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Rastro de FreeWolf

Al fondo de la linterna

Al  fondo de la linterna

Al fondo de la linterna la luz apenas alcanza

más que una ligera tiniebla, una brizna en el ojo

llagado de la noche durante la ausencia de Selene

cuando es profunda e intensa la oscuridad

pero titilante en el espejuelo de las estrellas.

                        

Un tubo largo y acanalado parece un brazo

del que nos acompañamos los días de sombra,

sombra intrínseca en el alma, en la duda

que invade la razón cuando se pasea la muerte

del desgarro por la carne de papel y nardos.

                             

Fijamente miro la bombilla  y espero ver

la claridad de un cielo dilatado, sin nubes

entre las arrecifes borrascosos del horizonte

y que mi mente se convierta en un mar

en sus orillas acariciado por rumor de las olas

extáticas y filamentosas de las dendritas.

                         

Necesitamos en algunos momentos

sólo un dedo

que presione el interruptor del engranaje

para que no se quede nuestra percepción

en el fondo lóbrego de la linterna.

                              

©  José Luis

La postal de vacaciones

La postal de vacaciones

El cartero ha dejado en el buzón una postal,

la señal de que alguien está de vacaciones.

               

Son esos momentos en que encontramos solaz

en la desocupación de lo cotidiano,

en el pasear de las páginas de otras vidas

y otros recuerdos.

            

Nos trae el refresco del jardín

a la primera hora del día,

el sueño cumplido de lo que se espera

cuando se pone en la esperanza fe

y se vaga con las nubes mientras pasan

por el cielo y nuestra cabeza

como un pensamiento fugaz

al que después buscamos por todos los rincones.

                           

©  José Luis

Detrás o delante

Detrás o delante

Suena un teléfono en el interior del jardín,

su sonido hace vibrar los pétalos

que se adormecían entre las hojas de un libro

donde las palabras arrullaban los cantos

de los árboles al viento y al rumor de la hierba.

                     

Lejana la voz resuena en el eco de la noche,

los sueños se desbocan de la grupa de Morfeo

y una niña requiere su vaso de agua y apego

entre los corderitos que cuentan historias

de lobos y enigmas de carillones y fuentes.

                      

Sentadas en la cama se mecen los cuerpos

de hija y madre en unísono movimiento

mientras recorren las polillas la esfera

de luz, posesas, sin descanso, pretendiendo

desacelerar palpitante el tiempo de la vida.

                            

Es la noche un caballo que galopa sin miedo

entre las marismas umbrosas de la madrugada

donde allende, en alguna otra parte, un niño

por detrás de la herrumbrosa escultura tienta

la suerte del lidiador, y por ende, la de su sueño.

                   

©  José Luis

Pecas incoloras

Pecas incoloras

La piel recubre el cuerpo de sensaciones

desde la atalaya crepuscular del cerebro

como un sol de invierno que se rinde al día

naciente en otra mañana de la esfera

sinuosa del pasado entre tus brazos.

                         

Recorren las lágrimas el río oculto de la entereza

a través de la tinieblas que ocultan los árboles

sagrados del Edén a los hombres desde el pecado

de querer interpretar las verdades indestructibles

en una bola de cristal amalgamada de carne y tierra.

                                 

Indelebles las máculas de la humanidad

se van pasando de generación a generación

como invisibles y pertinaces sombras

que golpean las sienes en latidos profundos

de inconsciencia e instinto sobrenatural.

                            

Miro mi piel y observo incesantes los lunares

del tiempo, la edad y las imperfecciones

sujetas a la heredad de la luna y las mareas

de mi alma alrededor de la luz de tus ojos.

                         

Quiero que sea la infinitud tu cuerpo mi cobijo

amarrado a la impalpable inmensidad de las riberas;

tus ojos, faros incorpóreos, alumbren el camino

de mis labios por tu nombre hasta la calma innegable

de todo hijo de Eva en la eternidad inexplorada.

                           

©  José Luis

Burbujas de cava

Burbujas de cava

Una botella

en las fauces de la noche

que sujeta una copa alargada

donde reverberan las burbujas

ansiosas por la evasión de la cordura.

                       

El sabor fresco de la luna paladeado

en la brisa que trae la ventana

con los primitivos rayos solsticiales

en los ritos iniciáticos de las bacantes

antes de yacer con los hombres.

                          

Las luces de la ciudad ocultan el resplandor

centelleante de estrellas y hados blancos

que habitan en la sombra de las libélulas

los días de calor y de luna nueva.

                    

Repiquetea la columna de burbujas

en los oídos invisibles de la noche

que mis ojos te contemplan achispados

en la lejana línea de sueños y horizonte.

                 

©  José Luis

 

El sonar de la armónica

El sonar de la armónica

Resecos los labios

suavemente se humedecen

al contacto con la lengua

mientras seguía la mente

tarareando la melodía

que improvisara esa misma mañana.

                    

La calle era su auditorio acostumbrado

donde escudriñaba aquellas monedas

que le dieran resuello para seguir inspirando

las vibrantes notas de su armónica.

                    

Buscaba adentrarse en ese mundo

en el que las avecillas remontan el vuelo

y travesiean libremente por el aire

sintiendo la confusión de las corrientes

en el cañón y barbas de las plumas

como cuando pilotaba su descapotable.

                   

Esa sensación de velocidad e ingravidez

surcando paralelo a las espumas del mar

y las sirenas arrullando las lengüetas

adormecidas de la armónica en su funda

mientras abandonaba su cuerpo en un banco...

                                         

©  José Luis

Luces de neón

Luces de neón

Los escaparates dejan ver el interior

a través de los cristales que a su vez reflejan

espejados el exterior en imágenes diluidas

pero que se graban en el espíritu del vidrio

siguiendo la trayectoria añil del cielo

como ánimas que permanecen en la Tierra

por las corrientes del verdemar universo.

               

Una pareja se detiene y pegan las frentes

sin saber que sus recuerdos serán una vitrina

en la que los seres ocultos observarán su infinito

y su pasado tornará a sucederse en una secuencia

vertiginosa de acontecimientos dentro del torbellino

de imágenes desatadas en cualquier escaparate.

                               

La luz del día se esconde tras el horizonte

y las calles apagan los colores y sus tonalidades,

es el momento en el que se olvidan los ojos

en el territorio de Hades y las sombras

se dejan embaucar por los resplandores neón

entre las fauces tenebrosas de la noche

y los cristales liberan de tiendas y edificios

las voces y conmociones recogidos durante el día.

                           

©  José Luis

El día de ayer

El día de ayer

Deambulo sin rumbo por la calle alejado

de mis propios pensamientos y realidades

mis ojos dejan en la retina cinceladas las caras

que pasan inmersas en sus gestos y devaneos

mientras busco en su interior la estrella

que irradia sus noches y compone sus vidas.

                          

Quisiera dejar en sus ojos el dorado de los atardeceres,

encendidos púrpura y toronja en la oquedad de sus silencios,

mientras recorren sus interioridades en el azur del cielo

depositar en sus bocas las arropes de la eternidad

y rozar sus caras con el resplandor último del sol.

                             

Somos aire y nube vaporosa que transitamos caminos,

caminos que se superponen en las inquietudes y deseos,

ellos son yo y yo soy ellos, viven en mí y vivo de ellos.

                        

No podemos regresar al paraíso sin formar una gran cadena

sin haber intercambiado las imperfecciones del corazón

o llevar en la mirada el reflejo del crepúsculo en su tarde.

                           

Vuelvo la vista al frente al sentir llegar mi nombre

ceñido a tu voz y sentí tus ojos meterse en los míos

como todas las cara que vi el día de ayer por la calle.

                             

©  José Luis

Picaflor

Picaflor

Mis ojos son una cámara de fotos,

el mundo pequeño desde una ventana

de miradas donde se segmenta la realidad

en objetos y personas,

entre lo efímero y duradero.

                     

Busco durante el camino la perspectiva

más allá de la simple visión

interpretando en cada panorama

el alcance intangible del aire

cuando la noche es luz de luna

y sus rayos convergen en la hierba

silenciosa y húmeda,

una luciérnaga presta su rastro verde

a un cometa que fugaz se esfuma

y las notas rojas de una amapola

tañen la partitura de la inconsciencia.

                          

La contemplación de las flores

en sus tonalidades y aromas inmanentes

la he compartido con este colibrí

que me saludó con sus versátiles alas...

                       

©  José Luis

Teclado

Teclado

Es la noche clara la que despeja mi sueño

y sujeta al teclado de las palabras

inalterablemente con los dedos

que acariciaron tu piel tantas noches

y gustaron de escuchar las historias

furtivas en tu pensamiento...

                 

Ese mar embravecido por el aire ciego

de las tumultuosas olas rompientes

contra los arrecifes ardorosos del averno

donde dicen que se esconden las almas oscuras

huyendo del diablo y de sus propias ausencias.

                       

Añil y vibrante el cielo de nubes y hojas,

donde cincelas parsimoniosa el reloj del tiempo,

marca los rincones de nuestros encuentros

de manos, labios, lluvias efervescentes y bocas.

                      

 En tus párpados cerrados serpentean los ojos

agrestes y pardos en las playas del deseo

y van y vienen buscando la explosiva sensación

que trae libídine la tranquilidad y la calma.

                             

Y es esa noche la que a mí te entrega

plena y diáfana entre las sábanas

cada madrugada que dejo el teclado

cerrado con tu cuerpo y mis palabras.

                            

©  José Luis

Quise ser...

Quise ser...

Anoche tuve un sueño

soñé que era gaviota,

que volaba paralelo al mar

y blancas las burbujas de espuma

se adherían al plumón vaporosas

en la ondulación de las olas.

                            

Recorrí durante muchas horas

el cielo enmaromado a la levedad del aire

y en cada aleteada el impulso vertiginoso

me hacía más y más ligero en la inmensidad.

                    

Las estrellas eran puntos blancos

saliendo del paño añil del firmamento

mientras invisibles me rozaban las nubes

los extremos tenues de las alas.

                                 

El cuerpo perdía la gravedad del peso,

llegué a ser viento que acaricia mil caras

y arranca ineludiblemente una lágrima

de los ojos que se resisten a entregar la mirada

a la sombra eterna del oscuro sueño.

                   

Perfumado sentí el aire puro e inmaculado

en las montañas nunca antes alcanzadas

y pude ser árbol milenario y transitable

oteador de los silencios del mundo.

                        

Anoche quise ser gaviota

en el mar misterioso de tus sueños...

                    

©  José Luis

El cuadro

El cuadro

La tela va absorbiendo de un pintor

las impresiones cuando matiza las olas

de un océano donde la profundidad es oscura

y perpetua como arrecifes marmóreos

entre las costas de las islas lejanas e impenetrables

donde los barcos serpentean con sus esloras

las amarguras y los desasosiegos

de los espantos del universo.

                              

Se mezclan los colores

entrecruzando las sustancias pigmentadas

en las clepsidras misteriosas

donde remueven las magas

mágicas las fórmulas

y los efluvios retienen la memoria

en aquella culebreada manzana

que a la humanidad abrió los ojos

al conocimiento y concupiscencia.

                        

Su mano de una parte a otra del lienzo

va extendiendo el camino de las estrellas

que disemina la Vía Láctea en el espacio

y las sombras, esa zona huida de la luz,

no atienden al centelleo parpadeante

de Selene mientras habla con el mar

de amor, de Helios y la eternidad.

                              

Se adormecen ahora los pinceles

en el sueño de una noche, de un pintor

que susurra a su amada un verso

rasgueado en el silencio de un cuadro.

                         

©  José Luis

Al rumor de tu nana

Al rumor de tu nana

Rasgo los trazos en el papel al dictado de las nubes

rastreadoras de crepúsculos que el cielo surcan

y dejo en cada sombra el penetrar de mi silencio

en las piedras que inertes atesoran la profundidad

inmanente de la tierra poseedora de verdades

ocultas en el mar y en las hojas de las rosas.

                      

Son palabras secretas que sólo conoce el corazón

puro de la noche en el vacío oscuro y palpitante

de las estrellas que sin ojos miran el mundo cegado

a los hombres en el interior de una libélula

que revolotea como un faro orientado a poniente

donde los barcos pierden la línea del horizonte

y zozobran en las olas blancas del olvido.

                           

Tu voz, canto que tenue dulcifica mis noches

por las riberas de la creación y los espejismos,

no resiste descifrar los misterios de mis labios

y delicado posa un beso en las playas milenarias

de naufragios entre las caracolas y mis versos.

                             

Espero a la libélula y la luz de la lámpara

para que den alas a los sueños de mi ergástula

y les acompañe ese viento que mece las birlochas,

las espigas de la campiña y mis palabras encadenadas.

                           

Sé que vendrás

y me contarás al rumor de una nana

los secretos de las sirenas

dejados en los oídos de los navegantes

y en los ecos lejanos de mi infancia...

                          

©  José Luis

Se oculta la inmortalidad

Se oculta la inmortalidad

El fruto pende ya de la rama

y no hubo mano que lo tomara para sí

o acariciara.

                       

No se perdió la savia,

tuvo ajustada la vida,

conforme a su entrega,

mas al final, todo

regresa al igual que se inicia.

                          

Estuve allí,

cuando dejó dentro el hálito

su sonido en el silencio

y el estremecimiento imperceptible

descendía desde otra rama.

                    

Cómo ansían las flores ese rocío

cuando la mañana no oculta la tristeza.

                        

El olor,

el de las tardes inconfundibles,

planea de unos cuerpos a otros

mientras los pájaros te aguardan.

                        

©  José Luis

Sombras de arroz

Sombras de arroz

El sol deja caer en el arrozal

suavemente el verdor

que inicia el camino en los tallos

hacia la distancia y la albufera.

                      

Corre el agua mansa

en el espejo de los nublos

y zozobran azules los reflejos

en los quebrados de los juncos.

                   

Manan los granos de arroz

en sus matrices florales

basmati, blanco, patna o largo

en el valle de Mahanadi.

                       

A las sombras una joven del arroz

descansa sus pies húmedos

hundidos en el mar los recuerdos

y en sus labios el sabor pacífico

de los besos de su amado.

                         

La tarde torna su color

en los frondosos ojos extasiados,

se pierde en el horizonte el cielo

dulcemente su sueño arropando...

                           

©  José Luis

Una bombilla de repuesto

Una bombilla de repuesto

Los filamentos que ardían descansan

en una oscura luciérnaga

y la cavidad se llena con el humo

de las turbias tinieblas

que anegan los bosques de turbiedad

y ceguera.

                      

La luna admite invisible la negrura

de la noche entre los acantilados

que el mar silencia con sus golpes

mudos a las rocas perfiladas

con los fragores de parto y caos

de Gea al inicio de los tiempos.

                               

Ausente la luz de la bóveda

en la estratosfera las nubes

aturdidas echan lluvia esperanzada,

cálidas lágrimas nacientes del seno

de aquella primera alborada.

                         

Siente la tierra en sus grietas

la lava toronja y voraz,

creadora de una nueva estirpe

de espumante humanidad y amaneceres.

                                                    

©  José Luis

Entre los árboles... la fortaleza

Entre los árboles... la fortaleza

La sonrisa llenaba su rostro

fijos los ojos en la ventana,

su cabello dorado al viento

se entrelazaba con las ramas

donde se integran arbóreas

en el azul las coronas del cielo.

                         

Los pájaros en sus hombros posados

con los ángeles aleteaban cantos,

un rumor mecía de hojas el silencio

y sus labios leves se acercaban

a los oídos del mar y las caracolas.

                        

Parsimoniosos los ecos llegan lejanos

a las profundidades de las ondinas

donde habitan las sombras verdes

de las nubes, cometas y astros.

                        

Se fue paseando el río una mañana

de verano, una mañana

entraba por donde siempre a su mundo

mágico, su mundo

era el legado que hacía

y también su fortaleza...

                                           

©  José Luis

Colosal armazón

Colosal armazón

No extraña por el campo la visión

de semejante coloso que escupe agua

y que recuerda a los dragones.

 

El verano, el sol y las altas temperaturas

piden a gritos un rato de refresco,

muy necesario para calmar las turgencias

y sofocos impropios.

 

Parece el verdor un pastizal entre las ocres tierras

que agrietadas por el calor buscan también un descanso,

que les desaloje de las polvaredas y de la piel reseca,

de los terrones rastrillados con el duro acero del yugo

y el sudor de botijo.

 

Son tierras de Castilla, tierras áridas,

de gentes con noble corazón e irregular historia.

Tierras levantiscas y regias,

donde las piedras cobijan el recogimiento

entre las sombras de catedrales e iglesias.

 

Me gusta entrar y mirar sus altos y penumbrosos muros

donde las vidrieras son vivos colores

que cruzan las bóvedas y naves

inundando de regocijo e irisada calma

las piedras, las figuras, fantasía y plegarias.

 

Aún sigue la tradición

de pedir al santo agua,

para la tierra alivio

y para la tarde bullicio y fiesta...

 

©  José Luis

Ángeles

Ángeles

Era de noche

en medio de la calle ningún sonido irrumpía

la calma de los árboles ni el sueño de los pájaros

y la luna en su singladura naranja

se iba recogiendo en sí misma como un globo

que perdiendo el aire compone movimientos

espirales en el espacio centelleante

de astros y estrellas que vigilan

las sombras de las casas.

                         

Esencias etéreas

hacen difuso el hálito de Selene

en el espacio añil y vaporoso

donde retorna el aullar de los lobos

en escalofrío y niebla.

                                  

Al fondo

el reflejo de una vela,

céreo pabilo vacilante,

acompaña sinuosa y violeta la corriente

de agua, de fuego, de aire...

en la tierra.

                             

Cada noche desciende un ángel,

un deseo de la inexistencia,

a ceder sus alas a un niño

para que surque el firmamento

y de esa manera inconsciente

recuerde que algún día

el cielo le espera...

                                   

©  José Luis

 

A un coche adherido

A un coche adherido

A través del horizonte

una hormiga cruza el mundo

con una pipa a su espalda,

y el mar la contempla

y adosa su ritmo

de flujos y crestas

a la pipa

y la espalda.

                            

La vuelta al mundo

alrededor de una carga

de pipas, hormigas,

olas y samba.

                                      

Un marinero en la borda silba

y canta a su quimera

mientras hace los nudos

entretejiendo sirenas

y amores de puerto,

mira a la aurora

y le manda un beso

que recoge la hormiga

en su vuelta.

                              

Rugen palabras en el aire

las cometas que vuelan

a la estela de un faro

que alumbra cantos de arrebato

y el torrero que soñaba despierta

con las voces y el alma inquieta

de nubes y tormentas en la bóveda

azul de la azotea.

                          

Entre los algodones de plata

un coche flota y juega

al pilla pilla con las cometas,

ay, luna bonita

ay, luna lunera

esta noche saborearás el sol

montada en la bicicleta

que antes era calabaza

y pipa de hormiga

y ola de samba...

tentarás el amor

a un coche adherido.

                                 

©  José Luis