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Rastro de FreeWolf

Escisión en silueta

Escisión en silueta

Hay momentos en los que el cielo se cruza
tras las hélices abiertas de la introspección
en cigüeñas que planean diáfanas los vientos
y observan la quietud perpendicular del mundo.
  
A lo lejos la sombra vuela entre los nublos
cárdenos del silencio y azures los ojos
del firmamento se descuelgan tras la tarde
mientras replican los búhos a los relojes.
  
Unos segundos pasan en el insomnio de la mirada
y huidiza la silueta transmuta invisible el espacio
con su parpadeo de plumas en eternidad y distancia.
  
Se convierten tras la ventana los picos de las aves
en tijeras que inciertas rasgan del horizonte las telas
escindidas de la luz y la posesión longitudinal del alba.
  
©  José Luis

Montaña fluida

Montaña fluida

Se enrarece el ambiente y las sombras
se agolpan vaporosas en el subterfugio del aire.
  
Humeantes masas zigzean sus formas
entre azures y tupidas consistencias,
el polvo de la noche infinita se expande
en una perpendicular huida de asombros.
  
Túrbidas las penumbras celan en la noche
la boca sangrante de la inextinguible lluvia
que imperceptible bordea las montañas
sinuosas del olvido tras el céfiro amante.
  
Gotas que golpean los cristales conversan
con los ojos del desvelo, entre los sueños
que fraguan la madrugada y la inexistencia
dejan en el aire átomos de pasión y locura.
  
Se eleva una plegaria y el espíritu
se dispone sereno en la curvatura del universo.
  
©  José Luis

Estrías adiestradas

Estrías adiestradas

Las ruedas rotan en los vórtices
azabaches y bruñidas adarajas,
se retienen tácitas en el vínculo
circunstancial de la breve zanja.
  
Transversal han sesgado la calle
de una a otra acera, una frágil cesárea,
paralelamente la tierra se destripa
al cruce de vecinas y curiosas palabras.
  
Ahora los coches retendrán la fiereza
del pie que al albedrío intimida o no duda
de la velocidad desmedida, de una locura,
de cargarse la vida en una frenada efímera.
  
Cumplirán las estrías esa función asignada
a la olvidadiza razón del que sentado en el trono
se cree con el poder de circular a sus anchas,
muda tropelía entre el rechinar de las rejas.
     
©  José Luis

Verja cautiva

Verja cautiva

Las manos trabaron los dedos de la noche
en los cuadrados que al mar dividieron
en infiltración y emanación de nubes
tras los regios montes de la eventualidad
cuando las páginas que transcriben la vida
cayeron como lluvia en el olvido y en la selva.
  
La mirada traspasó los límites del recuerdo,
lágrimas de invisibilidad fueron los ríos
que lamieron curvos los labios de la duda
donde cada paso que se derriba en el abismo
renueva en el cielo las indómitas péndolas
de la luna entre las exhalaciones del deseo.
  
Fijos los ojos en la inmovilidad truenan en la arboleda
lumínicos haces de perplejidad y afectuoso viento,
los años dejados en los frunces de la existencia
enarbolaron ciclos de simiente y arrebatado desboco
ahora glaucos silencios en la lejana orilla del tiempo,
mientras un ininteligible sonido se desceñía del abandono.
  
©  José Luis

Cuando la lengua reverdece

Cuando la lengua reverdece

En una fiesta se entremezclan las sonrisas
con los vasos de los fugitivos que atemperan
con sombras el aliento, con bocetos la fusta
que evanescente se descuelga de las atalayas
o de una tarde sin principio ni aflujo de ondas.
  
Unas audacias que salen dejan verde la lengua,
musgosa en la bajada del tono o de la sinceridad
y los dientes roen entre inexistentes notas un bolero
olvidado en el gramófono que guardara la abuela
en el refajo de la memoria o en un cajón de la mesilla.
  
Pasaron los chatarreros del alma y entre voces
vararon los sueños que pronunciaran unos labios
al abrigo del río o del puente del silencio
donde la libertad fue una manzana arrojada
a la disputa de sabios y fumigados atardeceres.
  
Sorpresa entre los presentes,
el caramelo de un cadáver…
  
©  José Luis

La fuente sin balaustrada

La fuente sin balaustrada

Las fuentes son espacios privilegiados
donde el sonido y el agua armonizan
rítmicamente los oídos y los ojos
con el parsimonioso dilatar de la calma.
  
Resbala fresca la lluvia por los tabiques
transitorios y oxidados del letargo
mientras se agolpan arqueos de espuma
en la salpicada extensión de la sutileza.
  
Pequeñas chispas se desvanecen en abanico
evanescente de menudas pompas y perlas
tras el eco que se aglutina en las sombras
glaucas de la superficie y la caída líquida.
  
Una alondra deposita su pico en la humedad
saciadora de sed y de enigmas, en la mañana
el rocío trasparentaba el aire con los pétalos
humanos del sí y el no, de las dudas y los deseos
con los que toda fuente sin balaustrada sueña.
  
©  José Luis

La flor abierta

La flor abierta

Arrinconadas en la memoria las voces suenan,
voces que evocan sonidos sin palabras,
siseos ancestrales en la garganta
donde nacieran el conocimiento y la duda.
  
Navegan los silencios desde la hondura
en veleros vidriosos y espectrales
tras las brumas que invaden los mares
que fueran corrientes de conquista y fuga.
  
Bucaneros de la noche proyectan sus trofeos
entre inolvidables pétalos y cobrizas carabelas
que surcan en contornos suspendidas cataratas.
  
Inquebrantable la flor abre su tesoro al viento
donde absorbe los corpúsculos de la experiencia
y en la tierra con inmortal despedida se desgrana.
  
©  José Luis

Constructor de vientos

Constructor de vientos

Quietud
en la noche
en los silencios del alba
cuando la claridad aparece
y ancestrales tonalidades
ocupan el horizonte
y las canículas del alma.
  
La inconsciencia no sueña
sueños de la mañana,
la inconsciencia penetra
en los contornos de la oscuridad
donde dejamos la calma
a un lado, al fondo del piélago
junto a las glaucas algas
en el vaivén de las norias
y los barcos que navegaban
por la dilatación de los espejismos.
  
Traen susurros las nubes,
susurros cárdenos al cielo
y dorados a tu cabello,
mientras titilan mis ojos
haces de odas silvestres
y repiten mis labios
el soplo de la creación
en los vitrales de tu cuerpo.
  
©  José Luis

A vueltas con el mundo

A vueltas con el mundo

El perro arquea su piel
en un ritmo frenético
y consigue que el mundo
vire aún más rápido.
  
Nos sujeta firmemente la tierra
por la fragilidad de los pedestales
donde no existe otra opción preferible
que despojar a la vida
del boato de la suficiencia.
  
Inquebrantable gira el molino
con el viento,
con el agua,
con las palabras del olvido
en las páginas anudadas
a las velas de un suspiro.
  
Cesan del mundo las vibraciones
cuando se descuelgan los parásitos
del tejido íntimo de la espera
y vuelven a ceñirse a la inexistencia
hasta el próximo ataque.
  
©  José Luis

De zapatillas

De zapatillas

Transcurren los días al calor y la luz,
son momentos de paseo,
de caminar entre la gente
y observar
cómo la naturaleza se recrea
en sí misma
y se exhibe en cada cambio
mientras también nosotros afloramos
con cada estación reverdecida.
  
Unas zapatillas se llevan mis ojos
tras el intenso dorado de las rayas
que caminan y se interrumpen
en la pasarela que sujeta la corriente
a los pilares de la angostura
sugiriendo ondulantes recovecos
entre profundos y musgosos tornasoles.
  
Un instante flotando en el aire
la mirada hacia ese lugar
donde se vela el pensamiento
y de pronto vuelven los pasos
a llevarse las rayas y mi atención
ensimismada hacia el sendero
abismal del enajenamiento…
  
©  José Luis

Vendedora de atisbos

Vendedora de atisbos

La mañana discurre pacífica
entre los aledaños del sueño
y la muralla, con un libro
en las manos la vendedora
al tiempo lo va componiendo
tras las miradas de los paseantes.
  
No era la primera vez
que exponía sus trabajos
a la curiosidad del público,
pero siempre la sorprendía
que de vez en cuando una pregunta
la entresacara de sus reflexiones.
  
Hoy el sol vuelve a arrullar su pelo
con las inaccesibles líneas que brotan
del viento y las montañas de lontananza
donde los rayos son más puros y claros,
donde el silencio se amasija en alcarrazas
de lluvia, de temblores y quebradizo fango.
  
Una cabeza se inclina atisbando “tus cosas”
pretendiendo ver como propia en su reflejo
la satisfacción a toda necesidad de encontrarse,
de saberse frente a los vislumbres de la nada
y darles forma en su mente,
arrancar del espacio las resonancias
que colmen sus sentidos y embelesos
cuando escucha esa palabra
que parece su nombre…
  
©  José Luis

Pared germinal

Pared germinal

Las nubes depositan en las paredes simientes
inquebrantables donde perpetuar hojas y fronda
entre haces de sombra y luces de las farolas
cuando armoniza la lluvia las danzas del hechizo.
  
Brotan flotantes los deseos en granados pétalos
que aroman el transitar diario de los paseos
mientras los pies de la tarde se desencaminan
en las travesías de páginas ojeadas al viento.
  
¡Cuántas veces se mecieron nuestros cuerpos
en el clandestino titilar de los apacibles crepúsculos
donde disponíamos nuestra juventud en los roces
cálidos del muro, las hojuelas y el silencio!
  
Guardarán nuestro secreto las murallas,
guardarán el paso imprescindible del tiempo
entre las glaucas oquedades y recuerdos
de dos jóvenes que con ellas custodiaban la noche.
  
©  José Luis

La lata azul

La lata azul

En la tranquilidad del suelo reposa la lata
que antes fuera asida entre las manos
y ahora recibe del sol la intensidad
azur del abandono que le dieran unos dedos
en el vacío y la distancia hasta la tierra.
  
Las briznas crecen glaucas en el suelo
donde la simiente el devenir alfombra
desde la expansión furtiva del tiempo
y la multitud de partículas el aire disloca
en sube y baja tras turbadores vuelos.
  
Pasarán los días, serás parte del panorama
como las hojas que se descombran otoñales
a la sombra inmaterial de los tesos árboles
mientras desatiendes celeste la irisación
callada, herrumbroso cascote de la noche.
  
©  José Luis

Junto al poeta

Junto al poeta

El bronce te ha dado forma
en la escultura con tus poemas
tras los que tus ojos se asoman
frente al atardecer del río
con las nubes tenues y sonrosadas.

Quizá sentado concibes el cielo
o la eternidad que te pertenece
e indestructible trabas de las palabras
las entrañas a la tierra y a sus hijos.

Eres asiento en el rincón, poeta,
donde la calle te lleva esos amigos
que posan las manos en tu gorra
o siguen en tu mirar los versos
que son pared en la memoria.

La capa que de ti pende vuela
entre los pájaros de la noche
y los haces desgranados de luz
de las estrellas de Salamanca.

Hasta ti un chico se acerca
para dejar entre tus brazos
candente la estela de su alma
para que la hilvanes con tus poesías.

© José Luis

A los pies de la tierra

A los pies de la tierra

Las briznas de hierba cercan al árbol
que en la soledad del prado se serena
del bullicioso clamar de los pájaros
cuando la noche y la bruma se acercan.
  
Son sus raíces exploradoras del viento
con el que sueñan desde la oscura tierra
que celosa guarda huesos y secretos
en el terminal aposento de la caverna.
  
Flanquean tus pies los pensamientos
que los jardineros olvidaron en el filo
circunstancial de la labor y el tiempo,
franjas azules y gualdas en perspectiva.
  
La reciedumbre contemplo de tu tronco
enramado a la estentórea cúpula del cielo
donde escuchas los sonidos entremezclados
con las rosetas ululantes del viento.
  
©  José Luis

En busca de la otra orilla

En busca de la otra orilla

El agua humedece tus riberos
rumorosa, mientras pasa por el puente
desordena de tu catedral las piedras
en la profundidad de los reflejos.
  
A la orilla se mecen unas tablas,
rizan sinuosas el silencio en ondas
que se expanden concéntricas al cielo
tras las cigüeñas que gráciles lo atraviesan.
   
Es una mañana de mayo clara y vigorosa
con el sol lamiendo la quietud del aire
mientras se han desposeído las nubes
tras el eco invisible y unos revoloteos.
  
Alargo el brazo hacia la margen del río
y dejo que me bañe el agua los dedos,
sueño que transito por tus calles
mientras braceo hasta la otra orilla.
  
©  José Luis

El maullido profundo

El maullido profundo

Los pasos son maullidos
entre los arreboles del viento
junto a las garras de la noche
y al lineal granito del sendero.
  
Rumia en cada vuelta la gata
el espectro de la ausencia
donde extraviaron acaso la mirada
los gatitos que de ella dependían.
  
Siento cómo se eriza su piel
con las sospechas del recelo
que en cada mancha de su cuerpo
se llaga de pavura y vueltas al desvarío.
  
Profunda es la desesperación
de los pasos al vacío
cuando se pierde el corazón
ante la ausencia de los hijos…
  
©  José Luis

El balcón de los atardeceres

El balcón de los atardeceres

Estoy en casa
ensimismado en los quehaceres
de una tarde de domingo.
  
Fuera siento el constante piar
que de los árboles emerge,
es el bullicio de los goznes
entrañables de la primavera.
  
Salgo al balcón
para mitigar la pesadez de la estancia
y de la oscuridad que se apodera
de los ojos y semblantes.
  
Observo cómo se oculta el sol
tras los edificios de enfrente
mientras se incendian las nubes
y bañan de dorado el aire.
  
Una vez más
me absorbe el crepúsculo
la consciencia y el anhelo
de mortal imperceptible
entre los abismos del universo.
  
©  José Luis

El surtidor inescrutable

El surtidor inescrutable

Son los días de sol sonrisas abiertas
y ojos selváticos que recorren distancias
impenetrables en las sombras que se esconden
tras los reflejos y colores de las formas.
  
Una fuente susurra en el surtidor de agua
las leyendas de un río que vaporoso humedece
tierras y paisajes tras el transito constante
y único por el devenir del tiempo y la historia.
  
Azures son los posos del cielo en el bronce
prieto por el linaje de los fugitivos de Selene,
hombres que elevan súplicas en los brillos
transgresores de obediencias y promesas.
  
Tenaces las ondas se dispersan concéntricas
salpicando los ecos de unos niños que retozan
iniciática su vida en vibrantes turbulencias,
indescifrable torrente de meditaciones.
  
©  José Luis

El mirador de la puerta

El mirador de la puerta

Alojan las ciudades en sus recintos
junto a sus innumerables piedras
pedacitos de intrahistoria,
memorias de otros tiempos
de otras gentes
y de lo que esperanzaron y vivieron.
  
Guardan las puertas el interior de las casas
donde unas fotos, unos muebles, unos búcaros
son la mirada imperceptible que nos acompaña
con el devenir de los años, los hijos, el trabajo.
  
Otras puertas recogían entrañas de espiritualidad,
eran puertas gruesas como corresponde a un corazón
espaciado del desmedido mundo y sus tentaciones
un espíritu orlado con herrajes de soledad, de olvido.
  
En cada lugar hay cantos que se elevan al cielo
en remachada plegaria de oquedades, de ventanas,
con las líneas rectas y ondulantes al entorno
entramando intrincadas manzanas o barrios antiguos
donde pasear o dejar vagar las ideas, los pensamientos.
  
©  José Luis