Blogia

Rastro de FreeWolf

Cuatro jinetes

Cuatro jinetes

Vienen por el camino
cuatro jinetes
y los árboles les forman
el pasillo de la muerte.
  
Uno es la mañana
que amaneció de la sombra
de los pueblos inconscientes
que no tenían palabras
ni tampoco tierra en la que guarecerse.
  
El segundo es la tarde
que cabalgaba sobre el azul
sinuoso de las corrientes
y trae en los labios
el ocaso del sol
y acaso el reflejo de algún querubín.
  
El tercero es la noche,
la penumbra de los astros
que brotaron de la nada
y la eclosión de una idea
sin tiempo, sin miedo, sin condición…
  
Advertí del cuarto
que era un yo desconocido
desde que antaño se perdiera
entre las hojas de otoño
y la leyenda de un misterio
como el sentido de la vida.
  
©  José Luis

Prímulas y rosas

Prímulas y rosas

El día con sus nubes perezosas
atenaza el sol y el firmamento.
  
Nace del frío el aleteo constante
de las aves entre las ramas desnudas
de los árboles y las corrientes del río.
  
El puente sujeta el agua a sus pilares
con la hondura de los barrancos
que atraen las lluvias y los sedimentos
donde dejar olvidadas las contrariedades.
  
Espero que la tarde traiga a los amigos
que se alborozan conmigo en la fiesta
de paladares entre dichos y copas
mientras una vez más dejamos en la vida
los lazos mortales que a la divinidad nos vinculan.
  
Y será entonces
cuando de un día gris
florezcan prímulas y rosas…
  
©  José Luis

Un velo y el aire

Un velo y el aire

Un velo tapa los ojos que no se quieren dejar ver
mientras brillan sus retinas en la penumbra
donde un pájaro cruza la bóveda del puente
al que estoy sujeto por la noche y las estrellas.
  
Mi sombra se aleja en la orilla
como un reloj que se estirara en sus horas
y se dejara deslizar entre los cristales
de fuego con los que arde la tarde
cargada de pensamientos y bruma.
  
Hoy el aire se escapa
y me trae de oriente el rumor
de su música e insondables bailes
donde el cuerpo inscribe en su mover
los enigmas que se esconden
en la inmensidad recóndita del mar
mientras los peces tejen palabras
a las sirenas y sus seductores cantos.
  
Un velo tapa tus ojos
y me retiene entre los mares
con los enigmas del universo
y las sirenas de Ulises.
  
©  José Luis

Luz de niebla

Luz de niebla

La noche son puntos ocres en el firmamento,
puntos de luz espesos que cuelgan del agua
suspendida en partículas de claridad y sombra.
  
Camina la niebla por las calles de la ciudad
hundiendo el cielo en las mismas entrañas
milenarias de las piedras y el abombado silencio.
  
Los árboles con sus brazos extendidos
son deslizantes regatos de gotas
que palpitan plegarias al cielo
mientras sienten la pérdida de sus hojas.
  
A lo lejos chirría oscuro, ronco el motor
de un autobús pasajero, vacío y sin retorno
que regresa de la pesadez, del ajetreo del mundo.
  
©  José Luis

Pinceladas desde la muerte

Pinceladas desde la muerte

Ha llegado la noche inmortal
donde no existe el silencio
ni siquiera compañía cierta,
sólo el frío en el aliento
de un alma seguramente inquieta.
  
Al mar le silban las entrañas
como las alas que vuelan del ave
sin la profundidad de la mirada
con las olas que descosen las nubes
de la tierra y su escalonada silueta.
  
Sus letras las palabras han dejado
y el alma el cuerpo que habitaba
ahora no hay ya sombras
ni sol en la mañana.
  
Pareciera una música de cine
en los oídos amplificada
música no conocida,
quizá olvidada
como se olvida una vida
en el más allá de los albores
de mil planetas con sus alcazabas.
  
Soy árbol que pierde sus hojas
árbol otoñal entre dos tiempos
dos vidas que se integran
una en un instante
y otra de reverberación eterna.
  
©  José Luis

Hay veces que tiemblo...

Hay veces que tiemblo...

A veces me despierta una palabra
que no sale de mi boca,
una palabra azul que baila entre las manos
de la noche las sombras.
  
A veces me despierta un silencio
que nada me habla,
un silencio azul que desde cielo desboca
las nubes de la madrugada.
  
A veces es tu mirar quien me despierta
durante el respiro de mis ojos
y pacientemente me pregunta
por qué me acecha el mar de los deseos.
  
A veces nada me despierta
y un temblor frío me ronda
las esquinas de mi alma
porque te necesito
y no te encuentro.
  
©  José Luis

Escenarios

Escenarios

Hay lugares en el mundo
donde confiar la mirada
y extender infinitudes de silencio
mientras vierte Gea su manto
por las oquedades de la tierra
como una madre que arropa su bebé
en el transcurso de la noche.
  
Distingo las montañas que avanzan con los ríos
desde la prolongada lejanía del horizonte,
y cómo desde lo alto se revela la majestuosidad
de un paisaje con su propia e innegable ánima
que invade los ojos de tiempo y convenida complacencia.
  
Una alondra fija su nido en la cabaña abandonada
donde la calma es un susurro intermitente
de piares y aleteos mientras llega la tarde
con su rumorosa oscuridad y olor a huerta.
  
El cielo trepida nubes
que se inflaman en oro y sangre,
brasas celestes que invitan
a recorrer el cendal  purpúreo
cadenciosamente...
  
©  José Luis

Rombos concéntricos

Rombos concéntricos

Desde el mar una gaviota remonta el vuelo,
su cuerpo se había zambullido en picado
entre los espejos que traspasan el plano
recóndito y colindante de la irrealidad y el sueño
donde un pez parece una nube que recorre simas
y deja en las profundidades el recuerdo
de la irrupción del mundo.
  
Es el pez un rombo
donde depositamos los horizontes imaginados
como un pozo en el que saciamos la sed de los días
que se desgajan sucesivamente de la noche
y la cara que la luna oculta.
  
Son ensueños coloridos,
arco iris cuyas cintas nos enlazan al firmamento
mientras dejamos en el vuelo de la gaviota
olvidada la mirada…
   
©  José Luis

Bóveda ambiental

Bóveda ambiental

Puntos de luz
se pasean por la inmensidad
como si de una calle se tratara
cuando la multitud se amasa
entre el frenético movimiento
y el stop de un semáforo.
   
Caen las nubes en el agua
que refleja el contorno del río
y los árboles semejan montañas
que rozaran la infinitud del espacio
con una pelaje menudo y nebuloso.
  
Es el firmamento una esfera,
una bola de cristal encintada
y removida infatigable por el aura
de un dios que cada primavera renace
de las lágrimas vertidas por Pandora.
  
©  José Luis

Posos de mujer

Posos de mujer

Es la hora del café
y la tarde ha revocado su esplendor
en la taza y en el crepúsculo
vaciándose como el tiempo
que se acaba tras unos sorbos.
  
El paladar retiene el aroma
de lo que fueron las flores
con la perfecta frescura del hielo
en el iceberg de la inconsciencia
donde perenne la esencia del mundo
germinará algún día de nuevo
cuando la aniquilación separe los labios
en los párpados de la muerte.
 
Veo oscurecido el cielo
de otoño con los colores
velados en las manos de la noche
donde clarea un solo punto
en los brazos de la luna exigua,
es la entrada a los espejos
que quiebran las miradas del vacío
como esa escarcha derretida
al iridiscente fragor de la mañana.
  
Aún hay restos del café
en el mirador de la infancia
donde unas manos femeninas
removían maquinales los posos
del cielo como astros amanecidos…
  
©  José Luis

En un fragmento apergaminado

En un fragmento apergaminado

Hace ya tiempo unas palabras
abandonadas en una cuartilla
formaron parte de algún pensamiento
en un cajón custodiado.
   
Y ahora cuarteadas por el olvido
son una aparición reclamante,
una columna de humo
que en el cielo se despliega
como un túmulo de voces
arropadas entre las nubes
y se pasean impúdicas
por las riberas de los sueños
mientras se desdibuja la noche.
  
Son una procesión de mariposas,
una manifestación penetrante
de aleteos y ecos de caracola
desde la profundidad inmediata,
desde el corazón sin pálpitos
que es la eternidad del alma.
  
Fueron palabras desprendidas
del árbol del anhelo
cuyos frutos tientan al hombre
como la manzana de la sabiduría
o el libidinoso goce del cuerpo.
  
Me recuerdan al silencio
que se escurre por la mañana
por una hoja destilada
en la esfera de una lágrima…
   
©  José Luis

Velo desvelado

Velo desvelado

He indagado en los caminos de la noche
muchas veces las horas y los días que devienen
como una existencia de búsqueda extrañada
entre los caminos de la inexistencia y la vida.
  
Tornan a su urna las verdades
desde donde contemplan mi mirada
pegada a un muro de paradojas indivisibles
como ese mundo que creas cada momento
sólo mientras respiras…
  
Es la noche un delicado velo a los ojos
que nacen del llanto y la madrugada,
ojos que no entienden el mundo
aunque la luz brille en la sombra
y los árboles, al compás de la lluvia, dancen.
  
Pasan en el cielo las nubes
proyectadas desde la tierra en otras sombras
que fueron estirpe del tiempo
y que ahora, como relojes de arena, marcan
inexorables la cadencia
en el diapasón de los vientos…
  
©  José Luis

Imprimaciones a una carta

Imprimaciones a una carta

Unas palabras, sólo unas palabras
pueden trabar el camino de las miradas
directas a las pupilas y al corazón.
   
La estela de los acaecimientos se incrusta
desde la consciencia a la tela imprimada
de palabras que rozan el alma y las cuerdas
que nos atan a nuestra esencia y mortalidad
como un ramo de flores que aroma la mesa
donde una última cena disponemos sin temores.
  
Trae el vino suelta la lengua
y mana la sangre de las heridas del mar
en sus embates a los escollos y naufragios
tras un muro que asume las lamentaciones
que los dioses no entienden…
como no es de entender gratuita una muerte.
  
Gira el viento en la tormenta
y levanta espumosas las gotas en los charcos
donde se reflejan las vidas de los muertos
olvidados en los sobres
sin despedidas ni cartas…
  
©  José Luis

Las esquinas de una cama

Las esquinas de una cama

La noche propicia el descanso,
un estilo de yacer sobre la cama,
sobre esas esquinas de la esfera
que es el universo de los sueños.

No hay aristas que no dividan
las partes mismas de la materia
y en sus impulsos arqueen las olas
de las marismas y los silencios.

Dos velas surcan las aguas,
las velas de dos recuerdos,
una tarde en la inconsciencia
y la incursión en tus misterios.

Cuatro esquinitas protegen la calma
custodia de los ángeles sin edén
ni alas que les remonten volátiles
sus sutiles y humanos corazones.

© José Luis

En el interior de las alas

En el interior de las alas

Lejana en su surtidor una fuente sujeta
al ave que no consiguió aletear en el cielo
lluvioso una tarde oscura de noviembre
y recortada se yergue broncínea la silueta.
  
Ha pasado ya tiempo desde ese día
en una plaza nocturna de Copenhague
donde yo también me encontraba sujeto
a la inmovilidad de las alas y a su destino.
  
Allí estaba con la soledad desnuda
en una ciudad cegada y desconocida
bajo el ala de una grulla atrapado
entre la espuma sorda del agua.
  
©  José Luis

Retos de ambigüedad

Retos de ambigüedad

Caen las sombras de las hojas con el ocaso
verdemar del torrente y la espuma
y los rayos de la noche ocultan su caída
en el fondo oscuro e impenetrable
del asfalto que nos separa de la muerte
y de la oquedad de las tenebrosas entrañas.
       
Pasan los coches ahogados en sus luces y destellos
sin sentir chirriantes las tramoyas de los títeres
que los conducen entre las líneas que fueron
puentes y ríos, y parte de las estrías de las manos
que modelaron de barro el aliento de la noche.
  
La cama es un espejo donde recostamos la espalda
y ocultamos la cara para no vernos y creer que existimos
como si la vida fuera parte absurda de un sueño
o el color de las sábanas que calentamos inconscientes
mientras dejamos que se cumpla nuestro momento
como un cigarrillo que se consume candente.
  
De nada nos sirve querer aprisionar el tiempo
cuando se desvanece como el aire que respiramos
en cada minuto, en cada mirada, en cada suspiro
tras la fuente que mana verdades perdidas…
  
©  José Luis

Monóculo de contacto

Monóculo de contacto

Un solo ojo ve la frontera de la línea del puente
al juntarse con el río en un único instante
donde verdosas las algas dejan sus ramas
como cuerdas de una cítara que resuenan
desde el interior hundido de un ánfora.
  
Es la verdad el ojo que escapa de la noche
y se reclina en el valle oculto a las miradas
donde el sueño fluye entre meandros
hipnóticos y segmentados de tiempo
cuando depositamos tenuemente una flor
de humedecidos pétalos tras la alborada
en la bóveda silenciosa y guardiana de los ecos
que una vez fueran deseos vaporosos y ardientes.
  
Caminante, no detengas tu mirar en la frontera,
sigue el curso del arroyo que discurre por el valle
donde tararearás la canción que nunca aprendiste…
    
©  José Luis

Sencillamente simple

Sencillamente simple

Has dejado que tus pies desbrocen el camino
que los pasos borraban al volver
en los ojos la mirada
diciendo en el silencio esa fórmula
de niña mágica, de sueño distraído
en la contemplación de las estrellas.
  
La lluvia acompasaba el caminar de las hojas
que el viento zarandeaba entre sus sienes
como un pensamiento que no sabe encajarse
en el puzzle de la consciencia y se deja manosear
con el parecido de otras cosas que no son
el palpitado que su corazón recuerda.
      
Es así de simple el olvido
del camino de las estrellas
donde se depositan los tesoros
de los días y las noches niñas
cuando la razón era una palabra
por desconocida inédita
en la ruta de las nubes
por la rana de un encanto
y el transitar de los príncipes.
  
Ha dejado de llover
y el suelo me refleja…
  
©  José Luis

Transmitir con las palabras

Transmitir con las palabras

Juguemos con las palabras
como se juega con una moneda
distraída entre los dedos
y dejemos que surjan conexiones
que no tuvieron previamente sinrazón alguna.
  
La oca patea el estanque con la cola
y las ondas que se expanden colean
el ocaso sin aristas ni trabazones.
  
Una serpiente muerde la manzana
y discordia la luz de la tarde
como un eclipse propicio
para el pecado de la ciencia.
  
Cae la lluvia sonante de xilófono
y los oídos ocultan a la vista
una sonata para piano de Mozart
mientras su padre desvela el réquiem
con los sucintos acordes de ascendiente.
  
La noche despliega negra la luz
que revela los astros y las estrellas
como una luna rellena y locuaz
que afinara serenatas a los enamorados.
   
Sé que en el brillar de tus ojos
adivinas qué es lo que se piensa
cuando te niegan las palabras
la transmisión de tus ideas…
  
©  José Luis

Paisaje en vertical

Paisaje en vertical

No fijes la mirada en el mar
porque las aguas no reflejarán
las gaviotas encalladas en los arrecifes.
  
Sólo el faro de la inconsciencia
podrá alumbrar una nueva alborada
y bajarán las mañanas silenciosas
entre los pétalos de bruma humedecidos,
una flor que nació en las arenas del desierto
y de lágrimas entre las palmas de la noche.
      
El cielo deja que las nubes pasen
y lleven el viento a los caminos
donde el otoño le entrega las hojas
que retienen el sabor de la primavera
y del verano las frescas lisonjas.
  
Quién sabe
si remontando el vuelo
las alas del silencio
invoquen a tus gaviotas
y las libere
de la sombra del sauce
y la tristeza…
  
©  José Luis