes clandestinas, se deshojan impasibles
las maldiciones de aquellos que cada día sucumben.
  
Nada fue tan duradero como el grito de la ausencia
ni a su vez tan instintivo que no se contuviera en el lago
donde nace purificante la alborada de los inmortales,
con las llagas confusas de los hombres que esperan
y confían, en la prodigiosa supervivencia del alma.
  
Se aglutina la escarcha en la envoltura del cielo
y se arquean las ramas anhelantes del invierno
mientras se deposita en mi retina esa luz soterrada
de las sombras que han embargado al miedo
los crepúsculos prendidos a un paraíso de albedrío.
  
© José Luis