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Rastro de FreeWolf

Noctívagos

9 de marzo

9 de marzo El aire no puede pasar más allá del vestíbulo
y dice el cuadro que el mar está hoy obnibulado,
nadie responde al llamador ni siquiera los pasos
que otras veces se arrastran hasta la mirilla.
  
No es tarde, pero el cielo presenta un matiz apagado
mientras se llenan las urnas de carnes y de sobres
como un cubo de reciclaje al que le falta la rendija
y la entrada se atiborra de turbas y reproches.
  
El sonido de la carretera llega lejano con los motores
del eco y de la prisa, ésa que no va a ninguna parte,
sólo hay prisa si nos encontramos con quien no deseamos,
cuando la salida está cortada por el filo de la palabra.
  
He despejado las dudas con el soplo de las nubes
mientras un niño mira caviloso cómo tiro de la cuerda
hasta la línea del horizonte. He acercado un deseo,
no hay deseo que no suspire ser acostado al aire,
donde un letrero dice salida de emergencia…
  
©  José Luis

Desde las palabras

Desde las palabras

El cielo salvaguarda el azul cedido
entre las nubes que son parte de la nada
y un retazo de esfera protegida
donde cautelosamente anida el invierno.
  
Abundan las aves en su vibrante aleteo
una mañana propia y olvidadiza de marzo
en la que han dejado los sueños un jardín
impregnado de simientes de bruma y engaño.
  
Las calles están frescas y el aliento humea
dos canciones que fijan el camino a mis pasos
y en la soledad y el extravío miles de ojos
detienen de la inconsciencia los párpados
hasta que los movimientos no son más
que hondonadas difusas de latidos y rumores.
     
Acallan los gorgojeos el miedo de las sombras
desde que el mundo fuera nuestro espejo de creación
hasta que musite cálidamente la misma plegaria el sol
donde tiene lugar el indefectible comienzo de la muerte.
  
El corazón amanece de nuevo entre las peñas
como escarcha que se asienta inquebrantable
al puntual abandono cada noche del paraíso
mientras se busca el sentido a la existencia.
  
Dejaré que las palabras broten solas
desde el lado incierto de la mirada,
desde el silencio y la inevitable libertad
que tienen de agruparse y decir cosas.
  
©  José Luis

Cuadros en el pasillo

Cuadros en el pasillo

Tela que se impregna de pigmentos
es una escena que sale del blanco
vacío que de clara nieve se inmolaba
hasta la punta capilar de los pinceles.
  
Poco a poco la mano irisa la mirada
que se fija en una Venus o en un plato
de fruta escarchada entre los paños
que ahora son colores entre manchas,
que ahora se figuran en cierta verdad.
  
Las líneas contornan el orbe encuadrado
donde la negrura combina los matices
entre las extensiones vibrantes de color
y el ojo cautivado de las impresiones.
  
Busca propicio un destino en la pared
lo que parto primario de una mano fuera
tras ciertas imprevistas conexiones
más allá de la percepción intrínseca.
  
©  José Luis

Azaroso descenso

Azaroso descenso

Más abajo de los sueños existe esa zona
donde uno desciende cada tercera noche
e infaustas las sombras le esperan deseosas
en el emboque de la sangre carmesí que crepita.
  
La turba se aprieta a las carnes que prietas
asemejan a lo lejos rocas montañosas e inertes
donde el cielo se une a la tierra y nace una línea
fugaz, borrosa entre las marismas del tiempo
y el ocaso que virginal renueva la luz y la vida.
  
El sol viaja y se conmueve en la estela de sus rayos
y en las desengranadas ruletas de los ríos, de los sueños
mientras circunda su universo con las vertientes de sus bocas
que cada anochecer se despiertan y danzan los recuerdos.
  
Vuelven los ojos que traen miradas empenumbradas
como rostros vistos y no evocados desde su nombre,
una raza fragmentada ya en sus orígenes intrínsecos
entre los arquetipos y la noche del amor y la muerte.
  
©  José Luis

Negociaciones con la muerte

Negociaciones con la muerte

Veterana es la conquista de la muerte
que más allá de nuestro cuerpo aguarda
el paso de las arrugas y las distancias,
celosa es esta depositaria de la vida.
  
Yace la noche con las sombras en la cama
ahora fría y deshecha como limaduras de piedra
en el lecho sin fragancia ni retorno de rosas
que fueron prímulas de jardines y estaciones.
  
Candente la carne palpita en su dominical traje,
una ciudad que burbujea en todos sus rincones
los humos que exhalan las bestias que la enardecen
apurando en cada paso asedios y escrúpulos
antes de esputar coágulos de rabia y miedo
frente al colosal vacío de la inexistencia.
  
Los escalofríos recorren oscuros mis poros
en el atardecer de los plazos y las improvisaciones
y miro a la muerte en su cara con el cejo entornado
donde se van acumulando interrogantes y almas…
  
©  José Luis

Amanecer de oro y bruma

Amanecer de oro y bruma

Las copas de los árboles suspenden las verdades
que el viento oyera en alguna parte de sus ramas
como savia que emerge desde lo profundo de la noche
donde inmóviles los espíritus se despiden de sus huesos.
  
No hay sol que en el cielo luz describa sin los ojos
que captan las ondas que fugaces insinúan las sombras
entre los arreboles de la tarde mientras las nubes
desdibujan en tus brazos otro amanecer de oro y bruma.
  
Mi espalda se abre entre los rayos que desbaratan las furias
y emanan los fuegos de la incuria como cráteres inmensos
que despojan al reloj sus días y a la noche sus níveas lunas
tras los cristales puros de nieves e impertérritos inviernos.
  
Una gota resbala por mis sueños como lágrima de alborada
y acopio las pepitas que una rosa dejó ciega en un libro
en los tiempos de la creación y el universo cuando un dedo
fue el camino ululante del dolor y la quimérica sabiduría.
  
©  José Luis

Sinfonía cadmio

Sinfonía cadmio

Mi mente vaga por los tejados,
es un gato joven que olisquea
las impresiones desvanecidas en el aire
en las que viajan átomos de ausencia
tras las salidas que de los cuerpos
algunas veces tienen las almas.
  
Carmesíes las tejas se emparentan
con la sangre que en el corazón tañe
en pálpitos de vida y esperanza
en conjeturas de tránsito y muerte.
  
Las chimeneas expelen los hálitos de las casas,
hálitos oscuros y tenebrosos en la noche
cuando se enrarece el tiempo
y los relojes se paran
marcando irreversiblemente la hora
de retornar.
     
©  José Luis

Mañana pasará

Mañana pasará

Mañana pasará mañana
una catapulta que arroja el deseo y la muerte
a los pedestales destrabados del miedo
donde una nube es la sombra que guarece al día
del fuego eterno mientras se nutre el aire
de las alas de ángeles y jilgueros
con los cantos de la noche y el silencio
que envuelve la calma retirada del pasado.
  
Segmentado el vestido de la aurora
sujeta el broche de los destellos remitentes
de un sol impetuoso y versátil entre las dilaciones
que entretienen el tiempo en el paraíso
hasta que Eva reponga la manzana.
  
Mañana pasará mañana
entre los bordes de un te quiero y mis labios
como una tarde eterna entre las rosas domesticadas
y el zorro que reconcilió la noche con el día.
  
Dejaré en el alféizar mansamente mis sueños
para que la noche los recoja con la espuma del mar
y bañe las marinas de las ínsulas y los mensajes
que naufragan en las zozobras intemporales.
  
©  José Luis

Desde donde no se está

Desde donde no se está

Dos puertas abiertas
dos mundos que no pueden estar juntos
pero que respiran el mismo espacio
que se diluyen en idéntico tiempo.
  
Insospechadamente se rumian el uno al otro,
hermanos gemelos de combate y parto,
mientras sólo una vida se vive
entre lo que ocurre afuera
entre lo que adentro pasa.
  
Fabula la realidad los sueños
que en el interior de una botella naufragan
a la deriva de los días y las sombras
en las que se escabullen los pasos
que nunca nos atrevemos a dar
y que por algún lado se marchan.
  
©  José Luis

Un extraño extraño

Un extraño extraño

Una mirada posee el universo entre los ecos
cuando las nebulosas entonan sonidos arcanos
y los planetas se alinean en el tiempo
con la profundidad del mar y sus seducciones.
  
Las mareas traen en sus ondas los recuerdos
de las playas vírgenes y en un instante olvidadas
por los diablillos de la verdad y la conciencia
como serpientes que predisponen en la manzana
la sapiencia de la mortalidad y la metamorfosis.
  
Una vez, en el sueño, la respiración se distrajo
y la advertencia de un ser querido me reintegró
en un vuelco del espíritu el retorno de los sentidos,
extraño aliento de barro en hálito de extrañeza.
  
©  José Luis

Destellos azules

Destellos azules

Emana albores de neón desde la oscuridad
en la que los ojos se ciegan sin saberlo
cuando amanece un reloj sin su tic tac
y las nubes son islas medusas que flotan
en un mar de niebla denso y opaco.
  
El ratón del ordenador disimula en mi mano
los difíciles barrancos de la escritura
que se esconden tras las teclas abisales
y musgosas de una azarosa noche de invierno.
  
La música en las pleuras deja resbalar las notas
que en cascada de suspiros e insinuaciones
atraviesa el corazón y las arterias que áureas
en un pájaro bordean el abismo de una risa.
  
Desnudas las ramas de la inconsciencia
sujetan el cielo a mis labios como una rosa
cuyas espinas sangran por los ojos de las lágrimas
cuando que de una ópera se desprenden…
  
©  José Luis

A ratos sueltos

A ratos sueltos

Hay momentos en los que se desliza el tiempo
como una serpiente que reptara distraída
entre las manzanas que obligaron a su destino
ser parte humana en la perdurable inconsciencia.
  
Una nube transita con sombras entre mis palmas
sin que la pueda trabar o enganchar a la tarde
a la que pertenece y de la que huye clamorosa,
es un fragmento de introspección flotante.
  
Lejana se desata una huella en el silencio,
acarrea los tenues y herméticos aires del páramo
tras los que se cobijan las palabras innombrables
y los libros editados en sombra y sonidos
desde los que los seres invisibles se asoman.
  
Un ratoncillo colgante me sueña y acompaña
entre los caminos apegados al ocaso,
donde las nubes como piedras en el río
me permiten atravesar paso a paso
aquellos ratos que sueltos me prenden
a las horas que sin acaecer subsisten.
  
©  José Luis

Dejad

Dejad

Dejad que los muertos adoren su muerte
en una danza apócrifa y putrefacta
como pieles hueras y sin alma interrogante
y dejen de hallar en la mortalidad esencia
de creadores y de inapelable perturbación
de aquellos que se saben heridos en la carne
hasta los más confusos y recónditos tuétanos.
  
La vida avanza dentro y fuera de nosotros,
es un oasis para el peregrino insatisfecho
que deletrea su nombre una y otra vez
hasta verse reconocido en las ecoicas letras
que vuelven como un boomerang, lanzado
a la concavidad del aire, tras la búsqueda
de lo que no tiene, al menos aparente, réplica.
  
Vivamos, pues, en la extraña persecución
de las libélulas del tiempo hasta saciarnos
en el banquete como terrosos semblantes
de la noche con luna llena y dancemos
frente a los cadáveres que huyen de la vida
porque serán la carne que cubra nuestra carne
cuando yazcamos en la tierra que nos prometieron.
  
Aún parpadea el reloj del universo
entre los espacios brunos y serosos
donde la sombra tenuemente se desdibuja
en una fuga de fulgores y espectros.
  
©  José Luis

La eternidad entre las arrugas de la mano

La eternidad entre las arrugas de la mano

Una amiga me recogió entre las suyas mis manos
donde buscaba entre la profundidad de las líneas
atisbos susurrantes de caminos y pérdidas
por los que deja la corriente de la vida a su paso
una segunda oportunidad de las emociones ya vividas
desde el futuro que se abre casi sin quererlo.
  
Tienen las manos la rugosidad de un antiguo pergamino
en el que el tiempo fue depositando tangibles granos
desde los que amanece siempre un nuevo día y un ocaso
mientras recorren las palabras espacios vírgenes,
oasis de enigmas que resbalan entre los dedos
mientras duran las caricias que trae pausado el oleaje
de mares caliginosos y azures que se inician en el cielo.
  
Almas que transitan van perfumando en su estela
la tarde que desde mis manos se abre como una flor
que se renueva en el vuelo de una mariposa
y la visión del paraíso que atrae los sueños.
  
El incienso se va quemando y sus cenizas sombrean
las arrugas de las manos y las colinas por las que el sol
roza tenue el amanecer de otro mundo que se desvanece…
  
©  José Luis

Los perros que ladran mis sueños

Los perros que ladran mis sueños

Aúllan los perros en la noche fría
donde los pasos son parte de la ausencia
del ruido cotidiano de las calles
y quizá de la vuelta del estudio o trabajo.
  
Una sombra se desliza por el pavimento
descorriendo la luz toronja de las farolas
por las franjas oscuras de los milenios
con los augurios ancestrales y los entresijos
ajustados a la línea ventricular del cielo
mientras se borran las pisadas en la tierra
tras las heladas gotas del sudor interno
que mana de los topos que penetran en los vanos
de los silencios y los recuerdos
como vacío absoluto que formatea nuestro universo.
  
Las bocas babeantes dejan sus residuos en las palabras
que arrastran el sino de los innombrables y la nada
como un lugar donde permanecen las cosas
con los brazos cruzados y los labios cerrados.
  
Las montañas han dejado impenetrables los sueños
donde amanece la oscuridad y las franjas oblicuas
de los acantilados y los abismos por los que nos deslizamos
mientras siguen los perros ladrando a la oscuridad
y, sin quererlo, también a mis sueños…
  
©  José Luis

El papel sobre unas líneas

El papel sobre unas líneas Tu frente
se ha abierto un instante
y se ha colado por él
la aurora.
  
Cuando el sombrero cubría tu pelo
con una cinta azul de gasa
bajo la luna de un palio
tranquilamente paseaba
las líneas de una pluma
por el papel de las sombras.
  
He rasgado el cielo por un lado
con el sonido de mis sueños
y dentro del pozo el agua
mana saetas y silencio,
el sol viaja en su luz
por las distancias siderales
donde perdido un eco
se extingue señalando tu nombre.
  
Mientras hojeo un libro
suben y bajan las líneas
como caballitos de feria
hasta que duró la música.
  
La lluvia deja sus gotas en la pared
donde se adhiere la humedad
a la rugosidad de la noche
y brilla el suelo titilante
en los charcos de las farolas.
  
En la televisión los colores
forman siluetas extrañas
que salen de la pantalla
para darme las buenas noches.
  
©  José Luis

La luz que vino de dentro

La luz que vino de dentro Hace ya un tiempo tuve un amigo
que me acercaba con su mirada las estrellas
y las ponía para mí de plata en un papel
para que las tocara con mis yemas.
  
Se expandían los haces de luz entre mis venas
como veneros límpidos nacientes de las montañas
donde el agua fresca y transparente corría
en la sensación placentera de un espasmo.
  
Perfilados son los recuerdos en la memoria
cuando en su derivar inmanente se abstraen
en el mar de la experiencia que sueña
que irreductibles los milagros son posibles.
  
©  José Luis

Franjas de cachivaches

Franjas de cachivaches La luna está velada entre los soles de la tarde
y sus rayos, invisibles, acarician mi cuerpo
mientras paseo desnudo por la arena de la playa
y mis pies me arrastran por sensaciones desconocidas.
  
El cielo es azul intenso en tus ojos entreverados
cuando miras el mar que nos mece en sus ondas
y el agua lame nuestros pensamientos mansamente
como un amante con su danza sensual y primitiva.
  
A lo lejos se divisa un barco que trae en su estela
un canto sutil y parsimonioso como una nube
que flotara en medio del ahuecado de una burbuja
tras cruzar los siete mares de los encantamientos.
  
Un aire cálido me susurra al oído palabras que no entiendo
y el silencio se vuelve de repente púrpura y misterioso
como un cielo que fuera a parir una noche solemne
donde los sueños se escurren por las laderas de las sábanas
y seres intangibles rozaran mis sienes reintegrándose en vida.
  
Una marca en la frente me recuerda aquella noche
en la que los cielos se abrieron y mis sueños
se amarraron tras el lienzo del horizonte
a un barco que traía el hálito de la existencia.
  
©  José Luis

 

Diagnóstico cero

Diagnóstico cero Nuestro planeta surge del átomo de una noche
mientras la niebla ocupaba la nada del tiempo
y una roca desvencijó la puerta de la sospecha
por la que se colaron las ávidas aves del paraíso.
  
Las nubes fueron los nidos de algodón y plata
que ahuyentaron las cizañas y sus brotes
tras los que toda maldad se cierne escondida
como cernícalo que asalta su presa incauta.
  
El cielo es un tesoro dorado en la tarde,
un oleaje toronja en el piélago de la creación
cuando Adán y Eva tomaron su posesión
preciada entre sus primitivas carnes.
  
La fusión se desplazó rápida en el espacio,
con la caída de la manzana y la sierpe
se disloca la vergüenza y el mundo
donde sus hijos procrean cofres con Olimpos
y los sueños, Pandoras sin periplos ni dioses.
  
Cabalgan por el aire dos libélulas azules,
dos libélulas fugadas de Noé y del arca,
son dos pupilas que traspasaron el reflejo
de la mirada de Eos y el cabello de Selene
a la insignia conmemorativa del universo.
  
©  José Luis

Como cada 31 de Diciembre

Como cada 31 de Diciembre

Estoy en mi turno,
como otras veces he venido caminando
y he visto Salamanca en penumbra,
todavía las luces no daban a las piedras la mirada
y el esplendor con el que las agasajamos
después del transcurrir de los años.
  
Todos los días tienen su valor,
el de hoy es uno de esos días para la retrospectiva,
para la carrera y el salto hacia delante.
  
Cuando se inicien las doce campanadas
y las uvas sean nuestros testigos
volveremos a saber de la inexorabilidad del tiempo
y seguiremos en la ruleta de la suerte, dando vueltas,
hasta dejarnos caer en algún número
y entonces le induciremos su sentido
mientras se llenan y vacían las copas
con los acontecimientos que nos bulleron la cabeza
y que ahora son esa parte del olvido
que nuestros ojos reflejan en el cristal
helado por fuera como un trozo de vida
en el corazón del silencio
y que esperamos que se disuelva
en el calor de un día sonriente.
  
Advierto que la música juega en mis oídos
con esas notas conocidas tantas veces
y en su ritmo la voz guía las palabras que nunca entiendo
a la profundidad del hombre y las meditaciones,
me sumerjo en ese mar de reservas enmarañadas
donde las realidades y los sueños son titanes que luchan
en las saetas que llegan de la noche y del asalto
a cada uno de los 365 días pasados,
a cada uno de los 366 días ahora restantes
ante el horizonte y las perspectivas
de nuevos y dorados crepúsculos
que dejen en la retina la armonía del universo
y en los tímpanos el eco de tantos nombres
que entretejieron las risas y las calles
por donde paseo mientras duermo.
  
Tengo añoranzas por dentro,
como una esfera que se desgaja,
y sé que las seguiré teniendo
mientras las horas dejan en el reloj
mis manos asiendo los corazones candentes
de quienes son y han sido carne que conmigo latían
los vértigos de los instantes y las estaciones,
mas el tren ya escuchó su pitido
y la gala tendrá que continuar.
  
Lanzaremos al 2007 al costal de las añadas
con el buqué de las montañas blancas y heladas,
montañas vírgenes que se sabían pretendidas
por los anhelos y deseos frágiles
como el hilo de un tapiz irremplazable,
como irremplazables son los minutos
en los que nos otorgamos en vida.
  
Es la noche del 31 de diciembre,
la noche de nochevieja
en la que quemaré mis naves
para no volver atrás
y en cada granito de tiempo acumulado
acrisolaré un diamante
uno por cada alegría
o por cada pena
o por cada travesura
hasta colmar la luz de las estrellas
que como tú me miran…

Feliz Nochevieja

©  José Luis