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Rastro de FreeWolf

Noctívagos

Inadvertida pitanza

Inadvertida pitanza

Un segundo se impulsa en otro
cuando la tarde embruja los matices de la aurora,
los pájaros, bulliciosos, se reúnen en el árbol
y proclaman los voces oídas en alguna parte
mientras las hojas, embebidas,
cierran los ojos y escuchan.
  
Los trinos atraen las letras caídas
en los bolsillos de la inercia,
juegan a descubrir las palabras
que no llegan a pronunciar
pero que les pertenecen
porque las han recogido en sus picos,
inadvertida pitanza entre las espinas.
  
Una gota se perpetúa desde la bruma
donde la incertidumbre de las imágenes
resurgen del pozo de la sabiduría
y la tentación, es el fruto inmaculado
en el que se encierra la sonrisa de la luna
o la perplejidad de la existencia.
  
Los tallos de la noche se estiran
en los huidizos aleteos de las ramas
imperceptiblemente
rozando los aceros de la ventana
en nuestros sueños se cuelan.
  
©  José Luis

Red Splash

Red Splash

Observo pacientemente caer la lluvia,
las gotas se detienen en la barandilla
del balcón suspendidas momentáneamente
mientras resbalan azures por la pátina
evanescente del tiempo.
  
El agua no se olvida del árbol
que acompaña por la vereda al río
y le confiesa las historias
que le suscitan los rumores del viento
o los cerúleos reflejos de la luna.
  
La gente se resguarda en las cornisas
perpendiculares al soplo de la noche
y las cantilenas de los pájaros,
no quieren los recuerdos del agua
esos recuerdos que calan
pero que parecen extraños,
aunque en realidad son los propios
vistos desde el aire
o desde la perspectiva de lo inexplorado.
  
Una gota me provoca el recuerdo
carmesí de tus labios,
persistente de las palabras y los silencios
que hacemos entre nosotros carne.
  
La gota y los recuerdos
en un instante se desvanecen
y perduran en ese resquebrajado splash
que en multitud de corpúsculos
al tiempo detiene.
  
©  José Luis

Cuando la lengua reverdece

Cuando la lengua reverdece

En una fiesta se entremezclan las sonrisas
con los vasos de los fugitivos que atemperan
con sombras el aliento, con bocetos la fusta
que evanescente se descuelga de las atalayas
o de una tarde sin principio ni aflujo de ondas.
  
Unas audacias que salen dejan verde la lengua,
musgosa en la bajada del tono o de la sinceridad
y los dientes roen entre inexistentes notas un bolero
olvidado en el gramófono que guardara la abuela
en el refajo de la memoria o en un cajón de la mesilla.
  
Pasaron los chatarreros del alma y entre voces
vararon los sueños que pronunciaran unos labios
al abrigo del río o del puente del silencio
donde la libertad fue una manzana arrojada
a la disputa de sabios y fumigados atardeceres.
  
Sorpresa entre los presentes,
el caramelo de un cadáver…
  
©  José Luis

La fuente sin balaustrada

La fuente sin balaustrada

Las fuentes son espacios privilegiados
donde el sonido y el agua armonizan
rítmicamente los oídos y los ojos
con el parsimonioso dilatar de la calma.
  
Resbala fresca la lluvia por los tabiques
transitorios y oxidados del letargo
mientras se agolpan arqueos de espuma
en la salpicada extensión de la sutileza.
  
Pequeñas chispas se desvanecen en abanico
evanescente de menudas pompas y perlas
tras el eco que se aglutina en las sombras
glaucas de la superficie y la caída líquida.
  
Una alondra deposita su pico en la humedad
saciadora de sed y de enigmas, en la mañana
el rocío trasparentaba el aire con los pétalos
humanos del sí y el no, de las dudas y los deseos
con los que toda fuente sin balaustrada sueña.
  
©  José Luis

Vendedora de atisbos

Vendedora de atisbos

La mañana discurre pacífica
entre los aledaños del sueño
y la muralla, con un libro
en las manos la vendedora
al tiempo lo va componiendo
tras las miradas de los paseantes.
  
No era la primera vez
que exponía sus trabajos
a la curiosidad del público,
pero siempre la sorprendía
que de vez en cuando una pregunta
la entresacara de sus reflexiones.
  
Hoy el sol vuelve a arrullar su pelo
con las inaccesibles líneas que brotan
del viento y las montañas de lontananza
donde los rayos son más puros y claros,
donde el silencio se amasija en alcarrazas
de lluvia, de temblores y quebradizo fango.
  
Una cabeza se inclina atisbando “tus cosas”
pretendiendo ver como propia en su reflejo
la satisfacción a toda necesidad de encontrarse,
de saberse frente a los vislumbres de la nada
y darles forma en su mente,
arrancar del espacio las resonancias
que colmen sus sentidos y embelesos
cuando escucha esa palabra
que parece su nombre…
  
©  José Luis

En busca de la otra orilla

En busca de la otra orilla

El agua humedece tus riberos
rumorosa, mientras pasa por el puente
desordena de tu catedral las piedras
en la profundidad de los reflejos.
  
A la orilla se mecen unas tablas,
rizan sinuosas el silencio en ondas
que se expanden concéntricas al cielo
tras las cigüeñas que gráciles lo atraviesan.
   
Es una mañana de mayo clara y vigorosa
con el sol lamiendo la quietud del aire
mientras se han desposeído las nubes
tras el eco invisible y unos revoloteos.
  
Alargo el brazo hacia la margen del río
y dejo que me bañe el agua los dedos,
sueño que transito por tus calles
mientras braceo hasta la otra orilla.
  
©  José Luis

El mirador de la puerta

El mirador de la puerta

Alojan las ciudades en sus recintos
junto a sus innumerables piedras
pedacitos de intrahistoria,
memorias de otros tiempos
de otras gentes
y de lo que esperanzaron y vivieron.
  
Guardan las puertas el interior de las casas
donde unas fotos, unos muebles, unos búcaros
son la mirada imperceptible que nos acompaña
con el devenir de los años, los hijos, el trabajo.
  
Otras puertas recogían entrañas de espiritualidad,
eran puertas gruesas como corresponde a un corazón
espaciado del desmedido mundo y sus tentaciones
un espíritu orlado con herrajes de soledad, de olvido.
  
En cada lugar hay cantos que se elevan al cielo
en remachada plegaria de oquedades, de ventanas,
con las líneas rectas y ondulantes al entorno
entramando intrincadas manzanas o barrios antiguos
donde pasear o dejar vagar las ideas, los pensamientos.
  
©  José Luis

Luz nocturna

Luz nocturna

Se prepara el día para la noche su propio faro
donde acumula los rayos de sol para que brillen
cuando la oscuridad inunde los espíritus de sombras
y las flores lloren desdibujada la calina de la aurora.
  
Una voz ulula en mis pensamientos extraños rumores
de la lejanía, de cuando el tiempo creaba el universo
y el vacío era una nada preñada de nieblas vaporosas
de sabiduría y de espera, tras los nácares del espacio.
  
Negros son los dolores del mundo entre los sueños
y de nuevo la nada pergeña de la inconsciencia el parto
de las bocas atadas a la luz nocturna del silencio
y nazcan ojos que inquieran los desafueros del mundo.
  
El cielo se oscurece en la bóveda añil del firmamento,
amanece débil y verdemar la luz en el farol de la estancia
donde ahora respiran las flores nocturnidad y sosiego
en el aromático incienso de almas tras las estrellas.
  
©  José Luis

Árboles estatuados

Árboles estatuados

Verde es el camino que se desplaza en tus pasos
a través de la mañana y de una pared virada
entre troncos que al cielo tenues se levantan
y recorres su mirada mansamente en tus sombras.
  
En el cielo los murmullos vuelan entre azures
de ala y aura mientras sientes el sol en tu pelo
como una caricia de infancia y extraños recuerdos,
es tan fuerte el firme efluvio de la realidad y la vida…
  
Blancos son los trazos que rotulan el nombre
que la pared ostenta sin consentimiento o reparo,
nombre recóndito de la piedra en la negrura
donde se mancharon de nocturnidad las manos.
  
Miras el silencio, estancado a la orilla del paraíso,
un incierto pensamiento en la pose de la arboleda
y, aunque sigues tu camino, permaneces ligado
al confidencial sentido de aquella pared tatuada.
  
©  José Luis

Ondulaciones ensoñadoras

Ondulaciones ensoñadoras

La corriente se lleva la mirada y los pensamientos
entre las ondulaciones de las aguas tras el aire
como una tarde sin sol que se lleva en la soledad
el olor imperturbable de los jazmines y los años.
  
Estás tumbada en la hierba y se mece tu cuerpo
con el sonido que de los árboles mansamente nace
desde el ritual de la naturaleza revivida y arcana
cuando circula sangre por la hondura de su tierra.
  
Sujetas la cabeza con tu mano y recorren tus ojos
absortos las estrías de las letras que sin moverse
se deslizan por tu mente mientras dejas sombras
de dudas en el horizonte y acaso lejano un recuerdo.
  
Sé que esperas tranquila la inmensidad de la noche
desplegada en las raigambres mismas de tus venas
tras la salida de la gratuita placenta y del paraíso
flotante de las usanzas y los gratificantes sueños.
  
©  José Luis

Trasfondo teñido de cañas

Trasfondo teñido de cañas

Junto al río el aire se dispara
meciendo entre los brazos del abandono
las hojuelas de la noche y las incipientes cañas
que desbordan las orillas de los pensamientos.
  
Azules los reflejos del infinito se pierden
entre los tallos sinuosos de la añoranza
donde se ocultan verdemares las lágrimas
entre las olas del deseo y los corales de la huida.
  
La bruma empañan los ojos del silencio
y un barco resbala el horizonte por sus velas
como un chupachús por la lengua del olvido
mientras urde la espuma corazones en el agua.
  
Mis dedos sujetan los enredos del destino
entre las fauces de la noche y los vientos
que se diluyen en arrecifes aéreos y en silbidos
tras los pasos iridiscentes de una idea divertida.
  
La vida es la línea arcada en el iris de una vorágine
donde el camino que recorren jóvenes vírgenes
será la nebulosa de un sueño tras los dúctiles atardeceres
de un hombre que creyó que la existencia era un pájaro
trinando en la orilla crepuscular de un espejo
en bejucos quebrado.
  
©  José Luis

Encastre piramidal

Encastre piramidal

Las zonas que se encierran en recintos
atesoran un hermético paso del tiempo,
un contravalor manifiesto en lo inexistente
cuando no hay abertura más lejana que los ojos.
  
Los sonidos que tuvieron alguna vez congruencia
son silenciados en el vacío rugoso de la cámara
mientras rebosa en el ambiente la disonancia
macerada tras los siglos de conflagraciones y muertes.
  
No hay medida ni número que no sea descifrado
en el jeroglífico de los reflejos turbulentos
o en el encriptado enigma de las sombras
que toda vida o destino acarrea tras el nacimiento.
  
La noche acompaña la oscuridad del tártaro
y permanece cobalto un azul imaginario en la retina
donde el paraíso fue abandonado por la sabiduría
de una tierra que amamantó rigurosa los hijos de Eva.
  
©  José Luis

Vislumbre pútrida

Vislumbre pútrida

Absolutamente el tiempo se apresura
y se rompe en cada momento
no habiendo lugar para la duda
ni siquiera para un minuto de descanso.
  
Bien poco hace que los pétalos eran
la parte viva que manaba savia
y el roce salpicado de los labios
que ya no existen ni dicen nada.
  
La frescura que me entregó la mañana
en pequeñas turbulencias de rocío y sangre
se agostaron al declinar la mirada
hacia el recuerdo de lo que se pierde
tras lo soñado.
  
Terrones son las cuencas de mis manos
y nidos negros los ojos en la distancia
mientras eclosionan trastornadas las noches
en el vientre del vacío y de las parcas.
  
Podrá no llegar a nacer otro día,
quizá sucumbir una esencia fecundada
o la luz del sol no prolongue su camino
si dejara caer tu recuerdo o tu nombre
en el más fétido de los silencios.
  
©  José Luis

El ojo de la serpiente

El ojo de la serpiente

Se han encrespado las olas en la cabeza de la serpiente
donde bífidas las piedras miran desafiantes al mar
y los vientos. Traen lamentos profundos de la tierra
cuando amamantaba los hijos del hombre y la muerte
los pájaros que aletean perversos los collados de la tiniebla.
  
Es de día y los rayos del sol irisan la realidad de los sueños
mientras surge de las aguas pétreo el resto de un naufragio,
rocas azabaches que custodian en su interior abigarrados
amasijos de cuerpos y almas que no encontraron otro destino
más que yacer entre los musgos de la profundidad inerte.
  
No hay lágrimas entre los muertos que perdieron los ojos
por mirar fijamente el zumbido hipnótico de la sabiduría,
pero se arrastran las pieles huidizas entre los matojos
ardientes de la noche donde un pensamiento es el deseo
y la vida, la escabrosa playa que el ojo de la sierpe mece.
  
©  José Luis

Ingeniería de ave

Ingeniería de ave

Tus alas se han abierto
en una mañana reciente
donde el cielo era tu llamada
y el aleteo, tu presente.
  
Hoy no ha sido el aire tu regazo
sino el muro resecado del puente,
inscripción de piedras en la tierra
desde la que se asoma la corriente.
  
Constructora de caminos intangibles
tras los que el día la noche contraviene
entre espigas de aerolito,
entre oquedades de luna,
que mi lengua sin quererlo explora.
  
La robustez azarosa de la noche
precisa de armazones turgentes
que ensamblen los revoloteos de la dicha
a las inequívocas arcadas del tiempo.
  
©  José Luis

Belleza extasiada

Belleza extasiada

Un rincón es el refugio y exilio
de la figura que de frente me mira
con sus ojos de alteración y escayola,
mientras reparo en su natural belleza.
  
Los pliegues de su vestido fruncen el tiempo,
son la péndola que altera su rumbo y manecillas
mientras se aferra mi fantasía a los cometas
que como vencejos franquean el horizonte.
  
Diana humedecida en el arroyo se turba y canta
ante el espectador que la sorprende y mira,
dejando entrever en su sonrisa la distancia
que debe mantener el hombre ante una diosa.
  
Ni siquiera el sonido de mis palabras la conmueven,
palabras que no llegan a salir de mi boca
porque en el silencio, mi silencio se desboca
extasiado ante el delirio de abordar un romance.
  
©  José Luis

Cenizas nuevas

Cenizas nuevas Dejaré que me cubran cenizas nuevas
una noche cálida y mágicamente invocada
a la luz transversal y cautiva de las velas
mientras danzan las sombras en mis ojos.
  
Vendrán las hadas del destino a trenzar
terminales los hilos de vida y de inconsciencia
como una tómbola ermitaña en el desierto
donde nadie más que yo deambula y juega.
  
La luna yace dorada en un paraje del universo
e incesantes las estrellas heredan los crepúsculos
tras las tardes suspendidas y ebrias de invierno
con el boleto premiado de un corazón incorrupto.
  
Profundos son los pozos en los que sueña mi alma
una vida inmortal e inciertamente deleitosa
bajo la humana tierra que traspasaron mis pies
con las cenizas nuevas en las que reposa.
  
©  José Luis

9 de marzo

9 de marzo El aire no puede pasar más allá del vestíbulo
y dice el cuadro que el mar está hoy obnibulado,
nadie responde al llamador ni siquiera los pasos
que otras veces se arrastran hasta la mirilla.
  
No es tarde, pero el cielo presenta un matiz apagado
mientras se llenan las urnas de carnes y de sobres
como un cubo de reciclaje al que le falta la rendija
y la entrada se atiborra de turbas y reproches.
  
El sonido de la carretera llega lejano con los motores
del eco y de la prisa, ésa que no va a ninguna parte,
sólo hay prisa si nos encontramos con quien no deseamos,
cuando la salida está cortada por el filo de la palabra.
  
He despejado las dudas con el soplo de las nubes
mientras un niño mira caviloso cómo tiro de la cuerda
hasta la línea del horizonte. He acercado un deseo,
no hay deseo que no suspire ser acostado al aire,
donde un letrero dice salida de emergencia…
  
©  José Luis

Desde las palabras

Desde las palabras

El cielo salvaguarda el azul cedido
entre las nubes que son parte de la nada
y un retazo de esfera protegida
donde cautelosamente anida el invierno.
  
Abundan las aves en su vibrante aleteo
una mañana propia y olvidadiza de marzo
en la que han dejado los sueños un jardín
impregnado de simientes de bruma y engaño.
  
Las calles están frescas y el aliento humea
dos canciones que fijan el camino a mis pasos
y en la soledad y el extravío miles de ojos
detienen de la inconsciencia los párpados
hasta que los movimientos no son más
que hondonadas difusas de latidos y rumores.
     
Acallan los gorgojeos el miedo de las sombras
desde que el mundo fuera nuestro espejo de creación
hasta que musite cálidamente la misma plegaria el sol
donde tiene lugar el indefectible comienzo de la muerte.
  
El corazón amanece de nuevo entre las peñas
como escarcha que se asienta inquebrantable
al puntual abandono cada noche del paraíso
mientras se busca el sentido a la existencia.
  
Dejaré que las palabras broten solas
desde el lado incierto de la mirada,
desde el silencio y la inevitable libertad
que tienen de agruparse y decir cosas.
  
©  José Luis

Cuadros en el pasillo

Cuadros en el pasillo

Tela que se impregna de pigmentos
es una escena que sale del blanco
vacío que de clara nieve se inmolaba
hasta la punta capilar de los pinceles.
  
Poco a poco la mano irisa la mirada
que se fija en una Venus o en un plato
de fruta escarchada entre los paños
que ahora son colores entre manchas,
que ahora se figuran en cierta verdad.
  
Las líneas contornan el orbe encuadrado
donde la negrura combina los matices
entre las extensiones vibrantes de color
y el ojo cautivado de las impresiones.
  
Busca propicio un destino en la pared
lo que parto primario de una mano fuera
tras ciertas imprevistas conexiones
más allá de la percepción intrínseca.
  
©  José Luis