Llegado el momento
Una mañana de Marzo llegó la carta, esa carta con la fragancia de una distancia perfumada, que traía en su remite los embates del mar que escondía tras sus fucilazos la luna, y las letras, envueltas en el papel de seda que usábamos las tardes tormentosas en las que encubríamos la risa en estancias de pureza...
La mirada recorría azules las runas en cobalto cinceladas con los perfiles de la inconsciencia pretendiendo absorber en un suspiro la vida misma en la que se asila cada grano de rumor y silencio, con los que aderezar los instantes que una vez soñados se escapan y que ignoramos en qué fragmentos se esparcen.
Entre las líneas en blanco los dedos matizan la sombra de lo callado y sientes el aire arremolinarse entre la timidez y la audacia, y cómo se revuelve tu cabello tras las palabras que los nombres alcanzan, mientras sitúas acunado su rostro entre los pliegues de los recuerdos y de nuevo a los ojos vuelve cómplice el destello de la inexperiencia...
Nunca fue echada en buzón alguno, ni siquiera pasó por manos que la verificaran. Sólo asumió su momento antes de que fuera tarde...
© FreeWolf
Muerden las horas la tranquilidad de la noche mientras me aúlla la luna entre los arrecifes enigmáticos del deseo y una balada en tus labios me habla del paraíso oculto en las sombras.
Milenarias las piedras sujetan entre sus granos la vida que pasa y vuelven en cada mirada a un soplo las nubes que deja calada su entraña entre los costales de la Torre que sujeta Babel crepuscular ante el cielo del misterio mientras tú me niegas porque no soy tu sueño...
Evitan los roces el aullido frío de las sombras en la profundidad de la noche cuando oculta la luna disimula el camino que lleva a las médulas del silencio y las tinieblas esconden tu nombre en los lienzos extraviados del tiempo que no aguarda la caída de unas lágrimas sino su estela en la hondura del alma, y la cumbre de nuestra pasión, que entregada en el alba a los pliegues cálidos de mis manos sustenta cárdeno la esfera de la dicha mientras las estrellas titilan en cada partícula de la madrugada y tierna la ilusión aguarda gozosa la venida de la mañana y su amada claridad cuando la luna parpadea en sus fases la pupila niña de la inmensidad embelesada...
Hablo con el silencio de los suspiros que el viento abandona en las noches áureas y mi voz se confunde con las rúbricas cinceladas de las viscosas lágrimas que la lluvia vacía en el horizonte cárdeno del tiempo, y se sosiega en la meditación inconsciente de dos jazmines que se sueñan en el jardín etéreo del anhelo.
La quietud en el silencio azul de la tarde aroma las horas más allá de los espejismos y los perfumados naranjales de tus senos cuando en la visión del deseo las palabras en los fugaces rebordes de la bruma penetran instintivas los rincones inexplorados del anhelo.
El tiempo es el guardián que custodia la fugacidad de la vida desde que los dioses concedieron al hombre el recuerdo como ángel de la guarda, lo que no está claro es si fue un castigo o un regalo… quizá cada existencia posea la capacidad de determinar su uso… las sombras matizan los colores que guarda el alma y en algún momento perceptiblemente revelan… sean tus pupilas versátiles las que me acompañen en el alma de la tarde… porque nadie quiere estar solo...
Inmutable la mañana acoge en su brisa los ecos tumultuosos de la exultación noctívaga, cuando los enamorados entretejen sus cuerpos y los suspicaces declives de Selene avivan los fanales de la inconsciencia entre los brazos de la luna llena y las sombras de las tenebrosidades.