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Rastro de FreeWolf

El guardaespaldas

El guardaespaldas

Han compactado los copos tus manos
de niño, en la complexión de un bola
de nieve agigantada, en un muñeco.
  
Han sido los rastros del suelo
los que se han amontonado en tu espesura
y te has erguido firme como un recuerdo
de infancia, en la cartilla donde leíamos
las letras derretidas de tu nombre.
  
Ahora, solo, con el olvido de los años
y en las ocasiones especiales te retengo
yo también entre mis manos ateridas
por la memoria extraviada de un invierno
en el que protegiste mi mirada
de la sangrante pavura de los dominantes…
  
© José Luis

Un cielo arbolado

Cielo arbolado

Tenemos hondonadas de memorias
en los años amontonados en el destierro
y en cada molécula de supervivencia,
que brota en una inesperada forma de vida.
  
Cuatro son las esquinas del universo
donde la contemplación se desparrama
con el horizonte e hila su propia sombra
en la ceñida estela de un murmullo.
  
La levedad de las sombras en el crepúsculo
oscilan en los tejados de la inconsciencia
y en las hojas que se resisten a la muerte,
cárdenos son los ojos de las tinieblas.
  
Tras el amanecer blanco el campo se viste
con las lanzas excavadas de los árboles
que entregaron en la noche sus sueños
a la inequívoca maceración de la diana…
  
© José Luis

Paseo de nieve

Paseo de nieve

Han ocultado el cielo las nubes
y el frío descarga, en la opacidad
del cierzo, nacarados brotes
en la ingravidez de tu pelo.
  
Los niños, corren tras los copos
en la cancela del parque,
y las bolas trazan parábolas
de impactos en el silbido
áspero de sus resuellos.
  
Con una capa se cubre el suelo,
con un aliento azulino y satinado
donde el piso del calzado imprime
el despuntar de los surcos,
del destino al que volverán
algún día los recuerdos.
  
Las farolas desdibujan los árboles
en la perspectiva de las sombras
y la luz me trae desde la lejanía
escalonada la hilera de tus pasos.
  
© José Luis

El atardecer de hoy

Atardecer_14Xii08

He sujetado en mis pupilas al tiempo
mientras el sol se alejaba, los colores
saturaban la pátina aromosa del cielo
y las alas de la tarde trasportaban
multitud de atardeceres en mis ojos.
  
En el crepúsculo se acrecientan las sombras
y las casas se reducen en estrellados haces de luz
que se desbordan por las ventanas, los reflejos
añiles se suceden por los púrpura y toronja
cuando acarician penetrante el horizonte…
y los pájaros volverán a sus nidos y a mi memoria.
  
Mirar el cielo en su transformación y quietud
es mirar al mismísimo alma despojada del bullicio
y de la prisa de la vida mientras del mundo se separa.
  
© José Luis

Hoja sobre hoja

Hoja sobre hoja

Los aires otoñales resbalan las hojas

por las lindes de los bordillos y aceras

desprendiendo de ellas ese ruido

de lluvia y abandono…

  

Las calles desiertas las empujan tras los coches

que desperezan en la mañana al sol turbio

mientras se alejan como las nubes del frío

y corretean las sombras por la hierba

con esos juegos de pilla pilla entre los tallos

que glaucos se erizan.

  

Varias hojas se enredan entre sí

necesitadas de la solitaria lejanía del otoño

y de las arboladuras de los árboles

ante otra mañana matizada por esa claridad

de la estrella oculta,

hoy no es posible sino con esa otra mirada

azulina y fúlgida del recuerdo.

  

Una extraña fuerza me retiene en sus brazos,

en el maternal regocijo de la aurora

libre y expandida entre los cañaverales del río

donde el agua entona aquellas nanas de los antepasados

cuando preservaban las noctívagas ficciones de los niños.

  

© José Luis

Rompiente

Rompiente

Una lengua salina y blanca llega del mar

hasta la costa del olvido donde las tardes

reciben los recuerdos enraizados del día

y de los años, mientras acaricia las rocas.

  

La armonía de las olas y el batiente del aire

se acurrucan en mis sueños, los ecos de las sirenas

vuelven otra vez a la tierra donde nacieron

cuando ninguna pisada hollaba la hierba

y el paraíso era una promesa aturdida del hombre.

  

Las aguas glaucas y resbaladizas entonan

los murmullos recónditos de la naturaleza

y en la orilla son recogidos como conchas

sonoras y vigilantes al acercarles un oído.

  

Quisiera ser esa espuma que fermenta

después de recorrer inmensidades,

de haber visto en la infinitud del mundo

todos los ojos del deleite y la belleza,

todas las piedras anhelosas y orantes

donde se han depositado los hombres.

  

Quisiera ser el rompiente donde se oculta el sol

cuando los albores de la muerte me muerdan

y acallar en la brisa de mi alma los suspiros…

  

© José Luis

Barquillero

Barquillero

La plaza reúne en su mañana la algarabía
y el silencio reverente del paseante
alrededor de esa intangible aureola
de impensadas relaciones y en sus vueltas
se compendia lo que en distintos años
han dispuesto en los balcones y columnas.
  
Los granitos del suelo ajustan sus huellas
al sol de entrecerrados ojos y a la sombra
nervuda que gira en cada canto con los pies
de la historia y el aire fresco y filoso,
¡tantos son los arcos inabarcables del recuerdo!
  
Sin la maraña de los niños y en su quietud
una arqueta roja encara el frío del otoño
en la conversación mansa del barquillero
ante la tácita ausencia de clientelas
y manos cálidas que volteen su corona.
  
Todavía sopeso en mi mano la peseta,
apretada y caliente, con los nervios
impulso la ruleta de barrotes numerada
en la consabida acrobacia de barquillos y obleas
destapados con la ilusión de la inocencia.
  
© José Luis

El sudor de otra fuente

El sudor de la fuente

Desde la profundidad de la tierra el agua
recorre los mismos caminos, siempre
necesita de esos caminos por los que
emerger la profundidad hasta las fuentes.
  
Sale el chorro previsto por el agujero
que es boca y surtidor de embrujos
desde el que la hondura de la existencia
vertebra la creación de las montañas
y sus recónditos y saturados secretos.
  
Las gotas que rezuman de las piedras
van destilando los nombres de los muertos,
de aquellos que en la simiente eterna
olvidaron grabar su origen y su nombre.
  
A veces el sudor que me recorre la frente
acarrea el dictado de las almas que conjeturaron
la vida en un arriesgado y comprometido misterio.
  
© José Luis

Carne a la brasa

Asador

El fuego ha tomado de la madera
la capacidad abrasiva de la muerte
y las brasas, empática transmutación
del día y la noche con sus ciclos,
cárdenas irisaciones de las cenizas
aroman en la carne expuesta el sabor
de la conservación y supervivencia.
  
El olor del humo se compacta en el aire
y se alarga en el cielo como un cometa
que atraviese el velo de la noche
mientras desciende orbital entre los puntos
luminosos de las ciudades y sus acontecimientos.
  
El calor por la piel resbala con las pavesas
que etéreas se desconciertan como una tarde
en la que el crepúsculo ha sido ocultado
entre grises nebulosas de impotencia y furia.
  
Paladean los comensales en la mesa
furtivo el aroma de la sombra
que con el plato se acerca…
  
© José Luis

Boca abierta la del pez

La boca del pez

El pez deja su boca en el escaparate, abierta…
como el vívido anuncio de una muerte, preservada
tras recónditos anales donde los inexorables muerden
con las guadañas del poniente, las yugulares y los alientos.
  
De las manos se me caen las palabras y las voces
del ayer no retornan, como no retornan los muertos
aun prendidos de la vida y de los antiguos preceptos,
encerradas están las circunspectas fórmulas de los labios
en las hordas del abismo, nada más salen para espirar.
  
En la pared, reclinado de hombros, el tiempo nos aguarda
armado con sus cuatro estaciones y siglos de contubernio
con la tierra que escolta en catacumbas los huesos, irracionales
los pensamientos anegan de rayos la luna fría y negra…
  
Bastarda una hora arpegia los silencios de la aurora
en el órgano crepuscular donde retorna el aire de bocas
que insuflaron hediondas las mentiras de los sueños
y la lividez de la existencia, se sonroja en el ocaso
final el juicio que se desprende con aquella boca abierta.
  
© José Luis

Helechos cautivos

Helechos cautivos

Desde el portal, los helechos, observan la calle
y no saben que también son observados,
no saben del aire fragante de la mañana
entre los caminos que se desemparejan de las sombras
y los madrugadores pasos de la aurora,
de los pasos de aquellos que hocicaron en sus camas
con los sueños que se revuelven de toda una vida
con las pesadillas y las forjas de las cuevas del mundo
donde nadie escapa a las intangibles ataduras de los años.
  
Desde el portal, los helechos, observan la calle
y no saben de mis ojos glaucos en sus hojas
ni de la cercanía del puente y sus riberas
a la certeza de los instantes que no vuelven,
de los instantes entre los revoloteos capturadores
de las alas de los pájaros y la azul mirada del cielo.
  
Un cristal, en multitudinarios reflejos, nos separa
del tacto huidizo y musgoso de los pensamientos
ahora que no te recuerdo más que en el olvido
de ciclos reverberados en el crisol de la soledad
donde páginas de libros aún conservan ocres
la mirada otoñal de los helechos en la lumbre.
  
Desde el portal, extrínsecamente, observo los helechos
sin llegar a saber que ellos, desde siempre, ya me observaban…
  
© José Luis

El río en sus paseos

Palada1

Los reflejos de los edificios en el agua,
el lento pedaleo de voces y sonrisas
las ondas azogadas del remo que restalla,
el mudo ladrido de las sombras y la inercia
en la baranda del pretil me retienen al puente
con la vista del horizonte, más allá, perdida
donde algunas veces el pensamiento se oculta
cuando no encuentra dispuestas las palabras.
  
Mis pies rezuman la saciedad de tantos pasos
tras desconocidas huellas en las que busco sentido
y aproximación a los enigmas de esta vida exigua
mientras los sabores de la noche me engullen
en los sonidos del vientre onírico de los sueños
entre las estelas ambarinas en el río de tus dedos.
  
Por el paseo las miradas se cruzan e interrogan
como cantos al fulgor de una hoguera en la noche
y las voces, en la reserva, se conciertan con los visos
de las pupilas que sin verse en los espejos se miran
con azuladas dichas y pasiones, laten los corazones
desgarrados de las dudas mientras caen las gotas
robadas a la corriente por los suspiros del otoño
y del río en sus paseos por los bateles de mis ojos…
  
© José Luis

Franca de mirada

Manolo Valdés 3

La belleza es una particular forma de mirar
los acontecimientos que el corazón atraviesan
con las saetas de los encuentros y las certezas
que acarrean el desconocimiento y la muerte.
  
La vida se plantea desde una mirada ausente
encrucijadas de ensueños y abarrotadas plazas
de recuerdos y racimos de labios que hablan
con los embates del mar a los destinos y visiones.
  
Franca de mirada una hoja se divulga en el tiempo
como traiciones a la carta en una inefable secuencia
de intrincados pareceres que con arrojo se queman
cuando la mentira no es más que el miedo a la duda.
  
En el tendal de la aurora se sujetan mis ojos
con los tentáculos candentes de picardía y olvido
mientras reflejan las lagunas de la noche tu nombre
dispersado en el aire con el temblor de mis sueños.
  
Las manos que en la escultura forjaron simiente
acarician ahora el semblante de la oquedad eterna,
musa y paraíso de los desheredados, la aleación
de carne y alma es un complejo código de rebeldía.
  
© José Luis

Duda y reflexión

Reflexión

Voy por unas márgenes y el mundo
con los filamentos de la duda
emana la luz que matiza las sombras
donde el juego de las ambigüedades
es el azar de las intersecciones
entre los segundos y los espejos
que barruntan anuncios de la noche
como dagas desplomadas en mi frente.
  
La cabeza perpendicular se retrae
a los residuos del aire en la aurora
mientras las almas en la sombra
acurrucan los ensueños en concavidades
y los pensamientos que no florecen
ocupan un lugar eterno en el cielo
donde nada es lo parece o aparenta.
  
Coloreadas han pasado las sombras
que transitan las luces descarnadas
y resurge el oscilante ulular del tiempo
con cada pulmón que estrena el aire
y hasta los vapores de la sombra
retrotraen etéreo un pensamiento…
  
© José Luis

El sudor de la fuente

Sudor Fuente

Las ocultaciones de tierra emergen
tras cada palabra maldita en los labios
que besaron los iconos arcanos de la sospecha
donde la tribu derrocó a la enfermedad
y el miedo de los guerreros, al aullido de la noche.
  
Han arrastrado los siglos las deprecaciones
que pretendieron elevarse al cielo vaporosas
como llantos que manan del dolor y la risa,
como velas que se consumen paulatinas
en su propia llama y resbalan pertinaces
por la inquietud de la vida y el desasosiego.
  
El agua subterránea recoge los ecos
que estuvieron retenidos en el alma
durante tanto y tanto tiempo
que sus turbulencias aún reclaman
todas esas fuentes que depuren
en sudor la pérdida del paraíso.
  
© José Luis

Nubarrones de lazarillo

Lazarillo

Atormentado el cielo
se deja guiar por el lazarillo
que capitanea las noches y estrellas
por los mundo de la sombra.
  
Una mano arrecia en los hombros
las sinrazones de un camino
que lleva a los tropiezos,
a la ceguera de los sentidos
anubarrados en las grises multitudes
que interpretan la sinfonía del olvido.
  
Así es la historia de los mortales
un eco anestesiado de nubarrones
en los que los de la intrahistoria ululan
su derecho a la vida y a una paz lógica.
  
Nos guía el extravío de su mano
cada vez que interpretan las palabras
esos consabidos significados
de auténtica sosería y abandono.
  
© José Luis

El pudor que se esconde tras la puerta

Pudor

Nuestra fragilidad se encubre tras una puerta
de exquisito alabastro y cristal con tornasoles,
nadie puede traspasar el límite del silencio
ni acogerse en nuestro corazón sin aquiescencia
aunque sepamos que tras la puerta el reflejo
puntual nos proyecta.
  
La desnudez sobreviene vadeando el otoño
y las ropas que fueron palabras asidas
escapan crepusculares al silencio de la noche
y a la claridad de la luna, se asoma una flor
al espejo de tus ojos y se remira en tu mirar,
abandonan tus pupilas el cuerpo pudoroso
de los tres lados inguinales de tus pétalos
mientras sumas, serena, con mis yemas
el retraimiento de tu eteriedad.
  
Hoy, en mis ojos, el tiempo, retiembla el miedo
perdido en el paraíso, en el fervor de tus brazos
donde se esconde un pudor sin puertas
y prendo con mis labios el sabor de eternidad
allí donde cabalga la muerte y la sangre
de las vidas que en tu interior se suceden
mientras a mi decoro tus dedos ensortijas.
  
El pudor que se esconde tras la puerta
no tiene edad, ni ojo de cerradura que escape
cuando la vida se deshace en figuras de luz
y liberamos infinita la mirada de la concordia.
  
© José Luis

El calor del gorrión

Gorrión

Se queja el aire en el frío
que escarcha el agua y los caminos
con soledad,
con la sombra blanca del cielo
que cubre el horizonte de ceniza
y la tarde, de negrura y melancolía.
  
Aletean los pájaros el soplo
nebuloso de los instantes
donde pasean sin destino los pies
y ateridas las manos se juntan
en oración indispensable de silencio
para acallar los inviernos de la vida.
  
Saltando un gorrión se me acerca,
quizá perdido el temor de sus ojos,
y busca en el calor de mi sombra
la cercanía del aliento,
del canto de mis pasos la migaja
que eleve sus alas a la cúspide
donde las campanas desgranan
la inmediatez del domingo.
  
¡Cuántas veces habremos sido
ese gorrión anhelante!
  
© José Luis

Alpargata de pan

Alpargata de pan

Río verde

Río verde

Baja la corriente ondulando su cauce
entre los despojados árboles de la orilla
y atraviesa los ojos de la mañana
por el puente firme que me oculta
del frescor y el rocío
y de la ambigüedad de las dos riberas.
  
¡Río que fluyes verde y enmaromado
a la profundidad aquietada del agua,
te dejan reverberar siempre en las ondas
que nacen penetrantes de las piedras
mientras pasas con tu lengua la oquedad
del bosque sin viento ni hojas!
  
Musgosas deshilachan las plantas
los recuerdos por la fluida vertiente
de la noche entre arreboles de la aurora,
impertérrito ha retenido el sueño tu paso
por la arboleda desnuda del destiempo
donde nace la muerte y la vida
es el pez que se escabulle
entre los intersticios de la lluvia
glauca y la húmeda cuenca del deseo.
  
© José Luis