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Rastro de FreeWolf

Noctívagos

En un minuto

En un minuto

La vida se escapa en un minuto,
mientras tomas una taza de café
o lees un poema en el libro.
     
Cambia el azul del cielo
con las nubes de la mente
en el mar de los muertos
donde las algas son las entrañas
de los barcos hundidos
con la fuerza de las palabras.
            
Nadan los peces entre los pensamientos
acumulados impasibles en el fondo
oscuro de la noche sin luna
que mira el transitar de los mortales
por los vicios y las pasiones,
por los flujos de Pandora
y su caja maléfica
pero tremendamente humana.
               
Sesenta segundos en el hálito
olvidado por los dioses
en una vasija de hueso y barro
donde el deseo es un pájaro
que canta a la jaula del tiempo,
a su columpio y al milagro
de un corazón que late
plasma de eternidad
y, acaso, corpúsculos de misterio.
             
¿Aguantarías sin respirar un minuto
la mirada de Euríale
o los escalofríos del Hades...?
         
©  José Luis

Interior de mano

Interior de mano Un puño cerrado
es una caja
que contiene las huellas
de la mano,
una urna donde posar los recuerdos
al arrimo de las nieblas
y la noche
donde la verdad de las cosas
es un suspiro que espera la señal
para salir volando.
                  
El pulso
acuna los sueños
donde se esconden las rayas
de la muerte
y los pájaros se resisten
a abandonar
el cielo que sustenta sus alas...
                
Acaricio el interior de la mano
y una corriente de cosquillas
se estremece en un mar de sensaciones
donde las olas arremeten contra el sol
y la arena que recoge los pasos
de los caminantes que fueron
una mirada perdida en el desierto
de agua
y fuego.
                   
¡Hay tantos clamores en los objetos!
Uno por cada vez
que mis manos se ciñeron
en el saber de las impresiones,
uno por cada vez que tus ojos
penetrasen en el misterio
del amor y la inconsciencia.
                  
Una mano abierta
es una carta,
un mapa de tesoro
contenido en la botella
que apuramos cada noche
en la piel del deseo...
               
©  José Luis

Como tengo miedo, por eso rezo...

Como tengo miedo, por eso rezo...

Escuché esta frase
que me impactó
en un programa.
          
¿Qué hay entre las manos
cuando la cabeza asume el miedo?
              
Es la última esperanza
depositar en otras manos
la lucha del silencio.
            
Manos que aúnen las almas
de los creyentes,
de los que aceptan el sufrimiento
como parte inherente del camino
más allá de quedarse cruzados
de brazos y de palabras
que aten la boca.
          
Porque la vida
es para ser,
para fluir en sensaciones,
en pensamientos y emociones…
              
Para sumergirse en el mar del olvido,
en el firmamento de la consciencia etérea
y rejuvenecer los mundos que nos atan
pero a la vez nos separan de la tierra.
                  
Ahora caen las hojas,
los árboles extienden sus brazos
y también rezan…
                    
©  José Luis

8 de Octubre

8 de Octubre Una carrera
unos pasos resuenan por el pasillo
y las sombras recorren la pared,
son nubes prófugas de su destino.
                 
La puerta crujía con dolor de enfermo
y dos figuras mantenían en sus manos
las cabezas de los maléficos sueños,
toda pesadilla tiene un tufillo a sulfato.
                  
El llamador rompía monótono el silencio,
el aire se hizo vacío e impenetrable,
el cielo está oscuro, frío y desierto;
hoy a los ángeles no les dejan volar.
                 
La nada hizo su nido en la frente
y un murmullo anuncia la entrada
de letras desconocidas y ausentes
en la garganta que no puede hablar.
                 
©  José Luis

Diseminación

Diseminación

Abro y cierro los párpados
en la vigilia y en el sueño,
caen intensas las gotas de lluvia
y nublan los ojos de la aurora,
no es no ver nada la ceguera
sino no llegar a imaginarla.
                     
La cabeza gira sin moverse,
sin siquiera revolver el cuello,
es una gran esfera
que imagina sus meridianos y paralelos
con la infinita inquietud de un tornado.
                 
Mis pies me observan con las uñas,
soy su televisor ideado,
las imágenes de mis retinas
son nubes que pespuntan imágenes
de luz y sombra,
y de tácitos colores…
                    
Quisiera las alas de un pájaro
y el zoom de una cámara
para irme lejos, muy lejos
hasta el fondo mismo de la mirada…
                    
©  José Luis

Rutilancias de discoteca

Rutilancias de discoteca

Arrastra el vestido los confites de la fiesta
como astros que toman el sentido de la aurora
y el disfraz asoma por la puerta lateral
del silencio armonioso y su colina.
                
Una sonrisa delata la razón de la luna
en los brazos amantes de la noche
hasta que terminó la música
o se vació la copa y la vehemencia.
                  
Se pierden los compases en la bruma
y se esconden los árboles del jardín
en la parte furtiva del mar y de la espuma
que salpica de lágrimas al viento
allí donde existiera un pétalo de jazmín
o el cautivador aroma de unos versos.
                       
Fijo un rayo en los ojos
atenaza las piernas y el pensamiento
mientras se desnuda la concupiscencia
y acaso un escalofrío recorra el recuerdo…
                   
©  José Luis

Rincones oscuros del corazón

Rincones oscuros del corazón Quién no tiene secretos adentro de su corazón,
quién no guarda en la sombra un camino perdido,
un confuso deseo de ser o poseer aquello imposible
al ojo o a los ímpetus del viento, del mar o la razón.
                     
Aguardan semillas innombrables y voraces
insaciables de lágrimas e invernales rumores
tras los muros latientes de sangre humedecidos…
son tornados creadores de fuego y combate.
                     
Hay mañanas apacibles de sonrisas tornasoladas,
claros amaneceres tras la montaña del desvelo
donde exhala el pecho el flujo límpido de amapolas
y las ventanas rezuman el sabor del silencio.
                         
Son las dudas geniecillos que siembran nubes
en las venturas de los imaginarios mundos
que urdimos en las estanterías del alma.
                  
Quién no tiene un corazón de secretos…
                   
©  José Luis

Transcursos de tiempo

Transcursos de tiempo Desciende el día las escalinatas en la inconsciencia y de cada escalón una ola de incienso entreteje aromatizados los hilos que de humo suben como una oración por entre las nubes del silencio y deja suspendidas en el cielo las palabras silenciosas que de los labios manan en un manantial tumultuoso y límpido del monte volcánico del Ararat.
                    
Chirría el viento en el valle de la vida cuando entre las hojas de parra que revolotea las vergüenzas del desnudo y del mundo, donde la verdad se exponía en marcos de argentas túnicas y la mentira era una ijada en la frente del íntimo acallado.
                      
No hay tiempo más allá del tiempo cuando la tierra cubre la carne y un cristal separa el secreto del polvo y de la mano que lo escritura en la memoria.
                   
Los ojos miran la luna en su cuarto y se llena dorada de ecos que se desmoronan entre las cataratas inmovilizadas de las postales que se envían como recuerdo y en una mirada el cielo entretiene azur los labios en un último beso.
                            
Lívido un suspiro arremolina entre los poros de la piel el sabor del misterio… la vida o la muerte son audacias obvias del tiempo.
                     
©  José Luis

Oración en blanco

Oración en blanco Una plegaria reza en el corazón salvaje de la noche y entre los labios un susurro abandona la quietud de un mar sin ondas donde el silencio ensordece los sentidos y el sol es un punto de mira al que dirigir la línea ciega de los ojos.
                   
Tiemblan las palabras entre el rubor de las nubes que arrastran púrpura la tarde y una hoja en la que se arremolinan las letras que no quieren ser pronunciadas ni entregadas a un cielo inmaculado.
                           
Sumerjo la vida en el río del tránsito donde Caronte acuña las almas en una moneda lanzada al abismo de los gritos tórridos que revisten la arena del desierto que todos atravesamos en la soledad del tiempo y de la noche.
                           
Un alivio es un vaso límpido y transparente donde el agua deje el rastro silencioso en una gota que vibre entre los cristales oblicuos al horizonte y refleje en el eco de un salmo la bienaventuranza de haber vivido.
                             
©  José Luis

Partículas de la noche

Partículas de la noche

Un ojo mira y otro retiene en la retina
la composición de la imagen.
                           
Un brazo sobre otro se apoya en el regazo
mientras el ojo mira.
                    
Pasan en el reloj las horas del día
más allá de las nubes de la tarde
y encuentro la oscuridad de la noche
hasta un tanto enigmática y atractiva.
                      
Ululan luces a lo lejos, en la montaña,
donde el sonido se esconde en las cavernas
y busca salida por el cielo de las grutas,
por el ojo que mira las estrellas.
                          
La sombra sobre la sombra yace
en la espesura de la anochecida
donde los sueños pugnan por salir
de la retina ciega de los coches
que deambulan con sus conductores
por la travesía de la inconsciencia.
                     
Un paso hunde las tinieblas en el barro
como greda silvestre que huye del ruido
lóbrego de los árboles y las sombras
que de los árboles nacen.
                   
Distingo en el horizonte una línea anaranjada
donde se eleva la luz de la ciudad que duerme
y giran las estrellas del firmamento
las danzas de la fiesta y sus atracciones.
                     
Átomos de piel disfrazan la noche
de beso que busca su bella durmiente…
                         
©  José Luis

Alunizajes

Alunizajes

Rilan los ojos en las órbitas desnudas del tiempo
cuando en las noches las bacantes buscaban la inmortalidad
y los hombres sacudían sus penachos tenaces
de los augurios de la sombra.
                   
El seno de la luna es un panal de estrellas
que recoge la miel de tus labios
y en forma de lluvia la deposita en las marismas
de un mar encadenado y perpetuo
a las corrientes vespertinas del horizonte
en los cañones ululantes del abismo
mientras las nubes de mi pensamiento
mudas se esconden
en las dunas de la locura.
                              
El reloj
retiene las horas en el halo de la noche
y sus agujas circundan  el vello de tu cuerpo
como un amante atrevido
que escala en los rayos de Diana el deseo
no satisfecho.
                             
Son las doce
y el día se pierde en la inconsciencia
tras la puerta que se rompe
y trae sinuosas las montañas
que manan de la tierra preñada
de hombres y secretos.
                   
Es tu boca la gruta de los misterios
donde se ocultan las palabras
en el paladar que se sujeta al cielo
impenetrable y a los cometas
que recorren junto a mis labios los desvelos.
                         
Retengo entre mis dedos
el reflejo de la vida
y la muerte
que se multiplica en cada burbuja
de espuma y desasosiego
como cuando los brazos cansados de nadar
dejan al cuerpo hundido
en el inmenso mar del silencio.
                            
En la espesura de la noche abandono
la luz de la luna…
                        
©  José Luis

Líneas convergentes

Líneas convergentes Nadie camina por la calle donde las sombras persiguen el olor oscuro del mar y las nubes son cometas volátiles que aparecen y desaparecen en los azulejos de la cocina.
                     
Miro las líneas polvorientas que maceran los pensamientos con los recuerdos de los días y veo lejana la lluvia blanca de halitos que atraviesan mi razón con luces fugaces entre los crepúsculos de un cielo eterno e infatigablemente mutante donde los sueños se abren como ojales vacíos entre la bruma que oculta en silencio los rayos solsticiales de la luna negra.
                            
Blancos azulejos cubren mis ojos de líneas que convergen en los puntos de una red imperceptible de caballos salvajes que trotan en las praderas universales de constelaciones y vacíos mientras chubascos de efluvios calan mis pituitarias de imágenes y tinieblas donde un jardín es solo el olor de una rosa y nítidas espinas impregnan de sangre la piel de la noche.
                        
Resuenan compases de música en la caja aterciopelada de las dudas y bailan las armaduras ancestrales las batallas ocultas en la historia de un libro cuyas líneas convergen en el jeroglífico de la vida y la muerte…
                            
©  José Luis

Olvido de sí

Olvido de sí

Un vaso con agua encima de la mesa,

entre los dientes el frío inerte de la noche

cuando la soledad marca las tres de la mañana

y la cama es un cajetín vacío de polvo agolpado.

                         

La vida  perdía por las venas el tiempo

de la juventud y el pozo de las lágrimas

era un cenagal de fuego negro y moribundo

que retorcía sus llamas en la boca del silencio.

                    

Hubo un jardín donde los recuerdos paseaba

las tardes de lluvia bajo el paraguas abierto

donde desplegaba a sus hijos en los juegos

bulliciosos por la casa, ahora vacía y desterrada.

                                  

Pocas son las cosas que retiene su cabeza

que sólo se ilumina por un sonido perdido

o una imagen descosida en la pantalla

como una sonrisa cercana y borrosa en el aire.

                            

©  José Luis

Tiempo para escribir

Tiempo para escribir El día irrumpe el amanecer entre los girasoles que mantienen su cara en la línea del sol mientras el campo se peina con las yerbas y ramilletes rorados en la soledad de la noche.
               
Es la noche el momento en el que las palabras nacen a una nueva vida entre los pensamientos y juegan como los niños en los toboganes del tiempo y retozan en las cavidades de las sienes espumando los recovecos escondidos del delicado mecanismo de las imágenes entre los mundos infinitos y sus arcos iris tras la bóveda añil de los mares inexplorados
                
Cada palabra paladea el sabor de las olas que llegan mansas o tormentosas a las playas del silencio y una barcarola a lo lejos iluminada por el faro de la inconsciencia deja un surco impenetrable en las rocas labradas por el misterio de la vida como el nacimiento de un niño lo deja en el alma invisible del mundo
                          
Una gaviota sobrevuela la inmensidad de la tarde y los rayos irisados del sol que se acuesta acarician mis pupilas con las tonalidades del deseo y aguardaré a la madrugada para encontrar de nuevo en las hojas de papel escrito mi tiempo…
                      
©  José Luis

Espejismo

Espejismo

Apenas en un roce cabe un sentimiento

cuando el día no despierta de su letargo

y el sopor mezcla los bálsamos del jardín

con los nácares por el ojoso mar cimbrados.

                      

Recuerdo de tus labios fue ese beso

de insomnio, desocupada eternidad ciega

y sin latido, en una mejilla extraña

donde los pliegues quemaban la piel

de los ojos y de las vidas pendientes.

                           

El aire está demasiado encendido

para respirar la luz de la alborada

y derraman las hojas en un abanico

desmañado el sudor intacto de la frente.

                        

Unas sombras bajan del techo

cuchilladas de luz,

hendiduras de noche y de silencio

entre los pestañeos de los párpados

y los parpadeos de las pestañas.

                      

Sueña el mar con mis pensamientos

en los iceberg ocultos en la montaña,

virginales en su frescor y belleza azulina,

en los torrentes de cantos y sirenas

tras los oídos ladinos de todo desvarío

por el desierto del sol y de sus rayos.

                         

©  José Luis

Puente de paso

Puente de paso

El camino por el bosque se extendía

más allá de la vista y de los árboles

en un escondite de paz y mansedumbre.

                         

Advierto en mi interior una música de pájaros

rebullendo entre las copas de los álamos

y un violín arrulla las olas que chocan murmurantes

contra el espejo de las alusiones intangibles

donde una sirena alisa su pelo en el canto rítmico

de los delfines subiendo y bajando el límite del agua

y cielo como cometas sin cuerda, libres en sus vuelos...

                                

Mis pasos me llevan por la vereda perdido

entre las impresiones de la luz de la tarde

y atravieso ambarinas las sombras de las hojas

en el reflejo del crepúsculo con las montañas

quebrando el horizonte en finas partículas

de tranquilidad y sosiego.

                      

No hay tierra bajo mis pies errantes,

me lo indica el agua rumorosa del venero,

que me encuentro entre dos vertientes

flotando en un puente camino del firmamento...

                        

©  José Luis

Detrás o delante

Detrás o delante

Suena un teléfono en el interior del jardín,

su sonido hace vibrar los pétalos

que se adormecían entre las hojas de un libro

donde las palabras arrullaban los cantos

de los árboles al viento y al rumor de la hierba.

                     

Lejana la voz resuena en el eco de la noche,

los sueños se desbocan de la grupa de Morfeo

y una niña requiere su vaso de agua y apego

entre los corderitos que cuentan historias

de lobos y enigmas de carillones y fuentes.

                      

Sentadas en la cama se mecen los cuerpos

de hija y madre en unísono movimiento

mientras recorren las polillas la esfera

de luz, posesas, sin descanso, pretendiendo

desacelerar palpitante el tiempo de la vida.

                            

Es la noche un caballo que galopa sin miedo

entre las marismas umbrosas de la madrugada

donde allende, en alguna otra parte, un niño

por detrás de la herrumbrosa escultura tienta

la suerte del lidiador, y por ende, la de su sueño.

                   

©  José Luis

El sonar de la armónica

El sonar de la armónica

Resecos los labios

suavemente se humedecen

al contacto con la lengua

mientras seguía la mente

tarareando la melodía

que improvisara esa misma mañana.

                    

La calle era su auditorio acostumbrado

donde escudriñaba aquellas monedas

que le dieran resuello para seguir inspirando

las vibrantes notas de su armónica.

                    

Buscaba adentrarse en ese mundo

en el que las avecillas remontan el vuelo

y travesiean libremente por el aire

sintiendo la confusión de las corrientes

en el cañón y barbas de las plumas

como cuando pilotaba su descapotable.

                   

Esa sensación de velocidad e ingravidez

surcando paralelo a las espumas del mar

y las sirenas arrullando las lengüetas

adormecidas de la armónica en su funda

mientras abandonaba su cuerpo en un banco...

                                         

©  José Luis

El día de ayer

El día de ayer

Deambulo sin rumbo por la calle alejado

de mis propios pensamientos y realidades

mis ojos dejan en la retina cinceladas las caras

que pasan inmersas en sus gestos y devaneos

mientras busco en su interior la estrella

que irradia sus noches y compone sus vidas.

                          

Quisiera dejar en sus ojos el dorado de los atardeceres,

encendidos púrpura y toronja en la oquedad de sus silencios,

mientras recorren sus interioridades en el azur del cielo

depositar en sus bocas las arropes de la eternidad

y rozar sus caras con el resplandor último del sol.

                             

Somos aire y nube vaporosa que transitamos caminos,

caminos que se superponen en las inquietudes y deseos,

ellos son yo y yo soy ellos, viven en mí y vivo de ellos.

                        

No podemos regresar al paraíso sin formar una gran cadena

sin haber intercambiado las imperfecciones del corazón

o llevar en la mirada el reflejo del crepúsculo en su tarde.

                           

Vuelvo la vista al frente al sentir llegar mi nombre

ceñido a tu voz y sentí tus ojos meterse en los míos

como todas las cara que vi el día de ayer por la calle.

                             

©  José Luis

El cuadro

El cuadro

La tela va absorbiendo de un pintor

las impresiones cuando matiza las olas

de un océano donde la profundidad es oscura

y perpetua como arrecifes marmóreos

entre las costas de las islas lejanas e impenetrables

donde los barcos serpentean con sus esloras

las amarguras y los desasosiegos

de los espantos del universo.

                              

Se mezclan los colores

entrecruzando las sustancias pigmentadas

en las clepsidras misteriosas

donde remueven las magas

mágicas las fórmulas

y los efluvios retienen la memoria

en aquella culebreada manzana

que a la humanidad abrió los ojos

al conocimiento y concupiscencia.

                        

Su mano de una parte a otra del lienzo

va extendiendo el camino de las estrellas

que disemina la Vía Láctea en el espacio

y las sombras, esa zona huida de la luz,

no atienden al centelleo parpadeante

de Selene mientras habla con el mar

de amor, de Helios y la eternidad.

                              

Se adormecen ahora los pinceles

en el sueño de una noche, de un pintor

que susurra a su amada un verso

rasgueado en el silencio de un cuadro.

                         

©  José Luis