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Rastro de FreeWolf

Esferas germinales

Esferas germinales

De la tierra los tallos surgen
de la nada crecen los pensamientos
de las cúspides en el jarrón
donde las esferas de los sueños
atraen pecíolos e inquietudes.
  
De tus ojos nacen miramientos,
fugaces estrellas surgidas
del aleteo de todos los versos
en mis labios meditados.
  
Como burbujas se han deshecho
los silencios tras la noche
en los estambres de la aurora
cuando los roces y la piel
despacio se encendían
y tramaban a nuestras espaldas
solos dejarnos.
  
La hierba susurra
a los lados del camino
a los pies del caminante
que dos globos flotantes,
toronja y gualda,
se bambolean
al compás de las estrellas
fugaces.
  
©  José Luis

La mirada de un perro

La mirada de un perro

Un ladrido
y la cámara dispara
otro sonido al perro,
otro ladrido dispara
a la cabeza de su dueña
que con las gafas se agazapa.
  
La negrura de su pelo
relumbra en la claridad
y terrosa la mirada
mira y mira sin parar
preguntándome qué pasa
que si ya se puede bajar
de los brazos de su ama
e ir a oliscar
las piedras del destino
o simplemente pasear
entre los pasos del camino
entre los pasos de la mar.
  
Cuatro patas que se agitan
y la cola mucho más,
un suave roce en la pierna
es su natural despedida
con la mirada hacia atrás.
  
©  José Luis

Desde el pasamanos

Desde el pasamanos

Se agolpan las presencias de unas manos
en las perceptibles huellas de la superficie
pulida del pasamanos mientras una tela
pasaba la lozana limpiadora cantando
y ver su rostro devuelto fielmente
como ella lo recordaba de antaño
cuando las verbenas llenaban la noche
de otras huellas en su cuerpo
de otros labios en su boca.
  
Era un portal cualquiera
de esos que los vecinos no notan
el paso de la gente
donde la soledad es un zumbido
muy dentro, un aguijón de la sombra
que se instala en el corazón
y sabe de la premura del tiempo
ante la vida que se ha ido escapando
como las manos por la balaustrada
por las escaleras del miedo
de la misma vida que se dispersa
en la pasada de un paño
por las huellas pulidas de los recuerdos.
  
Esta mañana en el portal
quedó expuesta una esquela,
y es posible que otro vecino
haya nacido aquí
a la vuelta…
  
©  José Luis

El lienzo que se dejó labrar

El lienzo que se dejó labrar

Blancos son los hilos que amanecen
en los primorosos paños de la costurera,
de las manos que saben caminos
por los que bordear las verdades
junto a las triviales mentiras que ciñen
el pensamiento de nebulosidades.
  
Cercano es el sol en el cielo,
en los rayos que juegan y esconden
la redondez del mundo
o de una manzana servida
a la jugosa inquietud del miedo,
al cosquilleo pausado e inquietante
de los dedos bordando toronja
el centro mismo de nuestro universo.
  
Pasa el tiempo
mientras desfilan las miradas
curiosas por las madejas,
por la habilidad de las agujas
mientras se enraman
las conversaciones
al pintoresco paisaje
de unas paisanas a la puerta
ancestral de las catedrales
y de sus piedras labradas.
  
Una pregunta resuena en mi mente
¿por qué ocupan las tardes
frágiles de un paño los hilos
en la mansedumbre del aire?
  
©  José Luis

La licorera

La licorera

Cercena la claridad su silueta
enjaezada brillante en la sombra
del acero acristalado en la copa
olorosa y rutilante tras el líquido
dorado en el paladar del silencio.
  
La ventana resplandece en un punto
estrellado en la bola que vela
el vacío pleno de un instante
que fue fuego en la garganta
y sonrisa en un beso.
  
La arena se esconde en la trasparencia
del tiempo o de una gota que resbala
por las láminas de un verso o por mi boca
mientras el sol en el ocaso se proclama
dador de vida, heredero de la esperanza
que toda noche fragua en el crisol
suspendido de la aurora y de la luna.
  
Proyecta su sombra la licorera
alargada en la orilla del riachuelo
de aguas ondulantes en la frente
como un pensamiento que extraña
el origen de los sueños…
  
©  José Luis

Impresión uno

Impresión uno

Las pinturas gritan el abandono por la mesa
piden que la rosca diluya la prisión del tubo
tras las manchas saturadas en el ajustado paño
y anhelan creativas pupilas que el silencio rompan
en la vaguedad de imágenes e imposibles recuerdos.
  
Mirar en el interior de un cuadro
es ver los propios pensamientos
o las palabras ocultas de su autor
en la fragilidad de sus dedos
mientras se arrastra el pincel
por la superficie perpendicular del suelo
donde ponen de pie los sentidos
e incluso la extrañeza en el ojo.
  
Cárdenos atardeceres resplandecen
cuando el sol da al mundo la vuelta,
cuando mis manos rodean en tu piel
la piel de tus propias manos,
la piel esculpida por pinceladas
que se figuran tras la caricia
de mis labios en el cielo
cautivado de las rosas
y por los vientos que suspiran
olorosos pétalos, oleosas sombras
en la antesala de los sueños.
  
©  José Luis

Caída de agua

Caída de agua

La lluvia es constante en su caer,
las gotas se abandonan a la gravedad
a la calidez de la tarde en el tintineo
penetrante como un sueño
que vuelve cada noche
a preguntarnos por el significado
irreal de un río que se pasea
por las piedras y los árboles
que bordean su camino.
  
Saben las hojas y los tallos el destino
del agua que los llora y los moja
mientras canturrea en su caída
los secretos arrancados al cielo
y a las cumbres del silencio
donde van a parar los rumores
de un abismo de pensamientos,
de sonidos indescifrables
que vagaron por los planetas
de un principito encantado
o encantador de sierpes.
  
Las cataratas en los ojos descienden
de una luna plateada que se parte
cuando la beso en la frente y la aúllo
en el lecho de la muerte
o del mar que todo río conlleva.
      
©  José Luis

Lomas de atardecer

Lomas de atardecer

Claro es el día abierto en el azul
celeste de los aleatorios encuentros
entre los sueños que bordean el amanecer
y las almas fugaces de los cuerpos
  
cuando el mar deslía las espumas
en el fragor de los pensamientos
y las nubes se esconden en las esquinas
transgresoras de las enarboladas lomas
  
que pueblan los atardeceres de siglos,
violáceos resplandores y amores eternos.
  
Una nube ajusta los rayos a la perpendicular
inseparable del horizonte donde los pájaros
practican sus vuelos y una cigüeña zigzea
entre la curvatura de su pico y los alerones
  
flotantes del viento mientras se deja caer
en el regazo del espejismo, la contracorriente
sus plumas arquea como paños entretejidos
con los hilos del tiempo y los labios de la aurora.
  
La quietud se extiende más allá del universo
impalpable donde el reloj su arena detiene.
  
©  José Luis

El despacho

El despacho

Las ventanas filtran los rayos
que del sol se escapan como niños
que corren sin rumbo y se desbandan
e irradian en el aire esa claridad
que ensordece las noches heridas
por una luna de impalpables luciérnagas.
  
En el rincón una mesa se extiende
y refleja en su pátina el color
inmovilizado del viento, invita
al acomodo un asiento,
a depositar los brazos en la repisa
circunspecta de los recuerdos
y los dedos, tenuemente, pasean
las yemas del invierno
en la calidez del árbol
que forjara la gaveta con los escritos
de un bardo en su entraña retirado.
  
Son las horas un minuto
en las trencillas de los versos
mientras se  acercan las sombras
irreflexivas a los cristales
y se desliza la pluma por los pliegos
que anidan en el despacho.
  
©  José Luis

Colgando en la oscuridad

Colgando en la oscuridad

El maíz que estuvo en el campo
meditado por el sol y el viento
es resguardado en su madurez
en el fondo oscuro de un granero.
  
Apiñado en lo alto de la techumbre
aguarda impasible al paso del tiempo
mientras, como en la vida, acontece
toda una eternidad a su alrededor
y llega, invariable, el ansiado momento
de llegar a saber para qué nació.
  
La oscuridad retiene en su memoria
otras estaciones donde el maíz
también pacientemente esperaba,
entre los arreboles del silencio
y los objetos que ya no servían,
ser desgranado con las manos
que amasaron la creación
con su propio hálito.
  
©  José Luis

Hojas sobre piedras

Hojas sobre piedras

Baja el río entre las piedras
como tantas veces en su curso
y arrastra en sus descuidos
las hojas de los árboles
de la voluntad desposeídas.
  
Saben las hojas que algún día
harán realidad el vuelo
que les lleve a otra parte,
a otra forma de ser vida.
 
Puede que no sea su deseo
ni siquiera lleguen a entender
que el ciclo no espera
ni cuanta con ellas
más que para justificar
su significado.
  
Por eso el río en su recorrido
amortigua con el agua la caída,
siempre dolorosa en el olvido
de abandonar lo que se quería.
  
©  José Luis

Vista al frente

Vista al frente

En un chasquido en la distancia
donde no controlan los ojos
el aleteo brumoso de las nubes
se gira imparable la cabeza
en el torbellino de la inconsciencia.
  
Sigilosamente crece la hierba,
vuelca en la tierra la fronda
vigorosa del cielo y la lluvia,
allí se unen a la irrealidad
en las sombras del abismo
donde transitan mariposas
de la armonía y el deseo.
  
La vista que fuera al frente
se sesga en la nocturnidad
de los silencios y las horas
cuando la aurora bordea añil
los matices áureos de las siluetas
de las mariposas y los deseos
en el mar de las esencias,
retorna ancestral la mirada
a la furtiva hondura de la hierbaa.
  
©  José Luis

De visita por Salamanca

De visita por Salamanca

El río Tormes atraviesa Salamanca
en los paseos por sus puentes
y las riberas atenazan las miradas
de la catedral a los transeúntes
mientras como barcas arrumban
las orillas de arenisca e historia.
  
Las calles bullen de pasos y pláticas
al compás extático de algún mimo,
de los acordes historiados de sus plazas
donde los niños retozan con sus madres
o con aprendidos cantos de sus juegos.
  
Desconocidas las caras se cruzan
con el soplo de los quebrantables años,
se adhieren los ojos a los monumentos,
a las mortales manos de los menestrales
que baldearon en las piedras conocimientos,
semblantes tras tantas auroras y nubes
que cristalizaron en la existencia su savia.
  
Una visita es una vuelta a la infancia,
al recorrido de las letras por el libro
agujereado del tiempo, escritos en imágenes
emanadas de los sueños que fueran destinos
por las indefectibles sendas del misterio.
  
©  José Luis

La ropa de la fachada

La ropa de la fachada

Hay fachadas aisladas,
sobre ellas la ropa se extiende
como estandarte de intimidad
expuesta al aire, al sol
y a la curiosa mirada de los paseantes.
  
Hay fachadas asentadas
sobre el azul celeste de un árbol
con las ramas extendidas
y con desnudas prendas colgando,
no hay interior más paradójico
que el de sentimientos acallado.
  
Hay fachadas encaradas
a las verjas del deseo
tras encarnadas y tenues sedas,
tras los herrajes que las separan
de los roces atrevidos y etéreos.
  
Hay fachadas encaladas
en las nubes y celajes
de ríos profundos y esquinados
a las afueras de los lugares
sobre puentes de juncos y amalgamas
de noches terciadas con la luna llena.
  
Hay fachadas acostadas
sobre las sábanas del olvido,
fachadas de antaño, de abuelas
sonrientes en los labios rociados
del tiempo extraído a la vida.
  
©  José Luis

Suela recalcitrante

Suela recalcitrante

En la suela del zapato llevo pegada una verdad,
una verdad que seguramente estuviera descuidada
sin nadie que ambicionara alimentarla o quedársela,
una verdad que dolía o en exceso comprometida.
  
Las verdades crecen en el albedrío de la noche
o a la taciturna luz de la aurora, cuando las palabras
están dormidas y se recompone al soplo de la inocencia,
entonces las imágenes de los todos los ojos del mundo
se desprenden e instituyen una arboleda de estirpes,
singulares voces nacientes tras el extenso piélago
de pétalos fecundados en los labios de una joven
y dilatada bruma que las cepas devora de la razón.
  
Atrás quedaron mis huellas,
en el abismo de la madrugada,
con el sueño
que como un caleidoscopio recomponía la realidad
en menudos y versátiles cristales de inconsciencia
donde fijada un verdad
se me hacía incómoda.
  
©  José Luis

Inadvertida pitanza

Inadvertida pitanza

Un segundo se impulsa en otro
cuando la tarde embruja los matices de la aurora,
los pájaros, bulliciosos, se reúnen en el árbol
y proclaman los voces oídas en alguna parte
mientras las hojas, embebidas,
cierran los ojos y escuchan.
  
Los trinos atraen las letras caídas
en los bolsillos de la inercia,
juegan a descubrir las palabras
que no llegan a pronunciar
pero que les pertenecen
porque las han recogido en sus picos,
inadvertida pitanza entre las espinas.
  
Una gota se perpetúa desde la bruma
donde la incertidumbre de las imágenes
resurgen del pozo de la sabiduría
y la tentación, es el fruto inmaculado
en el que se encierra la sonrisa de la luna
o la perplejidad de la existencia.
  
Los tallos de la noche se estiran
en los huidizos aleteos de las ramas
imperceptiblemente
rozando los aceros de la ventana
en nuestros sueños se cuelan.
  
©  José Luis

La sombra del pájaro

La sombra del pájaro

Quisiera el hombre las alas del pájaro,
disponer de la libertad de revolverse
con esa misma facilidad que con la mente
por los lugares remotos e inalcanzables.
  
Volar,
arrancar los pies de la tierra
y merodear sin rumbo fijo
en la altura de las distancias inmediatas
con los ojos invisibles en el espacio
y saber de lo que era ignorado,
de los rumores sensibles de las montañas,
de la calidez del sol en las playas del olvido
o quizá de la contingente vorágine de las estrellas.
  
Volar
entre los arcos de la noche
y ver las luces del mundo
en los monumentos de las reminiscencias
con las irisaciones propias de la grandiosidad
de saberse imperceptible y delicado,
saborear cada detalle de luna en la mirada
caleidoscópica de los tiempos inciertos
cuando se extinguen las claridades
y sólo queda el sueño como clandestino
refugio de lo imposible.
  
Volar
en el interior de los pensamientos
tras la sombra de ese pájaro
que posa la mirada en los brazos
extendidos a la curvatura del horizonte
donde todo Peter Pan se sueña…
  
©  José Luis

Granizo caótico

Granizo caótico

Dejaba el sonido del golpeteo
contra el alféizar
translúcidas y ateridas esferas
de hielo en el poniente
del ventanal formando una piña
inconexa de claridad gélida y humeante.
  
Se despereza la mañana del domingo
entre gruesos nubarrones de espanto
y la amenazadora serenidad del aire,
una turbadora posesión de los caminos,
de las calles que se cierran al paso
y las almas descobijadas se mezclan
monótonamente en las campanas
que repican con los badajos de los cristales.
  
Baja una fría sensación
por la espalda de la naturaleza,
un corrimiento de quebradizas piedras,
un lamento, un sollozo reprimido
y turbulento que se desata
dejando en el ambiente el temblor
amalgamado de pupilas y presencias.
  
©  José Luis

Lluvia en el coche

Lluvia en el coche

Mayo trae precipitaciones sin descanso,
no cejan las nubes en su empeño
de enjuagarnos la cara,
de volcar en la tierra lágrimas
tormentosas de opacidad y bravura.
  
Y en un momento
se humedece la tierra,
cala los huesos de asfalto y acera
formando veneros tumultuosos
que huyen espantados por la fiereza
de la caída por los sumideros
mientras danzan las gotas
su ceremonial de lluvia,
devotos chamanes de fosforescencia.
  
Las improvisadas gárgolas
manan canalillos de meditaciones,
delgados torrentes de mondaduras
confinadas en el abandono,
ríos de nombres y olvidos.
  
Un coche rueda entre los límites
de la humedad y paciencia
tras el parpadeo de las escobillas
que barren el agua del parabrisas
como nubes que paren inmensidades
de rostros velados y heridos.
  
©  José Luis

Red Splash

Red Splash

Observo pacientemente caer la lluvia,
las gotas se detienen en la barandilla
del balcón suspendidas momentáneamente
mientras resbalan azures por la pátina
evanescente del tiempo.
  
El agua no se olvida del árbol
que acompaña por la vereda al río
y le confiesa las historias
que le suscitan los rumores del viento
o los cerúleos reflejos de la luna.
  
La gente se resguarda en las cornisas
perpendiculares al soplo de la noche
y las cantilenas de los pájaros,
no quieren los recuerdos del agua
esos recuerdos que calan
pero que parecen extraños,
aunque en realidad son los propios
vistos desde el aire
o desde la perspectiva de lo inexplorado.
  
Una gota me provoca el recuerdo
carmesí de tus labios,
persistente de las palabras y los silencios
que hacemos entre nosotros carne.
  
La gota y los recuerdos
en un instante se desvanecen
y perduran en ese resquebrajado splash
que en multitud de corpúsculos
al tiempo detiene.
  
©  José Luis