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Rastro de FreeWolf

Lentes de cercanía

Lentes de cercanía

La mesa encierra las travesías
de la vista que exige en un callejón
el diezmo de la aurora,
paredes de madera entretejen lazos
de indivisibilidad ante el ojo acariciado
desde el árbol de la incertidumbre
donde se desprenden las imágenes
rigurosas de las ramas y ascienden
heliotrópicas por los hilos de los sueños,
parcas eternizadas en los jirones
del trasfondo ondeante de alforzas
y naufragios disonados de mentes.
  
Los cristales se atomizan
en el aire, viscoso y fragante,
de la lluvia que resonante se descarga
en los huecos de mis manos,
el cimbrado de mis dedos, en la mesa,
acompasa el fundido sombrío de la tarde
con la densidad de las horas, y la penumbra
de un instante acecha la noche en mis ojos.
  
Se doblan los rayos de la ventana,
en inmediatos e inadvertidos recuerdos
las lentes de la curiosidad y el descuido
se deslizan, como trompos zigzagueantes
por las líneas del suelo y nuestra cercanía.
  
© José Luis

La curva del camino

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Una copa de las últimas

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De gris pelaje

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Canaladuras de frialdad

Mano de hielo

Veladuras extractivas

Veladuras extractivas

Con un juego de pinzas

Juego de pinzas

Tentáculo de árboles

Árboles sin hojas

Palabras para consumar este día

La cruz del poniente

Extendidas las palabras sobre el velador
de las montañas, ondulan el aire y las neblinas
los susurros que del cielo esponjan los rincones
más íntimos y purificados transitados por un alma.
  
Nada se abstrae en la contemplación del horizonte
donde velados mantos se circunscriben en estratos
según van llegando los discursos nacidos del viento
y de los instantes únicos mientras forman un círculo
en el que los ecos danzan cuando el sol se oscurece.
  
Una cruz erguida desde la sombra mira al frente
y a la luz sosegada en el púrpura de las nubes,
recoge en su intercesión todas las alas sin morada,
todos los latidos impares encajados en las soledades
de los cementerios, las campanas de hoy no resuenan.
  
Los ojos se alargan en los surcos de la distancia
mientras mis labios se acercan como un rastreador
a las llagas del día y depositan en un beso el bálsamo
secreto de las lágrimas que se vierten desde la fuente
que fue manantial y paraíso desde la sangre del Hombre.
  
Impenetrables retienen mis manos el contorno de tu presencia
entretejida en las conexiones de los ciclos y el olaje de la noche,
forman otra cruz como los maderos perfumados del recuerdo
que nos abandona cuando imperceptibles levitan nuestros cuerpos
en los confines articulados de las nubes donde desaparecemos…
  
© José Luis

La laguna de los espejos

Amanecer en el lago

Azures los aires resplandecen la oscuridad
en la que se empapa el agua cristalina y las fuentes
allá donde las lágrimas son vaporosas demarcaciones
de sensualidad y mundanal espejo de las corrientes
volátiles de almas que no encubren sus sombras
con los rayos de la mañana ni con las súplicas atávicas
emanadas de los caliginosos tabernáculos de la razón
o del desvelo, azures aires de sienes transgresoras.
  
La inmensidad se refleja dilatada en las pupilas,
balaustradas de silencios, entretenida en la gravedad
suspensa de los árboles alejados de sus hojas,
volatineras raíces desaladas, propietarias de las voces
inaudibles desde el valle donde el hombre desterrado
arrojó la saliva y su lanza, no pudo haber vuelta atrás
ni el desandar libertario del paso de la muerte primera,
no sabré lo que la inmensidad mira en mi reflejo.
  
Hay verdades que se bañan en la superficie inmaculada
de ese espejo, lívidas en la línea del horizonte se despiden
de los anclajes de la tierra y zarpan como barco conjurado
a los islotes peregrinos donde sólo llegan las manos palpitantes,
aquellas que empuñan las estelas fugaces de los espejismos
mientras cruzan la distancia entre los labios y las palabras
emitidas en los sueños, cuando la realidad se hace crepúsculo
en el corazón de los versos y latido en la laguna espejada.
  
© José Luis

La tonalidad de unas matas

Matas purpúreas

Indecisa claridad en la confusión del pasadizo
donde inconscientes transitamos el amanecer,
tras las ofuscaciones de la noche y sus delirios
resuenan las ventanas del invierno en mis pupilas
y la neblina materializa en ramos los suspiros
impelidos desde las cuevas y los gráciles abismos
en los que me pierdo cuando inclino la cabeza
tras los vórtices de la soledad y el silencio.
  
Extraña sobreviene la mirada desde el interior
incoherente de las montañas donde las oquedades
asemejan palabras resbaladizas de articular
en la boca que esboza blanca la sonrisa de la locura
allí donde no cuaja la conjugación del verbo amar
pero que, sujeta al brazo de la densidad, sobrevive
como el canto de los pájaros una mañana incomprensible
y fría de enero entre las retamas de fuego calcinadas.
  
Se impregna huidiza la vestimenta de las sensaciones,
gasa que hilaron los deseos y el transitar de los sonidos
con letras de pasión e incandescencia, bordean los hombros
acariciados por las mil y una noches emboscadas de oriente
las nubes purpúreas y vibrantes enajenando los labios amantes
en la piel impalpable de las matas que inscriben en el cielo
las conquistas de tantos atardeceres caídos desde esa luna
que conoció errante la huella destilada de algún paraíso.
  
© José Luis

Los Reyes y la Dama de Honor

Manolo Valdés 5

Noche se hace noche sin ser del sol
noche multitudinaria en las calles
no hay coches entre los caramelos
sí niños y papás con ilusión procesional
suena música de cabalgata y ambulancias
todos invariablemente pedimos algún deseo
aunque nuestros zapatos no lleven nuestros pies
y los días nos hayan absorbido el tiempo
desde más allá del paraíso nos alumbraron
con las lágrimas y la interpretación simétrica
del cielo y la tierra donde franqueamos legislaturas
de oro incienso y mirra con los vestidos de diario
las manos que se agitan se vuelven hacia nosotros
con las mismas huellas de un acostumbrado destino
entre las sonrisas que se dilatan leales en la luz
de una o de miles de estrellas orbitales que anuncian
que todos soñamos un reino de fortunas y de damas
cuyo honor conquistan cada nuevo día que se inicia
como el camino que se transita una y otra vez
pero que mortalmente nos permite ser otro y distinto
al que fuéramos ayer en un remoto pasado sin fronteras
con los únicos límites de una noche sin sol desandado
donde envolver los regalos que retendremos siempre
en la memoria de un amanecer de adoración y recuerdo.
  
© José Luis

De paso...

Station

Brillan en la estación los pasos que se originan
tras el sueño o el desembozo de la noche
en los bolsos que ondulan el aire mientras cae
como la techumbre de las montañas invernales
desde los copos que merodean andares y siluetas
con la esperanza de retenerse en alguna estancia
cálida y sorpresiva en la que otear el deambule
de las sombras sin prisa ni cruces de palabras.
  
No hay enigmas que se detengan en el andén
para tomar el tren de las doce o para olvidar
el macuto de toda una vida adosado a la figura
que se queda atrás o a la que lleva sin percibirlo
el peso de nuestra vida, un lastre reservado
y oscuro desde el que se originan manantiales
convergentes a la duda innata y el deseo
que acarrea la existencia que se sabe efímera.
  
© José Luis

Molde y vaciado

Molde y vaciado

El hierro se fija a la tierra y la envuelve
en un halo de imprecación y pureza
desde el que las miradas se interpretan
y hacen sonar la aldaba de las presencias
incorpóreas que sobrevuelan nuestro sueño.
  
Nos encontramos en una ciudad celeste
donde los perros hocican las sombras
y olvidan sus ladridos en los pliegues verdes
de los parques mientras encluecan los rayos
afilados de la luna y sus encriptaciones.
  
Sólidos los átomos contextuales de los árboles
se enraízan titilares en el paseo uterino y del canal
que inquebrantable custodia los reflejos del atardecer
donde el cielo es púrpura e indefinible entre las cimas
y las cúpulas que la gente han tomado por sus casas…
  
© José Luis

El ramo y la sonrisa de la novia

Novia

He pensado que si alguna vez caminas
por la alfombra roja y el brazo extendido
de la duda y la audacia estaré contigo,
por esa vez seremos acompañantes mutuos.
  
Arquean los vestidos nuestros cuerpos,
nos enfundan en la tarima de los veraces
donde el corazón retiembla y se acelera
con los azogues de un compás mutante.
  
En la mano las flores su aroma extienden
las notas danzarinas alrededor nuestro
con pies deletéreos y tribales, el templo
en la cruzada impensada de destinos se deleita.
  
La novia novio quiere que la engalane y encante
con la miel tersa de los labios, pretendiente
aguarda en la belleza del alma el tránsito
en el que se sella celestial e inequívoca
la eternidad de la existencia.
  
© José Luis

El vuelo de la huida

Vuelo

Descuidada una garza en el agua
en sus plumas retiene el frescor
plácido de la mañana,
unos patos alrededor reviran
ondulosas las líneas del río
entre los aromas de la orilla ocre
y la sedosidad de las cañas
que sobresalen en el aire
del perezoso flujo de la corriente.
  
Cubren el cielo blanco las nubes
allá donde el azul fuera el techado
de otros días risueños,
los pies en la pasarela parados
sujetan al horizonte mis ojos
y al reflejo de otras casas
en el paso húmedo de los coches
por las transversales y convenientes
ondas del silencio.
  
Emprende elegante la huida
en la mirada fija de la ribera
y eleva su vuelo en el compás
avivado y extendido de sus alas
mientras también yo me alejo
desde el paseo de la mañana
por los acontecimientos fluviales
de este primer día de Enero.
  
© José Luis

Desde la identidad de corazones

Contemplación de la identidad

Hombre o mujer, dos contornos para conquistar el mundo,
dos congruencias paralelas del azar del universo y estrellas
donde cada especie circunda todo esa primitiva naturaleza
de ensueños y dudas desde las que emerger un nuevo paraíso
en el que lo íntimo y lo periférico sean divergencias nocturnas,
engranajes de los días donde elaboramos los ensueños y deseos
como una bola fecunda de lluvia y música ungida a nuestra piel.
  
La contemplación de los horizontes en los que dejar el mañana
es la respuesta instintiva de una madre desde la identidad
de su corazón unísono con los latidos de la propia sangre,
nace de las entrañas el origen mismo de la naturaleza,
siglos que perpetúan colectivo en el inconsciente la tradición
de una mesa alrededor cálido de los estigmas temblorosos
e impresionados por los vaivenes de la vida y la muerte.
  
Buscamos islas en las que depositar nuestras esperanzas,
en las que un faro nos prevenga de los arrecifes del mar,
de los cantos conspicuos y musgosos de la avidez azulada
que abotargan los poros de la piel y desligan de los sonidos
de las purpúreas auroras y los crepúsculos ambarinos
en los que cada amanecer, en los que cada anochecer
todo hombre y toda mujer entrelaza la danza de los sueños…
  
© José Luis

Torso

Torso

Desde mis labios baja el deseo
por los atajuelos releídos de tu piel
y mis manos reconocen en la suavidad
los caminos de las arrugas y los años
mirándonos los ojos y entrelazando
digitales nuestras huellas…
  
Contemplo en tu torso la vida y respiración
de todos nuestros sueños, de todos esos días
en los que envidábamos nuestras palabras
como amantes de la noche y sus albores
que nos sorprenden amalgamados entre las sábanas,
entretejidos nuestros cuerpos en el lienzo
donde acoplamos los aromas y aleteos
de los jazmines y alondras que alberga el jardín
en los invernales relumbres del hogar nuestro.
  
Acerco mi oído a tu pecho,
mis pestañas rozan tu vello y un cosquilleo
de risas y anhelos invade la estancia
mientras cómplices nuestras miradas,
llenas de luna y de fragante brezo,
se pasean por los contornos de la madrugada,
funámbulas de los lances de la existencia.
  
© José Luis

Minino

Minino

Dejaste la mirada absorta en pensamientos,
y esa cara me dice que te has ido
que no llame a tus labios con mis labios
pues seguro que tu alma, tu espíritu
estará vagando profundo en los entresijos
que inmanentes retraen el ayer,
el tiempo que una vez vivido se escapa
para revolver el llamador de los instantes
donde despojamos a los recuerdos de su sentido.
  
He cruzado sin pretextos el puente de la noche
y al volver la mirada ya no estaba el camino
que me devolviera a la calma, que diera tranquilidad
a los pasos que se pierden sin las migajas puntuales
que llevan al norte de la realidad donde amanece
todo sueño, es una audacia sin comentario ni retorno.
  
En esta evocación de mi presencia un gato recela
y no me mira, su ignorancia es la pertinente prueba
de que no existe lo que no se quiere para ser visto;
el desconocimiento, el vacío es una forma de olvido
que duele tanto al que lo usa como al que lo asiente.
  
© José Luis

Inocentes

Inocentes

Diciembre en su 28 trae inocente los santos
aquellos que tuvieron su momento con el muñeco
que de papel se ponía en la espalda de una broma
era una agudeza de sentido saberse embromado
o pegado a un muñeco que hablaba de descuido
entre las risas lacrimosas y los cortes de figura.
  
Un muñeco también éste de nieve ya derrita
proviene de otros inocentes, aquellos que pasan
por la vida como un cohete, efímeros pero explosivos,
seguro que hacer un muñeco es divertido altamente
porque mientras lo haces estás pensando en lo que
ocurrirá cuando esté terminado y cumplido.
  
Muchas podrían ser las clases…
  
En realidad me gusta pensar en los amigos de antes,
en ocasiones como las de hoy en las que las reuniones
eran una sorpresa… y… nosotros sí que éramos inocentes…
   
Cuando han pasado un cierto número de años
obtienes una visión de lo vivido desde otra óptica,
y dos sensaciones me asaltan: una, la de situar
cada evento en su justo aprecio, y dos, añorar
la vida que ya sólo queda en mis recuerdos…
  
© José Luis