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Rastro de FreeWolf

Amanecer desde el amanecer

Amanecer desde El Escurial

Se descerrajan las cortinas de la noche,
la luz se desliza en los entresijos de las montañas
e imperceptibles lunares dorados encienden
el verdor del silencio.
  
Paseo por los bordes de la carretera
donde el asfalto se junta con el suelo
y crujen mis pies el peso de la arenisca
abatida por los pasos manejables del tiempo.
  
Noto en mis sienes los latidos del amanecer
mientras matizan mis pupilas la claridad
de las nubes en las que juegan los visos
del cielo al escondite con los luceros del alma.
  
Las estrellas me guiñan su complicidad
con los ramajes de la luna entre los árboles
y desciendo los caminos abismales del tártaro
esperando encontrar los compañeros oxidados.
  
Enarbolando su bandera iza el viento
el paraíso ocultado por la rutina y la noche,
supuestamente invadido por las sombras
invisibles, los tañidos de una campana
desde la cercanía se alejan y vuelven.
  
Amanece en la sierra la campiña invernal
y me sumerjo en los encantos de un suspiro,
innumerables ojos permanecen cerrados
en los sueños de las encinas y los cruceros.
  
© José Luis

Objeto de aseo

SMValero-Linares48

El escaparate no deja pasar mis manos
una indivisible invisibilidad me separa
de aquello que me muestra para ser usado,
así es la publicidad de las cosas, conflictiva
y afectada, originaria de la necesidad
no necesitada, a la vez que provocadora.
  
Resistirse a ser parte del engranaje,
la rueda que choque contra la avalancha
de sentidos innecesarios, de rutinas añadidas
a la propia rutina de los días, le sucede
la interpretación de las horas en el absurdo
de una colonia aturdida entre las luces
o las pupilas de un cartel irremediable.
  
Las sombras se perpetúan en los ojos,
someten la gravedad de los instantes,
un autobús de anuncios intimista
incorporados en el inconsciente urbano
de un asiento o un bebedizo tenebroso
sin poderse lavar en la palangana del deseo.
  
© José Luis

Montaña y árbol, azul y verde

Montaña y árbol

Piedra y pluma

Piedra y pluma

Culminación desde la atalaya,
la paloma en el borde
custodia las piedras
desde el reflejo de la ventana
y las líneas profundizan
el labrado de las manos,
interpretación pálida de un cielo
que protege Salamanca
de los diablillos pétreos.
  
Soleada se avecina la tarde
solaz del andariego
por las rutas subyugadas del viernes,
anticipo de un fin de semana
accesible a los encantos del ocio,
al deambular de las almas
por las plazas y calles
desconocidas de España.
  
Otra vez me envolverá mi cámara
con sus ojos de sorpresa
y captará lo que ya sabe
que en el tiempo se encuentra
mientras se desliza la vida
por los caminos del aprendizaje,
de las elecciones no elegidas
más que por la inconsciencia
y acaso por un sentido
inesperado de la existencia.
  
Me veo en la paloma
observando lo inobservable
torciendo el cuerpo
hasta encontrar
quién me mira
desde la sombra de un cristal
que opaco me refleja
en la peana y con plumas.

  
© José Luis

Cautivador, el atardecer

Cautivador, el atardecer

Las noches de luna llena
el lobo, en su cacería,
aúlla con la tensión de su pelaje
encrespado... un acto
de autoafirmación y duda...
  
Es cautivado el ojo
en la mirada de la luna
y un escalofrío retiene
azur y púrpura el cielo
entre los ardores de la sombra
y el recorrido por el bosque
de una mujer nocturna
dilata el silencio.
  
Los hijos de la temeridad
asaltan la tierra prometida,
ancestral botín de los sueños
envuelto en el halo salvaje
que guarda toda criatura
bajo incontables llaves,
el miedo y la locura
como última salvaguarda.
  
Veo la muchedumbre agolpada
en el círculo de la muerte,
cuerpos de barro y fuego
encarnizados en la danza
que enajena sus semblantes
y suscita la pasión del encuentro
con la verdad misma de la inexistencia.
  
Se agolpa la sangre en las sienes
y los saltos del embate se suceden
en el corazón palpitante
como la propia excitación de la vida.
  
© José Luis

Arenga en primera línea

Arenga en primera línea

El orden de las cosas,
el paralelismo de las incertidumbres,
el sonido tenue de la noche
o el gorgojeo de las sombras y los pájaros
embisten de frente
las estremecidas murallas del ocaso
donde se refugian los ríos subterráneos
en su corriente de ímpetu y alivio.
  
En las batallas la formación de las tropas
es geometría de la estrategia,
el líder de la contienda arenga el valor
y la turbación de la vida en la inmortalidad
de los cuerpos sangrantes con el paraíso,
pedid la moneda del tránsito
y el viaje será una balsa ondulosa
de horizontes y riquezas.
  
La bóveda se hace amanecer en el relente
de la espera y los tambores resuenan
en el aire comprimido del aliento
donde las bocanadas del arrojo retienen
al héroe en su particular abstracción,
como si entregar la vida pudiera ser perderla
o alcanzar la gloria.
  
Se suceden las manos
por la aldaba del combate,
los fuegos quedarán atrás
y las espadas clavadas en la tierra
descansarán en la memoria
condecorada de las salvas...
  
© José Luis

Aquello de allí

Aquello de allí

En compañía los ojos inician la búsqueda,
una vertiente del olaje de las circunstancias
por eso elegimos puntuales a nuestros amigos
allí donde intuimos la capacidad de asombro,
donde sabemos que vendrán confidentes los dedos
de aquello que se nos escapa y nos pertenece.
  
¿Qué pensaríamos si nos viéramos en un instante
ralentizado mientras nuestra atención está en otra parte,
allá, lejos del alcance de nuestra vista, pero tan cerca…?
  
Cruzamos nuestros dedos en el devenir de los instantes
mientras las vertientes se entrecruzan con las montañas
y presenciamos, una vez más, el ocaso del día, el ocaso
de la luz que nos protege y aleja del aletargamiento
que la vida precisa de la noche, donde se nos escapan
los pensamientos y los sueños a otra dimensión,
aquella en la que somos sin ser y en la que nos zambullimos
como vientre materno, sin más dedo que llevarnos a la boca
que el que nos señala el camino del infinito de la mirada.
  
Amigo, ten mis dedos, alarga la profundidad de tus ojos
en aquello de allí, en aquello que entiendo y te muestro,
que dice sobre mí y sobre ti, sobre la realidad alterna
de lo que nos hace levantar cada día sobre las cenizas
del invierno y del pasado para realzar el nuevo amanecer,
una posibilidad nueva de encontrarnos en los vericuetos
que expanden nuestra mente por los senderos de la vida,
seguro que el espejismo de nuestras manos nos ayudará…
  
© José Luis

Por un puñado de pensamiento

Manojo de pensamientos

En mi cabeza hay órbitas que gravitan
los pétalos de la noche y las auroras
devoradoras de sueños,
advierto el pasar de las horas
en los relojes de todas las torres
que proyectaron sus sombras
con los augurios de un sol
naciente en cada segundo
de las lágrimas del ocaso,
y me inclino en el pretil del puente
al paso del río y los plazos
que me separan o unen a la muerte.
  
Presiento en las flores la belleza
del mundo oculto que emerge en mis ojos,
en las arrugas de mis manos que se desgranan
en la afelpada piel de un bebé,
envío a la lejanía esa sonrisa
de juventud en los recuerdos,
con el pecho henchido de promesas,
y la mirada al horizonte extendida;
retengo en la mirada el silencio del alma
porque en cualquier alborada florecerán
inéditos pensamientos en el corazón
más íntimo de la existencia...
  
© José Luis

Transformación de piedra

Transformación de piedra

A veces la piedras
en siluetas cristianizan,
en perfumes labrados al tiento
de miradas viajeras y atavíos
de domingo en invierno,
cuando el aire en el rostro es frío
las nubes apuran el aire
y se hinchan grises encima
mismo de las encarnadas techumbres.
  
Antes de ser muro el espacio
era invisible vacío desnudo y permeable
a los finos granos del tiempo y del reloj
perdido en el interior de algún bolsillo,
después de argamasa de manos
y en tierra vertical convertido
con ventanas por ojos
curiosean otra clase de vacío:
el de las almas
que de sus espíritus huyeron.
  
A veces las piedras
impresionan mis sentidos
con esas caras disimuladas
en los entrecejos del destino.
  
© José Luis

De la soledad del bosque

SMValero-Linares44

Muchos son los caminos
que a la soledad llevan,
muchos los destinos de un hombre
en las palmas de muchas noches
y muchos los recorridos
por las cortezas de un bosque.
  
Los árboles que juntos crecen
juntos se mecen al viento
y juntos reciben el agua
de las nubes traídas de lejos
con los cantos encendidos
de las velas de los santos
en el corazón único del mundo.
  
Con el trinar de los pájaros amanece
otro día en el silencio de un paraje
donde me llevaron mis pasos
como se llevan las manos a la cara
del miedo, con el tiento del compás
certero de un viraje
por los andurriales del cielo.
  
© José Luis

Sospecha de hombre

Sospecha de hombre

Pluma de Santa Teresa

Pluma de Santa Teresa

Intimar con las flores es
alcanzar límites de belleza y perfección,
escabullirse entre las líneas
sutiles de tornasoles y caracteres
donde depositar el tiempo subyugado
en cada resquicio de humanidad,
de paroxismo e inexplorado regocijo
en la oscuridad y punto de fuga
tras la enajenación transitoria
de todo momento de contemplación.
  
El sol se proyecta intacto en la mesa
que junto a la ventana esconde la tarde
en las márgenes rosáceas del éxtasis
y, a través del horizonte, se hunde la mirada
en los pétalos alongados del invierno,
un gavilla de contornos distrae
nebulosa los perímetros de tus ojos
en los que infiltro mis miedos y zozobras
porque sé que desde la clepsidra de tu boca
surgirán las gotas de armonía
que aquieten mi alma…
  
© José Luis

Co coro co

Gallina

En los laberintos de la tierra hurgo
entre los huesos y las ausencias de la carne
y busco aquellas memorias desterradas
donde aún quedan inexplorados paraísos,
  
retazos de futuro con anticipo enterrados,
veredas entrelazadas con los pasos penetrantes
de siglos de pesquisas y evocaciones
en los que se celan amores y resentimientos,
  
cartas no escritas ni enviadas
pero muchas veces vivaces en la memoria;
nada se pierde en las arcas de esta heredad
bajo la llave de la recompensa y la costumbre.
  
El pico de la incertidumbre escarba las llagas
y exhuma los desiertos y los libros inéditos
de los extintos, anónimas muchedumbres
de sentimientos y deseos, en los que me reflejo,
  
azules tratados de defunciones desconcertantes
embebidas en las copas de las pitanzas efímeras
y los irracionales suspiros de la muerte, millones
de ideas que no sabemos qué hacer con ellas.
  
Desde las arrugas de las piedras, las baladas
y los labios del deseo, husmean moléculas de vida,
lugares donde invertir los réditos del tránsito
una vez que el cuerpo en olvidos se desmenuza.
  
© José Luis

Vengo de muy lejos

SMValero-Linares06

Aunque esté aquí ahora
vengo yo de muy lejos,
el amanecer y las montañas añiles
fueron testigos de mi parto
y pulverulento en las nubes
crecí entre los arcos de un cielo
que nada sabía de las lágrimas
acumuladas en los deseos
de inmortalidad de un deletéreo.
  
Mi idioma nace de los pétalos
delicados de la dueña del viento,
de las chispas de la fragua
de algún irreverente herrero
donde devoré sorbos de luz
y sombras de misterio,
balbuceo palabras del poniente
entre las lenguas de fuego
y en los ojos de la sombra
tiemblo cuando me acuesto.
  
Son los árboles la savia y sangre
que mana por mis venas
y por los veneros de las almas
aliviadas en el paraíso eternal
hasta que despierten sus cuerpos
aletargados en una muerte
emancipada y circunstancial,
entonces puede que regrese
al vientre del sol y a la vida
de la que ahora no me acuerdo…
  
© José Luis

La toma de posesión

Enredadera

Se deja el tronco encaramar por la noche
y sostiene profunda la negrura de la fosa
donde habitan inadmisibles sueños e irrealidades
enmarcados en las trincheras de un bosque invicto
y en el polvo fraccionado de las travesías del alma,
entrañables lugares de las conquistas irrevocables
en las silenciosas montañas de una soledad recóndita.
  
Enredo mis pensamientos en las ramas de la felicidad
junto a las lechuzas glaucas y ásperas de un olivo
mientras se derriten el hielo y la hiel de la inocencia
en los campos minados de la luna donde ríen los chiflados
y una bailarina despliega el tutú de los semblantes
con impulsos tenues de una mirada y remiendo de la melancolía.
  
Se arquean los músculos de la rosa en un soplo de bruma
y los estertores del invierno dejan la nieve en mis manos,
desde la lejanía llega el sonido desmantelado de los ríos
tras las pupilas del alba en la posesión naciente de este día.
  
© José Luis

Los ojos de un gato extraño

Mirada de gato

En los pueblos siempre hay casas abandonadas;
lugares que, cerrados, pudren el aire dentro
o tan abiertos que ya nada tiene de existencia;
de vez en cuando algún caminante detiene su paso
y curioso interpreta el silencio de las ventanas,
la cerrazón de una puerta o el vencido tejado.
  
Ranuras delimitan, renuentes, el espacio mirado
como ojos que escudriñen una única trayectoria
o que profundizan en su propio contrafuerte,
y esas mismas ranuras advierten que otros ojos,
a través de ellas, dirigen sus pupilas al caminante,
quisiera dedicarle el roce afable de su cola
en los recuerdos del hogar cálido e invariable.
  
Son los ojos de un gato extraño una pregunta
glauca entre los matorrales de la memoria
donde siempre existen ranuras indiscretas
que dejan sin sentido las razones del querer
o de la misma ausencia.
  
© José Luis

Sombras de agua

Sombras de agua

Briznas de rocío

Briznas de rocío

Vista equina

Cabeza de caballo

Se clavan las miradas
se clavan desde el llamador de la puerta
como un repiqueteo en el aire cálido y denso,
hay miradas que alarman y desentumecen el cuerpo
de las miradas acostumbradas.
  
Si pudiera franquearía al interior
de la cabeza que mira,
ser parte implícita en una mirada
desde la que se ensambla el mundo externo
con los inconclusos puzzles del instinto
donde se desgajan las cédulas de la duda
en pequeños comentarios y silencios.
  
No se mira con los ojos cerrados
más que aquello que conocemos
o imaginamos,
submundos de los recuerdos
en los que las pinceladas de los días
encuadran los paisajes desorientados y nebulosos
que llegarán a ser otro sustento
heredado de los sueños.
  
Quizá no sepa el caballo
por qué le retengo en la incisión de los ojos
o quizá, como él, yo me retenga
en el reflejo velado de su trote
cuando se acerca parsimonioso
a la mano tendida del ocaso
que es todo hombre…
  
© José Luis

El tragaluz de las sombras

Cruzado

La plenitud de los objetos
se trasparenta en las sombras
desde las que se muestran,
perdidas de la luz,
en el registro onírico de la noche.
  
Tratan las nubes de pasar
desapercibidas por el azur del tiempo,
como las palabras que atrapan,
alocadas en el aire hueco de las hondas
que de los cáñamos mecen el horizonte.
  
Son las ventanas respiraderos del alma,
cristales o lupas enfocados en el devenir
vacilante de las mariposas por la naturaleza
quebradiza de los retratos y sonidos
en los que a solas nos abandonamos.
  
Contemplo desde la palma de mi mano
los maderos de los árboles cruzados
que se enraman con los ojales desiertos
y la bola de cristal de algún mago
que constante masca en la fórmula olvidada
la creación suspendida en un relámpago.
  
Florecen en mi lengua palabras primitivas,
veladas significaciones que no conozco
y en los que otro yo está reflejado
tras el tragaluz simultáneo de mis sombras.
  
© José Luis