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Rastro de FreeWolf

Dentelladas

Al pie de página

Los pasos en la calle
te llevan por las letras del libro
absorto
mientras las casas
inscriben en sus muros
el palpitar de tus pensamientos.
  
No te sorprendas
cuando encuentres un yo olvidado
en los rezumares del horizonte
y no reconozcas los sonidos
de tus propias abstracciones.
  
No será la locura
el temblar de mis manos
cuando llegue el anochecer duradero
pues entonces escucharé
el bramar de las paredes al viento
y sentiré tus labios en el suave roce
del pasar
de las páginas de nuestra vida…
  
©  José Luis

Uvetrecelíptico

Bordes afantasmados y pálidos
son el final de un reflejo
que tiene cercenado su fin
justo desde el principio.
  
Nace la vida
del vientre deshilachado
del presuroso huevo erguido
con todos los temores de la muerte
y los arreboles del olvido
para vivir la plenitud
de ese tiempo gratuito.
  
El dedo de la silueta recorre
el desgaste del tiempo
y los pies que abrieron camino
camino dejan a un lado,
sobrevienen los recuerdos
y los bastones de azúcar colgados.
  
El piano truca las teclas
la música vierte al aire
los compases de un adiós
o de un te quiero largo,
improvisado y funámbulo,
como la vida misma…
  
© José Luis

En Marzo también hay domingos

Una mesa es el lugar del ordenador,
el lugar donde se apoyan mis brazos
y manejan las manos esas teclas
que conducen mis pensamientos.
  
No sé por qué es domingo;
bueno sí, es el día que sigue al sábado
y antecede al lunes,
quizá fuera éste el día de descanso
creador.
  
Hoy los caminos no sienten mis pasos,
las botas siguen en el zapatero
mas mis ojos siguen viendo flores
y árboles y yerbas blancas.
  
Dispongo la consola y el revoltijo de papeles
en una secuencia de útiles e inútiles,
todo llega a acumularse si no se le dedica
una atención primaria, desmonto
aquello que se resiste a ser limpiado.
  
Sí, es domingo, y la casa se llena de mi presencia,
y de ella
y de orden…
parece que las tuercas van dando
esa vuelta de ajuste
necesaria
para que la vida vuelva
a ser tomada.
  
© José Luis

Vestimenta interrupta

La verja aprieta entre sus hierros
las manos de una niña en el vacío
de su mirada hacia la tarde
donde el sol interpreta con sus sombras
el compás de las horas y los días
transcurren en un solo vistazo
desde los recuerdos más antiguos
hasta el suspiro último.
  
Son estos días de carnaval
una respuesta a la inmediatez de la vida,
a inventar una nueva circunstancia
para embargar aquello que nos aleja
de nosotros mismos.
  
Sabemos que el hábito no hace
lo que ha de hacer el monje
pero también una presencia
dice mucho de quien está delante.
  
Llega desde el atardecer la noche
en la capacidad creadora de los sueños,
y la vida volverá a pasar delante de la verja
a la espera de aquella niña que un martes
se sorprendió vestida de rojo
en la pupila desconocida
de este transeúnte…
  
© José Luis

Objeto de aseo

El escaparate no deja pasar mis manos
una indivisible invisibilidad me separa
de aquello que me muestra para ser usado,
así es la publicidad de las cosas, conflictiva
y afectada, originaria de la necesidad
no necesitada, a la vez que provocadora.
  
Resistirse a ser parte del engranaje,
la rueda que choque contra la avalancha
de sentidos innecesarios, de rutinas añadidas
a la propia rutina de los días, le sucede
la interpretación de las horas en el absurdo
de una colonia aturdida entre las luces
o las pupilas de un cartel irremediable.
  
Las sombras se perpetúan en los ojos,
someten la gravedad de los instantes,
un autobús de anuncios intimista
incorporados en el inconsciente urbano
de un asiento o un bebedizo tenebroso
sin poderse lavar en la palangana del deseo.
  
© José Luis

Aquello de allí

En compañía los ojos inician la búsqueda,
una vertiente del olaje de las circunstancias
por eso elegimos puntuales a nuestros amigos
allí donde intuimos la capacidad de asombro,
donde sabemos que vendrán confidentes los dedos
de aquello que se nos escapa y nos pertenece.
  
¿Qué pensaríamos si nos viéramos en un instante
ralentizado mientras nuestra atención está en otra parte,
allá, lejos del alcance de nuestra vista, pero tan cerca…?
  
Cruzamos nuestros dedos en el devenir de los instantes
mientras las vertientes se entrecruzan con las montañas
y presenciamos, una vez más, el ocaso del día, el ocaso
de la luz que nos protege y aleja del aletargamiento
que la vida precisa de la noche, donde se nos escapan
los pensamientos y los sueños a otra dimensión,
aquella en la que somos sin ser y en la que nos zambullimos
como vientre materno, sin más dedo que llevarnos a la boca
que el que nos señala el camino del infinito de la mirada.
  
Amigo, ten mis dedos, alarga la profundidad de tus ojos
en aquello de allí, en aquello que entiendo y te muestro,
que dice sobre mí y sobre ti, sobre la realidad alterna
de lo que nos hace levantar cada día sobre las cenizas
del invierno y del pasado para realzar el nuevo amanecer,
una posibilidad nueva de encontrarnos en los vericuetos
que expanden nuestra mente por los senderos de la vida,
seguro que el espejismo de nuestras manos nos ayudará…
  
© José Luis

Co coro co

En los laberintos de la tierra hurgo
entre los huesos y las ausencias de la carne
y busco aquellas memorias desterradas
donde aún quedan inexplorados paraísos,
  
retazos de futuro con anticipo enterrados,
veredas entrelazadas con los pasos penetrantes
de siglos de pesquisas y evocaciones
en los que se celan amores y resentimientos,
  
cartas no escritas ni enviadas
pero muchas veces vivaces en la memoria;
nada se pierde en las arcas de esta heredad
bajo la llave de la recompensa y la costumbre.
  
El pico de la incertidumbre escarba las llagas
y exhuma los desiertos y los libros inéditos
de los extintos, anónimas muchedumbres
de sentimientos y deseos, en los que me reflejo,
  
azules tratados de defunciones desconcertantes
embebidas en las copas de las pitanzas efímeras
y los irracionales suspiros de la muerte, millones
de ideas que no sabemos qué hacer con ellas.
  
Desde las arrugas de las piedras, las baladas
y los labios del deseo, husmean moléculas de vida,
lugares donde invertir los réditos del tránsito
una vez que el cuerpo en olvidos se desmenuza.
  
© José Luis

Los ojos de un gato extraño

En los pueblos siempre hay casas abandonadas;
lugares que, cerrados, pudren el aire dentro
o tan abiertos que ya nada tiene de existencia;
de vez en cuando algún caminante detiene su paso
y curioso interpreta el silencio de las ventanas,
la cerrazón de una puerta o el vencido tejado.
  
Ranuras delimitan, renuentes, el espacio mirado
como ojos que escudriñen una única trayectoria
o que profundizan en su propio contrafuerte,
y esas mismas ranuras advierten que otros ojos,
a través de ellas, dirigen sus pupilas al caminante,
quisiera dedicarle el roce afable de su cola
en los recuerdos del hogar cálido e invariable.
  
Son los ojos de un gato extraño una pregunta
glauca entre los matorrales de la memoria
donde siempre existen ranuras indiscretas
que dejan sin sentido las razones del querer
o de la misma ausencia.
  
© José Luis

Vista equina

Se clavan las miradas
se clavan desde el llamador de la puerta
como un repiqueteo en el aire cálido y denso,
hay miradas que alarman y desentumecen el cuerpo
de las miradas acostumbradas.
  
Si pudiera franquearía al interior
de la cabeza que mira,
ser parte implícita en una mirada
desde la que se ensambla el mundo externo
con los inconclusos puzzles del instinto
donde se desgajan las cédulas de la duda
en pequeños comentarios y silencios.
  
No se mira con los ojos cerrados
más que aquello que conocemos
o imaginamos,
submundos de los recuerdos
en los que las pinceladas de los días
encuadran los paisajes desorientados y nebulosos
que llegarán a ser otro sustento
heredado de los sueños.
  
Quizá no sepa el caballo
por qué le retengo en la incisión de los ojos
o quizá, como él, yo me retenga
en el reflejo velado de su trote
cuando se acerca parsimonioso
a la mano tendida del ocaso
que es todo hombre…
  
© José Luis

Oteador

He oído a la intemperie
crujir briznas de hierba
en la inexactitud de los recuerdos
donde me hundo
si mis manos rozan la tierra,
tiemblan las llagas del aire
con los muros de la indigencia
porque sólo es cuestión de dinero
a veces las vidas muertas…
  
Somos oteadores de perspectivas,
oteadores desde la inconsciencia
o quizá francotiradores de miedos
en los que disponemos mirillas de angustia
que sabemos que no se revuelven
y se anestesia la conciencia
y se inscribe el viento al señorío viciado,
¡cuántas evasivas esteriliza una hora!
  
La pureza no tiene espanto de altura
ni catacumbas sofisticadas ni viejas
sino lejanía y horizonte de montaña
con la fragancia de la mirada directa
como una loba de piedra en la campiña
cuyo mirar perfora la raíz de la duda
con los aretes romanos de una tinaja,
recuerda mortal que eres hombre…
  
© José Luis

Veladuras extractivas

De paso...

Brillan en la estación los pasos que se originan
tras el sueño o el desembozo de la noche
en los bolsos que ondulan el aire mientras cae
como la techumbre de las montañas invernales
desde los copos que merodean andares y siluetas
con la esperanza de retenerse en alguna estancia
cálida y sorpresiva en la que otear el deambule
de las sombras sin prisa ni cruces de palabras.
  
No hay enigmas que se detengan en el andén
para tomar el tren de las doce o para olvidar
el macuto de toda una vida adosado a la figura
que se queda atrás o a la que lleva sin percibirlo
el peso de nuestra vida, un lastre reservado
y oscuro desde el que se originan manantiales
convergentes a la duda innata y el deseo
que acarrea la existencia que se sabe efímera.
  
© José Luis

Minino

Dejaste la mirada absorta en pensamientos,
y esa cara me dice que te has ido
que no llame a tus labios con mis labios
pues seguro que tu alma, tu espíritu
estará vagando profundo en los entresijos
que inmanentes retraen el ayer,
el tiempo que una vez vivido se escapa
para revolver el llamador de los instantes
donde despojamos a los recuerdos de su sentido.
  
He cruzado sin pretextos el puente de la noche
y al volver la mirada ya no estaba el camino
que me devolviera a la calma, que diera tranquilidad
a los pasos que se pierden sin las migajas puntuales
que llevan al norte de la realidad donde amanece
todo sueño, es una audacia sin comentario ni retorno.
  
En esta evocación de mi presencia un gato recela
y no me mira, su ignorancia es la pertinente prueba
de que no existe lo que no se quiere para ser visto;
el desconocimiento, el vacío es una forma de olvido
que duele tanto al que lo usa como al que lo asiente.
  
© José Luis

La orden de las damajuanas

Las manos y el hálito de fuego
cristalizan naranja la burbuja
en los reflejos del amanecer
mientras los pulmones descargan
la lluvia de millones de años
en la intocable oquedad de la luna.
  
El día clarea en las sombras
sus resoles verdes y escarlatas
como ese rayo o viento invisible
que recorre los escalofríos
subterráneos de la tierra
para emerger límpido manantial
de salvación y vida.
  
Hubo una ocasión virgen
en todo nacimiento,
en toda interpretación de la existencia,
donde estuvo contenida la creación,
la reverberación del perfecto albedrío
en la orden vulnerable de la mujer
que pare el amor con su sangre propia.
  
© José Luis

Velas de Nochebuena

La luz de las velas
crepitan en el albor de la casa
alrededor de las copas quizá vacías
donde los labios apuraron su tiempo
y las palabras, en su noche especial
las familias celebran esa sinfonía
de toda una existencia.
  
La mesa junta en su desvío las miradas
mientras la cera, implacable, derrite,
en el paso de las horas y los años, la cena
y trae el recuerdo de los que fueron
uña y carne, penetran en los sentidos
las melodías de otra época.
  
Accedo que las estrellas permanezcan
en el lugar asignado de los siglos
y de los dedos que ratonan los instantes
en los que otra noche se ilumina
junto al fulgor asombrado de unos ojos,
de un amor que hizo historia
entre las brozas de incienso y alcurnia.
  
Trato de ser quien contiene el origen
auspiciado tras las sombras del paraíso
y retengo en mis pupilas aquellos momentos
en los que el azur del cielo era el sino
íntegro y diversificado del linaje
de los que crean vida y titilan esperanza.
  
La Nochebuena me atraviesa las venas
como una pertinaz guillotina
que recorte los festones del pasado
y con ellos, deshilache de egocentrismos,
despunte la novedad de un mortal
que en sus párpados deja entrever
la plenitud de la vida.
  
© José Luis

Seat 600

La carretera extrañaba de tus neumáticos
las huellas, de tantos y tantos viajes
alrededor de una sola vuelta, del pasado
entre los frunces de mis ojos palpitantes.
  
Han sido muchas las tardes en el campo
y los frotes del olvido entre tus puertas
con los goznes del motor encendido,
así delineaba tu nombre con mis yemas.
  
Ahora son las carreras en reminiscencias
las que te traen ajeno a mi memoria
y te veo con los ojos del recuerdo,
con los ojos alineados a tu historia.
  
Aun se iluminan los reflejos de la tarde
en tus extraordinarios cristales
y de nuevo en mis pupilas titila
esa mirada mía que tú retuviste.
  
© José Luis

Barquillero

La plaza reúne en su mañana la algarabía
y el silencio reverente del paseante
alrededor de esa intangible aureola
de impensadas relaciones y en sus vueltas
se compendia lo que en distintos años
han dispuesto en los balcones y columnas.
  
Los granitos del suelo ajustan sus huellas
al sol de entrecerrados ojos y a la sombra
nervuda que gira en cada canto con los pies
de la historia y el aire fresco y filoso,
¡tantos son los arcos inabarcables del recuerdo!
  
Sin la maraña de los niños y en su quietud
una arqueta roja encara el frío del otoño
en la conversación mansa del barquillero
ante la tácita ausencia de clientelas
y manos cálidas que volteen su corona.
  
Todavía sopeso en mi mano la peseta,
apretada y caliente, con los nervios
impulso la ruleta de barrotes numerada
en la consabida acrobacia de barquillos y obleas
destapados con la ilusión de la inocencia.
  
© José Luis

El sudor de otra fuente

Desde la profundidad de la tierra el agua
recorre los mismos caminos, siempre
necesita de esos caminos por los que
emerger la profundidad hasta las fuentes.
  
Sale el chorro previsto por el agujero
que es boca y surtidor de embrujos
desde el que la hondura de la existencia
vertebra la creación de las montañas
y sus recónditos y saturados secretos.
  
Las gotas que rezuman de las piedras
van destilando los nombres de los muertos,
de aquellos que en la simiente eterna
olvidaron grabar su origen y su nombre.
  
A veces el sudor que me recorre la frente
acarrea el dictado de las almas que conjeturaron
la vida en un arriesgado y comprometido misterio.
  
© José Luis

Carne a la brasa

El fuego ha tomado de la madera
la capacidad abrasiva de la muerte
y las brasas, empática transmutación
del día y la noche con sus ciclos,
cárdenas irisaciones de las cenizas
aroman en la carne expuesta el sabor
de la conservación y supervivencia.
  
El olor del humo se compacta en el aire
y se alarga en el cielo como un cometa
que atraviese el velo de la noche
mientras desciende orbital entre los puntos
luminosos de las ciudades y sus acontecimientos.
  
El calor por la piel resbala con las pavesas
que etéreas se desconciertan como una tarde
en la que el crepúsculo ha sido ocultado
entre grises nebulosas de impotencia y furia.
  
Paladean los comensales en la mesa
furtivo el aroma de la sombra
que con el plato se acerca…
  
© José Luis

Franca de mirada

La belleza es una particular forma de mirar
los acontecimientos que el corazón atraviesan
con las saetas de los encuentros y las certezas
que acarrean el desconocimiento y la muerte.
  
La vida se plantea desde una mirada ausente
encrucijadas de ensueños y abarrotadas plazas
de recuerdos y racimos de labios que hablan
con los embates del mar a los destinos y visiones.
  
Franca de mirada una hoja se divulga en el tiempo
como traiciones a la carta en una inefable secuencia
de intrincados pareceres que con arrojo se queman
cuando la mentira no es más que el miedo a la duda.
  
En el tendal de la aurora se sujetan mis ojos
con los tentáculos candentes de picardía y olvido
mientras reflejan las lagunas de la noche tu nombre
dispersado en el aire con el temblor de mis sueños.
  
Las manos que en la escultura forjaron simiente
acarician ahora el semblante de la oquedad eterna,
musa y paraíso de los desheredados, la aleación
de carne y alma es un complejo código de rebeldía.
  
© José Luis