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Rastro de FreeWolf

Tras cada atardecer

Tras cada Atardecer

Tras cada atardecer en mis ojos
adquieren las tonalidades del cielo
improvisadas transformaciones de luz
y de reflejos tras el denso aire de la noche
mientras se derrama impecable un suspiro
entre las nubes que sobrevuelan el silencio,
una lánguida sensación de pertenencia
a la inherente raza de los perseguidores
de sueños y de esperanzas.
  
He desmontado muchas palabras
que luchaban por sujetarse a mis dedos,
porque sé que las palabras se alimentan
de las huellas que dejan rastro
en los cráteres del universo,
de las huellas indómitas y fugaces
que atraviesan las cometas incrustadas
a la soledad de las lunas negras
donde se besan los amantes
y el eco de las batallas crujen
las sílabas de los ensimismamientos.
  
Tras cada atardecer un niño no vuelve a su casa
sino que vaga por las sinuosidades del desvelo
en compañía de las voluntades que quisieron ser
cumplidas en la infinitud irrevocable de los sueños.
  
© José Luis

Encima de mi mesa

Encima de mi mesa

Buscan los objetos la oquedad del aire
donde asentar los ojos que los miren
o los dedos que en sus líneas deslicen el polvo,
los rastros de la marisma que los retiene
con un voluble pensamiento de eternidad
donde las sombras no cubrirán sus sombras
de viento y dejadez, como ramas invernales
que desechan pasajera la exaltación de la fuga
hasta que en una hoja se encarne la libertad
irreverente de un verso.
  
Se acumulan a mi alrededor los reversos del pasado,
cualquier evidencia de la existencia en el tiempo,
en los implacables suburbios de la inconsciencia
donde dejo el recuerdo y hasta el discrecional olvido
uncidos al desfase de las horas que transforma todo
en vestigios y trenes de vuelta a las estaciones del deseo.
  
Un caramelo no es un caramelo, es una tarde sentado
al escaparate de los nublos y las corrientes indómitas,
de extractos de giros y café alrededor de un plato
y una mesa que se pierden entre las notas de música
que acompasan el aire y llevan el ritmo del silencio
al tecleo de las cavilaciones de luz y de arrebatos.
  
A veces, los objetos, son esas huellas que no he querido arrinconar
en los goteos del olvido y que van formando parte de la mesa
donde dispongo, día a día, mis beligerancias y mis crepúsculos.
  
© José Luis

Ojo de árbol

Ojo de árbol

Mano florida

Mano florida

Paisaje 231108

Paisaje de montaña

Por entre las hojas caídas

Por entre las hojas caídas

Pétalos abiertos

Pétalos abiertos

La barca díscola

Barca díscola

En la orilla el agua se toca con la tierra
en transitorias ondas, donde el chapoteo resuena,
entre las hojas caídas del otoño, a intermitencias,
a intervalos pausados, a familiaridad o a indolencia,
y desde la propia ribera las barcas se mecen
en el compás reflejado de las piedras que son
muchas vidas, y recuerdos, y acaso parte nuestra.
  
No agosta el tiempo en su pasar ni las dudas ni los ojos
curvados del puente tras el devenir de las sombras
que el sol traduce de las cúpulas y de los árboles
en alargados brazos y ardorosos matices que se alejan
como esa barca, que suelta de amarras o de apegos,
deriva en la estela ondulosa de la tarde y la refulgencia
cuando los vuelos de los pájaros retornan a las ramas
y al pasear de la gente en un ir y venir de ajetreos.
  
Me alejo rumbo a la noche por entre la luz de las calles
díscolamente como una barca que abandonase la seguridad
en la dársena y rompiera la ingravidez pulida de la corriente
con el pulular resuelto y tembloroso de su soledad férrea,
del alejamiento de todo cuanto le es conocido y amado
en el intento de buscar aquello que quizá le pertenece
y que desde siempre formó parte de su íntima naturaleza.
  
© José Luis

Manchas de color solar

Atardecer19Xi08

No es posible resistirse
a los colores del sol
cuando se abandona
y baja tras el horizonte
a la región del olvido.
  
Se expande toronja el reflejo
de los ríos de lava inquieta
y se doran las nubes
que degradan el crepúsculo
púrpura y anochecido
en las enrojecidas hebras de la tarde
e intuyen el planeo de las aves
que, diligentes, van a su encuentro.
  
Las casas, ensombrecidas desde el rubor
de mis ojos, espejan en sus ventanales
la sangre de la discordancia,
el temblor de la noche iniciática
en los juegos del anhelo
áureo de la luna que pare
sueños escabrosos y salvajes.
  
© José Luis

Una única vía

Una única vía

Es martes,
la mañana se disipa en la niebla,
las calles desconocen los rostros
y hasta los pasos cotidianos,
que son el único pasatiempo,
sólo las sombras blancas
dan sensación de firmeza,
de seguridad en lo cercano,
lo demás parece un espejismo
enclaustrado en una botella.
  
Me recuerda un tiempo atrás
cuando vivía cerca de la estación
y el bullicio de los trenes
ensordecía el aire y la sala
donde a veces dejaba mi ausencia
circunscrita a una foto
o a la evanescencia de la tarde
mientras desconocía que mi espíritu
vagaba por otra parte.
  
He pasado un puente sin río,
con unas líneas azogadas a las piedras
y al peso de las ruedas que las atan
a la distancia,
al futuro de un acontecer
o a un pasado sin venida.
  
Una vía sola
fue la fijeza de la mirada
como si en un único pensamiento
viajara el presente
desde lo que fui
hasta lo que imaginé siempre.
  
© José Luis

Oscilante velo de atardecer

Oscilante velo de atardecer

Hay tardes en las que el cielo tiene un encanto
especial, la luz se deja matizar por las nubes,
y los rayos que oblicuos se detienen, doran
la visual de la retina en el cristal reflejada.
  
Percibo desde mi interior la farola y otra luz
que me atraviesa el corazón con los latidos
bombeantes del anhelo, mis ojos, en éxtasis,
se extravían… en la mixtura crepuscular.
  
Son extraños los sentimientos cuando nacen,
cuando no los reconozco desde el horizonte
y se expanden a mis pies, cuando no pronuncian
los ecos de otros labios reverberantes
y recorren, en un escalofrío, atroces la espalda
devorando cárdenos por completo mi atención.
  
El aire, frío y oscilante, despeja las distancias
en la trasparencia de la noche, desarmada mi alma
los fluidos se ausentan de los pulmones, cráteres
de niebla ardientes que se condensan en tu palabra
mientras vaga por mi mente el velo del atardecer.
  
© José Luis

El árbol de los sueños

El árbol de los sueños

Un manantial inmutado transforma el aire
en partículas de silencio,
en una azulada quietud
que se desprende desde ese punto
por el sol deshabitado,
por el atrevimiento de los sueños
mientras las arcas de la noche se cierran
y las alas arrostran las tinieblas.
  
Los árboles se ocultan en el viento
y tan solo sus ramas azabaches
vuelven ocres en manojos de hojas,
ensueños dulces que granan
la intimidad de los recuerdos.
  
La luna se mira en el río
y en el reflejo de la sombra
del árbol de los sueños,
temblorosos se extienden sus rayos
en la trama de la irrealidad
y el halo de la despertenencia
se baña en la venerable solemnidad
de un hacedor que atiende del agua
sus ondas y sus misterios…
  
© José Luis

Helechos

Helechos

Gritos desde el agua

Gritos desde el agua

En la extrañeza de la tarde
el aire frunce el agua
en la superficie de aquellos contornos
donde despavoridos pululan
unos gritos.
  
Negruras sobre reflejos blancos
son del pánico las oquedades,
ondas de ecos sumergidos
en una profundidad cáustica.
  
Abandonaron los sueños fríos
de sudores y espantos
en la mente febril de un niño
los reflejos en el estanque.
  
No es sólo la noche un zumbido
sino también un enjambre
de colores entumecidos,
ay, que poco corren las prisas
cuando el miedo es grande.
  
Cuando el miedo es grande
y deforme son sus sombras
escurridizas entre las espesuras
que atenazan los bienestares
a los cuatro cabos de la cama.
  
Emergentes se revelan las pesadillas
de la desazón del inconsciente,
y como no saben salir
se estancaron
en una fuente…
  
© José Luis

El verdor del abandono

El verdor del abandono

Han pasado los años por la casa,
años de postergación y ausencia,
de carencia de sonidos y palabras
que sujetasen a la aurora sus paredes
y a los tabiques del tiempo, la esperanza.
  
Las ventanas son los muros abiertos
a la hiedra y a la nada, el verdor
ha sucumbido a las rejas enhebradas
donde la madera alguna vez retuviera
el horizonte y, acaso, fugitivas miradas.
  
Sé que has pasado por su puerta,
la risueña puerta de la infancia,
y se han agolpado aquellas voces
de persecuciones y retahílas
por los patios de la mañana
cuando el sol bajaba en un beso
radiante, de risas y algarabías
era el color de aquella casa.
  
La heredad de la familia
son los hijos y las palabras
que acompañaron sus vidas,
aunque con el tiempo
y la distancia
sólo quede del verdor
lo que fuera
una ventana
que ya no está abierta.
  
© José Luis

Otro lado de la raya

Otro lado de la raya

Muchas son las rayas
que establecen separaciones y distancias,
aunque sea una blanca
dos ámbitos dispone en la misma estancia.
  
Finas son las delimitaciones,
pero con eso no basta
para poder determinar,
hasta dónde no,
hasta dónde sí,
uno puede adentrarse.
  
Mas ya sabemos
que más de una vez
nuestros pies
por la raya se separan.
  
Hemos apurado los tiempos,
hemos trastocado los límites
y ahora lo que nos espera
es construir nuevos puentes,
nuevas líneas y rayas
que unan
lo que antes separaban…
  
© José Luis

Transformarse desde el vacío

Transformarse desde el vacío

En el hueco de las palabras
o en la oquedad de las esferas
la nada circunda la creación
donde el vacío es la nebulosidad de los ojos
o la turbación de lo pequeño en lo invisible.
  
No vemos más allá de la línea del horizonte
como no advertimos los movimientos del corazón
en los enclaves de la carne ni del alma
y, sin embargo, nos dejamos calar por la lluvia
del viento, de los sonidos o del otoño…
  
La bellota grana a la sombra de la rama
y a la espera sazonada del olvido
mientras se sujeta la mirada al crepúsculo
con la pátina de la luna y de la noche,
cuán hacedor es el contraste de lo inmediato.
  
La multitud de lo ausente escudriña el ruego
o quizá el trepidar de las sombras
entre los espléndidos fucilazos del sol
cuando en el meollo de la soledad
no sabemos qué es la muerte…
  
© José Luis

El sol en las montañas

El sol en las montañas

Basta un solo grano de arena
para sopesar el valor de un segundo
e interpretar la elevación de una montaña
que se mece entre las manos tendidas
y que recoge el agua que de las lágrimas brota
donde hubo júbilo o quizá dolencia
sin destrabar los sonidos que nos alcanzan
y que son parte de algún espejismo.
  
¿Dónde estuvo la luz que matiza
secretamente el aire?
¿Dónde se rasgó el velo
y dejó en las ranuras de mis labios
las tonalidades de la aurora?
¿Dónde un segundo fue piedra
o montaña en los sigilos
desencontrados de cualquier pensamiento?
  
Dieciséis versos cabalgan a lomos del olvido,
a latido de palabra entre los brazos
que abiertos desangran el pecho
y palpitan trémulos los parajes
que son esferas y doradas líneas
volátiles entre rayos de sol
que de esperanza iluminan los árboles…
  
© José Luis

Puntitos de bosque

Puntitos de bosque

A las hojas los árboles
se les han caído
y es ahora una alfombra
tu camino,
una alfombra entretejida
con los puntos del destino
o de los ajustados pasos
hasta el recuerdo
o el olvido.
  
Sangra la nube
con las gotas del rocío
el sabor de tus labios
y hasta el mismo río
que entona con las agujas,
que son esos rápidos silbidos
que trae el viento del norte,
de los glaciares que fríos
rompen el silencio
o componen las canciones
extraviadas del estío.
  
Es ahora el bosque
mi memoria,
el abandono de la realidad
entre los campos vestidos
de ocre
o de amarillo
sedosos como tus labios
cuando rozan los míos.
  
Vuelven los sueños
a traer la noche
en los tenues rayos
de los ecos de la aurora
escondidos
en el fulgor de unas hojas.
  
© José Luis

Espejismo en blanco y rosa

Espejismo en blanco y rosa

Se deshojan los pétalos
desnudos de la aurora
en la orilla del río
y en su vuelo mis ojos
atraen los espejismos
blancos de la nieve,
los copos ateridos
entre los dedos fugaces
de la noche del sábado
camino de un domingo.
  
Detengo
la velocidad del abismo
en el vórtice de la atmósfera
donde reside un suspiro
escapado en las voces
que acompañan la muerte
entre las horas dudosas
cuando recién el alma nace
en un grito o un pánico
descendimiento.
  
He visto el clarear del cielo
entre los arcos de un violín
flotante con las notas del universo
y grabadas en su resonancia
las palabras que fugaces
me traían un te quiero.
  
© José Luis