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Rastro de FreeWolf

Una verdad a medias

Una verdad a medias

Se enrosca la serpiente en sí misma
a la espera de que se acerque Eva
y le entregue sinuosa la manzana
donde celada la sabiduría reposa.
  
Dicen que no todas las veracidades
poseen igual grado de exactitud
ni siquiera de propia autenticidad,
dependiendo de quién las esgrime.
  
No creer en nada no se puede
ni tampoco dudarlo todo,
una pizca de color en el ojo
todos desde el principio traemos.
  
No hay verdad que por infalible
no se incumpla algunas veces
pues como dice el dicho
hasta un reloj parado tiene la razón
dos veces al día…
  
©  José Luis

Mañana pasará

Mañana pasará

Mañana pasará mañana
una catapulta que arroja el deseo y la muerte
a los pedestales destrabados del miedo
donde una nube es la sombra que guarece al día
del fuego eterno mientras se nutre el aire
de las alas de ángeles y jilgueros
con los cantos de la noche y el silencio
que envuelve la calma retirada del pasado.
  
Segmentado el vestido de la aurora
sujeta el broche de los destellos remitentes
de un sol impetuoso y versátil entre las dilaciones
que entretienen el tiempo en el paraíso
hasta que Eva reponga la manzana.
  
Mañana pasará mañana
entre los bordes de un te quiero y mis labios
como una tarde eterna entre las rosas domesticadas
y el zorro que reconcilió la noche con el día.
  
Dejaré en el alféizar mansamente mis sueños
para que la noche los recoja con la espuma del mar
y bañe las marinas de las ínsulas y los mensajes
que naufragan en las zozobras intemporales.
  
©  José Luis

Relojes de cristal

Relojes de cristal

Ya no sabe la mirada
donde dejó la pupila
de tanto mirar el alba
y el encendido crepúsculo.
  
Todas las noches
recorre el sueño mi cuerpo
y toma posesión de las palabras
extraviadas que no alcanzaron ninguna lengua.
  
Una luz pide socorro a lo lejos
intermitente entre las sombras
y las rocas de los flaquezas
tras haber cruzado a nado
la distancia entre tus ojos.
  
Marcan las agujas el tiempo
y hasta lo clavan a las hojas
que no se dejan escribir
hasta que se desvanezca la niebla
que oculta tus labios y mi boca.
  
Cristalina el agua avanza
inescrutable con tus pasos
hasta la profundidad de mi voz
para entresacarme tu nombre.
  
©  José Luis

Departir

Departir

Necesitan las palabras que las pronuncie una lengua
y sea el aire el preciado camino de las reverberaciones
donde los ojos encuentren el vacío ciego de sus cuencas
y el flujo de las inconsciencias fugaces se materialice.
  
Prestan atención los silencios a lo que parece no se dice,
la muda interpretación de las encomiendas sin ropaje,
del eco impronunciado de las montañas en los valles
por los que discurren el deseo y sus afluentes sutiles.
  
Sentados en un café se desliza subrepticia la mañana
como un mar acallado entre los ecos de un susurro
y la nana de una madre a su rorro en el crepúsculo
mientras juega con nosotros la verdad al escondite,
solaz esparcimiento alrededor de Salamanca…
  
©  José Luis

El discurrir de lo que no sucede

El discurrir de lo que no sucede

Es de noche, dirás que como siempre,
y ya están las calles llenas de la afonía
del esforzado viento que persistente llega
agolpándose pertinaz entre los cristales
y los reflejos de las familias en sus casas.
  
Un barco se esfuerza contra el temporal
que le impone el mar fragoso en su camino,
plomizo se debate y cruje el ambiente
como madera que se dobla contra su voluntad
y teme romperse.
  
Un libro se abre instintivo en alguna parte
y emergen originales las imágenes de lo escrito
una noche de invierno, una pantalla desnuda
ante la multitud de ojos que parpadean
la sensata irrealidad de sus sueños.
  
Se ha desgajado la luna en sus cuatro fases
en un único instante se ha trasmutado
la retina sensorial de los vocablos
en brillo y estremecimiento…
  
©  José Luis

Desde donde no se está

Desde donde no se está

Dos puertas abiertas
dos mundos que no pueden estar juntos
pero que respiran el mismo espacio
que se diluyen en idéntico tiempo.
  
Insospechadamente se rumian el uno al otro,
hermanos gemelos de combate y parto,
mientras sólo una vida se vive
entre lo que ocurre afuera
entre lo que adentro pasa.
  
Fabula la realidad los sueños
que en el interior de una botella naufragan
a la deriva de los días y las sombras
en las que se escabullen los pasos
que nunca nos atrevemos a dar
y que por algún lado se marchan.
  
©  José Luis

Un extraño extraño

Un extraño extraño

Una mirada posee el universo entre los ecos
cuando las nebulosas entonan sonidos arcanos
y los planetas se alinean en el tiempo
con la profundidad del mar y sus seducciones.
  
Las mareas traen en sus ondas los recuerdos
de las playas vírgenes y en un instante olvidadas
por los diablillos de la verdad y la conciencia
como serpientes que predisponen en la manzana
la sapiencia de la mortalidad y la metamorfosis.
  
Una vez, en el sueño, la respiración se distrajo
y la advertencia de un ser querido me reintegró
en un vuelco del espíritu el retorno de los sentidos,
extraño aliento de barro en hálito de extrañeza.
  
©  José Luis

Tandas de repentes

Tandas de repentes

Sobre la sombra una silueta se recorta en haces de luz
mientras me inclino y capto pulida la superficie de un sueño
que despliega en mis ojos irisado el abanico de la noche
como si de una verbena de pueblo con farolillos se tratara.
  
La casta del toro embiste con la cornamenta el miedo
que le sujeta osado a la vida y le remite tenaz a la muerte
entre las franjas pululantes y susceptibles de la existencia
más allá de las barreras que retienen su empuje y su dominio.
  
Lucha tenazmente la distancia por romper sus barreras
desde el horizonte granulado del silencio y el eje de la vida
que nos cimbra en los espejos de la duda como maniquíes,
expuestos tras el cristal y la mirada en hieráticas urnas.
  
Una sombra oculta el sol tras las nubes que flotan mansas
descomponiendo en el crepúsculo lienzos de recuerdos
donde se destraban las lágrimas que fueron versos
una mañana de enero fría y neblinosa entre las sábanas.
  
©  José Luis

Alrededor de los alrededores

Alrededor de los alrededores

Dejo que sean mis pies los que transporten mi mente
entre los pasos extraviados y las calles arboladas
como una canción que de tanto escuchar se pierde
entre los recovecos de la inconsciencia y la rutina diaria.
  
Sé que los pensamientos se van a otra parte y sucumben
cuando se desprenden de la carne y volatilizan las horas
en ríos ciegos y domingos sin desocupación ni entresijos,
una nada antesala de la muerte donde alojar la paradoja.
  
El reloj descansa de perseguir el tiempo que ha pasado y pasa
arrollando el fluir de los ciclos y las estaciones, de toda una vida
que en imágenes se eleva por entre las montañas del paraíso
donde tuvieron su génesis y que es el lugar al que se retiran.
  
¿Dónde estarán los alrededores de una muerte un día de sol?
¿Dónde?
  
©  José Luis

Destellos azules

Destellos azules

Emana albores de neón desde la oscuridad
en la que los ojos se ciegan sin saberlo
cuando amanece un reloj sin su tic tac
y las nubes son islas medusas que flotan
en un mar de niebla denso y opaco.
  
El ratón del ordenador disimula en mi mano
los difíciles barrancos de la escritura
que se esconden tras las teclas abisales
y musgosas de una azarosa noche de invierno.
  
La música en las pleuras deja resbalar las notas
que en cascada de suspiros e insinuaciones
atraviesa el corazón y las arterias que áureas
en un pájaro bordean el abismo de una risa.
  
Desnudas las ramas de la inconsciencia
sujetan el cielo a mis labios como una rosa
cuyas espinas sangran por los ojos de las lágrimas
cuando que de una ópera se desprenden…
  
©  José Luis

Una partida

Una partida

La oscuridad está ahí afuera esperando
quizá una gota de lluvia o un cortejo espectral
mientras se sujeta el horizonte a un barrote
fondeado en el mar de los inviernos eternos
donde el hielo preserva vestigios ambarinos
desde el origen propicio de la creación.

Las piezas que se revuelven en la tramoya
atraen las corrientes magnéticas de los iceberg
que flotan níveos e inmaculados en las playas
sin destino ni renuncia donde el aire flota
en la hondura de los días y el devenir de las palabras
que nunca fueran pronunciadas ni conocidas.
  
Sesenta y cuatro escaques bicolores se entablan
en lucha de espacios y dominios sin concordia ni tregua
hasta que las gotas rebeldes y pendulares del tiempo
formen parte del iceberg perpetuo y ambarino
donde hibernado un embrión ahonde palabras inciertas…
  
©  José Luis

Escenarios oblicuos

Escenarios oblicuos

Se curva la mirada en los reflejos de un coche
como una imagen que perdiera su rumbo
y deambulara entre los recuerdos arcanos de la noche.
  
Una llamarada da calor a las tinieblas rojas
donde el suelo no pertenece a nada ni a nadie
y las pisadas en las mareas del olvido se borran.
  
Acaso tus ojos distinguieran la luz del crepúsculo
entre las acogedoras y efímeras sábanas del tiempo
y un niño con su sonrisa paz en su voz fecundara.
  
No abandoné mi destino para hundirme en las ciénagas
que entonan los cánticos del vértigo y la sombra
sino para corroerme en tu carne como un deseo inaplazable.
  
Es en este momento, cuando nada tengo en mis manos,
que mi sombra como un espíritu planea en los trigales
donde una vez florecieron parejos la alondra y la rosa.
  
©  José Luis

Desde el interior de mi ventana

Desde el interior de mi ventana

La ventana es el mirador al mundo que sucede fuera de mí
y desde el que vienen señales y finas lluvias y ambiguas luces
como en un amanecer de invierno donde es opaca la luz
y la niebla desdibuja el firmamento bajo un velada tela
de gris entre las espesuras de un horizonte inmaculado
mientras nada sucede a mi alrededor, sólo un zumbido
de silencio y recuerdos inconexos en mitad de un sueño.
  
Apunto en un papel palabras que salen de mi boca en torrentes
de mañana y bruma como en una columna brillante y cincelada
donde las hendiduras del tiempo han desalojado su redondez
en oquedades que reflejan la sombra y los tejados ocres
de la bóveda y el eco del mar y sus ondas en las que los marineros
yacen musgosos en su fondo, piélago de savias y tránsitos
en los que la esperanza y la distancia sitúan sus umbrales.
  
Los cristales resbalan por las gotas condensadas de vida
mientras describen caminos ensortijados y penetrantes
entre la dorada negrura de las nubes y el azabache monte,
mis dedos se inclinan en el vidrio desvaneciendo en la noche
el rastro de las marismas en las que se zambulle el sol
tras las cortinas de la ventana flotante e impregnada.
  
©  José Luis

Cuando el sol se va

Cuando el sol se va

Muchas tardes frente a la ventana admiro el cielo
en el que se diluye el sol en su inextinguible viaje
por las luces y las sombras de los días y las estaciones
tras los que veo en mi piel las arrugas enredadas
de cientos y cientos de palpitantes hombres y alientos
que antecedieron cada inagotable noche y amanecer
como gotas salientes de un río a su intermitente paso
por laderas inquebrantables y resistentes de la vida.
  
De los ojos parten los sueños hacia el horizonte
mientras de la mirada escapan mis pupilas como rayos
tenaces que sobrevuelan la espesura porosa del aire
y se adentran en grutas que enlazan mundos subterráneos
con el florecer de límpidos diamantes y hermosos alhelíes
donde la fragancia de la noche pone el velo de la inconsciencia
y Selene, su entretejido manto blanco de almas fugaces.
  
Se hunde el firmamento en la concavidad de las manos
y las arrugas y líneas serpentean áureas entre mis dedos
para que aceleren el curso de la madrugada y los sueños
hasta que la aurora deje en mis labios el sabor de su presencia.
  
©  José Luis

A ratos sueltos

A ratos sueltos

Hay momentos en los que se desliza el tiempo
como una serpiente que reptara distraída
entre las manzanas que obligaron a su destino
ser parte humana en la perdurable inconsciencia.
  
Una nube transita con sombras entre mis palmas
sin que la pueda trabar o enganchar a la tarde
a la que pertenece y de la que huye clamorosa,
es un fragmento de introspección flotante.
  
Lejana se desata una huella en el silencio,
acarrea los tenues y herméticos aires del páramo
tras los que se cobijan las palabras innombrables
y los libros editados en sombra y sonidos
desde los que los seres invisibles se asoman.
  
Un ratoncillo colgante me sueña y acompaña
entre los caminos apegados al ocaso,
donde las nubes como piedras en el río
me permiten atravesar paso a paso
aquellos ratos que sueltos me prenden
a las horas que sin acaecer subsisten.
  
©  José Luis

Dejad

Dejad

Dejad que los muertos adoren su muerte
en una danza apócrifa y putrefacta
como pieles hueras y sin alma interrogante
y dejen de hallar en la mortalidad esencia
de creadores y de inapelable perturbación
de aquellos que se saben heridos en la carne
hasta los más confusos y recónditos tuétanos.
  
La vida avanza dentro y fuera de nosotros,
es un oasis para el peregrino insatisfecho
que deletrea su nombre una y otra vez
hasta verse reconocido en las ecoicas letras
que vuelven como un boomerang, lanzado
a la concavidad del aire, tras la búsqueda
de lo que no tiene, al menos aparente, réplica.
  
Vivamos, pues, en la extraña persecución
de las libélulas del tiempo hasta saciarnos
en el banquete como terrosos semblantes
de la noche con luna llena y dancemos
frente a los cadáveres que huyen de la vida
porque serán la carne que cubra nuestra carne
cuando yazcamos en la tierra que nos prometieron.
  
Aún parpadea el reloj del universo
entre los espacios brunos y serosos
donde la sombra tenuemente se desdibuja
en una fuga de fulgores y espectros.
  
©  José Luis

Pestañeo de luz

Pestañeo de luz

Entre las nubes unos rayos aparecen
y desaparecen entre las sombras acuosas
que se proyectan en la delgada superficie
que el mar presenta a nuestros ojos
como esa mirada que se desvanece
en el vaho inhalado cuando niños.
  
Juega la tarde a los colores
espectrales de una roca cristalina
entre las yemas abrasivas de los dedos
como una pulpa fina y fría en su tacto
que sesgara abrasante el velo de los ojos
mientras cruza una lágrima su desierto.
  
La nada yace entre la distancia del horizonte
y el olvido despeñado de la mirada
cuando inciden los haces del crepúsculo
en la rosácea frescura de la carne
mientras dejo que los labios lancen
más allá del vértice del silencio
una pompa de luz aquietada y efervescente.
 
©  José Luis

La caja que no es caja

La caja que no es caja

Una caja de zapatos sin sus zapatos
es una caja que guarda parte de los recuerdos,
esos que quedan siempre pendientes de clasificar
pero que pasa el tiempo y uno se olvida que están ahí.
  
En la oscuridad de la caja aún mantienen el brillo
de lo que significaron un día más allá de lo son
porque los objetos van formando parte de nosotros
sin saber muy bien el motivo de llamarnos la atención.
  
Quizá no podamos inhibirnos a la necesidad
de poseer lo que sabemos perecedero
con el reconfortante pensamiento de que puede
ser la puerta a otra parte o el asa que nos sujeta
a lo que deja de tener sentido con el paso del tiempo.
  
La mente se cristaliza en la negrura de la caja
donde nada se ve ni se abre más que en el pensamiento
que recogió las impresiones de un momento
que a lo mejor ya nada dice en nuestras vidas
pero que nos atan al pasado y lo vivido
como lejanamente un reloj a su cuerda.
  
©  José Luis

La eternidad entre las arrugas de la mano

La eternidad entre las arrugas de la mano

Una amiga me recogió entre las suyas mis manos
donde buscaba entre la profundidad de las líneas
atisbos susurrantes de caminos y pérdidas
por los que deja la corriente de la vida a su paso
una segunda oportunidad de las emociones ya vividas
desde el futuro que se abre casi sin quererlo.
  
Tienen las manos la rugosidad de un antiguo pergamino
en el que el tiempo fue depositando tangibles granos
desde los que amanece siempre un nuevo día y un ocaso
mientras recorren las palabras espacios vírgenes,
oasis de enigmas que resbalan entre los dedos
mientras duran las caricias que trae pausado el oleaje
de mares caliginosos y azures que se inician en el cielo.
  
Almas que transitan van perfumando en su estela
la tarde que desde mis manos se abre como una flor
que se renueva en el vuelo de una mariposa
y la visión del paraíso que atrae los sueños.
  
El incienso se va quemando y sus cenizas sombrean
las arrugas de las manos y las colinas por las que el sol
roza tenue el amanecer de otro mundo que se desvanece…
  
©  José Luis

La denominación del ordenador

La denominación del ordenador

Las teclas sujetan mis huellas al orden simbólico de las letras
como un autómata que busque entre sus circuitos la razón
para no salirse de sus movimientos o de su previsto servicio.
  
Tecleo inconscientemente signos que danzan entre los dedos
y buscan su propio sentido dentro de las palabras
porque el lenguaje se esboza cada día como una tabla de surf
entre las crestas magnéticas de las montañas y las sinuosidades
que empujan los deseos al mismo interior de sus grutas ocultas
donde reposan la humedad creadora y el enmarañado silencio.
  
Lucho por no trastornar los hilos que mueven mis dedos
en la sinrazón de los automatismos y sus abstracciones
que perturban los ojos de motas o inherente fuego negro
tras el que arden las hordas de la noche y los diablillos
que aparecen en sueños como un hombre que toca la guitarra
a la entrada de cualquier cine o ciberbar entre amantes besos.
  
©  José Luis