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Rastro de FreeWolf

Noctívagos

Árboles entre árboles

La neblina se ha adueñado del horizonte
y encadena en sus tinieblas los árboles
que apuntan con sus ramas los azures
intocables del universo donde habitan
los sueños y las plegarias de los hombres.
  
La mañana sobrevuela las esperanzas del día
y un caminante descubre en el camino
el sentido del caminar como una alondra
descubre en su canto la infinitud de sus alas
mientras vuela rumorosa las distancias
yermas de las fragantes flores y los campos.
  
Vaticina la alborada un día fresco y diáfano
con la turbulencia ausente de las nubes
y el fragor intermitente de las yerbas
entre las rocas de la tierra, un tallo
apuntala toronja el próximo atardecer
en las pupilas humeantes del incienso
con los cenitales ardores del tránsito.
  
© José Luis

Textura de parabrisas

Cerca de la felicidad perdida se urden los sueños
de los árboles, las raíces auscultan en la tierra
permanentes las lágrimas de Eva y su estirpe
en las muertes clandestinas, se deshojan impasibles
las maldiciones de aquellos que cada día sucumben.
  
Nada fue tan duradero como el grito de la ausencia
ni a su vez tan instintivo que no se contuviera en el lago
donde nace purificante la alborada de los inmortales,
con las llagas confusas de los hombres que esperan
y confían, en la prodigiosa supervivencia del alma.
  
Se aglutina la escarcha en la envoltura del cielo
y se arquean las ramas anhelantes del invierno
mientras se deposita en mi retina esa luz soterrada
de las sombras que han embargado al miedo
los crepúsculos prendidos a un paraíso de albedrío.
  
© José Luis

Paseo de nieve

Han ocultado el cielo las nubes
y el frío descarga, en la opacidad
del cierzo, nacarados brotes
en la ingravidez de tu pelo.
  
Los niños, corren tras los copos
en la cancela del parque,
y las bolas trazan parábolas
de impactos en el silbido
áspero de sus resuellos.
  
Con una capa se cubre el suelo,
con un aliento azulino y satinado
donde el piso del calzado imprime
el despuntar de los surcos,
del destino al que volverán
algún día los recuerdos.
  
Las farolas desdibujan los árboles
en la perspectiva de las sombras
y la luz me trae desde la lejanía
escalonada la hilera de tus pasos.
  
© José Luis

Hoja sobre hoja

Los aires otoñales resbalan las hojas

por las lindes de los bordillos y aceras

desprendiendo de ellas ese ruido

de lluvia y abandono…

  

Las calles desiertas las empujan tras los coches

que desperezan en la mañana al sol turbio

mientras se alejan como las nubes del frío

y corretean las sombras por la hierba

con esos juegos de pilla pilla entre los tallos

que glaucos se erizan.

  

Varias hojas se enredan entre sí

necesitadas de la solitaria lejanía del otoño

y de las arboladuras de los árboles

ante otra mañana matizada por esa claridad

de la estrella oculta,

hoy no es posible sino con esa otra mirada

azulina y fúlgida del recuerdo.

  

Una extraña fuerza me retiene en sus brazos,

en el maternal regocijo de la aurora

libre y expandida entre los cañaverales del río

donde el agua entona aquellas nanas de los antepasados

cuando preservaban las noctívagas ficciones de los niños.

  

© José Luis

Boca abierta la del pez

El pez deja su boca en el escaparate, abierta…
como el vívido anuncio de una muerte, preservada
tras recónditos anales donde los inexorables muerden
con las guadañas del poniente, las yugulares y los alientos.
  
De las manos se me caen las palabras y las voces
del ayer no retornan, como no retornan los muertos
aun prendidos de la vida y de los antiguos preceptos,
encerradas están las circunspectas fórmulas de los labios
en las hordas del abismo, nada más salen para espirar.
  
En la pared, reclinado de hombros, el tiempo nos aguarda
armado con sus cuatro estaciones y siglos de contubernio
con la tierra que escolta en catacumbas los huesos, irracionales
los pensamientos anegan de rayos la luna fría y negra…
  
Bastarda una hora arpegia los silencios de la aurora
en el órgano crepuscular donde retorna el aire de bocas
que insuflaron hediondas las mentiras de los sueños
y la lividez de la existencia, se sonroja en el ocaso
final el juicio que se desprende con aquella boca abierta.
  
© José Luis

El sudor de la fuente

Las ocultaciones de tierra emergen
tras cada palabra maldita en los labios
que besaron los iconos arcanos de la sospecha
donde la tribu derrocó a la enfermedad
y el miedo de los guerreros, al aullido de la noche.
  
Han arrastrado los siglos las deprecaciones
que pretendieron elevarse al cielo vaporosas
como llantos que manan del dolor y la risa,
como velas que se consumen paulatinas
en su propia llama y resbalan pertinaces
por la inquietud de la vida y el desasosiego.
  
El agua subterránea recoge los ecos
que estuvieron retenidos en el alma
durante tanto y tanto tiempo
que sus turbulencias aún reclaman
todas esas fuentes que depuren
en sudor la pérdida del paraíso.
  
© José Luis

El pudor que se esconde tras la puerta

Nuestra fragilidad se encubre tras una puerta
de exquisito alabastro y cristal con tornasoles,
nadie puede traspasar el límite del silencio
ni acogerse en nuestro corazón sin aquiescencia
aunque sepamos que tras la puerta el reflejo
puntual nos proyecta.
  
La desnudez sobreviene vadeando el otoño
y las ropas que fueron palabras asidas
escapan crepusculares al silencio de la noche
y a la claridad de la luna, se asoma una flor
al espejo de tus ojos y se remira en tu mirar,
abandonan tus pupilas el cuerpo pudoroso
de los tres lados inguinales de tus pétalos
mientras sumas, serena, con mis yemas
el retraimiento de tu eteriedad.
  
Hoy, en mis ojos, el tiempo, retiembla el miedo
perdido en el paraíso, en el fervor de tus brazos
donde se esconde un pudor sin puertas
y prendo con mis labios el sabor de eternidad
allí donde cabalga la muerte y la sangre
de las vidas que en tu interior se suceden
mientras a mi decoro tus dedos ensortijas.
  
El pudor que se esconde tras la puerta
no tiene edad, ni ojo de cerradura que escape
cuando la vida se deshace en figuras de luz
y liberamos infinita la mirada de la concordia.
  
© José Luis

Tras cada atardecer

Tras cada atardecer en mis ojos
adquieren las tonalidades del cielo
improvisadas transformaciones de luz
y de reflejos tras el denso aire de la noche
mientras se derrama impecable un suspiro
entre las nubes que sobrevuelan el silencio,
una lánguida sensación de pertenencia
a la inherente raza de los perseguidores
de sueños y de esperanzas.
  
He desmontado muchas palabras
que luchaban por sujetarse a mis dedos,
porque sé que las palabras se alimentan
de las huellas que dejan rastro
en los cráteres del universo,
de las huellas indómitas y fugaces
que atraviesan las cometas incrustadas
a la soledad de las lunas negras
donde se besan los amantes
y el eco de las batallas crujen
las sílabas de los ensimismamientos.
  
Tras cada atardecer un niño no vuelve a su casa
sino que vaga por las sinuosidades del desvelo
en compañía de las voluntades que quisieron ser
cumplidas en la infinitud irrevocable de los sueños.
  
© José Luis

La barca díscola

En la orilla el agua se toca con la tierra
en transitorias ondas, donde el chapoteo resuena,
entre las hojas caídas del otoño, a intermitencias,
a intervalos pausados, a familiaridad o a indolencia,
y desde la propia ribera las barcas se mecen
en el compás reflejado de las piedras que son
muchas vidas, y recuerdos, y acaso parte nuestra.
  
No agosta el tiempo en su pasar ni las dudas ni los ojos
curvados del puente tras el devenir de las sombras
que el sol traduce de las cúpulas y de los árboles
en alargados brazos y ardorosos matices que se alejan
como esa barca, que suelta de amarras o de apegos,
deriva en la estela ondulosa de la tarde y la refulgencia
cuando los vuelos de los pájaros retornan a las ramas
y al pasear de la gente en un ir y venir de ajetreos.
  
Me alejo rumbo a la noche por entre la luz de las calles
díscolamente como una barca que abandonase la seguridad
en la dársena y rompiera la ingravidez pulida de la corriente
con el pulular resuelto y tembloroso de su soledad férrea,
del alejamiento de todo cuanto le es conocido y amado
en el intento de buscar aquello que quizá le pertenece
y que desde siempre formó parte de su íntima naturaleza.
  
© José Luis

Oscilante velo de atardecer

Oscilante velo de atardecer

Hay tardes en las que el cielo tiene un encanto
especial, la luz se deja matizar por las nubes,
y los rayos que oblicuos se detienen, doran
la visual de la retina en el cristal reflejada.
  
Percibo desde mi interior la farola y otra luz
que me atraviesa el corazón con los latidos
bombeantes del anhelo, mis ojos, en éxtasis,
se extravían… en la mixtura crepuscular.
  
Son extraños los sentimientos cuando nacen,
cuando no los reconozco desde el horizonte
y se expanden a mis pies, cuando no pronuncian
los ecos de otros labios reverberantes
y recorren, en un escalofrío, atroces la espalda
devorando cárdenos por completo mi atención.
  
El aire, frío y oscilante, despeja las distancias
en la trasparencia de la noche, desarmada mi alma
los fluidos se ausentan de los pulmones, cráteres
de niebla ardientes que se condensan en tu palabra
mientras vaga por mi mente el velo del atardecer.
  
© José Luis

Gritos desde el agua

Gritos desde el agua

En la extrañeza de la tarde
el aire frunce el agua
en la superficie de aquellos contornos
donde despavoridos pululan
unos gritos.
  
Negruras sobre reflejos blancos
son del pánico las oquedades,
ondas de ecos sumergidos
en una profundidad cáustica.
  
Abandonaron los sueños fríos
de sudores y espantos
en la mente febril de un niño
los reflejos en el estanque.
  
No es sólo la noche un zumbido
sino también un enjambre
de colores entumecidos,
ay, que poco corren las prisas
cuando el miedo es grande.
  
Cuando el miedo es grande
y deforme son sus sombras
escurridizas entre las espesuras
que atenazan los bienestares
a los cuatro cabos de la cama.
  
Emergentes se revelan las pesadillas
de la desazón del inconsciente,
y como no saben salir
se estancaron
en una fuente…
  
© José Luis

El sol en las montañas

El sol en las montañas

Basta un solo grano de arena
para sopesar el valor de un segundo
e interpretar la elevación de una montaña
que se mece entre las manos tendidas
y que recoge el agua que de las lágrimas brota
donde hubo júbilo o quizá dolencia
sin destrabar los sonidos que nos alcanzan
y que son parte de algún espejismo.
  
¿Dónde estuvo la luz que matiza
secretamente el aire?
¿Dónde se rasgó el velo
y dejó en las ranuras de mis labios
las tonalidades de la aurora?
¿Dónde un segundo fue piedra
o montaña en los sigilos
desencontrados de cualquier pensamiento?
  
Dieciséis versos cabalgan a lomos del olvido,
a latido de palabra entre los brazos
que abiertos desangran el pecho
y palpitan trémulos los parajes
que son esferas y doradas líneas
volátiles entre rayos de sol
que de esperanza iluminan los árboles…
  
© José Luis

Espejismo en blanco y rosa

Espejismo en blanco y rosa

Se deshojan los pétalos
desnudos de la aurora
en la orilla del río
y en su vuelo mis ojos
atraen los espejismos
blancos de la nieve,
los copos ateridos
entre los dedos fugaces
de la noche del sábado
camino de un domingo.
  
Detengo
la velocidad del abismo
en el vórtice de la atmósfera
donde reside un suspiro
escapado en las voces
que acompañan la muerte
entre las horas dudosas
cuando recién el alma nace
en un grito o un pánico
descendimiento.
  
He visto el clarear del cielo
entre los arcos de un violín
flotante con las notas del universo
y grabadas en su resonancia
las palabras que fugaces
me traían un te quiero.
  
© José Luis

Ribera dimensionada

Ribera dimensionada

Los cauces paralelos al río son riberas
arboladas y desnudas donde mana el silencio
rumoroso de las piedras lamidas por el agua,
rumoroso de los pasos que se alejan o acercan
  
a los distintos parajes de la alborada,
a los lugares de esencia inabarcables
donde los ecos de las negruras y los troncos
armonizan las canciones del otoño.
  
Naufragan las hojas marchitas del estío
en la corriente tumultuosa de las sombras
tras los soplos extraviados del horizonte
y los azures reflejos de la mañana,
  
son barcos sin mascarón de proa ni bandera
donde la plenitud encofrada del paraíso,
con los musgos y las piedras del destino,
segmenta verdeantes las distancias
  
y cuartea los segundos de una vida,
de una tierra que exuda osamentas de muerte
en ríos que atraviesan la piel dimensionada
de los pensamientos y los paisajes del alma.
  
© José Luis

Ecos desde una rosa

Ecos desde una rosa

La luz
la luz de las estrellas
la luz de las estrellas en el río
la luz de las estrellas en el río se reflejan
son puntos vibrantes
ensimismamientos
en la oscuridad
en la hondonada
en la reflexión del agua.
  
Unos pasos
unos pasos trepidan
unos pasos trepidan en el puente
unos pasos trepidan en el puente de la noche
son huellas de silencio
impercepciones
en la retina auditiva
de mis recuerdos.
  
Detengo el discurrir de la aurora
en una sola mirada
en un anochecer de besos
entre brazos amados
y la sensación de vacío
y la sensación de extrañeza.
  
No
no volverán
no volverán los instantes
no volverán los instantes de éxtasis
no volverán los instantes de éxtasis inmortal
en la refractación del tiempo
desde la memoria cósmica del paraíso
donde el ser no era
o era la maquinaria de la certeza.
  
La maquinaria de la certeza hiede
en la profusión de la duda
y una envoltura de rosa
lame mis palabras como tu lengua olvidada
un día en los poros de mi piel oculta.
  
La luz
de unos pasos
en el puente de la aurora
no volverá
hasta que se satisfaga la duda
que quedó sujeta a las estrellas
desde el interior de mi rosa.
  
© José Luis

Fuera borda

Fuera borda

He desatado los espacios del tiempo
con los tupidos labios de la aurora
y una nube extravagante y burlesca.
  
Se ha escondido el viento en una caracola
y los susurros en la playa miran quietos
el surcar del olvido entre las olas,
entre los barcos sin bamboleo ni bandera
donde la quietud es inquietud, y zozobra
el deseo de profundidad y aterciopelado musgo.
  
A lo lejos intermitente repiquetea una sirena
entre los peñascos y los áureos arrecifes
canciones de amor con la cítara afilada del Olimpo
mientras la luz guiña en la espesura de la sombra
con el ojo de la desvergüenza y la locura,
experta amante en los embates ciegos.
  
Tiembla el timón, encallado en la arboleda
confundida entre las brumas y marismas,
azogado de azur y oquedades ante la ausencia
de torbellinos y manos callosas que sujeten
los rumbos a la brújula de la inconsciencia…
  
© José Luis

Junto a la tierra

Junto a la tierra

De los cuerpos
la sangre espesa es el rojo mar
tumultuoso del orden y el caos
que fluye por la tierra.
  
La espesura del suelo
choca contra los huesos inertes
y de ceniza, los pensamientos encerrados
derivan en ocasos de la muchedumbre
que toronjas permanecen en la hendidura,
en los agujeros que oculta el agua y el musgo
donde la oscuridad se asemeja a la nada
y al imprevisto mundo de lo misterioso.
  
Aflora un tallo entre las hojas
como otro otoño entre las lluvias y las caídas
y de un brote esponja carmesí el deseo,
la mortalidad de los momentos acaecen
entre los pasos y las huellas,
entre los latidos de un corazón desnudo
donde las caricias son recuerdos
y a la vez sensaciones de esperanza.
  
Los labios pestañean gotas de resina,
resudores de la noche en la penumbra,
en la estancia tras la que nace toda idea
desde el abandono y el silencio,
desde el rebujar de plata y rayos tenues
de una diosa fecundada en la nocturnidad
del olvido como el rapto del alma
en el combate de la muerte.
  
Junto a la tierra
el calor de la sospecha
es el pabilo espumoso de las olas
que surcan las sienes del futuro.
  
© José Luis

El balancear de la mano

El balancear de la mano

En el eco de tus tacones camina la tarde,
en el contoneo carmesí de tus labios
mientras tarareas las notas de una carta
que ronda como una canción tu cabeza
en la infinitud escuchada del tiempo.
  
Tus manos se balancean entre las calles
y las paredes de piedra y oro, te llaman
otras voces en el rumor del viento,
en la muchedumbre del silencio
se ha escondido el verso que no recuerdas
pero que no paras de repetir en tu memoria
como salmo de humo elevado en una iglesia.
  
Sé que en tu bolso guardas mi nombre
y mi presencia, persigue tu sombra
la brevedad de una vida en la cartera,
de unas fotos que la imagen envejecen
descompuesta del presente en un instante,
mientras la delicuescencia de tu talle
balancea entre mis manos vaporosas
el aire aturdido de la inexistencia,
de las encrucijadas y de las paradojas.
  
© José Luis

El pájaro a la mesa

El pájaro a la mesa

Se detiene el vuelo y las alas,
la curiosidad no se disipa
y se requiere la altura suficiente
para mirar con buena perspectiva.
  
La mesa siempre está dispuesta
como un sitio nuevo para el corazón,
para el destino de los sueños,
navegantes incansables del silencio,
del espacio y de las estaciones.
  
El canto de los pájaros trae la mañana,
la algarabía en las ramas se despereza
y con la claridad del día se alegra el campo,
los edificios se iluminan y también mi sonrisa,
un plazo más de existencia.
  
Vuelo con las alas de la noche,
de la dorada luna que se acaba
y volveré a nacer cada vez que me llames
en tus sueños, en tus palabras
transgresoras de la muerte.
  
Como pájaro a la mesa
picaré de tus migajas,
de tus besos al viento
y al atardecer de la mirada
cuando el alma necesita compañía
después de una larga jornada
en la soledad de la vida…
  
© José Luis

El cántaro luminoso

El cántaro luminoso

Nace la luz de entre las piedras
y cruza el sendero de la mañana
toronja entre los edificios de arena,
de cal y espejos, una cántara fulgura
las sombras con lunares de la estancia
que son soles luminosos, puntos singulares
asombran palpablemente nuestros ojos.
  
Vienen las sombras en formación tumultuosa
y dejan un rastro de escarcha en los campos
otoñales de la esperanza donde un mirlo
ensaya sus cantos y sueña, el despertar
está cerca, tan cerca de nuestras sienes
que late a un compás inquebrantable
con los latidos originales de la aurora,
el hombre era poco más que un quimera.
  
Miraré en el interior de tus sueños
mientras duermes
y plantaré simiente en una oquedad
de tu mente para que florezca
otro nuevo amanecer
de entre las sombras,
seré para ti luminoso en ese cántaro
que deja esparcir su amor
para que el otro resplandezca.
  
© José Luis