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Rastro de FreeWolf

De vueltas y regresos

De vueltas y regresos

El horizonte
una oscura línea entre lo glauco y lo azur
una línea imaginaria entre dos naturalezas
terrenal y de ensueño
acuática y onírica
donde se resguarda del paso del tiempo
la suavidad de la arena en la playa
o las cálidas caricias de las olas
en la placidez de la mirada.
  
Largos son los paseos
por las entrañas del horizonte
mientras se deshacen los labios
de la pronunciación de las palabras
y permanecen taciturnos, silentes
en la inmanencia del viento
como versátiles e impelidos cometas
que atravesasen hebras intangentes
de sueño o del destino.
  
Dorada la arena
subía por mis pies
el mar de los recuerdos
y el agua, burbujeante,
embebía mi silencio
con irradiadas alas de luna
en los babores de la inconsciencia,
tras el denso caminar de los días
por los espejuelos de la serenidad
o las riberas del reposo.
  
©  José Luis

Descanso junto al mar

Descanso junto al mar

Dorada la arena
bajo los húmedos pies
burbujea de complacencia.
  
El mar me trae recuerdos
el mar se lleva olvidos
el mar arrastra la pesadez
de la muerte
y galopa en la lejanía
a lomos de la vida
los hipódromos de la inconsciencia
y los sueños.
  
Mojaré desnuda el alma
y la piel del silencio
y los sonidos profundos
de los que eran mis versos
para volver
con las manos vacías
con la tinta agotada en las venas
del mundo
donde nuevos soplos nazcan
del seno de la noche
y de los rayos desconocidos de la luna
mientras ahogo los aullidos
en las yemas de tus dedos
como inaudibles dentelladas
en la tez del deseo.
  
Sí,
voy al mar
a recoger el agua
que envuelve a los vivos
en sazonadas palabras,
en el manto de la aurora
hasta que las rosas de mi ventana
hilen en un vuelo sus pétalos…
  
©  José Luis

Extrema palidez

Extrema palidez

otra vez
más
la muerteenlacara
no deja otra cosa
que una extrema palidez
  
has perdido las facciones
que mostraba tu alma
y ahora
abandonadoelcuerpo
no dice nada,
sólo posee
una extrema palidez
  
la no vida
es un reflejo turbio
una no mirada
un perderse en el infinito
yabandonarloquesequiere
sin quererlo
sin saberlo
sin aviso
así sobreviene
la extrema palidez
  
por qué lloran los ojos
porquéunnudoenelvientre
por qué la soledad
acongoja
cuando viene
esa extrema palidez
  
©  José Luis

La victoria o la derrota

La victoria o la derrota

Qué fina es la línea
que establece la diferencia
entre la victoria y la derrota.
  
Miras al cielo
y sólo por los ojos
sabe el universo
si estás triste
o alegre.
  
Dicen que la victoria,
dicen que la derrota,
son las dos partes
de una misma moneda,
y que según lo interpretes
así te sentirás:
triunfador
o perdedor;
pero sin duda
siempre será el camino.
  
No tengamos la tentación
de adorar los triunfos,
no tengamos la tentación
de adorar los fracasos;
al fin y al cabo
todos nos hemos levantado
de alguna caída,
todos nos hemos hundido
de alguna subida.
  
Hoy estoy contento
he vibrado con nuestra selección
hasta quedarme ronco,
pero seguro que pasado mañana
todos tendremos
una nueva meta…
  
©  José Luis

Ingenuidad yugulada

Ingenuidad yugulada

Inocencia interrumpida
en la claridad del alma
donde gime la arboleda de la noche
en el corredor de la locura
y una pastilla, un valium
genera la ambigüedad de la calma
hasta la explosión de la risa
o la tormenta de las lágrimas.
  
Se ha perdido la razón
entre la oscuridad de las sábanas
y la libertad es una hojilla afilada
royendo las correas de la piel
mientras el mundo se para
y se manifiestan las voces
caídas desde la euforia
hasta la profundidad de esas cuencas
yuguladas de los ojos.
  
La arboleda oculta la ingenuidad
fucsia de las ramas
extendidas en el vacío, en la ausencia
donde la cordura luce intermitente
el collar irisado de la noche
con la hondura de las estrellas
y el ulular de las lechuzas
en los recovecos de la memoria.
  
Los rasgos del pensamiento
se afilan en las hojas
de papel y de los versos
donde muere la enfermedad
mental de los sentimientos…
  
©  José Luis

Enrejado blue

Enrejado blue

Celosa la intimidad se separa
de la profanación azur de los hechos
y la cerúlea curiosidad de las miradas,
tras barreras más o menos turbias,
hasta perderse en un mar de amnesias.
  
Nadie entrega la verdad de su pudor
a menos que se le haya domeñado,
a menos que las batientes maduras del trigo
ondeen en el pensamiento de la noche
y trencen con los sueños ese primer baile
donde se sella la convivencia y la eternidad.
  
Ya pueden pasar los ojos
por encima de las barreras,
ya pueden surcar los ecos
embravecidos huecos y barrotes
que la puerta de la privacidad
seguirá hierática en la expresión,
regia y acompasada en la hechura.
  
Tan sólo
el poder de una imperceptible llave
incidirá en la cerradura
hermética del alma.
  
©  José Luis

Ababola

Ababola

Nace azur la luz en la oscuridad de la sombra
donde la hierba pierde glauco su aroma y color
en los átomos opacos de una agreste amapola
ajada por el tiempo y la lengua imperturbable
del viento entre la verticalidad de las espigas
y el vuelo furtivo y rasante de la noche.
  
Cuarteados los pétalos en los labios hiede
el beso de la muerte, reflejo del ocaso
consustancial al tiempo que se amorata
la médula de las palabras y los sonidos
en la lengua carmesí y ausente de la boca.
  
Prolongados tallos sobrepasan la levedad
suspendida del aire y las encapsulados hojas
que traerán los renuevos de la verdad
y los matices inextinguibles del recuerdo.
  
La tarde se adormece y las pupilas giran
alrededor de la camilla donde las letras
de la noche resbalan
hasta los tapices repujados con tu nombre.
  
©  José Luis

Polinización

Polinización

Las margaritas iluminan el campo
con su corazón amarillo
y sus pétalos blancos.
  
Es la llamada de una flor
que con impertérritos monosílabos
establece en un sí o un no
la razón de toda una existencia.
  
Las dudas vienen volando
al abrigo del silencio
cuando la tarde se refresca
en las alas y su batimiento.
  
Larga es la lengua del deseo
y mayor la del olvido
mientras devore la tierra los huesos
circunstanciales de la existencia.
  
Liba la vida el polen hechicero
macerando los estertores de la muerte
hasta la infatigable sonrisa del miedo
y los olajes de un sudor palpitante
en las sienes de la noche
reviven los recuerdos
o los jugosos genes de la distancia.
  
Atrae la felicidad y el polen
de las flores la mirada
y de los hombres el anhelo.
     
©  José Luis

Eclipse atemperado

Eclipse atemperado

Parece que la luz queme el cielo
cuando el sol se inclina a la fatiga
natural del sueño y la noche, una señal
mira de frente el resplandor pajizo
de la ausencia que se hace grano
espigado en el tiempo.
  
La carretera suspende en el asfalto
las rodadas de la sombra y los coches
como tinta de un invisible pergamino
donde están manuscritas todas las rutas
de los alientos infatigables del mundo.
  
Fosforece la redondez de la negrura
entre las briznas calladas e incorpóreas
de la ladera suspendida en los temblores
imperceptibles del sueño y de la hierba.
  
©  José Luis

Espiral interrogante

Espiral interrogante

Ahí está
a la pared encomendada
ese signo que interpela
el sentido de la mirada,
no hay pregunta tan agitadora
como aquella que no sale del alma.
  
Perdida la visión entre los recovecos
areniscos del tiempo
los granos buscan libres la caída
de los astros y planetas
que sujetan el universo
a la finitud de la luz
o de la sombra incautadora
de las verdades solitarias.
  
El hombre existe en el hombre
desde que se deja interpelar
por los símbolos acumulados
en los siglos y las palabras
en los muros y cavernas
de los sueños que volátiles
arrostran el mar de los desvelos.
  
Mis dedos se deslizan en el tiempo
y en mi piel siento el dolor
del mundo y de la vida
un dolor de parto y silencio
por la finitud de la vida
y la inmortalidad de la muerte.
  
©  José Luis

A por ellos

A por ellos

Todos con un ansia en el alma
somos porteadores de la bandera,
de los colores de nuestra selección,
del peso de un balón que se manda
a las mallas del recuerdo
donde las glorias persisten
como legendarios e inaccesibles dioses
que anudan a los mortales a las botas
del fracaso o del triunfo.
  
Todos empujamos las voces de la noche
más allá de las gargantas y del silencio
donde presentimos reflejada en la hierba
la luna y los jugadores que recorren sus rayos
como estelas de honor y vértigo
en los que sucumben los cánticos de la grada
ante la conquista de la oquedad prohibida,
hierática circunscripción de Cancerbero.
  
Todos nos aunamos en el grito “a por ellos”
y detenemos el tiempo ante el televisor
con los brazos levantados,
con las caras pintadas,
con el gol en la palabra reprimida
o el júbilo suspendido en la balaustrada
movediza del Olimpo
donde aguarda la copa de la verdad
o de la cumplida historia.
  
A por ellos…
que son la distancia
que nos separa de la gloria.
  
©  José Luis

La fuente movediza

La fuente movediza

Pareciera que el agua no tuviera prisa
mansamente reflejando en su mirada
el cielo y las nubes que se cruzan
entre la condensación de las horas
y la luz que perpetúa un sol distante,
más allá de los átomos violetas
que pueblan las brumas de noches y letargos
donde se refleja todo ojo que no relega lo que mira.
  
Unas ondas arquean el pico de un gorrión
mientras se ondula el trino del firmamento
y la transparencia de la realidad absorbe
los ecos que de su garganta surcaron
las montañas del olvido y las cuencas del viento
donde las alas tornan invisible lo corpóreo,
la fragilidad perdurable de las formas.
  
Una fuente retiene en sus piedras
el vuelo de los pájaros y el fluir del agua
en un instante mágico y fugaz
en una pirueta de tempestades
tras el resbalar de los sueños
por la oquedad inconclusa
y movediza de los espectros.
  
©  José Luis

El esfuerzo

El esfuerzo

Desde un banco establezco con la tarde
la alianza de la calma, de la apacibilidad
de no tener otra cosa que hacer más
que observar cómo desfila el tiempo
por el transitar de otras personas.
  
Los pájaros juguetean con los árboles
o con la hierba recién segada
entre los olores glaucos de las flores
y los susurros no pronunciados del deseo
que alborotan los pétalos de la tierra
y agitan los brazos imperturbables del aire.
  
A lo lejos distingo una figura que se acerca
y trae imágenes desdibujadas de la prisa,
el ritmo de sus pies apura la respiración
de la arboleda cercana y bloquea el mirar
desenfocado de los coches a los que sobrepasa
en las postrimerías de un esfuerzo
que desliga su alma del mundo y sus banalidades.
  
©  José Luis

Fruto estriado

Fruto estriado

Las tardes caen del árbol
como maduras castañas
que abandonan en la gravedad
el peso del tiempo
o el paso de la calma.
  
Brillan los ojos del silencio
en los reflejos de las piedras
y en un momento los dedos
recorren pardas las estrías
descentradas del pensamiento
mientras un soplo devuelve
el polvo a la tierra,
los huesos a la carne
circunstancial de la primavera.
  
Las hojas reverdecen
el trinar de las ramas
cuando se recogen los gorriones
rasantes en sus vuelos
y en los ecos que trae la noche
enlunada y flotante.
  
Una voz zurea en el patio,
una voz alargada y espesa
como el sopor de un sueño
que agarrase las esquinas
inagotables de las montañas
y ondulasen en el agua
todas las caras del cielo,
todas las caras que se miraron
en el espejo del alma.
  
Sienten los dientes
jugoso del fruto el bocado
entre los dilatados instantes
de junio y sus días…
  
©  José Luis

El descanso de los pies

El descanso de los pies

Has dejado de caminar y cuelgas los pies
de un bancal de conversación y cemento
donde las palabras balancean las piernas
entre gasas y cantos, los zapatos descansan.
  
Los paseos también balancean los ojos
de un lado a otro, busca la mente pararse
en algo que la atención le pida detener
las imágenes de un instante e impedir
la fragilidad del tiempo, el cerebro trabaja.
  
Cerca de la verdad atrapan los pies un alivio
cuando se entona un eureka y el polvo
es ya parte inherente de los tobillos
como las arrugas o las manchas de la piel
son inherentes a la experiencia de la vida
o a la mortalidad, afloran los flujos
que nuestro aura de atemporalidad rocían.
  
Cuelgan los pies de la profundidad de la tierra
y arraiga en nuestra carne las hojas del destino,
te levantas y vuelves a caminar
sin rumbo fijo…
  
©  José Luis

En nombre de la rosa

En nombre de la rosa

Frente al espejo una rosa aroma
la entrada de la casa, en unos pétalos
blandamente se deshoja el tiempo,
fanales de penetrantes guiñadas
en la hora que deambulan los céfiros
entre las hojarascas de los arraclanes
o las riberas húmedas de los sueños.
  
Las espinas atemperan los vestigios
que la tarde descuida en las campiñas
subliminales de la infancia donde un deseo
era la mano profundizada en la tierra
para sentir el cosquilleo de las cavernas
inexploradas de los tesoros que no existen
mas que en el futuro inaccesible.
  
En nombre de la rosa el espejo
refleja la levedad
de las verdades que atavían
de extrañeza las cosas
tras las palabras que en los oídos
se quedan ancladas como espinas
que al pasado te atan
cuando escarbabas con las manos
la fortuna de la inocencia.
  
©  José Luis

Estratos eventuales

Estratos eventuales

El cielo se enturbia con la noche
y adquiere esos matices de vaguedad,
pinceladas amaestradas en el lienzo
de un niño que tira de la cometa
porque se niega el viento a llevarla.
  
Indistintas franjas motean el aire
quebradizo de suspiros
en una reseca tormenta de sombras
donde la imaginación desata las alas
de lo imprevisto, lo que intimida
en la oscuridad.
  
Siento en la cara imperceptible el roce
de las montañas que nacen de las tinieblas
mientras los párpados sondean el silencio
invisible entre los coches que iluminan
de rojo el sendero rezagado de las orugas
en una cuneta húmeda y de la luz olvidada.
  
Me gustan las noches que traen ambigüedad,
esa emoción que retiembla en el estómago
y asalta cualquier negrura por extraña
con la especulación de temor
ante un posible fantasma,
como si no tuvieran los fantasmas
mejor cosa que hacer
que concedernos una “despe”.
  
©  José Luis

Menta libad

Menta libad

En la soledad de la mesa dos vasos brindan
por unas horas de charla en las hojas
extractadas de menta y agua avivada
con la lengua de las palabras que emergen
dilatadas como corrientes de aire
que acumulasen las nubes que se descargan
con el vuelo de una mosca
ante la indiferencia de la rana
que dejó de croar por una creencia.
  
Los restos en los posos hablan
de cuando nacieron de la tierra
y eran regueros de savia,
inarticulados fonemas en la boca
de una inmaculada montaña
que por primera vez conoce un amanecer.
  
Las manos dejaron de libar la consciencia
refrescada en la menta de los labios
lúbricos que olvidaron en el deseo
el sabor amargo de la muerte.
  
©  José Luis

Sonrisa portátil

Sonrisa portátil

Luces en tu cara la alegría de la fiesta
mientras miras a la profundidad
de la cámara donde se oculta
la inocencia del niño que también reía
radiante una mañana de primavera.
  
Parece que los recuerdos afloran
cuando se descuida la mirada
en el meridiano del horizonte
y asaltan los guerreros del pasado
desbaratadas del presente las murallas.
  
Mansamente llevas al silencio los labios
donde aguardan las imágenes de la fuente
que refrescara tus días en la cánula
sazonada de abrazos y besos frutales
en los sueños de la introspección.
  
Siempre existe un tiempo,
un momento en el que la vida
se abstrae y descompone en miríadas
de portátiles sensaciones
que nos transbordan a esos otros mundos
que la realidad esconde.
  
©  José Luis

Brasas azures

Brasas azures

El cielo se ha extractado en tu regazo
en pedacitos azules de caramelo
y cubos irregulares de inconsciencia.
  
En cada amanecer se cuartea la noche
entre las sombras de los trigales
cuando los amantes cierran los ojos
y sienten, sugieren, amada su presencia.
  
La madera abandonó el árbol
y se hizo cenizas,
se abrasó en los brazos del amor
donde se renuncian los cuerpos
al fragor tumultuoso del incienso,
del olor que del fuego se propaga
al aire, soberano de las ausencias
y conciliador de los arrebatos.
  
Retengo en una urna
el azur de tu mirada,
impenetrable en una urna
a la profundidad de la distancia,
mientras pasan los días
mi cuerpo todavía guarda
los arañazos del cielo
en la piel de la alborada…
  
©  José Luis