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Rastro de FreeWolf

Desde una pequeña libreta

Desde una pequeña libreta

Las palabras no se achican en una libreta
más de las que lo hacen en una pantalla
en busca de realidades o supuestas ficciones.
  
Detrás de cada palabra hay una persona
y detrás de cada persona un sistema
de creencias, concepciones y visiones.
  
Lo que empieza con palabras llega a ser
un submundo dentro de otro mundo
donde sucesivas capas renuevan el suelo
que sostiene el firmamento de la inconsciencia
mientras otras luces lejanas alcanzan
el resplandor nuevo de una estrella
que nace mientras los ojos se deslizan
por el papel, la pantalla y otras frentes.
  
Y todo porque delante de mí tengo
una libretita de Insolamis
donde no he escrito nada,
ni pienso hacerlo…
creo que la voy a regalar…
  
©  José Luis

Los perros que ladran mis sueños

Los perros que ladran mis sueños

Aúllan los perros en la noche fría
donde los pasos son parte de la ausencia
del ruido cotidiano de las calles
y quizá de la vuelta del estudio o trabajo.
  
Una sombra se desliza por el pavimento
descorriendo la luz toronja de las farolas
por las franjas oscuras de los milenios
con los augurios ancestrales y los entresijos
ajustados a la línea ventricular del cielo
mientras se borran las pisadas en la tierra
tras las heladas gotas del sudor interno
que mana de los topos que penetran en los vanos
de los silencios y los recuerdos
como vacío absoluto que formatea nuestro universo.
  
Las bocas babeantes dejan sus residuos en las palabras
que arrastran el sino de los innombrables y la nada
como un lugar donde permanecen las cosas
con los brazos cruzados y los labios cerrados.
  
Las montañas han dejado impenetrables los sueños
donde amanece la oscuridad y las franjas oblicuas
de los acantilados y los abismos por los que nos deslizamos
mientras siguen los perros ladrando a la oscuridad
y, sin quererlo, también a mis sueños…
  
©  José Luis

El papel sobre unas líneas

El papel sobre unas líneas

Tu frente
se ha abierto un instante
y se ha colado por él
la aurora.
  
Cuando el sombrero cubría tu pelo
con una cinta azul de gasa
bajo la luna de un palio
tranquilamente paseaba
las líneas de una pluma
por el papel de las sombras.
  
He rasgado el cielo por un lado
con el sonido de mis sueños
y dentro del pozo el agua
mana saetas y silencio,
el sol viaja en su luz
por las distancias siderales
donde perdido un eco
se extingue señalando tu nombre.
  
Mientras hojeo un libro
suben y bajan las líneas
como caballitos de feria
hasta que duró la música.
  
La lluvia deja sus gotas en la pared
donde se adhiere la humedad
a la rugosidad de la noche
y brilla el suelo titilante
en los charcos de las farolas.
  
En la televisión los colores
forman siluetas extrañas
que salen de la pantalla
para darme las buenas noches.
  
©  José Luis

Racha de viento huidizo

Racha de viento huidizo

Se doblan las ramas de los árboles
en la reverencia obligada al viento
en una noche sin hojas ni anatemas
donde los pájaros guarecen sus alas
muy pegadas a las silíceas rocas
y los acantilados monumentales
  
Espaciosamente aúlla la ventana
a la corriente penetrante e invisible
que tras las cortinas se esconde
como un fantasma en su castillo
ante la visita que no se espera.
  
Trajeron las montañas el aura
púrpura de los atardeceres
donde los pensamientos se abren
entrelazando sus vaporosos pétalos
a la cintura tersa del horizonte
que caía cuando los rayos del sol
se escondieron tras mi semblante.
  
©  José Luis

Otra cuenta hasta cero

Otra cuenta hasta cero

Has girado la cabeza y tus ojos
de nuevo la misma escena reproducen
en tu mente como un relámpago
en el que la luz te trasporta
a esa dimensión que añoras
y en la que sabes quién eres.
  
No habías vuelto a realizar ese viaje
desde niña cuando te gustaba jugar
a no saber quién eras entre las visiones
que recomponían la realidad oculta
donde los sueños permitían guardarla
para tomar el cuerpo de la luna
y subir y bajar por sus rayos
siendo el yo-yo de la aurora.
  
Una vez fuiste sirena
entre los cantos irrenunciables a Ulises
y los hilos endémicos de Penélope
mientras veías caminar a la muerte
con el revestimiento del horizonte
más abajo del mar y las olas
donde nadie sin permiso llega.
  
Fuiste niña en su momento
y lo amparaste en el germen de la noche
para que llegado el fiel instante
en que la cuenta atrás te arrastrara
cayeras como una hoja sobre el azul
dividido de los pensamientos…
  
©  José Luis

Día de entreno

Día de entreno

Glauca la tarde prolonga sus rayos en la sombra
oblicua de las flexiones y las irreflexiones
mientras los músculos tonifican en su fuerza
la potestad de poder llegar a ser quien se quiere ser.
  
Arqueamos en dosis de realidad imposibles los sueños
en las profundidades de acantilados y hondonadas
como un paracaídas que cuando cae se agranda
y desciende balanceándose con las corrientes
entre sus caricias y la sangre acelerada y palpitante.
  
Los rostros de la imperfección se descomponen en la noche
cuando las lágrimas regresan a la vertiente de los veneros
y las golondrinas refrenan su vuelo durante un instante
donde los relojes pararon el tiempo y las preocupaciones,
y los ojos abandonaron la faz para contemplar el universo.
  
Se acelera el corazón en el descenso hacia la muerte
en los rápidos que nos atraen y nos ponen a prueba
sin otra salida que transitarlos sin reservas y con entreno
como se vacían en compañía las burbujas de una botella.
  
©  José Luis

Emanaciones

Emanaciones

De la tierra el agua mana en surtidores de sangre y fuego
como un mar bravío que irrumpe gimiendo en la costa
los partos metamórficos de los que fueran los sueños
de un vacío que se extendió más allá de su reverberación.
  
Implacable la corriente irrumpe con la braveza de unas gotas
que en su subir y bajar dejan en el aire cristalina una columna
donde marmórea una alfombra espeja la gravedad rozagante
de blancos y delicados pétalos que en el invierno rezuman.
  
El viento me entrega la frescura recóndita de la sombra
y en mi cara resbala el silencio de unas gotas extraviadas
que en mí buscaron el refugio sacrílego de la muerte
hasta que no sea escuchado el canto afinado de un oboe granadino.
  
Llegaré a saciar la sed de la noche en las venas de tu frente
mientras escondes tus ojos en el quicio de alguna palabra
y tus labios no lleguen a ocultar el sonido de mi nombre
entre los susurros del manantial que de la montaña desciende.
  
©  José Luis

La niebla que nos envuelve

La niebla que nos envuelve

La espesura de las cumbres ha bajado hasta los cálices
donde los inmortales beben la sangre de los inmolados
en la tierra de las cáusticas promesas y los juicios
que pesan sobre las cabezas como yugos pertinaces.
  
He luchado contra mil dragones en lugares sin confines
y he dejado correr la sangre escarlata por mis brazos
porque en cada contienda en mis manos se iban dibujando
las líneas inexorables que de mi vida van formando parte.
  
El río bañaba mis venas prodigado como un amante
que en cada caricia deja una parte de sus manos
y en cada roce, los labios que marcan su destino
con las voces de las alboradas jubilosas y penetrantes.
  
Mis ojos, ahora cegados por las tinieblas y el ocaso,
recuerdan el galope de tus sienes al contacto con mi cuerpo
mientras de mí bebías el ardor del que era prisionero
como a uno de aquellos dragones a los que rumiaras las entrañas.
  
©  José Luis

Cosa de colores

Cosa de colores

Cuando voy por la calle lo que más atrae mi atención,
aparte del movimiento, son los colores.
Los colores hacen que la visión se magnetice
como las mareas del mar a la luna
y fluctúen los sentimientos tras los que se atrinchera la razón.
  
Son momentos en los que la intuición se articula
y los hilos que entretejen el cerebro se electrizan
dejando que el vello se enerve en una sensación indivisa
tras los párpados abandonados en un descorrimiento sensual.
  
©  José Luis

La luz que vino de dentro

La luz que vino de dentro

Hace ya un tiempo tuve un amigo
que me acercaba con su mirada las estrellas
y las ponía para mí de plata en un papel
para que las tocara con mis yemas.
  
Se expandían los haces de luz entre mis venas
como veneros límpidos nacientes de las montañas
donde el agua fresca y transparente corría
en la sensación placentera de un espasmo.
  
Perfilados son los recuerdos en la memoria
cuando en su derivar inmanente se abstraen
en el mar de la experiencia que sueña
que irreductibles los milagros son posibles.
  
©  José Luis

Franjas de cachivaches

Franjas de cachivaches

La luna está velada entre los soles de la tarde
y sus rayos, invisibles, acarician mi cuerpo
mientras paseo desnudo por la arena de la playa
y mis pies me arrastran por sensaciones desconocidas.
  
El cielo es azul intenso en tus ojos entreverados
cuando miras el mar que nos mece en sus ondas
y el agua lame nuestros pensamientos mansamente
como un amante con su danza sensual y primitiva.
  
A lo lejos se divisa un barco que trae en su estela
un canto sutil y parsimonioso como una nube
que flotara en medio del ahuecado de una burbuja
tras cruzar los siete mares de los encantamientos.
  
Un aire cálido me susurra al oído palabras que no entiendo
y el silencio se vuelve de repente púrpura y misterioso
como un cielo que fuera a parir una noche solemne
donde los sueños se escurren por las laderas de las sábanas
y seres intangibles rozaran mis sienes reintegrándose en vida.
  
Una marca en la frente me recuerda aquella noche
en la que los cielos se abrieron y mis sueños
se amarraron tras el lienzo del horizonte
a un barco que traía el hálito de la existencia.
  
©  José Luis

 

Las diez páginas

Las diez páginas

        Página número uno
He recorrido el salón con sus cuadros
y un escalofrío recorre mi espalda
  
        Página número dos
Hay miradas que atraviesan la calma
y nadie me sabe decir por qué
  
        Página número tres
Las ventanas no están abiertas
el pájaro se estrelló sin pedir permiso

        Página número cuatro
No hay alfombras que nos leviten
entre los residuos de la tarde
  
       Página número cinco
La esquina del ángulo oscuro
recitaba poemas de Bécquer
  
        Página número seis
Con las manos en el bolsillo silbo
como si no pudiera hacerlo con las manos fuera
  
        Página número siete
Tengo la sensación de que algo se acaba
y me exhibe la tristeza en su museo
  
        Página número ocho
El mar llega manso hasta mis costas
y los niños, descalzos, huyen de él
  
        Página número nueve
El viento deja en los árboles el recuerdo
lánguidamente de su sonido entre las hojas
  
        Página número diez
Qué corta por el rincón se marcha la tarde
que el domingo inviste de trance y frío
  
        ©  José Luis

Desde la adoración de los Reyes

Desde la adoración de los Reyes

Algunas de las ilusiones las mantenemos
en la tradición de las épocas y las familias
como el reguero de pólvora sobre un suelo húmedo,
únicamente hace falta un poco de calor para deflagrarlo.
  
Los misterios entretienen los tejidos del hombre
en los acantilados de la inconsciencia
donde la fe es una carabela cargada de cañones
y la autenticidad, la vela mayor en el henchido viento.
  
Dicen que hace mucho tiempo un Niño nació en Belén
y que los astros se conjugaron para acercar unos sabios
que investían en sus cofres una doble veracidad:
el hombre se postra ante quien tiene soberanía
y existe una esperanza que nos llevará a la inmortalidad.
  
La noche cederá su dominio a la aurora
y quizá los copos de nieve caigan
entre las alas que nos protegen
y los pétalos que aroman mi ventana.
  
©  José Luis

Diagnóstico cero

Diagnóstico cero

Nuestro planeta surge del átomo de una noche
mientras la niebla ocupaba la nada del tiempo
y una roca desvencijó la puerta de la sospecha
por la que se colaron las ávidas aves del paraíso.
  
Las nubes fueron los nidos de algodón y plata
que ahuyentaron las cizañas y sus brotes
tras los que toda maldad se cierne escondida
como cernícalo que asalta su presa incauta.
  
El cielo es un tesoro dorado en la tarde,
un oleaje toronja en el piélago de la creación
cuando Adán y Eva tomaron su posesión
preciada entre sus primitivas carnes.
  
La fusión se desplazó rápida en el espacio,
con la caída de la manzana y la sierpe
se disloca la vergüenza y el mundo
donde sus hijos procrean cofres con Olimpos
y los sueños, Pandoras sin periplos ni dioses.
  
Cabalgan por el aire dos libélulas azules,
dos libélulas fugadas de Noé y del arca,
son dos pupilas que traspasaron el reflejo
de la mirada de Eos y el cabello de Selene
a la insignia conmemorativa del universo.
  
©  José Luis

El cuadro torcido

El cuadro torcido

Es costumbre disponer todo en su sitio
dentro de un orden y una estética
mantener el acomodo natural de los objetos
sin que suponga un menoscabo para la conciencia.
  
Pero en diversas ocasiones podemos encontrarnos
indudables mares que no saben concebir olas,
irrefutables cumbres que no intiman con la nieve
o un marco ladeado en una pared impecable.
  
Quizá esa misma fuga de lo cotidiano
sea la chispa que atenúe el poder de acomodación
de los ojos a las irrealidades que nos acechan
donde el horizonte es una espaciosa inmensidad
en la que los colores de una espátula transitan
como un pato por las difusas ondas del río
y sus reflejos son abiertos corales veteados
con las brazadas del aire entre las nubes
mientras dos aviones hacían en el cielo piruetas
que se precipitaban tras el eco de la noche
al vacío furtivo de los betta splenders en su pecera.
  
Miro la estantería y los libros se descolocan
entre el lomo y las letras de la solapa
como un caballo que corre desbocado
por los sueños que la aurora no sujeta
en el cuadro del dormitorio torcido.
   
©  José Luis

Juego de velas

Juego de velas

En torno a la mesa un círculo se extiende,
un círculo de manos y ojos neblinosos
que cruzan las llamas tras las frentes,
gráciles páramos tras los inquietos cortinajes.
   
El tapón ha salido por los aires
y las burbujas refrescan con su sonido
el cristal harmonioso de las copas
mientras da vueltas en el círculo
la corriente alegre de la fiesta.
  
Un gato con cara de juerga
retiene el móvil entre sus uñas
e impertérrito no lo deja sonar
por más toques que le demos.
  
Quizá sea esta hora de la aparición
la que induce el tránsito de efectos
entre los que aún estando despiertos
resistimos a los poderes oníricos.
  
Se van consumiendo las velas
con las caricias oscuras de los dedos...
el reloj ya no marca las horas
pues está dormido y quieto,
sssshhh no lo despertemos
que mañana trabaja…
ssssshhhhhh… besos.
  
©  José Luis

Feliz 2008

Feliz 2008

Ahí estamos,
Chus y yo,
hace rato que precipitamos las uvas
en las cuencas del destino
pero todavía mantenemos en nuestras manos
el brindis y sus copas.
  
Nochevieja es una celebración de amigos,
es un paso del tiempo en compañía,
una incitación a todos los momentos que tienen que venir
como toreros de las circunstancias y la vida.
  
Hemos cenado recuerdos
y olvidos,
silencios entreverados
y nuevos caminos;
algunas fotos de risas
y regalos improvisados.
  
Ha sido la cena especial de fin de año
para clarear el jardín de los sueños
y contemplar los nuevos ocasos,
brotes que retoñan entre las nieblas
como los hijos entre los años que pasan,
son los frutos que van madurando,
al igual que nosotros
también crean sus fantasías
y sus propios paisajes,
  
La fiesta dejó en la mesa la cera derretida
de las luces y las velas, de los días y sus venturas
dispuestos en la bandeja de 366 jornadas,
y ni una sola será vertida más acá de las estrellas
porque no queremos que la vida se nos quede en la salida
sabiendo que a tantas metas corresponden tantas fortunas.
  
Brindemos por un próspero 2008
  
©  José Luis

Como cada 31 de Diciembre

Como cada 31 de Diciembre

Estoy en mi turno,
como otras veces he venido caminando
y he visto Salamanca en penumbra,
todavía las luces no daban a las piedras la mirada
y el esplendor con el que las agasajamos
después del transcurrir de los años.
  
Todos los días tienen su valor,
el de hoy es uno de esos días para la retrospectiva,
para la carrera y el salto hacia delante.
  
Cuando se inicien las doce campanadas
y las uvas sean nuestros testigos
volveremos a saber de la inexorabilidad del tiempo
y seguiremos en la ruleta de la suerte, dando vueltas,
hasta dejarnos caer en algún número
y entonces le induciremos su sentido
mientras se llenan y vacían las copas
con los acontecimientos que nos bulleron la cabeza
y que ahora son esa parte del olvido
que nuestros ojos reflejan en el cristal
helado por fuera como un trozo de vida
en el corazón del silencio
y que esperamos que se disuelva
en el calor de un día sonriente.
  
Advierto que la música juega en mis oídos
con esas notas conocidas tantas veces
y en su ritmo la voz guía las palabras que nunca entiendo
a la profundidad del hombre y las meditaciones,
me sumerjo en ese mar de reservas enmarañadas
donde las realidades y los sueños son titanes que luchan
en las saetas que llegan de la noche y del asalto
a cada uno de los 365 días pasados,
a cada uno de los 366 días ahora restantes
ante el horizonte y las perspectivas
de nuevos y dorados crepúsculos
que dejen en la retina la armonía del universo
y en los tímpanos el eco de tantos nombres
que entretejieron las risas y las calles
por donde paseo mientras duermo.
  
Tengo añoranzas por dentro,
como una esfera que se desgaja,
y sé que las seguiré teniendo
mientras las horas dejan en el reloj
mis manos asiendo los corazones candentes
de quienes son y han sido carne que conmigo latían
los vértigos de los instantes y las estaciones,
mas el tren ya escuchó su pitido
y la gala tendrá que continuar.
  
Lanzaremos al 2007 al costal de las añadas
con el buqué de las montañas blancas y heladas,
montañas vírgenes que se sabían pretendidas
por los anhelos y deseos frágiles
como el hilo de un tapiz irremplazable,
como irremplazables son los minutos
en los que nos otorgamos en vida.
  
Es la noche del 31 de diciembre,
la noche de nochevieja
en la que quemaré mis naves
para no volver atrás
y en cada granito de tiempo acumulado
acrisolaré un diamante
uno por cada alegría
o por cada pena
o por cada travesura
hasta colmar la luz de las estrellas
que como tú me miran…

Feliz Nochevieja

©  José Luis

Una carta devuelta

Una carta devuelta

No suele pasar
pero hay ocasiones en las que
se olvida ponerle el nombre a la carta,
no un nombre cualquiera
sino el nombre del destinatario
es como si en realidad no se quisiera mandar esa carta.
  
Las cartas son signos en papel,
signos que nos afectan
porque una palabra busca su realidad
y provoca una reacción en cadena
donde emergen mares y olas,
cantos de estrella o polvo de hechizo.
  
¿Cuántas de esas cartas no habrán llegado a destino?
  
Y no nos engañemos
no se nos olvida poner el nombre
sino que somos celadores de nuestra intimidad,
somos carteros de la noche
y nuestras palabras viajan siderales
por los mundos que soñamos,
por las órbitas cariátides de los ojos
mientras el aire nos devuelve su mirada.
   
©  José Luis

Decadencia y ocaso

Decadencia y ocaso

La vida se ha sometido a una verdad callada
o una mentira oculta.
Los años se han ido desbrozando en la monotonía
y en los brazos de la falacia
dando al tiempo frutos de temporada
mientras se apuraba de fortunas la bandeja.
  
Un revés
quizá imprevisto o deseado
atrae una segunda o tercera lozanía
donde una atracción define ahora el juego,
el sexo y hasta la mismísima suerte.
  
Nada vuelve a ser normal
desde ese momento
en el que requisas de la vida su misma naturaleza
y te abandonas al amor
o a recoger frutos desde hace tiempo prohibidos.
  
Locura transitoria
apurando lo que sabes que será la última
oportunidad de paladear la mortalidad,
ese orgasmo que vacía y llena el destino
como un torrente que huye
y que a su paso arrasa y es arrasado
en un torbellino humano
de manchas y desesperanzas…

©  José Luis