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Rastro de FreeWolf

Noctívagos

Una, una y una

La calle se sorprende en la mañana
en el sol reciente que luce
desnudo entre los árboles,
con el piar de los pájaros
se rompe el silencio transparente
de las campanas que huecas
repican los gallos del ocaso,
un sonar retirado y metálico
como un campo violáceo
de recuerdos y poemas.
  
Una y otra y otra
las campanas del adviento,
trompetas de la dicha,
razón olvidada de los recuerdos,
humana condición de los errantes
decidieron abandonar la bienestar
por la conquista incierta
de un paraíso inexplorado…
  
©  José Luis

Domingo de marzo y paseo

Vienes desde el amanecer ingrávido
donde amonestas al sol con las tonalidades del olvido
amarillos, púrpuras, toronjas…
hasta que el azul de un mar oscuro y profundo
te sumerge en el horizonte
y en la perpendicular del viento
con las manos de un niño
sobre el campo verde y abierto.
  
No todas las montañas miran con los ojos
perfilados por la nieve blanca del recuerdo,
ni dejan en la memoria el sabor del céfiro
consustancial a las almas inmersas
en la oquedad de los instantes
donde la vida aguarda la señal de salida
y los estertores de la muerte se suceden
continuados en los pálpitos del invierno.
  
Trae la tierra esa claridad del solsticio
permeable a la evolución de los misterios
en los pensamientos que descansan
al frescor de la sombra y una cruz.
  
© José Luis

Bosque de manchas

Desprovisto de las sombras el cielo
atenaza con la luz el regreso de las bardas,
la vuelta a la insondable tiniebla de lo arcano
donde las cuevas eran bocas inmensas y abiertas,
tragaluces de pigmentos y mares de siluetas,
allá en lo que fuera la llanura inexpugnable.
  
Vencen las marismas los aleteos de los pájaros
en la inmensidad azogada del agua y los vértices
de los celajes encajan las figuras en los sueños
mientras los brazos de los inertes labran la tierra
y el fruto de la derrota se aleja en el viento
musgoso y ensimismado…
  
Raudales de manchas se arremolinan en los tallos
donde las hojas poblaron de verde la inercia
mantenida de las estaciones en las cadenas
con los viejos relojes que del bolsillo penden
estratificados de deseo y la abundancia.
  
Se extienden celosas de su destino las montañas
en los crepúsculos del horizonte cárdeno
y acarician las gemas en los ojos ciegos y remotos
desde los que contempla el mundo el ungido
de los hombres desheredados
de los pensamientos que agitan las aspas del reino.
  
© José Luis

Desidia del destornillador

Agujero del aire
agujero
línea del ojo en el horizonte viejo
donde una vez tu rostro
fuera mi modelo...
  
Las facciones mantienen la juventud
en la perfección de un instante
de un destornillador en la mano
del olvido, dando vueltas
y vueltas al absurdo
donde se recrea la vida,
donde el aroma de las flores
conserva virtual
la virginidad de la mirada.
  
Ojo ciego de la noche,
desciende a la plenitud de las sombras
y huye de las siluetas cotidianas,
juntos desalojemos las pupilas del viento
de la dignidad disfrazada de pureza
en la que se agrandan los esterilizados
de conciencia y conjuguemos la bravura
del olvido con la redentora madurez de la muerte.
  
Infaustas se han desgastado las hojas
donde escribiera mil veces tu nombre,
no vuelve limpio el reflejo de la mar
donde caminaron los pies de la desidia,
el amor se diluye en la negrura del agua
y tira el barquero del cabo de las tinieblas
mientras rila mi vida con el faro de la inconsciencia.
  
© José Luis

Versos, contra versos y más versos

El árbol en su amasijo de hojas y hojas
traspasa la puerta oculta de lo perdido
con las manos que se deslizan por los frutos
apegados a nuestros cuerpos, hubo momentos
en los que poseímos la verdad de toda historia,
de toda foto apergaminada y rota en el álbum
de los deseos, de los años ochenta y los recuerdos
en los años traspasados por el amor y los interrogantes
florecen en las arrugas que toman nuestras manos
y las llevan por el tiempo y por la piel recorrida
por el desconocimiento o el propio descubrimiento
de las falacias del mundo y de los ojos de la muerte.
  
Dragones que surcan el aire inundan mis sueños
y las llamas encienden toronja las nubes pétreas
que no abandonan el cielo, son los espliegos de la noche
donde habitan las almas y los recuerdos sin nombre
a la espera de la luna llena que los amortaje con sus rayos,
que los ilumine con las caricias de los amores impronunciados
y emergentes de la nada como el orbe que nos retiene
entre el amanecer y el ocaso mientras palpite la sangre
con los clamores de las trompetas de un mar límpido y azul
y perpetrado de sirenas varadas en la irrealidad etérea
de todo camino que lleva a ninguna o todas partes
según el día que uno tenga…
   
© José Luis

Una cara, una voz

Suenan las campanas en el reloj de la plaza,
el aire es cálido donde la noche brilla
con los rubores de una luna plateada
y en algún lugar el búho ulula en su sueño
tal vez mientras el lobo vaga entre los campos
rumiando la soledad de los días y el camino
cuando los atardeceres son los lienzos púrpura
del abandono y la sonrisa quizá un olvido
de la vida.
  
Recuerdo la dulzura de tu cara en los cañaverales
donde nos sorprende la juventud con sus locuras,
con sus paseos largos y verdosos entre los sauces
que baldean el suelo con aquellos jirones azures
desprendidos de la madrugada y las fugaces voces
de la lejanía y las pálidas montañas circundadas
en profundos halos de misterio y promesas.
  
Desde el fondo del cristal ondulado afloran
afilados tallos emergentes de un mar procedente
de los estigmas del futuro voraz e inmaculado.
  
© José Luis

Un alrededor del tiempo en la boca

Blanca la mirada en los ojos y la frente
cautiva en un gesto fricciona los pensamientos
donde los minutos de la vida reproducen
la película de los sueños, desconcierto y espejismos
de un ángel ciego, trasmutado de dios o del albedrío
caída libre desde el cielo, libre el infierno desde la caída
de los olimpos de la dicha, vaguedad en los recuerdos…
  
Atempérase el aire con la música de los céfiros,
de los centauros que se escurren por las montañas
y los ríos de un cuerpo que fue mujer y hombre y dios,
acaso un retazo de Internet en una página no manuscrita,
inédita en los reclamos del futuro o en adoradores del destino
mientras humean las lenguas sin boca el frío escarchado
de la fuliginosa nieve, lugares o limbos donde nada ocurre
sin las yemas inseparables de los dedos en el teclado.
  
Redondeo las palabras en la esquina de un cosmos extraordinario,
abracadabra del infinito capitular en el plato del postre, remonto
los arroyos de la mente donde sangran las rosas, donde suspiro
los pétalos de la noche en los senos turquesa del mañana,
cada amanecer mis uñas cosquillean los entreverados de tu pelo,
águilas abismales picotean el hígado de la inconsciencia
donde Prometeo calentó mis manos y el cascarón astral
desde el que emprendí la odisea del tiempo alrededor de tu boca…
  
© José Luis

La contemplación del paseo

El río me acompaña en el deambular,
cede sus orillas a mis pasos y paseos
desde el rescate irreverente de la tarde
por las bellas imágenes de un reflejo
de sombras en la superficie pulida
de juncos que se descubren al sol
y toman toronja el icor de los sueños
donde revolotean inmateriales las mariposas,
esas intensas lucecillas que perforan el cuerpo
viajando por derroteros de incienso y sangre.
  
Notas de aire teclean los incipientes verdores
de las ramas entre los ecos sordos de los pájaros,
pues en la lejanía una gran parte es intuición,
se resquebraja la tierra en hilos manantes
de lluvia y agua corriente, las piedras dibujan
senderos y vigas olorosas de tren a mis pies,
sólo algunos perros olisquean la muerte
en el cenagal luminoso de un túnel sacrílego,
las vallas nos separan de lo más temido;
quizá desde la sábana blanca de un cine
las piernas que pasean inmovilicen la ficción
agotadora del tiempo…
  
© José Luis

De nieve en los ribetes de la anochecida

Mañana el sol lucirá
con la blancura de la nieve,
se cegará el reflejo en mis ojos
y deslizaré mis dudas con los esquíes
que desbordarán las pendientes
donde me lleven los ingrávidos remontes
pues mis pies serán senderos
y mis manos, la empuñadura del esfuerzo
o del equilibrio entre cielo y tierra.
  
Otro atardecer vendrá a rescatarme
de los jalones que acunan los bravuras
y despertaré a la luz del crepúsculo
con las voces matizadas del destino
los rayos perplejos de la luna
mientras entrego los icores de mis poros
a la suave y cálida lluvia del deseo,
una vez más mi cuerpo se estremecerá
entre los vértigos y la profundidad
hermética de los ecos del invierno.
  
Quisiera la delicadeza de unos pétalos
fragantes y armoniosos en mi boca,
palabras que broten de la oscuridad
donde existo cuando me pierdo
y desconectado dejo el estruendo,
mis ojos transcribirán los vértices
acicalados de aquellos montes
que apresan en un traspié
evadido la sombra de mi silueta…
  
© José Luis

Cautivador, el atardecer

Las noches de luna llena
el lobo, en su cacería,
aúlla con la tensión de su pelaje
encrespado... un acto
de autoafirmación y duda...
  
Es cautivado el ojo
en la mirada de la luna
y un escalofrío retiene
azur y púrpura el cielo
entre los ardores de la sombra
y el recorrido por el bosque
de una mujer nocturna
dilata el silencio.
  
Los hijos de la temeridad
asaltan la tierra prometida,
ancestral botín de los sueños
envuelto en el halo salvaje
que guarda toda criatura
bajo incontables llaves,
el miedo y la locura
como última salvaguarda.
  
Veo la muchedumbre agolpada
en el círculo de la muerte,
cuerpos de barro y fuego
encarnizados en la danza
que enajena sus semblantes
y suscita la pasión del encuentro
con la verdad misma de la inexistencia.
  
Se agolpa la sangre en las sienes
y los saltos del embate se suceden
en el corazón palpitante
como la propia excitación de la vida.
  
© José Luis

Por un puñado de pensamiento

En mi cabeza hay órbitas que gravitan
los pétalos de la noche y las auroras
devoradoras de sueños,
advierto el pasar de las horas
en los relojes de todas las torres
que proyectaron sus sombras
con los augurios de un sol
naciente en cada segundo
de las lágrimas del ocaso,
y me inclino en el pretil del puente
al paso del río y los plazos
que me separan o unen a la muerte.
  
Presiento en las flores la belleza
del mundo oculto que emerge en mis ojos,
en las arrugas de mis manos que se desgranan
en la afelpada piel de un bebé,
envío a la lejanía esa sonrisa
de juventud en los recuerdos,
con el pecho henchido de promesas,
y la mirada al horizonte extendida;
retengo en la mirada el silencio del alma
porque en cualquier alborada florecerán
inéditos pensamientos en el corazón
más íntimo de la existencia...
  
© José Luis

La toma de posesión

Se deja el tronco encaramar por la noche
y sostiene profunda la negrura de la fosa
donde habitan inadmisibles sueños e irrealidades
enmarcados en las trincheras de un bosque invicto
y en el polvo fraccionado de las travesías del alma,
entrañables lugares de las conquistas irrevocables
en las silenciosas montañas de una soledad recóndita.
  
Enredo mis pensamientos en las ramas de la felicidad
junto a las lechuzas glaucas y ásperas de un olivo
mientras se derriten el hielo y la hiel de la inocencia
en los campos minados de la luna donde ríen los chiflados
y una bailarina despliega el tutú de los semblantes
con impulsos tenues de una mirada y remiendo de la melancolía.
  
Se arquean los músculos de la rosa en un soplo de bruma
y los estertores del invierno dejan la nieve en mis manos,
desde la lejanía llega el sonido desmantelado de los ríos
tras las pupilas del alba en la posesión naciente de este día.
  
© José Luis

El tragaluz de las sombras

La plenitud de los objetos
se trasparenta en las sombras
desde las que se muestran,
perdidas de la luz,
en el registro onírico de la noche.
  
Tratan las nubes de pasar
desapercibidas por el azur del tiempo,
como las palabras que atrapan,
alocadas en el aire hueco de las hondas
que de los cáñamos mecen el horizonte.
  
Son las ventanas respiraderos del alma,
cristales o lupas enfocados en el devenir
vacilante de las mariposas por la naturaleza
quebradiza de los retratos y sonidos
en los que a solas nos abandonamos.
  
Contemplo desde la palma de mi mano
los maderos de los árboles cruzados
que se enraman con los ojales desiertos
y la bola de cristal de algún mago
que constante masca en la fórmula olvidada
la creación suspendida en un relámpago.
  
Florecen en mi lengua palabras primitivas,
veladas significaciones que no conozco
y en los que otro yo está reflejado
tras el tragaluz simultáneo de mis sombras.
  
© José Luis

Cráter fungido

Observo el caño y el manar de la corriente
y guío las burbujas por la envoltura del cosmos
ensimismado de quimeras y balandros de algas
desde la hendidura goteante de una piedra
envejecida con la sangre de sacrificios y linajes
acallados en el magma capitular del tiempo
donde el destino no perdura en sus vestigios.
  
El cráter del olvido, elevado en sugerente vorágine,
acumula el agua del destierro donde fluctúa lo imposible
y se revuelve en dosis de inquietud y transparencia
donde la profundidad atrae el devenir de las manos,
de las líneas y sombras del ocaso, huye el norte del silencio
hacia la estrella imantada de la noche, una prueba gravitatoria
y circunspecta, desde la que ronda el espía de la certidumbre
la barrera de la anarquía y el atrevimiento.
  
De lejos el frescor
de la juventud rocía el embargo de las almas
y penetra en el origen del trastorno,
donde llora el amor de una madre,
la pérdida del ojo de la bondad y la abundancia,
crece en el hombre la raíz del abandono
donde se sujetan las ventanas del desconocimiento
y el poniente, retirado de los reversos de inmanencia,
cruje en su alegoría con los estertores de las parcas,
desde el resquicio de la nada
se eleva la humareda de la muerte
y reaparece el caos entre sus brasas.
  
© José Luis

El árbol del agua

La noche ha sido lluvia de oscuridad,
donde piso se levanta tierra embarrada
tras las huellas, permanecerán cruzadas
con otras tantas que se abruman entre los pedernales
las impresiones del sol y la sombra, pían los vientos
entre las ramas desprovistas de manos y agallas
con los que retener a la luna en el nido del silencio,
hay rayos que no cruzan las nubes y en el espacio rebotan
y se descomponen en ecos pedregosos y ladridos
de jauría azuzada en domingo de muchedumbre y plomo.
  
Huele a verde en el regato donde manan ondas azul cielo
y la mañana cristalina se defiende con espejismos de tiniebla
en el trastorno de un árbol subyugado y oro de delirio,
en el envés sumergido de un instante su reflejo
desarbola la desnudez del invierno en tientos de firmeza,
en raigones de rocío, impermeables al murmullo y la muerte
los filos de la voluptuosidad asaltan con sus desmembrados ojos
el sabor de la lejanía a modo de manjar de vidriera.
  
La asiduidad de la corriente entretiene el paso del tiempo
en los engranajes de la costumbre, con el fluctuar de la atracción
partículas de agua resbalan por el lomo cambiante del árbol
y arquean ígneas el rostro tenaz de las fortalezas indomables.
  
© José Luis

La laguna de los espejos

Azures los aires resplandecen la oscuridad
en la que se empapa el agua cristalina y las fuentes
allá donde las lágrimas son vaporosas demarcaciones
de sensualidad y mundanal espejo de las corrientes
volátiles de almas que no encubren sus sombras
con los rayos de la mañana ni con las súplicas atávicas
emanadas de los caliginosos tabernáculos de la razón
o del desvelo, azures aires de sienes transgresoras.
  
La inmensidad se refleja dilatada en las pupilas,
balaustradas de silencios, entretenida en la gravedad
suspensa de los árboles alejados de sus hojas,
volatineras raíces desaladas, propietarias de las voces
inaudibles desde el valle donde el hombre desterrado
arrojó la saliva y su lanza, no pudo haber vuelta atrás
ni el desandar libertario del paso de la muerte primera,
no sabré lo que la inmensidad mira en mi reflejo.
  
Hay verdades que se bañan en la superficie inmaculada
de ese espejo, lívidas en la línea del horizonte se despiden
de los anclajes de la tierra y zarpan como barco conjurado
a los islotes peregrinos donde sólo llegan las manos palpitantes,
aquellas que empuñan las estelas fugaces de los espejismos
mientras cruzan la distancia entre los labios y las palabras
emitidas en los sueños, cuando la realidad se hace crepúsculo
en el corazón de los versos y latido en la laguna espejada.
  
© José Luis

La tonalidad de unas matas

Indecisa claridad en la confusión del pasadizo
donde inconscientes transitamos el amanecer,
tras las ofuscaciones de la noche y sus delirios
resuenan las ventanas del invierno en mis pupilas
y la neblina materializa en ramos los suspiros
impelidos desde las cuevas y los gráciles abismos
en los que me pierdo cuando inclino la cabeza
tras los vórtices de la soledad y el silencio.
  
Extraña sobreviene la mirada desde el interior
incoherente de las montañas donde las oquedades
asemejan palabras resbaladizas de articular
en la boca que esboza blanca la sonrisa de la locura
allí donde no cuaja la conjugación del verbo amar
pero que, sujeta al brazo de la densidad, sobrevive
como el canto de los pájaros una mañana incomprensible
y fría de enero entre las retamas de fuego calcinadas.
  
Se impregna huidiza la vestimenta de las sensaciones,
gasa que hilaron los deseos y el transitar de los sonidos
con letras de pasión e incandescencia, bordean los hombros
acariciados por las mil y una noches emboscadas de oriente
las nubes purpúreas y vibrantes enajenando los labios amantes
en la piel impalpable de las matas que inscriben en el cielo
las conquistas de tantos atardeceres caídos desde esa luna
que conoció errante la huella destilada de algún paraíso.
  
© José Luis

El ramo y la sonrisa de la novia

He pensado que si alguna vez caminas
por la alfombra roja y el brazo extendido
de la duda y la audacia estaré contigo,
por esa vez seremos acompañantes mutuos.
  
Arquean los vestidos nuestros cuerpos,
nos enfundan en la tarima de los veraces
donde el corazón retiembla y se acelera
con los azogues de un compás mutante.
  
En la mano las flores su aroma extienden
las notas danzarinas alrededor nuestro
con pies deletéreos y tribales, el templo
en la cruzada impensada de destinos se deleita.
  
La novia novio quiere que la engalane y encante
con la miel tersa de los labios, pretendiente
aguarda en la belleza del alma el tránsito
en el que se sella celestial e inequívoca
la eternidad de la existencia.
  
© José Luis

Desde la identidad de corazones

Hombre o mujer, dos contornos para conquistar el mundo,
dos congruencias paralelas del azar del universo y estrellas
donde cada especie circunda todo esa primitiva naturaleza
de ensueños y dudas desde las que emerger un nuevo paraíso
en el que lo íntimo y lo periférico sean divergencias nocturnas,
engranajes de los días donde elaboramos los ensueños y deseos
como una bola fecunda de lluvia y música ungida a nuestra piel.
  
La contemplación de los horizontes en los que dejar el mañana
es la respuesta instintiva de una madre desde la identidad
de su corazón unísono con los latidos de la propia sangre,
nace de las entrañas el origen mismo de la naturaleza,
siglos que perpetúan colectivo en el inconsciente la tradición
de una mesa alrededor cálido de los estigmas temblorosos
e impresionados por los vaivenes de la vida y la muerte.
  
Buscamos islas en las que depositar nuestras esperanzas,
en las que un faro nos prevenga de los arrecifes del mar,
de los cantos conspicuos y musgosos de la avidez azulada
que abotargan los poros de la piel y desligan de los sonidos
de las purpúreas auroras y los crepúsculos ambarinos
en los que cada amanecer, en los que cada anochecer
todo hombre y toda mujer entrelaza la danza de los sueños…
  
© José Luis

Reflejos en la tela de araña

La vista tras la ventana aguarda
otra mirada que devuelva en sus ojos
la inexactitud del camino, en el desafío
la noche bengalas rompe de silencio,
aquilatados reverberos de estrellas
motean la falda del horizonte
y en el aullido lejano el vaho
subyace marmóreo en la arboleda
como mutante estatua entre los ecos
equidistantes de la luna y mis labios.
  
Las paredes están tejidas con las almas
que habitaron los días y sus noches
tras el equinoccial olvido del atardecer
en los perfumados valles del frenesí
cuando rehervía la sangre en el deleite
y el ardor del espíritu era una hoguera
insaciable de contornos y espumas,
de sistemáticos e instintivos embates
que martillean en la piel atávicos deseos
de incitante y provocadora eternidad.
  
Enfrente de mi casa, otra casa respira
entre las líneas negras con los hilos
de la mirada mansa del recuerdo,
sujetan las parcas impredecibles al destino.
  
© José Luis